viernes, 31 de diciembre de 2010

Minutos: Paseos 2010 (y 3ª Parte)


Descoser, mirar, comprender. Las últimas ocho composiciones de esta extraña lista que me he sacado de la manga y con la que Picadura de Abeja cierra el año 2010. Feliz año.


(On Leaving, 2006)



Se cruzó en mi camino esta canción de Nina Nastasia en un momento en el que sus palabras encajaban exactamente con una situación que se acababa de esfumar. Jugando con el concepto de la casa en el árbol, narra la cegadora sensación de comodidad y acomodamiento que uno encuentra en la vida doméstica compartida, mientras se debilita todo lo demás. La brisa que recorre las estrofas crea remolinos de hojas secas en el estribillo con el añadido del piano. “Cada noche te prometía / que bajaríamos a ver a los amigos que conocimos una vez / pero cada noche me inventaba una excusa / y nunca me bajé del tejado”.


(Crazy For You, 2010)



Creo que si a varias webs musicales se les dio justamente esta canción meses antes de que se publicara el debut largo de Best Coast es porque Bethany Cosentino debió quedar entusiasmada con la mezcla final, consciente de que era una de sus mejores composiciones hasta entonces, y no podía esperar. Camas vacías por la mañana y conversaciones no tenidas “porque ese no es nuestro acuerdo” en un medio tiempo enjuagado en ecos vocales, que con la elegancia de sus detalles destaca en Crazy For You como un vestido a medida entre camisas de fábrica.


(... Off the Bone, 1983)



2010 supone para mí el descubrimiento de The Cramps, quién lo iba a decir después de verles tantos años en las revistas. ‘The Way I Walk’ es un ejemplo buenísimo de lo que me perdía: esta chulería con delay (que quede claro: “Mi manera de andar es mi manera de andar”), batería de tres piezas, un riff blues de toda la vida, sí, pero te hará sentir por encima de cualquiera mientras retumba en tus tímpanos bajando por la calle (que es lo que hice, básicamente, cuando visité a mi madre en verano y me aburrí una noche que no tenía plan).


(Los Punsetes, 2008)



Y a la tercera fue la vencida. Mi tercera cita bajo la luna con Los Punsetes, una noche de julio cerca del mar, consolidó el romance. Se reveló ante mí la de veces que había oído sus canciones aquí y allí y cómo me gustaban más de lo que me había dado cuenta. La irreverencia y el “esto es lo que hay, aquí te quedas si no quieres” de ‘Fondo de Armario’ inflamaron mi autoestima y me desahogaron durante días seguidos; sentaba muy bien. “Con las cosas así planteadas / tu teléfono no sirve de nada / voy a ahorrarme esa llamada / sé muy bien que no estás preparada / (…) Toma nota de un detalle: / cuando apunto es imposible que falle”. Lo mejor: la caída libre de esa última frase en la explosión final.


(She Hangs Brightly, 1990)



El patrón es el de un tema clásico cantado por Hope Sandoval: batería y puntual pandereta austera, guitarra acústica con su gemela eléctrica brotando algo enterrada y esa reverberación sensual tan propia en su voz que uno creería que le sale de la misma garganta. Con su singular talento, que salga airosa de una nostálgica canción de ruptura –menos sombría que en otras ocasiones- no debe dudarse. El amalgama de sensaciones que va desde la negación a la resignación, las ganas de saber sin poder entender y los engaños que van desde la careta de superación a la ligera esperanza de darle la vuelta a lo irreversible suena aquí tan delicado y seductor que cualquiera salía por la puerta dejándola sola.


(The Wishing Chair, 1985)



La banda que comandaba Natalie Merchant puede parecer de esos grupos inofensivos, zumo de auténtica pulpa demasiado rebajado con agua, agradables pero no dados a malabares sin red, pero en su catálogo se esconden algunas piezas facturadas con notable artesanía, como esta rozagante ‘Everyone a Puzzle Lover’, mecida por la mandolina y, más bajo en la mezcla, el acordeón. La letra está escrita en boca de un señor que le habla a una camarera de las diferencias entre las clases sociales –y rechina un poco-, pero lo mejor es que acaba con un: “Lo dejó con un traqueteo / tos, tos / me llevé la taza de café frío / y una senda de cenizas de Camel cayó al suelo”. Menuda chapa le metió a la chica.


(Souvlaki, 1993)



A veces, cuando tengo pendiente descubrir a un grupo del que conozco poco pero lo suficiente como para saber que me interesará, escucho algunas canciones aleatoriamente decidiendo por la impresión estética que me provoca el título: si la palabra es bonita, o resuena de manera especial en mí o las letras que la configuran crean determinadas gamas cromáticas en mi cerebro. ‘Dagger’ significa ‘Puñal’, y me atrajo. Uno siempre juega a imaginarse cómo será la canción por su nombre, pero no podía sospechar su aliento acústico (alejado de las tormentas primaverales de otros temas suyos) y el símil de puñal y herida con dos amantes imposibles. El puñal y la herida están hechos el uno para el otro, pero el daño es ineludible.


(Have One On Me, 2010)



Sigo intentándolo con Have One On Me. Me pierdo en su minutaje; ya no es que pretenda escuchar los tres discos seguidos, es que me cuesta ponerme con cualquiera de ellos por separado. Así que durante el año he ido escuchando las canciones aleatoriamente, y entre ellas, la concisión de ‘’81’ sigue ganándome muy por encima de las demás. Me remitirá a la Newsom que más me gusta, la que raspaba en el primer disco; aunque a parte de por el hecho de que está ella sola con el arpa, la nitidez de la voz y la cualidad celestial –no agreste- de la melodía indican que estamos en otro lugar. Para mí, habla del “volver a empezar” y poner todos tus esfuerzos en consolidar ese nuevo comienzo.



jueves, 30 de diciembre de 2010

Minutos: Paseos 2010 (2ª Parte)


La segunda tanda de los Paseos de 2010. Acabando los de la última parte para mañana me doy cuenta de que quizás sea una sutileza, pero esto acaba siendo un diario personal.


(A Swedish Love Story, 2010)



Pallett escribió esta canción al respecto de lo absurdo de darle vueltas a las cosas en busca de la perfección, a riesgo de perder la espontaneidad y la frescura primeriza, pero con versos como “En algún lugar entre la ventana y la puerta / me acordé de lo que era jugar, jugar, jugar” y el optimismo contagiado de nostalgia de todo lo que suena, bien puede aplicarse también a esas ocasiones en las que nos ponemos demasiados obstáculos en la vida diaria y deberíamos dejarnos un poco más en paz.


(Desayuno Continental, 2009)



Lo de bailar con el corazón en la boca adquiere en el ambiente nocturno y tristón de este tema un significado literal y conmovedor. Sigo volviendo a esos versos que resumen tan bien la inseguridad de alguien que no se siente lo suficientemente bueno y teme perder a quien ama: “¿Qué va a suceder cuando llegue un hombre inglés / serio y elegante y con dinero para darte? / No le hagas caso, no vendas tu amor”. Lo ojos se me humedecen ligeramente ahora que lo veo escrito. Te da miedo hasta perder lo que no tienes.


(Turismo de Interior, 2006)



Lo peor de “la enfermedad incurable de la enésima oportunidad” es que no se trata de darle esa oportunidad a otro, no. Es la situación que se da cuando nos acobardamos para decidirnos por un cambio a pesar de que somos conscientes de lo insostenible de nuestra situación presente. Abandonar lugares que nos son familiares, descubrir nuevas caras… da pereza y espanta, pero debe hacerse. “Tengo que asumir un nuevo papel / que no estoy acostumbrada a interpretar / rigurosamente participativo / no estoy sonriendo”. Sibyl Vane escribieron las letras en mayúsculas para Turismo de Interior.


(Big Science, 1982)



La belleza está ahí y a veces pasa inadvertida; como la de este tema, que escucho desde pequeño pero que no me ha hablado directamente hasta ahora. Sobre un leve tintineo metálico, lo que recita Laurie Anderson es para mí una clara manifestación de supervivencia cotidiana, sin adornos, limpia: “Caminas, y no siempre te das cuenta, pero siempre te estás cayendo / Con cada paso, te caes ligeramente hacia delante, y con el siguiente evitas caerte / (…) Y así es como puedes estar andando y cayéndote al mismo tiempo”.


(16 Lovers Lane, 1988)



Pocos misterios quedan sin resolver con los iPhones a mano. La técnica de memorización de versos durante horas para buscarlos en Google al llegar a casa cuando suena una canción en un bar de madrugada y necesitas saber de quién es sí o sí queda obsoleta (lo mismo para la de preguntar al dj) cuando alguien saca un iPhone y reconoce dicha canción con Shazam. Y así ocurrió con ‘Love Goes On!’, la canción que abre con exuberancia romántica el disco 16 Lovers Lane y que a mí me abrió la puerta a The Go-Betweens. El hilo optimista, la impecable guitarra acústica y el tarareo del estribillo te contagian inevitablemente, y el pecho se te hincha como cuando te atreves a decirle algo tontorrón a alguien y te devuelve una sonrisa.


(Dreamy, 1991)



Unos que hicieron de lo primitivo y del humor falsamente ingenuo todo un estilo. Esta canción me divierte porque mi madre solía cruzar los dedos cuando veía a un pelirrojo, por extraña superstición. Sobre un raca-raca de esqueléticos acordes y acompañamiento, con su clásica voz inexpresiva, Calvin Johnson advierte y divierte a costa de una atracción fatal por una pelirroja:“Te cortará el corazón como los diamantes, fin de la historia / apuesta a que vas a perder la cabeza por esa endiablada gloria color carmín / (…) Escucha lo que te dice este hombre sabio: Aléjate de los pelirrojos”.





Oír a Gordon Gano impacientándose y poniéndose excesivamente nervioso (violento prácticamente) con la persona que le roba el sueño es hilarante pero innegablemente real a puerta cerrada. Una pataleta por amor no correspondido, o quizás todo siguen siendo sus ganas de echar un polvo en el fondo. Él suena serio al respecto y la música enloquece con su rabieta.“Dame una señal que pueda seguir, una promesa / una promesa / Y tú eres infeliz / (Esto es solo una suposición)”.


(Crooked, 2010)



Kristin ha explicado que ‘Flooding’ le hizo llorar cuando la compuso, algo que no le ocurre a menudo. Meses después, moría Vic Chesnutt y la canción cobró todo sentido para ella; era como si hubiera presagiado el desastre. La canción se mueve a la velocidad a la que danzan las cosas en la densidad del fondo del océano, firme en la primera parte cuando describe la seguridad con la que alguien tiene decidido irse (“Puedo señalar el momento en el que cerraste los ojos y dijiste ‘Sí’ a la riada”) y borrosa por el duelo después (“El doble de rápido, sedienta de alguien que se fue en la mitad de tiempo”). El tiempo se para, el corazón se comprime.


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Minutos: Paseos 2010 (1ª Parte)


Mezclando sin complejos canciones aparecidas este año, descubrimientos añejos (que para uno pertenecen al año que los descubre, ¿no?) o temas que no han significado algo para mí hasta hace nada a pesar de conocerlos, Paseos (ferrocarriles, bicicletas, metros, pasos en círculos en un comedor; diablos, pasos en círculos en sueños) es una lista que desverlaré en tres partes hasta fin de año, sin un orden particular, que incluye esos momentos musicales que han sido pequeñas obsesiones durante los últimos doce meses. Huellas que definen lo que ha sido mi año, en definitiva.


Beach House – 'Walk in the Park'
(Teen Dream, 2010)


¿Alguna vez habéis tenido la sensación de olvidaros progresivamente de los detalles de algo a base de acudir a su recuerdo con demasiada frecuencia? Es paradójico. Es como creer que estás coloreando sobre un folio sin darte cuenta de que lo que frotas sobre el papel es una goma, hasta que se hace un agujero. La comodidad que uno encuentra en pasar tiempo con alegres fantasmas que ya no están, intentando evitar que los colores sólidos se vayan volviendo translúcidos por abuso, es capciosa. La doliente belleza de este monumento (uno de los diez de Teen Dream) captura espeluznantemente ese doble filo de confort y devastación.



(directo Madison, mayo 2000)


Acompañado solo del piano, en una lánguida y libre versión de una canción que no publicaría hasta 2005, solo Chesnutt puede inmiscuirse entre arterias y venas partido en diminutos granos de arena y paralizarte. A partes iguales una declaración de afecto a través de la descripción de detalles cotidianos y un toque de atención tranquilizador: “Puedes ser sincero conmigo”. Que Kristin Hersh se muestre modesta e irónica a la hora de atacar una canción suya tras esto no es por nada.


(Exile In Guyville Reissue, 2008)


Originalmente un descarte de Exile in Guyville, ‘Ant in Alaska’ explica de manera tragicómica y mordaz el sentimiento de traición y abandono de alguien a la que dejan en un lugar escondida, prometiendo que la volverán a buscar, garantizando que todo será mejor de lo que era cuando eso ocurra. Ese rescate, no obstante, nunca se produce y empieza a darse cuenta de que ahí fuera todo el mundo está siguiendo con su vida y ella se ha quedado pendiente de una ilusión, un engaño cobarde, perdiendo el tiempo.




El trio de Brooklyn frotado con algodones de Aladdin y perdiendo la distorsión hecha de virutas de metralla que caracteriza sus discos hasta ahora. Se rumorea que esta nitidez es indicativa de lo que nos espera el año que viene. ‘Death’ (originalmente cara b de ‘Moped Girls’) flirtea con la candidez siniestra de las letras que componía Phil Spector, donde todo es más lamentable de lo que parece: “Quiero seguir viva / quiero morirme, no ahora, de aquí a diez años / quiero vivir para ser su novia / quiero, quiero, quiero seguir viva”.


(Get Lost, 1995)


He leído reseñas de Get Lost, tanto de los medios como de seguidores de The Magnetic Fields, y nadie destaca ‘Love is Lighter Than Air’ –lo cual, siendo una de las tres que más me conmueve a mí, me produce ese egoísta sentimiento de orgullo, de ver algo donde no lo ve nadie. Los acordes mayores que brotan de esa guitarra con tensas cuerdas de cobre y el ritmo nos situarían en un paraje estival aunque Stephen Merrit no dijera “Summer, summer, summer”. Aprovechar el momento, no titubear, no posponer, no temer porque “El verano pasará a ser otoño, más vale que tu amada y tú vayáis a la playa / porque el amor es más ligero que el aire / se va flotando si lo dejas ir / (…) se eleva entre la nieve cuando cae”.


(Lio, 1980)


Mi amiga Natalia me descubrió esta canción hace unos meses cuando me pedí un banana split de postre en un bar, y nunca le podré estar lo suficientemente agradecido por dirigir mi atención a lo que suena como una canción de Devo sobre felaciones cantada por una adolescente. Los sintetizadores, la frescura con la que recita Lio y su descaro hacen de esta canción una ganadora.“Las guindas son barras de labios que dejan marcas en la Antártida”.



(No Guitars, 1997)


Que Mary Timony sitúa sus textos en terrenos fantasiosos, entre brujas y pequeñas explosiones medievales, es algo ya sabido. ‘Dragon #2’ es un medio tiempo, pero dotado de la urgencia provista por las notas ascendentes de guitarra; está articulado de manera que se da la misma intriga que cuando una abuela hace gestos para explicar un cuento. “El cielo rojo, la carretera larga, unidos en una canción / no hay lugar en el mundo en el que puedas esconderte de esta horrible nana”.


(Songs for Ravens, 2010)


La ternura con la que Julie Ann Bee expresa las sensaciones que percibe en las cualidades de la persona que describe (“mejillas rosadas y piel pálida”) y cómo le pide a esta que se deje querer (“deja que se te agranden los ojos”) no debería ser descartada por parecer excesivamente cándida. Al fin y al cabo, por mucho que con los años intentemos censurar y cerrar el paso a sentimientos que nos expongan tanto, hay una pequeña parte de todos que –creo- sigue funcionando de esa manera. La percusión tribal y una melodía nada obvia elevan más si cabe la fragilidad de sus sentimientos.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Imperdible: Vivian Girls – “Everything Goes Wrong” (2009)


De haberse publicado en 2010, el segundo álbum de Vivian Girls hubiera figurado entre mis tres discos del año, poniendo el contrapunto agreste a la solemnidad de los que considero los otros ganadores: Beach House y Owen Pallett. Al fin y al cabo, yo descubrí Everything Goes Wrong en julio; las chicas actuaban en Barcelona a finales de ese mes y, poco a poco, la vaga idea de “a lo mejor” asistir se fue convirtiendo en un “cuánto falta” a base de escuchar repetidamente la sesión que grabaron para Daytrotter –una selección de cuatro versiones lustrosas de su cancionero que si se publicara oficialmente figuraría en su discografía como uno de sus mejores ep’s. La verdadera naturaleza de la banda, alejada de la engañosa nitidez de esa sesión y envilecida en alta tensión eléctrica, me la despacharon estupendamente en ese concierto. Everything Goes Wrong me recuerda inevitablemente a cierta euforia estival, a los últimos viajes en metro y a los primeros en bicicleta (ese es el orden, aunque parezca que debería decirlo al revés), con destino y sin destino; a dormir bien y mal, al espeso calor nocturno.

Vivian Girls suelen figurar en el saco –cada vez más lleno de retales de poliéster y lycra- de los grupos de pop femeninos que han mezclado la distorsión encendida pero quebradiza y las melodías propias de las composiciones de Phil Spector. Peor para el resto de bandas que estén en el saco, añado yo; al lado del trío de Brooklyn (Cassie Ramone –voz, guitarra; Katy Goodman –bajo, voz; y todavía Ali Koehler a la batería al grabar este disco) el resto palidece entre carencias y falta de energía, y es que no debería ser suficiente que estén cerca geográficamente, que algunas de ellas sean colegas o que simplemente sean mujeres para intentar trazar similitudes. Lo que las hace mejores (me tomo el crédito para seguir con la comparación ya que habitualmente se hace) es su capacidad para transmitir algo tangible y genuino en su música, no un simple gimmick que bebe y se ancla a una época pasada. Las veo más cercanas al cianuro de Babes in Toyland que al raca-raca descafeinado de Dum Dum Girls, por poner un ejemplo, y no debe pasar por alto que para Cassie Ramone hayan sido influyentes grupos como los Wipers para entender el componente punk que individualiza su propuesta.

Everything Goes Wrong avanza con urgencia y sin apenas respiro pero por suerte corrige el absoluto caos de la producción de su disco de debut, que grabaron en un par de días. Para este se tomaron el triple de tiempo y aunque la voz sigue estando ligeramente enterrada y la guitarra pica como la maleza espinada, su solidez (esto sí es un power trio) y unas composiciones más reflexivas hacen de este un trabajo quizás no tan lúdico y de desahogo hormonal como el primero pero de complacencia más versátil y duradera. De escucharse sueltas, canciones como ‘I Have No Fun’ o ‘You’re My Guy’ –con su estructura garagera y punky- indicarían que Vivian Girls siguen en su acelerado guateque, pero todo se ve equilibrado por temas que suponen pequeños riesgos dentro de su estilo (desarrollos más largos en ‘Out for the Sun’ o ‘Double Vision’) y sobre todo por la esencia de lo que explican sus letras esta vez: si bien el título del disco quizás lo resuma de manera demasiado pesimista y haya que leerlo con un toque de humor, Everything Goes Wrong recoge momentos de vulnerabilidad propios de un fracaso sentimental aún caliente despachados con seguridad (intranquilidad pero determinación en ‘Walking Alone at Night’) o ternura (‘When I’m Gone’: “¿Estarás esperándome en el escalón cuando llegue a casa? / Cuando todo vaya mal, ¿me echarás de menos cuando no esté?”); destellos de entusiasmo renovado (‘The Desert’), deseo que necesita ser saciado (‘Tension’) o atracción por una situación inconveniente (‘Can’t Get Over You’) que conviven con el aire nihilista y de confusión de los temas que no giran alrededor del anhelo amoroso, como la fiereza recogida en ‘The End’ (ese tom tom que retumba en el tórax, el crescendo final acentuado por el punteo de guitarra cada vez más agudo) que hace las veces de tema central del disco.
La máxima expresión de delicadeza se encuentra al final, cuando en el medio tiempo ‘Before I Start to Cry’ Ramone asume ese papel que hemos tenido todos alguna vez en la agonía que puede ser una despedida: “Vete, no digas nada / Escúchame cuando te digo / que te vayas a casa y me dejes sola / Date la vuelta y dime adiós antes de que empiece a llorar”.

Vivan Girls publicarán la continuación de Everything Goes Wrong la próxima primavera.



martes, 21 de diciembre de 2010

Minutos: The Go-Betweens - 'Bachelor Kisses' (1984)




Hace dos días, topé con esta canción al hacerme con varios singles y EP's de The Go-Betweens, prácticamente todos los que publicaron entre 1978 y 1988, con la intención de conocer un poco más su trayectoria. Hacerlo a partir de los singles es una buena manera; tienes un acercamiento a lo que pretendieron ser canciones potenciales de los discos y acceso a gemas que fueron relegadas a cara b. Escuché varios aleatoriamente, haciéndome una idea del pop más saltarín de sus inicios bajo las chispas de la aguja del reproductor de vinilo y detectando claramente como a mediados de los ochenta su artesanía pop se volvía más depurada y atizaba corazones con la madurez conmovedora que tan bien dominarían ya en el largo 16 Lovers Lane (1988).


"Volvíamos de pasar las navidades en Nueva York, habiendo perdido a nuestra compañía de discos (Rough Trade) por el camino. Escribí la canción en inmigración, cuando me negaron entrar en el Reino Unido. La primera persona que la escuchó fue mi hermana. Dijo que debería cantarla Marianne Faithfull".
Grant McLennan, 1990

‘Bachelor Kisses’ es de esas canciones que me hizo dejar lo que estaba haciendo y prestar atención; un flechazo que se ha convertido en una pequeña obsesión durante algo más de cuarenta y ocho horas. En cuanto a lo musical, es uno de esos temas lo suficientemente accesibles como para hacer subir enteros la calidad de cualquier emisora de FM que hubiera arriesgado poniéndolo cada dos horas cuando se publicó, con ese toque de elegancia nocturna. Tiene la quietud y el aliento sensible de una confidencia, pero también la afectividad del amigo preocupado (¿secreto enamorado?) de una chica con una errante actividad sentimental que la perjudica. Una conducta promiscua que, ya es sabido, está mal manejada cuando se inmiscuyen las ilusiones improcedentes propiciadas por lo que uno quiere proyectar en una situación o cuando se toman al pie de la letra cosas dichas a la ligera.

Surcando este medio tiempo, la cadencia de la voz no necesita piruetas para emocionar genuinamente, y las palabras no precisan de cripticismo para eludir a la vulgaridad, aunque para el estribillo –apuntalado por los distantes coros de Anna Silva- construyen una hermosa imagen reveladora (“¿No vas a guardarte estos besos de solterón? Son para tu frente”) que sufre un giro al final de la canción (“No seas esclava de los besos de solterón, romperán su promesa”). No es un lavado de cerebro a favor de la monogamia, sino un toque de atención para no descuidar el amor propio.



‘Bachelor Kisses’ se publicó como single en agosto de 1984 y posteriormente apareció en el disco Spring Hill Fair, publicado en septiembre del mismo año.




* 'Minutos' debía ser una nueva sección en Picadura de Abeja que empezara a rodar en 2011 y me permitiera escribir con más frecuencia y de manera más automática sobre canciones destacables, pero la sensiblería propia de los previos a las fechas navideñas y el agradable e inesperado impacto de esta canción me han hecho adelantarlo al día de hoy.


viernes, 17 de diciembre de 2010

Por el atajo: Moonshake – “First EP” (1991)



La primera vez que escuché una canción de Moonshake acabé aturdido; angustiado y pegajoso de sudor, como si me encontrara atrapado en un atasco en plena urbe, metido en un coche sin ventanillas en agosto y los sonidos de cada pequeña cosa vieran aumentados sus decibelios hasta gritarte en la cara. Una fábula monstruosa en la que los edificios, el leve retumbo del suelo al paso del metro, el automatismo apresurado de la vida diaria, el click-clack del intermitente, el imperceptible zumbido de la bombilla de un semáforo… todo ello te provocaría una psicosis extrema y reveladora que acabaría por aterrorizarte.
La música de Moonshake no siempre tuvo esta característica; es más bien una cualidad que fue adquiriendo a base de pequeñas mutaciones, pero en sus dos últimos álbumes la voz de David Callahan (voz, guitarra, samplers) ya podía considerarse la mejor emisaria de la intranquilidad y el desconsuelo propios del fin del siglo XX, y su música un reflejo de la confusa vorágine de las grandes ciudades aderezado a través de loops maníacos que parecen colisionar casi al azar -como el mismo caos que nos rodea en la vida diaria- y variedad de estilos que van desde el free-jazz al blues, del post-punk al rock de vanguardia (no en vano su nombre proviene de una canción de Can). Que se acentuaran los trazos perturbadores fue consecuencia de la pérdida de la otra mitad motora del grupo en su formación original, Margaret Fiedler (voz, guitarra, samplers) –que cada vez discrepaba más con David y acabó formando su propia banda, Laika-, con lo que la personalidad de Callahan tomó más espacio en la dirección de Moonshake. Un disco muy recomendable para ilustrar todo esto que explico es The Sound Your Eyes Can Follow (1994), una escucha fascinante.
El trabajo que destaco hoy es de esa primera etapa colaborativa entre Callahan y Fiedler, el EP con el que debutaron en la primavera de 1991 bajo la etiqueta de Creation Records; la formación por entonces la completaban John Frenett (bajo; luego también en Laika) y Mig Moreland (batería). First EP es un ejercicio que queda en su catálogo como su creación más accesible y de ambientación más agradable, no desafiante hasta los extremos de sus experimentos posteriores pero aún así una temprana aportación regeneradora a lo que después se llamaría post-rock.

En ‘Coming’ (curiosamente, la única en la que canta Callahan) se percibe la voluntad bailable de los grupos de Manchester de los primeros noventa (la percusión, la línea de bajo en círculo cerrado) pero la atmósfera, acentuada por el slide guitar, es oscura. Fiedler toma el micrófono en las restantes: ‘Gravity’ profundiza en un mundo más onírico (coros que gotean cloroformo, guitarras entrecortadas) que les emparenta con los My Bloody Valentine de Loveless, aunque hay que tener en cuenta que ese disco se publico a finales del mismo 1991. De ‘Coward’ aparecen dos mezclas, la segunda de ellas oculta al final: la versión definitiva es furiosa y ruidosa, conducida por una frenética batería; la clandestina anula la distorsión y trae la guitarra acústica al frente para acentuar su hechura de críptica canción folk. ‘Hanging’ quizás sea el momento estelar del EP, con la suave voz de Margaret planeando sobre un terreno bucólico y nebuloso mientras recita eso de “Me dejaste colgando ayer / hoy corté la cuerda”, toda una declaración de insatisfacción sexual.



lunes, 6 de diciembre de 2010

Imperdible: The Sugarcubes - "Life's Too Good" (1988)



















Entre los vinilos y cassettes que había por casa cuando era pequeño, en muchos casos no teníamos los discos que se consideran clásicos indiscutibles de cada uno de los artistas: de Patti Smith estaba Radio Ethiopia pero no Horses; de The B-52's teníamos Wild Planet pero no el disco homónimo; teníamos Pretenders II pero no Pretenders; teníamos incluso un disco de Vangelis que a nadie le importa y que a mí me gusta mucho, See You Later (ahí está 'Memories of Green', que acabó en la banda sonora de Blade Runner). En cierta manera, era algo bueno porque tú no sabías que eran discos difíciles de digerir, decepcionantes o directamente malos. Los recibías sin ninguna referencia y dependía de ti convertirlos en clásicos. 

De The Sugarcubes, la banda que sirvió de tarjeta de presentación mundial a Björk (voz), teníamos Here Today, Tomorrow, Next Week! (1989). Pasaba una cosa extraña; cuando metían la cinta de cassette en la radio del coche por la cara A se aceleraba durante la primera canción sin un motivo razonable y escuchábamos a unos nerviosos Alvin y las Ardillas durante dos minutos. Tiempo más tarde, cuando Björk empezó a publicar discos por su cuenta y leí las primeras entrevistas y libros sobre su persona, me enteré de que el mundo no había recibido muy bien ese segundo álbum del grupo islandés. Daba igual que ahí estuviesen 'Planet', 'Regina' o 'Speed Is the Key': era la secuela de un disco por el que los críticos se habían derretido en halagos y The Sugarcubes no podían acertar; nada iba a complacerles, ni repetirse ni salirse por la tangente. Visto en perspectiva, por mucho cariño que le tenga y aunque es un disco resultón, puedo entender que las costuras de Here Today, Tomorrow Next Week! se le hiciesen indiscretas a quien se hubiera sorpendido con Life's Too Good: menos cohesión (demasiadas canciones, algunas realmente flojas); la sensación de que hacían gala de una excentricidad más ensayada; y una presencia más intrusiva de Einar Örn (voz, trompeta), un bufón que daba la cara junto a Björk, tan importante en la banda como cualquier otro miembro; agradable si recita en algún interludio de manera sosegada, pero a menudo irritante como un bebé que gruñe para pedir comida.


















El planeta, empezando por el Reino Unido, descubrió a The Sugarcubes en 1987 pero el colectivo que formaban -agitadores culturales en Islandia por vías que trascendían la musical- no estaba formado por debutantes. El batería Sigtryggur Baldursson, Björk y Einar ya habían coincidido en Kukl, banda fichada por el sello Crass Records bien conocida en los circuitos europeos de música siniestra durante los tres años que les duró la aventura, entre 1983 y 1986. Lo último que hicieron fue aparecer en un especial de media hora en la televisión local islandesa, actuando Björk embarazada de siete meses y con la panza al descubierto. Unas semanas más tarde, juntándose con Thor Eldon (guitarra) y Bragi Ólfasson (bajo), montar The Sugarcubes fue la respuesta a su ocurrencia de formar un grupo de pop intrascendente. En ese sentido podríamos afirmar sin miramientos que les salió el tiro por la culata. La complejidad post-punky y la claustrofobia atmosférica de Kukl fueron una enseñanza valiosa que enriqueció y dio un toque inaudito a lo que para ellos era un pop festivo y fácil, sin más. 

Enseguida se habló de unos The B-52's del indie pop y como referencia inicial es válida: se da el intercambio entre la voz robótica masculina y las disparatadas melodías de Björk, pero el papel de Einar es mucho más anecdótico que relevante y ella carece de sarcasmo kitsch en favor de una sensibilidad más asilvestrada, sea por la vía más hipersensible o la más desatada. De la misma manera, en las letras se mezcla cripticismo y alocadas narraciones de falso tinte infantil, algo que sumado a su apariencia de pequeña esquimal le valdría los espeluznantes calificativos de duendecillo y niña mayor que definirían su imagen pública y tanto la incomodarían durante años. Life's Too Good es una colección sólida y entretenida de diez canciones de pop tan saltarín como ingenioso que parte de su punto más oscuro ('Traitor', una narración de Einar que hace las veces de inquietante introducción: "Con los ojos vendados al amanecer / oyendo los tambores de los catalanes marcando el tiempo que me queda") para salir a la luz y presentar a personajes en situaciones pintorescas como la de 'Motorcrash', una pieza jocosa y bailable donde Björk presencia un accidente de moto y secuestra a la afectada para curarla, devolviéndola más tarde disfrazada a su casa para sorpresa de su marido. En la misma línea desenfadada nos encontramos otros temas como 'Delicious Demon', el pop con un toque autómata de 'Blue Eyed Pop' o la concluyente 'Fucking In Rhythm & Sorrow', un rockabilly en el que se dirige a suicidas y deprimidos para decirles que no se tiren por la ventana, resumiendo el significado retorcidamente hedonista del título del álbum. 

Por supuesto están 'Birthday' (su primer single, que grabaron primero en islandés) y 'Deus', las canciones que hicieron preguntarse a todo el mundo de dónde salía esa voz y esa música, donde los entretelados de guitarras muestran su máxima expresión preciosista y ensoñadora. Los elementos se recrudecen para echar a las brasas la tensión sexual y pegajosa de 'Coldsweat', y en medio de todo ello no hay momento tan emocionante como la búsqueda de cobijo materno de la Björk de rompe y rasga en 'Mama', sobre el bajo repetitivo y la batería casi tribal. Estas últimas cuatro, dentro de lo estrambótico, son las piezas que destacan y le dan al disco un grado de perdurabilidad y magia incontestable, presagio de todo lo que daría Björk al empezar su carrera en solitario. Mucho más que una fiesta de arties ligeramente borrachos en Reykjavik.




Para escuchar en Spotify:
(selecciones, el disco entero no está disponible)




jueves, 2 de diciembre de 2010

Imperdible: Sebadoh - "Bakesale" (1994)


La percepción del tiempo, conforme creces, se hace más y más extraña. Su paso no solo se vuelve progresivamente más veloz –algo además irreversible- sino que a causa de ello lo vivido parece simultáneamente cercano y a años luz. Hoy me acordaba de cuando me compré este disco de Sebadoh; era 1999. Que entonces tuviera quince años aún acentúa más el hecho de que me parezcan los dibujos de humo de la vida de otra persona. Veo a ese chaval retraído, al que la peluquera del pueblo cortaba el pelo a máquina aunque lo odiaba, que se afeitaba con agua fría porque nadie le había dicho cómo hacerlo y se iba con la cara cortada al instituto cada cuatro días, demasiado asustado como para hablar (vaya, eso no ha cambiado demasiado según se mire). Recuerdo mirar fotos de sexo y no tenerlo, y comprar discos cuando solo había podido escuchar una canción en un sample o en un video-clip en Sputnik.

Encontré Bakesale en una tienda que hace mucho que no existe. Fue todo un acontecimiento cuando la abrieron en diciembre de 1994; tenía dos plantas y había discos piratas de conciertos y cosas así. Cuando empezaron mis inquietudes musicales me llevé varias sorpresas encontrando cd’s que incluso estaban descatalogados, perdidos en desorden alfabético en las estanterías, y que agonizaban desde sus fechas de publicación dado a que el comprador potencial no distaba mucho del de hipermercado y no buscaba esas cosas. Éste de Sebadoh estaba en una vitrina cerrada con llave (creo que por ser un digipack no sabían qué hacer con él) y tuve que pedirlo expresamente, algo que me horrorizaba y que rompía esa pudorosa intimidad con la que me iba yo a comprar discos (bastante era ya pagar al dependiente).

En su día no fue un trabajo que me golpeara hasta el punto de escucharlo de manera compulsiva, pero el recurrir a él periódicamente durante estos años y la estima que le tengo a día de hoy demuestran que sí alteró lo suficiente mi sensibilidad, probablemente al reconocer en Lou Barlow (voz, guitarra) a un autor humilde y pequeño en un momento en el que me sentía insignificante: en su manera de narrar las cosas se adivinaba a alguien que parecía igual de confundido y torpe en sus relaciones, cobarde quizás para decir en voz alta lo que pasaba por su cabeza pero deslenguado al volcarlo en estas canciones, o lo que es lo mismo, seguro en su propio mundo.

Ese nerviosismo interior, esa irritación contenida pero a punto de rebasar el borde de lo tolerable se respira desde la urgencia del primer tema, ‘License to Confuse’, muestra del sonido incisivo y con pulpa que el trío (con puntuales colaboraciones) consiguió para este álbum: hasta entonces, Sebadoh habían sido una de las bandas para las cuales se acuñó la etiqueta “lo-fi”; sus grabaciones al principio eran ejercicios sin complejos grabados en cassette con todas sus impurezas, y más adelante seguían conservando ese desorden maquetero aún cuando entraban en el estudio. Para Bakesale grabaron con Tim O’Heir en los estudios Fort Apache de Boston y conservaron lo agreste sonando más brillantes que nunca, y las composiciones de Barlow y Jason Loewenstein (aún siendo habitual la tendencia más melódica y sentimental del primero y la agresividad del segundo) dieron lugar a una secuenciación acertada y armoniosa, medida y sin paja, algo que no puede decirse de sus otros álbumes.

Por parte de Lou Barlow encontramos algunas piezas introspectivas y minimalistas de esas que tendrían su raíz en su destartalada guitarra acústica pero que ven aumentado aquí su impacto emocional con punteos saturados como en la carta abierta de ‘Not a Friend’, pero sus dubitaciones amorosas, esa pelota de aire que llena sus mejillas cuando las preguntas y el embrollo de sentimientos le nublan el raciocinio viene envuelta en melodías pegadizas que cabalgan sobre fondos de ajustada asperidad (‘Rebound’, ‘Magnet’s Coil’), rauda, a veces preciosa (‘Skull’: “Y no sé quién eres / pero sé qué me gustaría que fueras”) y otras todavía cercana a la garrulería de otros tiempos (‘Give Up’). Si en el anterior Bubble & Scrape fue la ruptura con su novia la que alimentó su angustia (gracias a las canciones de ese disco volvió a ganársela, además) aquí sus preocupaciones parecen tener más que ver con su entorno en general y con el rechazo que le produce autocompadecerse.

Las canciones de Loewenstein, en cambio, son de una seriedad menos flexible y se basan en riffs más robustos (‘Careful’ duele y es una de sus composiciones más redondas), bordeando en algún punto el hardcore. Se empareja con Tara Jane O’neil a la batería en tres de ellos, a destacar la espiral y el crescendo de intensidad de ‘Not Too Amused’, un tema austero y que conduce al equívoco con su paso relajado. Hacia el final queda espacio para una composición del batería Bob Fay, ‘Temptation Tide’, en la que comparte micrófono con Anne Slinn y que aporta al disco un respiro y un aire de ligereza con el añadido del teclado. Eso sí, bromas las justas; es Barlow el que se guarda el crédito de la pieza concluyente ‘Together or Alone’, la letra más sentida del lote: “Esta confusión me agota / pero sonreiré cuando esté contigo / porque hay tanto que podemos hacer / juntos o solos / a mí no me da miedo estar solo”.

Hermosa confusión existencial.