lunes, 23 de mayo de 2011

Al Revés: Nosoträsh - "Migas: 1996-1998"




















A los trece años, empezando a descubrir el grunge y el indie rock, dejando atrás a heroinas del pop de masas por excelencia y a grupos de pop-rock disfrazados de verité pero descafeinados y de vergüenza ajena, tiene uno (tuve yo) esa tonta e inmadura sensación de que a partir de entonces debe guardar las apariencias: ruido y guitarras eléctricas, y lo demás es una mierda o una ñoñada. Pero seguía teniendo mi corazoncito y cuando las chicas de clase que querían impresionar a los mozos que escuchaban Offspring y Molotov me pedían -cintas vírgenes en mano- que les grabara "música fuerte" de la manera más oportunista y menos movida por la misma música que haya visto jamás, les llenaba las cintas de canciones melódicas de Elastica, Hole o Nirvana, porque en el fondo quería que les gustara, que se interesasen. Ni hace falta decir que a los dos días ya estaban correteando pasillo abajo en busca de otra cosa, según había soplado el viento.

Cuando al poco me junté con un amigo y empezamos a crear canciones, en los ensayos nos sorprendíamos descubriendo nuestros instrumentos y a veces sacábamos canciones de manera inesperada. Un día le cambiamos la letra a 'Voy a Aterrizar' de Nosoträsh por 'Te Voy a Matar', y recuerdo que todo era en plan: "Qué chorrada de canción, vamos a hacer una chorrada mayor", ese tipo de "Jejeje, ¡no vale nada!" que uno dice en público mientras oculta lo que verdaderamente piensa por parecer intocablemente guay (mentalidad cerrada adolescente, ¡qué horror!). Y entre ese amigo y yo éramos mucho de guardar las apariencias con esas cosas, muy poco sinceros. Así que ya lo he dicho; no sé a él, pero a mí las Nosoträsh de esa época me gustaban bastante, hasta mejor antes de sonar un pelín sobreproducidas en las manos de Joaquín Torres (Nadie Hablará de...; 1998) y en las de Ian Catt (Mi Vida en un Fin de Semana; 2000).

Natalia (voz), Cova (batería), Montse (guitarra, voz), Eugenia (bajo) y Bea (guitarras, voz) se juntaron en Gijón a finales de 1994 (en 1996 se unió Malela, guitarra y violín) y a penas un año después ganaron el Concurso de Maquetas de Rockdelux, premiado con la grabación de un álbum a publicar por la discográfica multinacional RCA, que ya tenía en su plantilla a Los Planetas. Sacar un disco era algo que les parecía demasiado prematuro y les producía respeto llevando tan poco tiempo como banda. Querían tocar mejor cuando llegase el momento y ampliar el repertorio, así que se tomaron con calma el objetivo y se dieron tiempo para crecer mediante EP's y singles, los que se recogen en esta necesaria, improvisada y no autorizada recopilación de grabaciones descatalogadas hace demasiado tiempo. Más de diez años hace que no están disponibles de manera oficial ni en formato físico ni digital, algo que mirando la situación al detalle quizás no sorprenda tanto: su primer EP lo publicó Astro, sello ya desaparecido, y el resto RCA, que tiene cero interés en un proyecto tan poco rentable ante sus ojos como la reedición de estos trabajos (y ahí incluyo también su debut en formato largo). Que a su discográfica actual Elefant Records se le permitiese licenciar esa música para volver a ponerla en circulación es lo único que nos queda por soñar.



















Nosoträsh sorprendieron a propios y extraños por lo pegadizo y sencillo de su discurso, y por ese desparpajo ligeramente destartalado genuinamente amateur. Se podía leer en sus canciones una delicadeza costumbrista como la de Le Mans y a la vez sarcasmo sutilmente electrificado vía Beat Happening, algunos de los nombres que más se utilizaron para intentar describirlas. Para su primer EP homónimo (1996), producido por Pedro Vigil y Carlos J. Martínez junto al grupo, dejaron patente su versatilidad: la versión más cruda y estimulante que grabaron de 'Voy a Aterrizar'; intimismo acústico en portugués ('Tristeça' anda a paso de una dulce bossa-nova) e inglés ('Jeff', más melancólica; luego la transformaron en 'Pereza' para el primer álbum); y rayos directos de luz solar en 'La Clack'. En Aterrizar EP (1997) regrabaron su mayor hit (produce Michel Martin y le resta un poco de encanto a pesar de las cuerdas y los vientos al final; aún la revisarían una vez más intentando sublimar lo que ya estaba muy bien) y destaca una primera versión de otro de sus temas más conocidos, 'Mis Muñecas', composición que les regaló Alicia Álvarez (Undershakers, Pauline en la Playa). 'Pretzels' (garra y coro infantil estupendo) y 'La Felicidad (es un Alegre Ritmo Moderno)' son muestras de esas maravillas dibujadas a prisa con tizas en el suelo que más las acercaban al catálogo de K Records.

Jose Luis García (Manta Ray) les dio la canción 'Punk Rock City' para que la adaptaran y aparece aquí en su versión single, publicada en 1997 (la primera vez que se escuchaba en voz de Natalia algo en clave tan menor y por ello especialmente conmovedora), y están también las caras B de los singles del primer disco, que como apunte curioso cabe decir que son todas procedentes de sesiones de grabación con Pedro Bastarrica y Pedro Vigil en 1996 y no descartes de su tiempo con Joaquín Torres, y menudas gemas: versiones de 'Voy a Ser Mamá' (Almodóvar y McNamara) y 'Extraños Juegos' (Zombies), y 'Migas', una de las canciones más preciosas de todo su repertorio a la que muy pocos han tenido acceso (yo la oí una noche en el Diario Pop de Jesús Ordovás y hasta más de una década después y gracias a un mp3 de Toño, que llevaba una web completísima sobre la banda, no la volví a escuchar). Cierra la recopilación la canción 'Marie Lu', aparecida en su primera maqueta y aquí en la versión que cedieron al CD que acompañaba al número 200 de la revista Rockdelux. Que nadie se deje engañar: no son grabaciones menores de un grupo que daría cosas mejores un poco más adelante; es el testimonio de su primera etapa, una que encierra cosas que solo podían tener en esos primeros años e igualmente reivindicable.

La banda asturiana se deja ver muy poco desde hace unos años, algo realmente triste, pero se van a subir al escenario del Auditori del festival Primavera Sound este sábado para interpretar las canciones de uno de sus discos más queridos, Popemas (2002).


* Enlace editado, teniendo en cuenta que ahora mismo puede encontrarse el EP Nosoträsh (1996) en iTunes y Spotify, así como la versión de 'Voy a Ser Mamá'. Para los actualmente aún inencontrables, aquí.




lunes, 16 de mayo de 2011

Minutos: Daniel Johnston - 'Some Things Last a Long Time' (1990)



Las palabras me atraen; es obvio por mi afición a la escritura de prosa y letras de canciones. Me atraen como objetos, me gusta que sean combinadas de manera que configuren texturas e imágenes mesuradamente coloristas en mi mente. Métrica, fonética, rítmica. Concisión, ni extremadamente críptica ni banal. Suelen gustarme más los juegos, los jeroglíficos a los que acabas asignando significado porque la solución aparece en el periódico de mañana, el que nunca compras. Pero de vez en cuando topas con alguien que hace un uso sublime del lenguaje conversacional más claro y que con ello te agarra con más fuerza de la que lo hará jamás un recortable dadá.

Un pequeño hilo de casualidades recorre la fascinación que me produce a día de hoy -que no deja de sonar en bucle en mi cabeza desde esta mañana- este tema de Daniel Johnston compuesto a medias con Jad Fair. Hará un mes me compré Devotion, de Beach House, y la primera mañana que lo escuché entero me sorprendió una canción llamada 'Some Things Last a Long Time'; dije: "Es la canción más corta que he escuchado de Beach House, y sin duda de las más bonitas". Echando un vistazo a los créditos, vi que no la habían escrito ellos, pero no indagué más allá. La semana pasada, pillé de casualidad los últimos veinte minutos del documental El Diablo y Daniel Johnston en el 33 y hacia el final empezó a sonar la misma canción, así que no tardé nada en descubrir el original. Ayer la escuché en condiciones por primera vez, repitiéndola unas cuatro veces seguidas por la tarde, y esta mañana veía como Cassie Ramone (voz y guitarra de Vivian Girls) había mencionado, de madrugada, haber escuchado también el disco en el que está incluida, 1990.

En los pocos minutos que vi de documental, pude saber que Johnston había tenido serios problemas de salud y sufría un trastorno maníaco-depresivo (que ya le dificultó la grabación de 1990), pude ver lo emocionados que hablaban sus compañeros, amigos y familiares, admiradores de su perseverancia y su ternura; ternura que nieva rayada encima de nuestras cabezas mientras suenan los acordes de piano sobre los que vuela, como decía antes, un dardo encendido y a cámara lenta, mensajero del pesar de una ausencia que duele y de un recuerdo que respira a base de quitarnos a nosotros un trozo de vida. Lo mejor es que es más hermoso que doloroso:

"tu foto está aún en mi pared
los colores brillan como nunca
el rojo es fuerte, el azul es puro
algunas cosas duran mucho tiempo

(...) no puedo olvidar todas las cosas que hicimos
algunas cosas duran mucho tiempo

es gracioso, pero es verdad
es verdad y no es gracioso
el tiempo va y viene
mientras tanto aún pienso en ti
algunas cosas duran mucho tiempo"


La interpretación trémula, los suaves coros que aparecen intermitentes, las risas infantiles que la adornan a la mitad y la verdad de un sentimiento que nos es fácilmente familiar debería conducirles (conmigo ya lo ha hecho) al borde de las lágrimas.


'Some Things Last a Long Time' apareció en el disco 1990,
publicado en enero de 1990


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viernes, 6 de mayo de 2011

Minutos: Thelemáticos - 'No Te Entiendo' (2007)



Esto va a ser breve, y es que al fin y al cabo la canción dura apenas un minuto.

Andaba el otro día por casa, protagonizando el típico sketch de apresurado recién salido de la ducha, con los pies medio mojados y la toalla encima de donde no debería dejarse, buscando las gafas -de las que siempre me deshago en un lugar distinto poniendo a prueba mi creciente ceguera y mi menguante capacidad retentiva- y vigilando el aleatorio del reproductor de música, en el que siempre saltan canciones que tienen un volumen extremadamente alto cuando estoy debajo del agua, enervándome al pensar en los vecinos.
Debía estar poniéndome un calcetín cuando empezaron a sonar esas notas de guitarra en espiral de 'No Te Entiendo', un tema del primer ep de Thelemáticos, de cuando aún eran una formación bicolor (Sergio Pérez, Thelemático Rosa; Nacho Estrada, Thelemático Verde). Como digo, fue apenas un minuto configurado además con lo mínimo: la mencionada guitarra, la batería reducida a un pum-pam y esa voz adornada con un poco de delay cavernícola. Pero ahí estaba esa letra; sabiduría thelemática concisa y sin rodeos, ¿para qué? Es, directamente, el discurso trabalenguas de A en una situación de no-entendimiento y desequilibrio de expectativas entre A y B:

"No puedo entender que no entiendas lo que quiero
tú no me entiendes y yo no te entiendo
tú me dices que tengo que hacer lo que tengo que hacer
no entiendes que yo hago siempre lo que quiero
no es tan difícil de comprender
pero tú insistes en no entender
yo no comprendo que tú no comprendas
que tú no me entiendes y yo
no te entiendo"


Y pasado ese minuto me acabé de ajustar el otro calcetín. Buen fin de semana.


'No Te Entiendo' aparece en el ep Thelemáticos, publicado en abril de 2007




miércoles, 4 de mayo de 2011

Minutos: Camera Obscura - 'Let's Go Bowling' (2001)



Cuando Camera Obscura empezaron a tener una repercusión notable en nuestro país y se dispararon como resortes las acusaciones de ser unos sucedáneos segundones de sus paisanos Belle & Sebastian, yo no sabía de qué se estaba hablando (ni me importaba), porque apenas conocía a Belle & Sebastian. Lo que sí que sabía es que la voz de Traceyanne Campbell, esa voz frágil que iba rompiendo pequeños hilos de sirope en la garganta conforme el aire salía y daba forma a las palabras, me tocó hondo muy rápidamente cuando les descubrí gracias a la reiterada programación del videoclip de ‘Eighties Fan’.
Mi maniobra con ellos fue la mía habitual al investigar a un grupo nuevo: consultar su discografía y hacerme primero con rarezas y caras b de los singles. ‘Let’s Go Bowling’ lo es y no lo es: fue originalmente el reverso del single de la mencionada ‘Eighties Fan’, pero cuando Elefant Records editó su primer disco en nuestro país ya entrados en 2002 (Biggest Bluest Hi-Fi había aparecido el año anterior en Glasgow), la incluyó de manera exclusiva en el tracklist.

Sus trabajos más recientes parecen producciones realmente exuberantes al lado de esta tímida viñeta acústica que dice mucho más de lo que parece. Aunque triste y confundida, Campbell parece querer esconderse de lo que la rodea habitualmente, agobiada, y toma la determinación de hacer cosas con su cuenta y alejar a los demás, con los que cree que ya no puede entenderse.

“No me creo nada, así que lo mejor es que te olvides de mí
es hora de que hagas la tuya y te unas al otro equipo,
olvídate de mí
da igual, he conseguido unos zapatos para jugar a los bolos
y son todo lo que puedo ver
con toda mi fuerza hice un strike
amigo mío, no te lo creerías”

Refuerza ese sentimiento individualista en el que necesita recrearse, muy determinada, pero a la vez se acuerda de lo duro que es estar sola: “Mis años de adolescente los desperdicié en mí misma / (…) He visto esa película cien veces o más”; y luego se reconoce preocupada por tener que dar explicaciones al respecto de su nueva actitud, esa que favorece al crecimiento personal que tanto anhela aún a costa de romper el círculo de acontecimientos rutinarios que la hacen sentirse atada: “¿Cómo le voy a decir a mis amigos que no voy a salir con ellos nunca más?”. No sé si lo hicieron a propósito, pero es curioso que la portada del single fuera justamente ese dibujo mediante unión de puntos de un teléfono, inacabado. Incomunicación.

A veces nos parece que estamos mejor completamente solos. Espiando ausentes, nos parece incluso que los demás están mejor sin nosotros. Tiramos por un camino y ya no nos acordamos de cómo volver atrás. Otras, la fuerza de voluntad no puede arrastrarnos tanto y todo se queda a medias. Y otras, todo es una mera nube que acaba deslizándose con el soplo, más o menos insistente según la ocasión, del viento.


'Let's Go Bowling' apareció en el single Eighties Fan, publicado en junio de 2001;
y posteriormente también en la edición española de Biggest, Bluest Hi-Fi (noviembre 2002)

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martes, 3 de mayo de 2011

Momentum: Christina Rosenvinge - "Foreign Land" (2002) / "Continental 62" (2006)




Como la aguja enhebrada que se abre paso pinchando a un lado y otro de la tela, Christina Rosenvinge aparecía y desaparecía de mi vida, pero iba haciendo. A los cinco años, 'El Souvenir' hizo que insistiera hasta que me compraron El Ángel y el Diablo (1989), de Álex & Christina, en cinta de casete. Debí olvidarme rápido de ella al ver en TVE1 el concierto que dio Madonna en Barcelona en 1990. Cuando mi padre cumplió los veintiséis, unos amigos le regalaron en vinilo Que Me Parta Un Rayo (1992), un disco que al romperse el matrimonio él se dejó en nuestra casa y escuchamos una buena temporada, cuando mi madre no se ponía a limpiar con 'Entre Dos Tierras' de Héroes del Silencio.

Este tipo de memorias -los sombreros y la lycra del principio; la chaqueta de cuero y las alusiones a los bares, los puñales y las serpientes en versos lapidarios ("Voy en un coche que robé anoche") de después-, en vez de ser ilustrativas de lo que es una de las evoluciones más epatantes y refinadas del pop y la canción de autor de nuestros días, suelen ponérselo muy difícil al que intente argumentar la validez incontestable de la obra más reciente de Rosenvinge, pues en el trabajo que hizo entre finales de los ochenta y los primeros noventa los incrédulos interlocutores encuentran un blanco desacreditador muy llamativo.

Desencantada por la percepción que se tenía de ella como personaje en nuestro país y con el deseo de investigar en una dirección musical que Warner no sabía a qué público vender, Rosenvinge partió hacia Nueva York a finales de los noventa para recuperar la libertad creativa de un anonimato que también debería llevarla a ser valorada sin el lastre del pasado. Tras muchos años, volví a tener un brote de interés al escuchar las canciones suyas que ilustraban La Pistola de mi Hermano, primer film de Ray Loriga, que vi por televisión en 1999. Eran temas de su disco Cerrado (1997), que ya había producido Lee Ranaldo denotando su creciente inquietud.

Al poco, supe de su exilio una tarde de 2000 escuchando Discogrande en Radio 3, programa que Christina visitó con las pre-mezclas de lo que iba a ser su próximo disco, el que iba a iniciar lo que se conoce como la "trilogía de Nueva York" de la autora. Frozen Pool (2001) derrochaba la frescura propia de un nuevo comienzo, un ejercicio de pop ligero a la francesa mezclado con toques de bossa nova y calor primaveral al que solo se puede achacar el repertorio hecho a retales (la mitad lo configuran dos cortes de discos anteriores regrabados, una versión de Leonard Cohen y otras dos revisiones de sendas colaboraciones para un álbum de Two Dollar Guitar) y que empequeñece únicamente cuando revisamos las dos obras (maestras en su discografía, para mí) que le siguieron.


Para Foreign Land (2002) el paisaje bucólico se vuelve encapotado e invernal; la seda de las blusas y las faldas, invisible bajo un abrigo grueso. Huele a la humedad de la piedra de los muros, a granizo en los raíles del tren, y por momentos su alma y fondo también son tan duros como cualquiera de esos materiales. La instrumentación sigue siendo fundamentalmente acústica y acogedora, con los debidos apuntes cristalinos, pero el mundo que describe esta vez pisa lo onírico a la vez que husmea en aspectos turbadores de nuestra psicología, como cuando se acompaña de unos arreglos de cuerda de celuloide en los dos temas más llamativos y con más giros del disco, 'Off Screen' (una delicia de descriptivo spoken-word que alude oportunamente a Berlín, con hermoso refrán) y 'Dream Room' (canon de voces presagiando una tormenta interior). Ponderaciones sobre la vida adulta (nostálgica en '36', mordaz en 'King-Size', la única que no desentonaría en el disco anterior) se dan la mano con el vals entre charcos que es 'Lost in D', la progresiva neurosis de la abandonada protagonista de la muy tensa 'German Heart' y la crisis de espíritu (gran trabajo de guitarras atmosféricas) de 'As the Stranger Talks', a pesar del título su única concesión al castellano en esta entrega.

Aún en los recitados más suaves o en los momentos en los que el sarcasmo es evidente, el regusto que deja esta colección de canciones es el de la preocupación y el desasosiego, el de sentirse un extraño en su propio hogar, algo a lo que sin duda debió contribuir que surgieran en medio del enrarecido clima post-11S en Nueva York. Puede considerarse sin titubear demasiado su trabajo más ambicioso en la vertiente experimental e incómoda. Victoriosa.





Sin la timidez de Frozen Pool ni la necesidad de llegar a extremos como en Foreign Land, Continental 62 (2006) es una consecuencia del aprendizaje de ambos y por ello el más completo y mejor de los tres. Rosenvinge rompía una relación sentimental que había durado más de una década y regresaba a Madrid (el título del disco es el nombre del vuelo que une ambas ciudades) en un momento en el que los trabajos que nos habían llegado desde esa tierra extranjera habían tenido una más que cálida acogida en prensa, y los cambios en las infraestructuras y en el público oyente optimizaban la idea de encontrarse con una audiencia interesada en ella como nunca. Podía recoger los bártulos de Nueva York con la satisfacción de saber que si debía demostrarse algo, la hazaña había sido cumplida.

Canción pop de autor de altura en color leche y bajo un cielo aún no despejado, y la evidencia de que ya tenía un pie más aquí que allí en un segmento de tres canciones en español que eran sin peros las más redondas que había compuesto en nuestro idioma hasta entonces: '¿Quién Me Querrá?', que no anda lejos del costumbrismo solitario de Le Mans; 'Teclas Negras', un relato tierno y melancólico de adolescente sobre el piano (instrumento que empieza a destacar en este disco); y la que le abriría toda una veda a explorar, 'Tok Tok', a todas luces psicótica y tirante ("Oír tu voz en el contestador me hace dudar / de ti no sale nada sin cobrar / es más que un rumor /(...) Al final tú tenías razón / se puede renacer solo tras la humillación"). Aunque 'Jelly' flota plácidamente abstracta y 'Helicopter Song' es un poema de apenas un minuto ambientado con un latido perturbador, los trazos expresionistas que colorean los rincones no distraen de lo que son composiciones mimadas como trajes de sastre, desde los preciosos arpegios y el nervio enmudecido de 'A Liar to Love' a las canciones que están más explícitamente marcadas por los acontecimientos en la vida de Rosenvinge: la partida en 'Continental 62' (triste referencia a esos años fructíferos: "Adiós, chica caleidoscópica, me voy con el vuelo de mañana / tu gracia fue mía durante un tiempo, pero ¿quién puede mantenerse a tu altura?") y la desintegración del matrimonio en el cuento tenebroso de 'White Hole' ("El diablo transformó el agua cristalina en lodo / el amor es un gran agujero blanco"), que esconde los segundos más turbios que suenan en el disco.

Que alguien escuche estos discos y siga anulando su valía haciendo un gesto burlón con el pulgar apoyado en la nariz y cantando 'Chas, y Aparezco a tu Lado' es, cuanto menos, muy curioso. Otra cosa es seguir haciéndolo desde la ignorancia más burda. Ahí no me meto.


lunes, 2 de mayo de 2011

Multi-Track Suggestion: Christina Rosenvinge - "La Joven Dolores" (2011)


(*Nota: Esta reseña la escribí como encargo para la sección Disco del Mes del número 13 de la revista I Like Magazine, que no llegó a aparecer. Mañana exploraremos los dos discos que personalmente considero clave de Christina Rosenvinge).

Hacia finales de 2008, en la gira de presentación de Tu Labio Superior, Christina Rosenvinge parecía haber conciliado todas las versiones de sí misma. En su set podía barajar y revisar canciones de los Subterráneos, de su etapa neoyorkina y de la actual sin que nada pareciera rechinar. De muchas maneras, su regreso a España en 2005 marcó la cumbre de una aventura que parecía enfilar su curso en círculo. El éxodo la estimuló para dar forma a sus trabajos más arrojados hasta la fecha: empezó con la exploración del rol de delicada cantante europea que veía Lee Ranaldo en ella para Frozen Pool (2001), permaneció desnuda bajo una lluvia noir sujetando canciones de Foreign Land (2002) en cada mano y maduró esa picazón experimental de manera excelsa en Continental 62 (2006), ya entre Estados Unidos y Madrid. Su reencuentro con el castellano y su colaboración con Nacho Vegas la devolvieron, adulta y segura tras todo el aprendizaje, a la indagación en la canción pop de autor de corte más clásico. Recorriendo esa senda, refinada y cada vez más cómoda, la retrata La Joven Dolores.

Lo primero que define a este disco frente a los anteriores es la sensación de sosiego y paz, consiguiente al estado de pubescencia post-ruptura en el que se encontraba la protagonista de Tu Labio Superior: superada esa etapa, alejada del desorden y el nervio sentimental más juguetón, parece como si Rosenvinge se tomara tiempo para pensar, realzando esta vez una inclinación nostálgica y solitaria; conjugaciones en tiempo pasado que le llevan a recurrir a figuras mitológicas como Eva, heroínas frágiles y confundidas que no son utilizadas como puntales que intelectualicen gratuitamente su discurso, sino que sirven para enfatizar la femineidad tan sensible que se percibe en el subtexto de La Joven Dolores, hablando a través de su voz. Basta con escuchar la ternura acústica con la que 'Canción del Eco' da inicio al disco, con Georgia Hubley (Yo La Tengo) en el papel de la ninfa que repite las palabras de ese Narciso que la trata con desdén; o el triste aliento arrepentido de la mujer de Lot en 'Desierto' a causa de la curiosidad fatídica que la convirtió en estatua de sal (“en el cielo sentí un alud / (…) perdón por la ingratitud / por desobedecer / es que me falta esa virtud / cerrar los ojos, correr”), la voz de un fantasma sobre un vals noctámbulo que se puede subrayar como uno de los instantes más hermosos de su discografía. A penas el bajo y las notas inarmónicas de piano que aparecen fugaces en 'Mi Vida Bajo el Agua' antes de que florezca el estribillo tienen la labor de desestabilizar al oyente, un espejismo de las contorsiones experimentales de antaño en medio de un mullido colchón de flores color salmón y pelusa de diente de león. Las intervenciones de Chris Brokaw y Charlie Bautista a la guitarra o de Aurora Aroca al violonchelo se mantienen en esta ocasión contenidas y no distraen, configuran sabiamente un trenzado preciosista que evoca la brisa primaveral mediterránea que inspiró a Christina Rosenvinge para escribir estas canciones.

Como escritora, y retomando lo mencionado sobre su depuración en el campo del pop de autor, cada vez necesita dar menos rodeos: la luz hipersensible y trémula del deseo refrenado en 'Eva Enamorada' abrevia acertadamente la vulnerabilidad del personaje e inspira compasión; los acordes mayores en 'Jorge y Yo' bastan para dibujar con precisión los recuerdos de infancia al lado de su hermano, añoranza de un tiempo de juegos y despreocupación ya lejano. Sigue manteniendo el gusto por el puntual gesto amenazante (blues-folk fronterizo viajando en un leve traqueteo de batería en 'Tu Sombra') y también un mínimo de desenfado travieso, como cuando toma el papel benevolente ante un amante con el que no pueden funcionar las cosas en 'Weekend' (instantáneamente tarareable), pero sobre todo en el tema que despide el disco, 'Debut': flirteo y consumación sexual mediante vocabulario de costurera (“Me enhebra”) que como epílogo a este conjunto concreto de canciones queda un poco fuera de lugar.

Christina Rosenvinge aún no ha publicado dos discos iguales, pero La Joven Dolores tiene algo de continuista respecto a su anterior trabajo, una característica que no he percibido tan intensamente en otras ocasiones. También me lanzo a considerar que quizás sea éste el más homogéneo y delicado; el más “seguro” hasta la fecha. Me gusta la Rosenvinge que escarba en lo incómodo y lo animal, que no lima los bordes, y quizás sea eso lo que echo de menos. Ella lo debe saber mejor: no era el momento de perturbar. Aquí se incluyen al menos cinco canciones que engrosan lo más destacado de su repertorio; hacerse un ovillo en ellas una temporada es más que suficiente. Ya habrá tiempo para que vuelva a intrigarme.

Para escuchar en Spotify: Christina Rosenvinge - La Joven Dolores