domingo, 27 de febrero de 2011

Minutos: Julie Doiron - 'Blue' (2009)



Estoy viendo como un señor le saca fotos a su hijo, que hace muecas y posturas en esta aburrida sala de espera del aeropuerto. El niño debe tener unos seis años y lleva las botas más grandes que jamás he visto puestas a uno de su edad; es como si le hubieran tallado en madera y a la altura de las rodillas se hubieran cansado, dejándole las piernas tres veces más gruesas desde ahí hasta los pies. Aún con los auriculares puestos, puedo oír su desacomplejada risa por encima de la música mientras escribo. Yo solía ser así, lo recuerdo; no me importaba en absoluto que la atención de cualquiera recayera sobre mí, hasta que en algún momento eso cambió y empecé a esconderme, a disculparme y a pedir perdón por estar ahí, fuera donde fuera.

Cuando me quedaba muy poco para abandonar el fin del mundo hoy -una preciosa manera de llamar al frío severo que ha hecho en Copenhague-, un monólogo interior y latente se ha convertido en un diálogo exterior, y eso siempre es un alivio al que sigue una traicionera secuencia de vulnerabilidad y ternura. He dicho adiós con la mano y sin quererlo, y al darme la vuelta solo quedábamos yo y yo mismo otra vez. Me preguntaba cómo podía definirme como una persona solitaria presuntamente convencida y necesitar tanto el abrazo de una persona. Qué delación tan fácil. Supongo que por supervivencia le das la vuelta a las cosas según te parezca que pierden peso y solo tú sabes cuán mentiroso eres y cuántos entresijos enredados en fealdad omites de tu historia: un cuento que, pulido a base de la repetición, es tan correcto y estudiado como la respuesta a una cuestión frecuente en una entrevista, y despachado ya sin pensar siquiera.

Pensando en lo triste de pretender negar un miedo feroz a vivir y vender en su lugar un gimmick de despreocupación y conformismo, de desapego, he embarcado dirección Zurich y al poco de despegar ha sonado oportuna esta canción de Julie Doiron:

"decidí, hace mucho,
no volver a reír
no volver a llorar
no volver a querer"

Creerse protegido del dolor por el hecho de no volver a arriesgar en ningún campo es algo que como idea válida no puede durar. Negarse los sentimientos me parece una tortura en sí mismo, nada más lejos del confort. Te descubrirás llorando y amando aunque sigas moviendo la cabeza de izquierda a derecha con los ojos cerrados. La voz de Doiron, en el canal derecho del estéreo y acompañada solo por una guitarra quebradiza que arrastra por hierba húmeda en el canal izquierdo, te rompe el corazón cuando después de esa lista de cosas en las que no piensa volver a caer dice: "Decidí no volver a querer / así que estoy triste / estoy triste". Los encantadores coros que entran para arropar la palabra "blue" no ocultan el desasosiego provocado por la sospecha de que ese remedio elegido la deja sin vida.
Aunque la guitarra sube un poco el volumen y acaba escuchándose por ambos canales para darle un final ligeramente épico, lo que dice queda en puntos suspensivos. Me he sentido como un tonto, expuesto, eso que pasa cuando parece que una canción hable sobre ti.

Vivir con afecto e indiferencia me parece una resolución a la inquietud que plantea esta canción. Pero si Julie Doiron la cantara de noche en una colina bajo las estrellas como yo la imagino, ese ideal sería un astro huidizo que gotearía mantequilla caliente por cada una de sus puntas, mofándose inalcanzable. Yo creí haberlo tocado, pero no. No.

Para Bruce.

Escrito en el aeropuerto de Zurich
durante una larga espera entre vuelos
el 26 de febrero de 2011;
acabado a las 19:16h.


'Blue' apareció en el disco I Can Wonder What You Did With Your Day de Julie Doiron, publicado en 2009



lunes, 21 de febrero de 2011

Minutos: Josh Rouse – ‘Camping in Copenhagen’ (2000)


No creo que jamás deje de comprar discos, pero la persistencia de las nuevas tecnologías y el fervor por lo digital acaba contagiándote por mucho que seas de vieja escuela y te empeñes en romantizar con la idea de descubrir música como solías hacerlo hace apenas cinco años. Los cds grabables, sin ir más lejos, nunca me han parecido más inútiles. Una bonita actividad artesana que he perdido en el camino a causa de ello es la de crear recopilatorios de rarezas y caras b; todo un proceso que iba desde la localización en alta calidad de todo tipo de grabación recóndita de un artista, la ordenación cronológica de todo, grabación de cd-r, creación de portadas y libretos e impresión satinada en la copistería. Como regalo espontáneo para amigos era algo especial y muy resultón, ya que a poca gente he conocido que tenga la devoción y la paciencia para rastrear rarezas de esa manera por mucho que le guste la música de alguien.

Preparando uno de esos recopilatorios con destinatario, hará más de tres años, descubrí esta pequeña canción de Josh Rouse. Digo pequeña porque es una maqueta que cedió en 2000 al recopilatorio que suele acompañar a los números de la publicación Comes With a Smile (Vol. 2 - Boxes In The Hall) de un tema que publicaría dos años más tarde en el disco Under Cold Blue Stars (titulada allí ‘Summer Kitchen Ballad’). Pequeña porque es una viñeta entrañable de voz y armonio; pequeña porque es evocadora del fresco de una noche de verano en un espacio abierto pero se mantiene íntima y simple. Son solamente cuatro estrofas que describen vagamente otras tantas secuencias, rematadas con el verso “El mundo es gris” y la afirmación que le da sentido al título ‘Camping in Copenhagen’: “La vieja furgoneta está cansada y va despacio / no tira”. Parece resignado a pasar la noche bajo las estrellas debido a ese parón que le impide llegar a casa o a otro lugar tal como estaba planeado, y es como si la soledad y el aburrimiento le recordaran pequeñas situaciones tensas vividas con alguien: “Me senté en la cocina con un cigarrillo para el asma / en la ventana, un poco arrepentido / (…) Abajo en la presa, para darme un baño / me quité la camiseta pero tú no te quisiste meter dentro”. De hecho, los detalles son lo suficientemente esquemáticos como para dejar abiertas varias interpretaciones: ¿son recuerdos o es que alguien le acompaña y es algo que sucede esa misma noche? ¿Habla en todas las estrofas de la misma persona?

De la quincena de canciones que junté para ese disco regalado, ‘Camping in Copenhagen’ fue la única que me gustó de manera tan repentina, y por ello la situé en primer lugar; su quietud era una perfecta introducción. Mañana me dirijo justamente a Copenhague. No voy de camping ni espero vivir ninguna de las escenas descritas por Rouse, pero las notas ascendientes y descendientes de esta canción revolotean encima de mí hace un par de días, y todo empezó por algo tan tonto como el hecho de que el nombre de la ciudad está escrito en el título. Notas de armonio que seguramente le darán un regusto melancólico al viaje en avión de ida. O al de vuelta.


‘Camping in Copenhagen’ apareció en el recopilatorio Comes With a Smile Vol. 2 - Boxes In The Hall, publicado en otoño de 2000, y posteriormente en The Best of the Rykodisk Years, retrospectiva del trabajo de Josh Rouse que se publicó en 2008.



viernes, 18 de febrero de 2011

Imperdible: PJ Harvey – “Is This Desire?” (1998)

Recuerdo cuando en un programa de televisión de hace un tiempo pedían a los personajes entrevistados que dijeran una imagen de silencio con la que despedir a los espectadores. Para mí el deseo sería una preciosa imagen muda. Un alboroto interior pero con el volumen a cero. La respiración de alguien que a oscuras aún no se ha dormido; el suave sube y baja de su tórax bajo una sábana visto a través de un cristal grueso. La configuración del significado de “deseo” que se ha labrado en mi subconsciente durante estos años tiene pellizcos de impaciencia y ansia, ensoñación y secretismo, confianza y tormento. Habrá contribuido a ello verlo escrito en la interrogación que titula este disco de PJ Harvey: “¿Es esto deseo?”. Esa pregunta, formulada a uno mismo, denota una confusión espeluznante. No es simplemente querer poner nombre a sensaciones desconocidas, es también sorprenderse de que la parte emocionante del deseo tenga un reverso tan insoportable y molesto. En este trabajo esos entresijos tienen voz, una voz hosca y encerrada.

Exhausta después de girar el exultante To Bring You My Love (1995) durante prácticamente un año y desolada por el fin de una apasionada relación sentimental con Nick Cave, PJ Harvey llegó a valorar la posibilidad de abandonar indefinidamente su carrera musical, llegando a prescindir de una primera versión de este trabajo en 1997 inmersa en un delicado estado emocional. Cuando se vio fortalecida y retomó el hilo de lo que había empezado, aún no sabía que daría forma a la que, en retrospectiva, es quizás su obra más valiente: la expectación por ver hacia dónde se dirigiría después de firmar uno de los discos mejor valorados por crítica y público de 1995 no ejerció influencia ninguna sobre ella, haciendo de Is This Desire? el viaje en blanco y negro que debía ser, sin rastro del carmín de su predecesor y más incómodo que el encendido Rid of Me (1993) aún sin armar la mitad de ruido.

La tensión incorpórea del deseo carnal a punto de materializarse en contacto físico queda recogida en la pieza titular, pero son más bien las consecuencias las que tienen el peso del argumento del álbum. La dureza de este trabajo está en la naturaleza solitaria de su narrativa; una soledad impuesta primero y autoimpuesta después: las secuelas de esa hinchazón anhelante cuando la situación cambia, cuando la comunicación con quien aún quiere es inviable y se da un encierro magnético difícil de eludir. Mediante la creación de personajes con nombre y rasgos diferenciables -no importa si hablan en primera persona o si es ella la que lo explica en tercera- organiza sus emociones y se desvincula del asomo al pronunciado talud de su interior, quizás una manera de negarse la terrible certeza de que tales sentimientos eran suyos. Su osadía es aún mayor en un enfoque sónico sin concesiones a la belleza per se: la mayoría de las canciones utilizan fragmentos y tomas vocales de las maquetas originales que Harvey grabó en casa en su cuatro pistas y se conservan todo tipo de impurezas, desde el bufido de la cinta magnética al temblor puntual de la voz, y hace uso de una electrónica minimalista y distorsionada, llena de graves y suciedad, como herramienta para corresponder musicalmente la turbiedad de sus emociones.

Al inicio del disco resume la situación en ‘Angelene’, un medio tiempo en el que habla por la boca de una chica que se entrega a cualquier hombre pero a la que ha robado el alma uno que ella no puede alcanzar. El contexto del álbum a partir de ahí es tosco y el grano de la fotografía, grueso: la caja de ritmos y la línea de bajo al teclado aturden en ‘My Beautiful Leah’ como el dolor de cabeza y el agotamiento que ataca después de un largo sollozo, un escenario apropiado para la historia de una chica deprimida que ha desaparecido (“¿La ha visto, señor? / Pelo negro, ojos marrones / (…) Nunca me abandonan las últimas palabras que dijo: / ‘Si no lo encuentro esta vez, estaré mejor muerta’”). El mismo esqueleto funciona en otras canciones: sobre el zumbido esquemático de ‘Electric Light’ bastan dos frases para abreviar esa fascinación secreta por alguien que remueve el espíritu (“Su belleza bajo la luz eléctrica siempre me arranca el corazón”) y la conversación que mantienen bajo y voz sobre el ritmo ligero de ‘A Perfect Day Elise’ esconde una historia de romance posesivo con desenlace en negro.

Se dan retratos de mujeres rurales para las que pasan los años y permanecen solas (Catherine envuelta en misterio en ‘The Wind’: “Una vez fue una señora de la ciudad / pero ahora se sienta y gimotea / (…) La veo en su capilla, en lo alto de la colina / Debe estar tan sola”; Joy rodeada de extremismo industrial en su canción homónima: “Toda una vida soltera / a los treinta años nunca había bailado ni un paso / Se hubiera ido de estas montañas hace mucho si no fuera por su condición”) e imágenes poéticas como las de ‘The River’ o ‘The Garden’, ambas apuntaladas por preciosos fraseos de piano. Más interesante se pone cuando los sentimientos son de euforia (‘The Sky Lit Up’ explotando con las percusiones del final: “Me da lo mismo qué esté pensando él / Coge el coche, cógeme la mano / El cielo se iluminó”), despecho endiablado (la exposición violenta en ‘No Girl So Sweet’ es el momento más intenso de Is This Desire?) o esos celos recitados con voz intoxicada y nudo en la garganta en la gélida ‘Catherine’ (“Envidio al viento, tu pelo cabalgándolo / Envidio a la almohada, en ella tu cabeza descansa y sueña / Envidio a tu amante con una envidia asesina / Hasta que la luz brille sobre mí, maldeciré cada segundo que respires”).

Apagadas las brasas del deseo, sopladas sus cenizas por la brisa, solo queda renacer.


Para escuchar en Spotify: PJ Harvey – ‘Is This Desire?’


jueves, 10 de febrero de 2011

Por el atajo: Undershakers - "Sola" (1997)



El año pasado, la organización del festival Primavera Sound le propuso a los habituales de su foro que –con vistas a la edición de 2011- empezaran a proponer nombres de grupos que les gustaría ver en un hipotético escenario del que ellos mismos decidirían la programación. Si bien a posteriori la idea no pudo cuajar según esas exactas coordenadas (no hay escenario forero), la organización hizo todo lo posible por conseguir que estuvieran presentes la mayoría de propuestas que habían obtenido más votos. Entre ellas, apareció una tímida y curiosa: ver a Nosoträsh –que no publican disco desde 2005- tocando íntegramente la que se considera su obra más personal y conseguida, Popemas (2002). Podía parecer algo azaroso en los tiempos de don’t look back que estamos viviendo, pero el hecho es que la idea caló y acabará materializándose en mayo en el Fórum.

Compañeras generacionales en la época en la que surgieron, compatriotas asturianas, eran Undershakers. Reseñar este ep que publicaron en 1997 me rondaba por la mente esta mañana al levantarme, y me ha parecido inevitable hacerlo al entrar en dicho foro del festival y leer cómo alguien decía, en el hilo de Nosoträsh: “Para otro año podemos pedir a las Undershakers”, una casualidad tonta que me ha hecho mucha gracia. El hecho es que el grupo que integraban las hermanas Mar (guitarra, voz) y Alicia Álvarez (bajo, voz), Sandra Tocino (voz), Cristina Gutiérrez (batería) y Lara González (teclado) quizás no llegó a la depuración de estilo que hoy hace que se reivindique a sus camaradas como autoras de uno de los trabajos clave del pop en español de la década pasada, pero también es cierto que no tuvieron tiempo: para cuando se separaron en el año 2000 ya habían dado prioridad a las canciones en castellano, y su ímpetu garagero se estaba transformando despacio y con buena letra en inmediatez pop, así que nunca sabremos cuánto más lejos podrían haber llegado. Mar y Alicia, principales compositoras además, siguieron remendando sutilezas a partir de entonces en su excelente proyecto Pauline en la Playa, y es que al fin y al cabo la entidad de Undershakers era su carácter desenfadado y sinvergüenza (aún recuerdo un concierto suyo en el Festimad de Madrid de 1998 que grabé en cinta de cassette: pura diversión y, como dijo Sandra cuando tocaron la sensiblona ‘A Friend’ mientras afinaban una guitarra, “Mariconadas las justas”).

Sola las presenta en lo que personalmente me parece su mejor momento: un progreso notable en el campo de la composición y de la producción respecto a su debut (muy mal ha pasado el tiempo para el sonido plano de Nightshow) y, a la vez, haciendo gala de una crudeza que se oscureció con cosméticos en su segundo disco, Vudú, publicado en 1998. Aquí empieza a vislumbrarse el gancho pop perfectamente casado con su gusto por el garage, y es su estreno componiendo en nuestra lengua: una de sus mejores decisiones. Las dos canciones propias en castellano son muestra de la perfidia y el sarcasmo tan natural que las hacía tan especiales: el discurso autosuficiente y cómico de ‘Sola’ bien puede ser el mejor ejemplo que encontramos en su discografía de eso, y la euforia de ‘Al Revés’ (“Pintar de negro el suelo y después pasear por él / Convertirte en parte hasta de la pared / y el corazón te late rápido y quizás al revés”) es tan breve y jocosa que provoca la necesidad de una segunda escucha inmediata. Completa la mitad en castellano del ep la versión ye-ye de ‘A Tu Vera’ que ya habían aportado al disco Canciones del Cine Español (1986-1996). Además de eso, una revisión de un clásico de Shocking Blue que les sienta como un guante y que solía ser favorita en sus conciertos (‘Send Me a Postcard’; despliegue vocal de Sandra, ¿qué andará haciendo ahora?); punteos arabescos y psicodelia oscura en ‘Big Dog’ (una de esas piezas burlonamente sexuales que destapaban de vez en cuando) y otra de sus canciones a recordar, ‘Reflections’, tensa y deseosa de una manera entristecida aunque firme.

Quizás nadie se tomaría en serio a alguien que diga que echa de menos a Undershakers; quizás poca gente considere trascendentales sus trabajos como para reivindicar la necesidad de un don’t look back a causa de su desenvoltura y el carácter divertido que comentaba antes que tenían; se las identifica muchísimo con esa idea. Pero lo lúdico (y no quiero reducirlas a eso, si me explico) es igual de importante en nuestras vidas. Con los recuerdos que tengo de ellas, yo sí: echo de menos ver juntas a estas chicas.

Para escuchar en Spotify: Undershakers – ‘Sola’


miércoles, 9 de febrero de 2011

Minutos: Smog - 'I Break Horses (Peel Session Version)' (1997)



Lo que me sucede con las voces femeninas desde la infancia –fascinación de las de mirada de ciervo- siempre ha sido algo tan natural que solo empecé a pensar en si sería raro cuando me lo destacaba alguien, o cuando se burlaban (si admiras a mujeres eres más mariquita), o cuando se confirmaban los nombres del cartel de un festival y me descubría desilusionado porque apenas había grupos de chicas; cosas así. Por supuesto no me agradan todas y por supuesto su género no es sinónimo de talento. Pero por cada voz masculina que me gusta, deben gustarme unas quince de mujer; me atrae enormemente la sensibilidad de su trabajo. Dicho esto y como contrapartida, cuando me tienta la voz de un hombre, lo hace de veras. Las que me gustan suelen ser voces graves y profundas, quizás por la calidez que puedo palpar en ellas cuando surcan aguas sosegadas, o la excitante imposición implícita cuando suben el tono; o simplemente porque es el tipo de voz que me gustaría tener. Voces como la de Bill Callahan, el hombre detrás de Smog.

Leyendo un libro sobre Chan Marshall, que tuvo una relación sentimental con él a finales de los años noventa, me sorprendió ver cómo la autora introducía a Callahan comentando que sus letras habían sido tachadas de misóginas, incidiendo en el tópico del alma torturada y oscura; algo engañoso que me parece fruto de una interpretación manipulada de sus (habitualmente) parcas palabras en las canciones, una interpretación frecuente cuando es un hombre el que describe con sinceridad y frialdad sus sentimientos de deseo, desapego o repulsión por una mujer. Si se da a la inversa, ellas suelen ser jaleadas y congratuladas por rebelarse y no tener tapujos.

En ese sentido, ‘I Break Horses’ debe ser enormemente polémica en los frentes feministas de guardería, pues en ella el autor no tiene ninguna vergüenza para ponerse en la piel de un hombre que deja claro su desinterés en tener una relación seria a su amante, el tipo de actuación que suele ser juzgada como descarada y desconsiderada, cuando en realidad es lo más honrado que puede hacer por esa persona: puntualizar sus intenciones no es únicamente un gesto egoísta que delimita su libertad a la vez que le exime de toda responsabilidad sobre el camino que sigan los sentimientos de la otra parte, sino que a ésa debe servirle para saber a qué atenerse y no ver más allá.

Las imágenes bellas (“Cabalgué hacia el océano / y el agua parecía oro empañado / cabalgué sobre un caballo roto”) no distraen de lo directo del mensaje: “Yo rompo caballos, no cuido de ellos / vienen a mí, según parece / pidiéndome que les rompa / (…) No me cuesta mucho / unas cuantas palabras en el lugar adecuado / y sus corazones ambulantes ya no lo son”. Incluso se vuelve más explícito al respecto del intercambio sexual y el agobio posterior: “Primero me gustó su calidez entre mis piernas / (…) pero pronto se convirtió en una picazón, en una rascada, en un corte profundo / (…) Hoy me voy nadando a mi isla favorita, y no quiero verte nadando detrás”.


“Una canción como ‘I Break Horses’ es malinterpretada a menudo. La escribí para ayudar a una amiga a entender que un chico con el que había pasado una noche quizás no le devolvería las llamadas al día siguiente o nunca. (…) Ese fue el impulso.
Las raíces de la canción están en el bien”.
(Bill Callahan, Pitchfork 2-7-2007)

Originalmente una pieza intimista grabada en acústico para el ep Kicking a Couple Around (1996), a ‘I Break Horses’ se le insufló nueva vida en la sesión que Smog grabaron para John Peel en octubre de 1997, sabia decisión. Se trata de una lectura madurada que prende lentamente, desde el rasgueo de papel de seda con el que Callahan introduce la primera sección hasta la subida de intensidad que provoca la entrada del resto de instrumentos a la altura del estribillo (el piano tiene un rol fundamental para sostener la emoción) y que se extiende hasta el final sobre los mismos dos acordes.



‘I Break Horses (Peel Session Version)’ apareció en el ep
Cold Blooded Old Times, publicado en 1999