viernes, 18 de junio de 2010

Imperdible: Red House Painters - "Red House Painters (I)" (1993)


Hay una sensación terrible, difícil de capturar en palabras, que se tiene de manera repetida ante la pérdida de alguien, cuando todo es todavía reciente y los buenos recuerdos te asaltan por sorpresa tergiversando su significado natural y convirtiéndose en armas de poder devastador. Esas veces en las que encontrar una vieja camisa en el fondo de un armario, pillar en la tele un programa que solías ver acompañado o recibir una llamada de alguien que ya no es nunca esa persona puede desatar esa leve ansiedad en el pecho, amasada a base de temor a la soledad, vulnerabilidad, añoranza por el roce de un abrazo y del amparo de contar con un cómplice, y las lágrimas asoman aprisa en los ojos, como enviadas por inyección.

Mark Kozelek dijo casi diez años después de publicar este disco que, aunque era el favorito de muchos de los seguidores de Red House Painters, a él lo único que le venía a la mente con solo ver la funda eran nueve meses de preocupación, sin duda los que inspiraron un trabajo tan solemne y centrado. La montaña rusa de la portada no es casual; "Rollercoaster" es el título de una de las canciones, una pequeña concesión que se permite Kozelek para rememorar un recuerdo infantil confortable y acabar asumiendo que protegerse es ahora cosa suya y de nadie más ("Ahí está mi montaña rusa favorita / la que solo montan los gallinas / (...) Pero ¿dónde está mi padre? ¿y dónde está mi madre? / Parece que aquí ya no"). La imagen de esa vieja atracción de feria, en tonos sepia, captura perfectamente la belleza, la incomunicación y la nostalgia que albergan sus 13 canciones ("Mistress" aparece en dos versiones).

Estamos ante una colección de temas trenzados entre sí, marcados por el tempo lento, la columna vertebral folk y los delicados punteos que los sitúan en un lugar extrañamente esperanzador en contraste con la dureza de lo que se cuenta. Mark Kozelek (voz balsámica y profunda, remojada en reverb) cavila sobre la idea de la ruptura y la pérdida, el ser abandonado por cometer errores imperdonables y el terror de sentir que no se está a la altura de alguien que ya se ha dado cuenta. Algunos consideran a Red House Painters un grupo de los que no se puede abusar "porque su música es demasiado triste". Siempre me ha hecho gracia cuando se define de esa manera a música de este calibre emocional; es justamente esta música triste la que puede servir para sentirse aliviado en pleno caos emocional. No se trata de escuchar este álbum y quitarlo a los diez minutos porque te va a arrastrar a un pozo: se trata de sentirlo y usarlo como un reconfortante, como analgésico, cuando estás en el pozo; aprovechar su concisa articulación de lo que parece incomprensible para sentir que su peso es más ligero durante unos minutos.

El álbum es, en sí mismo, una montaña rusa. Por un lado, están los temas intimistas que no necesitan mucho más que los arpegios de la acústica de Kozelek para funcionar, como en las conmovedoras"Down Through" ("aún siento el escozor en la mano de cuando te pegué"), "Things Mean a Lot at the Time" (pizcas de piano y leve batería) o la central "Take Me Out" ("Si pudieras sacarme, en vez de volver a meterme dentro / de una relación que no entiendo"), con segundas voces en un estribillo casi gospel. "Mistress", en versión eléctrica en la primera parte, estremece en su revisión al piano. Hay canciones que transmiten una sensación primaveral y preciosista, que podrían hablar perfectamente de un amor primerizo o de una relación consolidada, pero en vez de eso, en "Grace Cathedral Park" los protagonistas pasean entre gente alegre en el parque a sabiendas de que no son felices, y el entristecedor jolgorio de la multitud parece tener cuerpo en la música a través de las cascadas de guitarras; en "New Jersey", le da un toque de atención a una chica que se ha visto atrapada en la vida adulta demasiado pronto, perdiendo trenes, y le recuerda que no todo acaba en su ciudad; en "Dragonflies" se sorprende por una revelación hecha en la intimidad que parece hacer que vea a esa persona como una completa desconocida.

Los sentimientos encontrados, el abandono, la búsqueda de abrigo y la traición son temas recurrentes en el disco, pero resultan especialmente dañinos en los temas restantes, una serie de piezas que se desarrollan durante ocho, diez minutos, que retratan viajes renegridos y en los que la lentitud no equivale a quietud: "Funhouse" está en conexión con los primeros Low y emana la misma mezcla de dolor y armonías celestiales, zanjando su depresiva atmósfera subiendo la distorsión, aunque un reto aún mayor es "Mother", una tortuosa odisea con diferentes segmentos que acaba sumergida en turbadoras pinceladas de sonido. Para el final dejo "Katy Song", una verdadera gema en forma de carta de amor no enviada, frágil y desoladora: "Dejaste sangrando una parte de mí / Vacío y molesto, mirando el agua / Callado en el rincón, mudo y viniéndome abajo / sin ti ¿a qué se reduce mi vida?". Sus punteos ascendientes y descendientes, como los propios altibajos emocionales, conducen a un desenlace lleno de anhelo y soledad que se repite conforme sube la intensidad del refrán.

Así duele una ruptura.

martes, 15 de junio de 2010

Imperdible: Liz Phair - "Exile in Guyville" (1993)



Mi natural predilección por las mujeres cuando se trata de música es un buen indicativo de que el género para mí no ha sido nunca un problema, ni algo definitorio, ni algo que me acomplejara; en mi mente, admirarlas y conectar con su manera de explicar las cosas nunca ha estado ligado a pensar que están hablando sobre lo que es ser una mujer y que por lo tanto yo me siento como tal. Ahí fuera, en cambio, el género suele pesar. Cuando Liz Phair publicó este disco, Exile in Guyville, en 1993, lo que llamó poderosamente la atención fue que su autora fuera una mujer, exponiéndose sin barreras: vulnerable, deslenguada, seca e ingeniosa, sarcástica. No tardaron mucho en tomar el álbum como el perfecto manifesto feminista actualizado para las mujeres de los noventa, y Phair fue estudiada con lupa en ese aspecto, asignándole los medios un estereotipado papel de devora-hombres.

Cierto es que las historias que alimentaron la línea argumental del disco partieron de una situación muy concreta que además ella se encargó de explicar sin rodeos, referida desde el título: su constante batalla por ser tratada como uno más por los músicos de Chicago, una escena musical en la que se asumía que una chica era estúpida y que no sabía nada sobre música, con lo que no tenía voz ni voto. Esa creciente frustración la motivó para crear un trabajo estructurado del cual todas las costuras fueran perfectas, con el objetivo principal de demostrarles que era capaz de hacer algo que fuera válido artísticamente y que obtuviera reconocimiento; algo que pudiera cerrarles la boca y tenerla en consideración. Para acabar de rematar el juego del reto, se le ocurrió usar como plantilla un trabajo que los puristas rockeros denominaran "clásico", que ella pudiera diseccionar. Acabó siendo uno de los discos que tenía por casa su compañero de piso por entonces, el álbum Exile on Main Street de The Rolling Stones: un disco esencial de la historia del rock hecho por hombres, doble además, del que estudió la secuenciación, el inicio-nudo-desenlace, las letras y las intenciones, y a partir del cual armó su propia historia (que de manera privada respondía o se correspondía canción por canción con el disco de los Stones).

Reducir el resultado de todo esto a manifesto-feminista-de-mujer-furiosa-con-los-hombres es un grave error que privará al que se acerque a este disco de su significado, algo que debería golpear a cualquiera sin distinción de género. Lo expuesto en Exile in Guyville no se queda en una narración de lo que tenía que aguantar en Chicago; es una lección de afirmación personal que epata sin caer en el recurso de presentarse como un personaje duro e imperturbable. Liz habla con la suficiente seguridad y sinceridad, pero son precisamente sus inseguridades y su capacidad de reflexión lo que la hace más humana y por tanto más subversiva. Con la ayuda de Brad Wood y Casey Rice, consiguió para el disco un sonido de rock comedido, ciertamente sencillo, versátil y amoldable a atmósferas más abstractas (sobre todo en las piezas donde a la voz y a la guitarra no se les añade más que un sinuoso ruido ambiental). El inicio está a la altura para crear una inolvidable primera impresión: '6"1'' sacude a un antiguo rollo al que se encuentra, señalando los viejos trucos que ya no podrían engañarla y diciéndole lo bien que le va sin él. El discurso es chulesco pero elegante, algo que será una constante hasta en los temas más delicados: un punto sarcástico y seco, ayudado por ese tono de voz plano al que recurre muchas veces, que hace que sus historias sean hilarantes y serias a la vez.

En el recorrido por Guyville recalamos en sus dificultades para hacerse valer y para llamar la atención en ese entorno ('Help Me Mary', uno de los temas más pegadizos, en el que uno se imagina muy bien su situación en Chicago y donde dice "Juegan conmigo como si fuera un pitbull en el sótano", al tiempo que confiesa su estrategia: "Me callo la boca / estudio todos mis movimientos / memorizo sus estúpidas reglas / me hago amiga suya"), conocemos a personajes triunfadores de dudosa autenticidad (el fanfarrón ridiculizado en 'Soap Star Joe'; el alma sensible aupada a la fama inesperada en 'Explain It to Me', una canción adornada por un imaginario sonoro acuático) e inquietantes narraciones de rutina: en 'Dance of the Seven Veils', apoyada en esa guitarra eléctrica que siempre busca secuencias de acordes insospechadas, toma el papel de una chica que tiene que tirar de alguien aburrido e inexpresivo; luego, se sienta al piano para lo que es la verdadera anomalía en el disco, 'Canary', la delicada pero brutal disección del malestar que siente una chica que se esfuerza por satisfacer las expectativas depositadas sobre ella: "Escribo con un lápiz del número 2 / desarrollo mi potencial / (...) Vengo cuando me llamas / salto cuando señalas la cereza / canto como un buen canario". Es el mecánico y triste regusto de la repetición y la pasivo-agresividad generada al sentir que todo lo que hace nunca es suficiente, rematada con una máxima: "Préndele fuego a todo / Sorda antes que tonta". En 'Gunshy', casi al final del álbum y sobre atmósferas ensoñadoras de guitarra y feedback, explica otra historia de cobardía y conformismo.

No menos placenteras resultan sus incursiones en el terreno sexual, donde se las apaña para ser provocativa por la vía sensual ('Mesmerizing' corona la vertiente más rock del repertorio entre palmadas, maracas y un riff malévolo de guitarra) o soez ('Flower', la cantinela infantil que todo el mundo recuerda la primera vez que escucha el disco: "Cada vez que veo tu cara / pienso en cosas impuras y no castas / quiero follarte como un perro / (...) quiero ser tu reina de las mamadas"); musicando un deseo en la sombra (la acústica y breve 'Glory'); describiendo la soledad del sexo mediante encuentros fortuitos ('Fuck and Run' es el verdadero tema pop de este disco; su temática lírica y su carácter pegadizo inmortales, su actitud inolvidable) o dejando claro quién tiene el papel dominante ("Me aprovecho al máximo de los hombres que me encuentro / salgo impune, casi cada día, de lo que las chicas llaman 'asesinato'", 'Girls! Girls! Girls!'). Conforme avanza el disco, nos encontramos con piezas clave que apuntalan su pequeño viaje por la villa de los chicos. El desarrollo instrumental de guitarra de más de dos minutos con el que inicia 'Shatter' invita a la introspección y es el momento que aprovecha para vocalizar literalmente su empecinamiento por competir con quien no se le permite: "Sé que a menudo no me doy cuenta de lo sórdido que es meterse con estos tíos / (...) No sé si podría conducir un coche tan rápido como para llegar donde tú estás / pero pienso que quizás sí". 'Stratford-On-Guy' se alimenta de imaginería surrealista, extrañamente bella, en lo que parece una fantasía escapista que apunta hacia las ganas de evolución de la protagonista, algo que se confirma en el último corte, 'Strange Loop', en el que ya sabe que todo eso no es suficiente para ella y da un paso hacia el cambio. Los giros épicos y el caos discordante entre los instrumentos cierran el disco dándole una resolución positiva.

Un disco que merece estar en un altar, especialmente si se compara con el giro que dio su visión artística unos años después: una curiosidad morbosa e inexplicable por explorar el terreno de pop-rock para las masas a expensas de la calidad de la música y de la integridad que tenía ganada como compositora que los que pretendemos que alguien escuche este disco en serio debemos intentar ocultar siempre.


Para escuchar en Grooveshark