miércoles, 23 de diciembre de 2009

Imperdible: Aroah - "The Last Laugh" (2004)



















Sentir atracción por The Last Laugh, por el tono de Irene Tremblay (el nombre detrás de Aroah), hace que me pregunte hasta que punto soy masoquista. Irene -en este disco concretamente- me remite a esa sensación que tienes cuando estás enganchado a alguien; sobre todo al final de una relación sentimental, cuando en el fondo ya sabes que esa persona ya tiene la mente en otra parte. En busca de lo que ya no existe, puedes llegar a llorar y a preguntarle por qué, pero ella no se sentirá especialmente conmovida, sino más bien incómoda o a disgusto ante la impúdica revelación de esas emociones. Es una frialdad tan injusta como natural e inevitable para el que la siente. Irreverente y juvenil como sonaba, ya lo decía en 'X-Song', un tema de su primer álbum No Podemos Ser Amigos (2002): "Para ti no hay justicia, y a mí me importa un comino / Así es como soy". ¿Para qué se van a andar con rodeos cuando no nos quieren, o cuando ya no nos aguantan?

Las historias de Tremblay en The Last Laugh, aún así, no se limitan a definirla como una figura dominante y admirablemente descarada con los demás (incluso con ella misma). Se palpa en todo el disco un resentimiento general envuelto indistintamente en entristecimiento, desapego, seguridad e inseguridad manifiestas de manera pasivo-agresiva. Se trata de un álbum que nos enseña a una autora sólida materializando sus ideas y que inevitablemente evidencia que sus (ya excelentes) trabajos anteriores son acogedores para los corazones menos azotados pero por ello más inofensivos. Aquí, el resquemor y la sabiduría son mayores, y su desenvoltura para experimentar con la guitarra y las estructuras implica un mayor riesgo. Los habituales elementos de folk-pop de raíz acústica juegan esta vez con los adornos dulcemente psicodélicos de Greg Weeks, que se ofreció como productor tras girar con Aroah en varias fechas tanto por España como por Estados Unidos en 2003. Con él grabó el disco en Philadelphia respaldada por una banda de músicos americanos.




















A la par con esa claridad tan pura de las letras, la música no tiene trucos: canciones cortas, directísimas, donde las puntuales florituras de flauta, chelo o teclados ni rechinan ni distraen. Así, uno puede perderse en el paisaje invernal y reflexivo de 'Vigo', en la soledad de un gris inflexible que planea sobre 'Madrid' (retrato mágico y sobrecogedor de la hostilidad que inspira la ciudad un domingo) o en las encrucijadas personales que plantean 'Horoscope' (una de las canciones más complejas y mejor acabadas de toda su carrera, con ese ambiente inquietante que alude a una decisión crucial referida en la letra) y 'Upside Down' ("Vives justo al lado del alma que has perdido / (...) Has estado oyendo las verdades por la noche / ¿Te ha parecido oír la palabra 'cobarde'? / ¿Qué es ser valiente, si tú no lo eres?"). Como una amiga de las que no teme a decir sus verdades aunque le duela a todos, Tremblay fascina con cada nueva revelación, ya sea mostrándose como alguien irremediablemente cruel (convulsa 'Sick In the Body, Sick In the Head'), genuinamente sorprendida en pequeñas situaciones cotidianas durante una ruptura ('Y la Cinta de "los Bingueros"'), paródica ('Autobiographical Rhyming Song', 'The Lonely Drunk') o desengañada de la idea de amor idílico y abandonada al sexo sin más (el pop perezoso de 'Katherine Says'). Para el final del disco se queda esa ineludible ambivalencia entre el ser la persona que hace daño ('Too Proud To Try': "Sé que te confundo, a eso estoy acostumbrada / Cuando mis manos están atadas a las estacas de mi mente no soy ninguna santa / (...) Ojalá no fuera tan orgullosa y pudiera intentar no demostrarte que las despedidas me dan igual") y la que ha salido escaldada ("Ya he aprendido bastante / (...) No puedo ni sonreír / Pero me reiré la última", canta en 'Schooling').

Tres años después se retaría a ella misma publicando un disco diametralmente opuesto, El Día Después (2007), compuesto íntegramente en español y producido por Raül Fernandez, que supo dar el toque justo de pop más clásico a unas canciones melódicamente más pegadizas y suaves pero igual de deslenguadas. Yo siempre vuelvo a la pasivo-agresividad antes mencionada de The Last Laugh.

Soy masoquista.


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