







cuidados intensivos para música imperdible
















Beach House – 'Walk in the Park'









La primera vez que escuché una canción de Moonshake acabé aturdido; angustiado y pegajoso de sudor, como si me encontrara atrapado en un atasco en plena urbe, metido en un coche sin ventanillas en agosto y los sonidos de cada pequeña cosa vieran aumentados sus decibelios hasta gritarte en la cara. Una fábula monstruosa en la que los edificios, el leve retumbo del suelo al paso del metro, el automatismo apresurado de la vida diaria, el click-clack del intermitente, el imperceptible zumbido de la bombilla de un semáforo… todo ello te provocaría una psicosis extrema y reveladora que acabaría por aterrorizarte.
La música de Moonshake no siempre tuvo esta característica; es más bien una cualidad que fue adquiriendo a base de pequeñas mutaciones, pero en sus dos últimos álbumes la voz de David Callahan (voz, guitarra, samplers) ya podía considerarse la mejor emisaria de la intranquilidad y el desconsuelo propios del fin del siglo XX, y su música un reflejo de la confusa vorágine de las grandes ciudades aderezado a través de loops maníacos que parecen colisionar casi al azar -como el mismo caos que nos rodea en la vida diaria- y variedad de estilos que van desde el free-jazz al blues, del post-punk al rock de vanguardia (no en vano su nombre proviene de una canción de Can). Que se acentuaran los trazos perturbadores fue consecuencia de la pérdida de la otra mitad motora del grupo en su formación original, Margaret Fiedler (voz, guitarra, samplers) –que cada vez discrepaba más con David y acabó formando su propia banda, Laika-, con lo que la personalidad de Callahan tomó más espacio en la dirección de Moonshake. Un disco muy recomendable para ilustrar todo esto que explico es The Sound Your Eyes Can Follow (1994), una escucha fascinante.
El trabajo que destaco hoy es de esa primera etapa colaborativa entre Callahan y Fiedler, el ep con el que debutaron en la primavera de 1991 bajo la etiqueta de Creation Records; la formación por entonces la completaban John Frenett (bajo; luego también en Laika) y Mig Moreland (batería). First Ep es un ejercicio que queda en su catálogo como su creación más accesible y de ambientación más agradable, no desafiante hasta los extremos de sus experimentos posteriores pero aún así una temprana aportación regeneradora a lo que después se llamaría post-rock.
En ‘Coming’ (curiosamente, la única en la que canta Callahan) se percibe la voluntad bailable de los grupos de Manchester de los primeros noventa (la percusión, la línea de bajo en círculo cerrado) pero la atmósfera, acentuada por el slide guitar, es oscura. Fiedler toma el micrófono en las restantes: ‘Gravity’ profundiza en un mundo más onírico (coros que gotean cloroformo, guitarras entrecortadas) que les emparenta con los My Bloody Valentine de Loveless, aunque hay que tener en cuenta que ese disco se publico a finales del mismo 1991. De ‘Coward’ aparecen dos mezclas, la segunda de ellas oculta al final: la versión definitiva es furiosa y ruidosa, conducida por una frenética batería; la clandestina anula la distorsión y trae la guitarra acústica al frente para acentuar su hechura de críptica canción folk. ‘Hanging’ quizás sea el momento estelar del ep, con la suave voz de Margaret planeando sobre un terreno bucólico y nebuloso mientras recita eso de “Me dejaste colgando ayer / hoy corté la cuerda”.


La percepción del tiempo, conforme creces, se hace más y más extraña. Su paso no solo se vuelve progresivamente más veloz –algo además irreversible- sino que a causa de ello lo vivido parece simultáneamente cercano y a años luz. Hoy me acordaba de cuando me compré este disco de Sebadoh; era 1999. Que entonces tuviera quince años aún acentúa más el hecho de que me parezcan los dibujos de humo de la vida de otra persona. Veo a ese chaval retraído, al que la peluquera del pueblo cortaba el pelo a máquina aunque lo odiaba, que se afeitaba con agua fría porque nadie le había dicho cómo hacerlo y se iba con la cara cortada al instituto cada cuatro días, demasiado asustado como para hablar (vaya, eso no ha cambiado demasiado según se mire). Recuerdo mirar fotos de sexo y no tenerlo, y comprar discos cuando solo había podido escuchar una canción en un sample o en un video-clip en Sputnik.
Encontré Bakesale en una tienda que hace mucho que no existe. Fue todo un acontecimiento cuando la abrieron en diciembre de 1994; tenía dos plantas y había discos piratas de conciertos y cosas así. Cuando empezaron mis inquietudes musicales me llevé varias sorpresas encontrando cd’s que incluso estaban descatalogados, perdidos en desorden alfabético en las estanterías, y que agonizaban desde sus fechas de publicación dado a que el comprador potencial no distaba mucho del de hipermercado y no buscaba esas cosas. Éste de Sebadoh estaba en una vitrina cerrada con llave (creo que por ser un digipack no sabían qué hacer con él) y tuve que pedirlo expresamente, algo que me horrorizaba y que rompía esa pudorosa intimidad con la que me iba yo a comprar discos (bastante era ya pagar al dependiente).
En su día no fue un trabajo que me golpeara hasta el punto de escucharlo de manera compulsiva, pero el recurrir a él periódicamente durante estos años y la estima que le tengo a día de hoy demuestran que sí alteró lo suficiente mi sensibilidad, probablemente al reconocer en Lou Barlow (voz, guitarra) a un autor humilde y pequeño en un momento en el que me sentía insignificante: en su manera de narrar las cosas se adivinaba a alguien que parecía igual de confundido y torpe en sus relaciones, cobarde quizás para decir en voz alta lo que pasaba por su cabeza pero deslenguado al volcarlo en estas canciones, o lo que es lo mismo, seguro en su propio mundo.
Ese nerviosismo interior, esa irritación contenida pero a punto de rebasar el borde de lo tolerable se respira desde la urgencia del primer tema, ‘License to Confuse’, muestra del sonido incisivo y con pulpa que el trío (con puntuales colaboraciones) consiguió para este álbum: hasta entonces, Sebadoh habían sido una de las bandas para las cuales se acuñó la etiqueta “lo-fi”; sus grabaciones al principio eran ejercicios sin complejos grabados en cassette con todas sus impurezas, y más adelante seguían conservando ese desorden maquetero aún cuando entraban en el estudio. Para Bakesale grabaron con Tim O’Heir en los estudios Fort Apache de Boston y conservaron lo agreste sonando más brillantes que nunca, y las composiciones de Barlow y Jason Loewenstein (aún siendo habitual la tendencia más melódica y sentimental del primero y la agresividad del segundo) dieron lugar a una secuenciación acertada y armoniosa, medida y sin paja, algo que no puede decirse de sus otros álbumes.
Por parte de Lou Barlow encontramos algunas piezas introspectivas y minimalistas de esas que tendrían su raíz en su destartalada guitarra acústica pero que ven aumentado aquí su impacto emocional con punteos saturados como en la carta abierta de ‘Not a Friend’, pero sus dubitaciones amorosas, esa pelota de aire que llena sus mejillas cuando las preguntas y el embrollo de sentimientos le nublan el raciocinio viene envuelta en melodías pegadizas que cabalgan sobre fondos de ajustada asperidad (‘Rebound’, ‘Magnet’s Coil’), rauda, a veces preciosa (‘Skull’: “Y no sé quién eres / pero sé qué me gustaría que fueras”) y otras todavía cercana a la garrulería de otros tiempos (‘Give Up’). Si en el anterior Bubble & Scrape fue la ruptura con su novia la que alimentó su angustia (gracias a las canciones de ese disco volvió a ganársela, además) aquí sus preocupaciones parecen tener más que ver con su entorno en general y con el rechazo que le produce autocompadecerse.
Las canciones de Loewenstein, en cambio, son de una seriedad menos flexible y se basan en riffs más robustos (‘Careful’ duele y es una de sus composiciones más redondas), bordeando en algún punto el hardcore. Se empareja con Tara Jane O’neil a la batería en tres de ellos, a destacar la espiral y el crescendo de intensidad de ‘Not Too Amused’, un tema austero y que conduce al equívoco con su paso relajado. Hacia el final queda espacio para una composición del batería Bob Fay, ‘Temptation Tide’, en la que comparte micrófono con Anne Slinn y que aporta al disco un respiro y un aire de ligereza con el añadido del teclado. Eso sí, bromas las justas; es Barlow el que se guarda el crédito de la pieza concluyente ‘Together or Alone’, la letra más sentida del lote: “Esta confusión me agota / pero sonreiré cuando esté contigo / porque hay tanto que podemos hacer / juntos o solos / a mí no me da miedo estar solo”.
Hermosa confusión existencial.