jueves, 20 de agosto de 2009

Imperdible: Pretenders - "The Isle of View" (1995)



Al igual que la Generación X, los JASP o las acampadas en favor del 0,7, el concepto unplugged es algo emblemático de la década de los noventa. El término, apropiado por la MTV para dar nombre a una serie de conciertos en los que los artistas debían defenderse exclusivamente con instrumentos acústicos (bajo las artificiosas coartadas de volver a las raíces o de desnudar las canciones e interpretarlas desde nuevas perspectivas), fue recibido rápidamente como una maniobra comercial fácil, barata y resultona por la industria musical y por los artistas escasos de ideas; un añadido a sus discografías entre los grandes éxitos y los discos en directo. Grabando un unplugged el artista también aprobaba una especie de reválida, al tener las agallas de reducir las canciones a la mínima expresión y salir airoso del asunto. Su valía pasaba a ser entonces incuestionable. ¡No hay artificio! ¡No hay trucos!

Aún así, dentro de la moda de los conciertos acústicos, extendida a lo largo de la década pero especialmente presente durante el primer lustro de los noventa, hubo algunos proyectos que no surgieron por motivos cínicos y estratégicos, como por ejemplo The Isle of View de Pretenders, publicado en octubre de 1995. A diferencia de lo que le ocurrió a Rod Stewart, 10,000 Maniacs o Eric Clapton éste es uno de sus álbumes más ocultos, quizás porque la palabra "desenchufado" no aparece por ninguna parte, tomando de la MTV la idea pero registrándolo de manera ajena a la marca de la que todo el mundo hacía uso como garantía de calidad. Chrissie Hynde (voz, guitarra), no le dio muchas vueltas para justificarse: "Es fácil; cuando empiezas a hacerte viejo, simplemente coges y te sientas".

"Teníamos muchas ganas de grabar un disco en directo, y el año pasado habíamos tocado con un cuarteto de cuerda, grabamos una versión de un tema llamado 'Angel of the Morning'. (...) En realidad, queríamos ingeniárnoslas para volver a trabajar con ellos, así que se nos ocurrió que el disco acústico en directo estaría bien. Desmontamos las canciones y les añadimos arreglos de cuerda".
(Chrissie Hynde; This Morning 21/11/95)

Para Pretenders el formato no es un reto ni mucho menos un experimento como podría serlo para una banda que suela rodearse de arreglos efectistas en el estudio. De hecho, el cancionero de Chrissie se caracteriza tanto por lo chulesco de sus piezas de rock más acelerado como por su destreza para escribir canciones de corte pop más reflexivo, así que para ellos (era la cuarta o quinta formación de la banda desde la original) es un ejercicio de simple refinación que resuelven a la perfección, moviéndose con comodidad y casi sin esfuerzo. Es significativo que la selección del repertorio se detenga solo en algunos de los grandes éxitos de su catálogo, y es que el objetivo (conseguido con creces) es otro: la validación y rescate de varias gemas lastradas en su día por una producción caduca que rápidamente relegó a las cubetas de discos de serie media a trabajos de escaso valor global como Get Close (1986) y Packed (1990). The Isle of View es un disco retrospectivo y de madurez, pero eso no es lo mismo que facturar un álbum de música orientada a los adultos, que es a donde sí parecían apuntar sus trabajos desde mediados de los ochenta adoptando los peores clichés del pop-rock comercial y convencional.




Los temas elegidos se grabaron en de mayo de 1995 durante el transcurso de dos sesiones en los Jacob Street Studios de Londres, con el acompañamiento del cuarteto de cuerda Duke Quartet, ante un número reducido de fans invitados y en riguroso directo, aunque por lo sublime de la interpretación nadie lo diría. El disco arranca con dos de esas revisiones de temas recónditos que se sacuden de encima la indiferencia de sus versiones originales: lo coqueto de 'Sense of Purpose' brota finalmente y la historia de una madre soltera de 'Chill Factor', con la naturalidad y la cercanía de la interpretación, cala hondo emocionalmente. Lo mismo pasa con 'I Hurt You' (reforzada con la simplificación de la melodía principal, los pasajes orquestales que van desde lo sombrío a lo tempestuoso y el único solo de guitarra pasado por el filtro eléctrico que suena en todo el repertorio) y especialmente con la doliente 'Criminal' ("Metí todo lo que tenía en una bolsa / y confié en ti para hacer lo que no hiciste / me convertiste en una especie de criminal / una forajida solo porque te quería"). Son canciones que en los discos a los que pertenecieron no parecían ser más que temas de relleno por su desafortunada vestimenta, pero la lectura atemporal que hacen aquí de ellas permite apreciar su valía y las sitúa a la altura de las revisiones de hitos como 'Brass in Pocket', 'Back on the Chain Gang' (las menos imaginativas, más allá del apoyo de la sección de cuerda) o '2000 Miles' (exquisitos arreglos que presionan al extremo su cualidad de canción invernal y dulcemente melancólica).

El repertorio se desarrolla a un paso plácido que solo se acelera al ritmo de 'The Phone Call', una elección sorprendente por poseer una naturaleza eléctrica que uno creería obligatoria, pero que sigue siendo un derroche de energía tocada con las acústicas. Luego están 'Kid' y 'Hymn to Her', reinventadas sobre un colchón minimalista de cuerdas y armonio, respectivamente, y que nos permiten acercarnos a una Chrissie Hynde inauditamente vulnerable y sentimental (a 'Kid' particularmente le da la vuelta, como si en vez de dirigirse a un niño vivaracho y enfadado como en el original lo hiciera ahora a uno que solloza desconsolado). En el tramo final rescatan la perniciosa balada 'Lovers of Today' de su primer álbum y su versión de 'I Go To Sleep' de Ray Davies, ésta también en un sencillo arreglo de piano que toca Damon Albarn. El disco acaba con una nota optimista, de insurrección y celebración, 'Revolution', el único tema que suena del que era su último disco de estudio The Last of the Independents (1994).

The Isle of View es, pues, una muy sobresaliente mirada retrospectiva al trabajo de Chrissie Hynde durante los primeros quince años del grupo. Contando con la inefabilidad de un puñado de sus mejores singles y su buena mano para elegir esos temas menores que escondían la misma solidez compositiva, constituye sin rodeos el que es uno de los tres mejores discos de Pretenders. Gusto ejemplar.


Para escuchar en Spotify:
Pretenders - The Isle of View





Para descargar, por inencontrables, cuatro descartes de la sesión extraídos del formato DVD y recopilados en forma de improvisado EP: el rockabilly de 'Thumbelina', un tema de Learning to Crawl (1983); una versión a flor de piel de 'Creep' de Radiohead; una canción inédita hasta hoy, 'Blue Sun'; 'Tequila', tema de sus comienzos que no pasó de maqueta; y la revisión del que fue uno de sus últimos singles antes de grabar el acústico, 'Night in my Veins'.

Encontrable tras el click:
Pretenders - Isle of View Outtakes EP




sábado, 15 de agosto de 2009

Imperdible: Hope Sandoval & the Warm Inventions - "Bavarian Fruit Bread" (2001)



Vi por primera vez una foto suya en un Rockdelux de finales de 1996, mucho antes de que pudiera escuchar su música. Hope Sandoval (voz, guitarra, glockenspiel, teclado, armónica) con los ojos cerrados, ante un fondo metálico junto a su compañero en Mazzy Star, David Roback, todo ojeras; una imagen extrañamente magnética ilustrando una entrevista difícil de pasar por alto como me pasaba con otras muchas en la época. Lo que pude sacar más en claro del texto, aparte de las coordenadas musicales del duo y su calidad sublime, fue su personalidad esquiva; la dificultad extrema del entrevistador para sacarles algo más que monosílabos, la tensión de esos silencios incómodos, la oscuridad casi absoluta sobre el escenario en sus conciertos, en los que por supuesto no se dirigen en ningún momento al público. Mazzy Star tenían un aura de enigmáticos, quizá tímidos e introvertidos, sin duda poco dispuestos a entrar en el juego del negocio musical, al menos en todas sus vertientes. No en balde, sus apariciones en directo siempre fueron escasas y, aunque nunca se han separado oficialmente, guardan silencio discográfico desde ese lejano 1996.

Con tanto enigma, el seguidor entregado de Hope Sandoval nunca sabe a qué atenerse; tan pronto oye su voz de manera inesperada y puntual en discos de The Chemical Brothers, Death in Vegas o Vetiver como se hace a la idea de que va a retirarse, para luego aparecer de la nada una noticia como la que me sorprendió a principios del mes pasado: este mes de septiembre se publica Through the Devil Softly, la segunda entrega de Hope Sandoval & the Warm Inventions ocho años después de su debut. Una noticia para la que no ha habido calentamiento alguno y que te golpea casi como infactible. Por suerte, no lo es.

El primer disco de Hope Sandoval & the Warm Inventions, Bavarian Fruit Bread, vio la luz en 2001 de manera casi tan inesperada como ahora. Durante el descanso indefinido de Mazzy Star, -aunque desde el año 2000 siguen diciendo, cuando se les pregunta, que están trabajando en un álbum que “saldrá cuando salga”- Sandoval comenzó a componer junto a Colm Ó Cíosóig (guitarra, bajo, teclado, batería; instrumento éste último que tocaba My Bloody Valentine) y el resultado, aún siendo continuista respecto a la trayectoria de Hope (contrariando el concepto habitual de “proyecto paralelo experimental”), es quizás su verdadera obra maestra hasta hoy, el disco en el que más que nunca los diferentes elementos se han conjugado a la perfección, con una claridad y riqueza sonora que hace que sus anteriores aventuras con David Roback parezcan demasiado claustrofóbicas. No es que Mazzy Star no tuviera momentos de belleza inmediata (los singles 'Fade Into You' y 'Flowers in December', sin ir más lejos, o preciosidades como 'Rhymes of an Hour' o 'All Your Sisters'), pero junto a los Warm Inventions ésta parece florecer de manera más sensual y profusa.



Abriéndose paso tras las primeras notas de guitarra acústica y glockenspiel en ‘Drop’, la apabullante personalidad de Hope retoma al oyente desde donde le dejó la última vez, con ese registro único, delicado y susurrante, que nunca necesita soportes –pocas veces se dobla la voz- más allá de la justa reverberación, ese truco que le sienta tan bien. La secuencia de canciones nos pasea por habitaciones de claroscuros y otras en las que las cortinas están corridas para que entre sin trabas la tenue luz del amanecer. A la primera esfera pertenecerían los dos temas que tienen nombre de chica: ‘Suzanne’, sostenida en dos acordes y el tintineo del glockenspiel en bucle, es básica pero lo suficientemente explícita como para comprender la naturaleza de un ser inquietante y fraudulento que se sale con la suya porque “tiene el aspecto de mi hermana / pero la siento como si fuera mi amante”; y ‘Charlotte’, que constituye el retrato de un personaje errático y quebradizo que no aprende de los golpes y persiste en su actitud bondadosa con quien le rodea, mientras gotean las notas de guitarra polvorienta. En cambio, los arpegios de ‘Butterfly Mornings’ remiten al despertar de un domingo ocioso, dando pequeños tumbos sobre la cama; 'Around My Smile' flirtea con el deseo equivocadamente inocente ("Alrededor de mi sonrisa / y tengo un sentimiento desconsiderado dentro de mí / ¿Por qué no te llevas a un amigo / entre las sombras?..."); y ‘On the Low’, con ese paso ligero y decididamente sexy (golpes secos de guitarra, una insinuante armónica, coros masculinos) es el momento más desenfadado y seductor del disco.

Son diferentes juegos formales dentro del familiar estilo de Sandoval, arropada por una excelente banda que la rodea de sutilezas. Ella suena igual de convincente con los mínimos recursos y sobre escenarios tan dispares como los creados por la placidez orquestal que la acompaña en 'Feeling of Gaze' (ese moderado hedonismo: "Voy a poner mi canción favorita / voy a ponerla toda la noche / (...) Me siento viva contigo / Siento cómo un pecado se desvanece / Celebrémoslo") y en el desarrollo en espiral de 'Clear Day', una pieza contemplativa que parece nacer tras una estruendosa tormenta, cuando todo sigue mojado y los insectos sacan la cabeza de nuevo con cautela; poco a poco sube en intensidad como si las nubes se despejaran totalmente del paisaje.

Resulta acertado que 'Bavarian Fruit Bread' dé título al disco, pues prestando atención es fácil que te deje huella. En ningún otro tema muestra Hope tan rotundo contraste entre la candidez habitual de su interpretación y lo turbador de sus palabras, dirigidas a alguien a quien intuye desenamorado de ella: "Tengo un nuevo set de ruedas / Voy a conducirte directamente hacia las lágrimas / Voy a gastarme todo mi dinero / haciéndote llorar". El fondo de despecho es claro, pero su manera de atacar es recitada con una conmovedora vulnerabilidad que hace que su intención sea más efectiva. Para el cierre, Sandoval hace justicia a los adjetivos "narcotizante" y "lánguida", tan recurridos para referirse a su voz y a sus canciones durante toda su carrera, despidiéndose con la pieza más abstracta del lote, susurrando con resignación y sobre una guitarra emborronada con alcohol eso de "Ella es la flor de tus ojos ahora / Qué corazón tan tonto".

Superarlo es difícil; afortunadamente, para comprobar si es posible ya falta muy poco.


Para escuchar en Spotify: