lunes, 20 de junio de 2011

Multi-Track Suggestion: Lady Lazarus - "Mantic" (2011)



Es tan fácil decir lo que diré a continuación que me resulta ineludible. Hay una canción en la segunda mitad de Mantic que bien podría ser el eslogan que nos vendiera su argumento: “Música de media noche para la enfermedad del corazón roto”. Me parece una definición que no se dirigiría necesariamente al oyente, sugiriéndole un alivio a la inquietud amorosa mediante su escucha, sino que explicaría el origen del trabajo de Melissa Ann Sweat. Este disco tiene la extraña cualidad de sonar como si se hubiera compuesto íntegramente en la misma madrugada, improvisando sobre la marcha y dejando vía libre a las palabras que insinúa el subconsciente.

El planteamiento, de entrada, es bastante osado por su parte. Un total de catorce canciones que se definen como miniaturas no por su minutaje sino por la simpleza esquelética de su estética (minimalismo parece un concepto hasta ostentoso), que muestran a la autora ajena al comando play+rec y aislada de todo lo demás, algo que el sonido lejano y con amplia reverberación del piano ayuda a acentuar. Es como escucharla en pleno proceso de composición, palabras que digo con mucho cuidado: no quiero dar a entender que ha publicado la primera cinta de retales que tenía a mano en casa. Pero acercándome a su música sin referencias, lo primero que me vino a la mente fue esa libertad; ese espacio inmenso que uno tiene a solas con su instrumento. Me atacó por sorpresa el recuerdo de las grabaciones caseras de Karen O de Yeah Yeah Yeahs (en 'Half-Life', por ejemplo). Lady Lazarus está en la misma línea de delicadeza y repetición; voz sencilla, melodías afectivas y de anhelo, pocas frases, atmósfera serena.

Las canciones se derraman unas encima de las otras cruzándose en la quietud de una niebla que, al empañarlo todo, deja margen al oyente para imaginar y recordar, para sumirse en el mismo estado reflexivo que la autora pero abocando lo que a él le apetezca, haciendo que en el momento adecuado este disco pase en un suspiro. Tras el acordeón que acurruca el instrumental 'Kurosawa’s Dreams and Me', solo puedo imaginármela mirando por el balcón unos instantes, dando un suspiro y metiéndose en la cama un poco más tranquila.

(Esta reseña debía aparecer en el número 13 de I Like Magazine)

Para escuchar (y comprar) en Bandcamp: Lady Lazarus - Mantic



miércoles, 15 de junio de 2011

Minutos: Talking Heads - 'I'm Not in Love' (1978)


"Amor". Tremendo asunto. Particularmente, no pienso ya ni en afecto cuando leo estas cuatro letras juntas, que en español siempre me han parecido poco atractivas a la vista: sobre el papel, es una palabra que para mí no tiene armonía, y no es una provocación. Desde siempre, he relacionado las palabras con los colores de una manera muy instintiva; no sé con exactitud cuándo empecé a hacerlo pero era algo para mí intrínseco en los vocablos, y bastante lógico además. Esa "A" y esa "M" juntas me hacen visualizar un verde oscuro como el de las hojas de una planta de plástico; un color al que no recurriría muy a menudo de estar en mi caja de Plastidecor.

Cuestionar su significado sin que te tomen por alguien "amargo" que no ha "superado los desengaños del pasado" y que "cree estar más seguro si es determinante diciendo que no se va a enamorar jamás" es harto complicado. Yo a esta palabra no le veo más que los compromisos que se le han ido cosiendo a base de mal uso, igual que se cosen las chapas en el chaleco de una niña exploradora que vende galletas en Massachussets. No es una ñoñería lo que ha acabado significando "amor", no; es algo bastante serio. Para empezar, de manera bastante automática se relaciona con la idea de lo conyugal, de ser dos. Como sentimiento, al engullir tantos otros de cuestionable positividad (a saber: posesión, dependencia; también artes como la dramaturgia) es algo bastante abominable. Y habrá quien se ría por ahí detrás. No me entra en la cabeza.
El otro día estaba en el supermercado, en fila tras una pareja heterosexual esperando para pagar. Les tenía demasiado cerca, en el pasillo de los vinos y el alcohol fuerte; me estaba tragando todo lo que hacían. En un momento determinado, él le mordió la nariz dejándosela toda babeada. Tiraron también un bote de salsa romescu entre risas y apelativos como "cariño". Yo entornaba los ojos y me leía las etiquetas de las cosas, no tenía ni el triste iPod para entretenerme, y me noqueó con fuerza esa desconexión de todo lo demás que tanto caracteriza a las parejas: todo foco recae en la otra persona, algo que se acepta en plenitud de facultades. Si la cesta no hubiera estado hasta los topes, creo que hubiera huido.
¡Qué obscenidad!

Luego están las ganas que tiene tu entorno de que te enamores, y que lo hagas en el sentido que lo estoy explicando yo ahí arriba, barriendo todos los añadidos para casa. En general, ya hay prisa por ir en serio con alguien; pero cuando ya es prisa ajena y de pasatiempo, es muy curioso. La convivencia en pareja sigue siendo un objetivo (por mucho que de puertas a fuera y en soltería muchos digan cuán antiguo es y suenen esos "el hombre nace solo y tiene que aprender a estar solo" de manual) y se respeta poco a quien pretende hacer las cosas de manera diferente, o no hacerlas en absoluto. Te despachan con dos justificaciones autovalidadas que a ellos se lo explique todo: o resulta que la persona no te gusta lo suficiente y por eso no te mojas hasta donde ellos consideran que deberías; o que ahora estás en una fase de negación transitoria previa a caer invitablemente en el noviazgo. Y esperan que te lo creas. "Esperar" como en "desear".

Mis divagaciones (este texto tiene tantas cursivas, cinismo e ironía que solo puede representarme como un caricato, muy a mi pesar) no vienen solas, y es que todo este escepticismo y cuestionamiento, como tantas otras cosas, ya tuvo hace más de treinta años su preciso e impecable resumen en la voz de David Byrne. Yo digo más, sí, pero el título de esta apremiante canción de Talking Heads lo dice todo: 'I'm Not in Love'; 'no estoy enamorado'. A Byrne se le conocen otras interpretaciones espasmódicas y entrecortadas, más en esta primera época de la banda, pero el discurso musical sobresale en esta ocasión teniendo en cuenta lo que explica. En las estrofas quedan manifiestos los nervios y la sensación de pérdida de control que le provoca la aceleración de un encuentro, todo ello dirigido por un riff de guitarra funky y una batería que no da tregua: "¿Qué es? ¿Algo nuevo? Bueno, no es así como te veo yo / Vas a tocarme enseguida pero eso no es lo que quiero hacer". Todo ello conduce a un pequeño puente hacia el estribillo que parece sacudirse como los gestos bruscos de quien intenta explicarse en una discusión que ya dura demasiado rato ("Somos dos extraños, podríamos no habernos conocido nunca / Podemos hablar eternamente, ya he entendido lo que has dicho"), antes de desinflarse con la aplastante conclusión: "No estoy enamorado / ¿Qué hace falta para enamorarse? / ¿Lo hace realmente la gente?". Se hace el silencio y vuelven los espasmos del inicio, como quien sigue rumiando y aún tiene algo más que soltar, lo que le hace acabar con lo más osado:

"Contestaré a tus preguntas si no manipulas lo que diga
por favor, respeta mis opiniones

serán respetadas algún día

pero yo no necesito amor

llegará un día en el que no necesitemos amor

creo firmemente que no necesitamos amor"


Lo último que oímos de David Byrne al micrófono es un quejido roto y alargado de impotencia y frustración. Hay que entenderle. Se ha acabado llamando "querer" a todo lo demás. ¿Debería añadir interrogantes a la última frase?


'I'm Not in Love' apareció en el disco More Songs About Buildings and Food, publicado en julio de 1978.



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jueves, 9 de junio de 2011

Imperdible: Laurie Anderson - "Big Science" (1982)



Debo decir que todas las figuras musicales que me rodeaban en mi infancia me fascinaban pero también me aterraban. Igual que me entusiasmaba el Super-Cinexin pero me daba miedo seguir dándole a la rueda cuando aparecían los créditos; los créditos podían pararme el corazón: los Snorkles de excursión y, de repente, las letras rodando hacia el blanco vacío. Se me hacían insoportablemente siniestras.
Lo de los músicos quizás sea porque en la cinta de videoclips que rondaba por casa no había precisamente nada de Miguel Ríos o Duran Duran. Nina Hagen con el pelo rosa y un mini-pene colgando en 'Universal Radio'; The Cure ahogándose dentro de un armario que se caía por un acantilado; John Lydon besando un televisor con la imagen de Reagan, con el hocico y los dedos pringados del aceite anaranjado de unas gambas. En 180 minutos de VHS había sitio para mucho. Otra que asomaba era Laurie Anderson; 'Language is a Virus', un videoclip creado a partir de lo que era su último montaje en aquel momento y que llevó al cine, Home of the Brave. Laurie a oscuras, con su iconográfica imagen de pelo chispeante y con una bombilla dentro de la boca que le iluminaba los dientes como si fueran de pergamino. Laurie disparando mi imaginación.

Todos los cuentos que recuerdo de pequeño son los que leí en una colección roída de clásicos de Disney y los que me imaginé escuchando Big Science, disco que como ya he contado otras veces, tenía en la famosa caja de zapatos en la que guardaba un walkman y unas pocas cintas escogidas. Es gracioso porque al crecer he entendido sus letras, su contexto, y con ello he imaginado cosas nuevas, más serias, más conmovedoras; pero sigo reteniendo en la memoria todas las historias que brotaban en mí sin entender su lenguaje. Pero ¿no es su voz de narradora imperturbable y avispada, y su universo sonoro -tan plural y gráfico- un lenguaje en sí mismo? Claro que lo es; lo fue para un crío.

Con esa voz acogedora, trabajando en el espacio abierto de la cronista que explica y que tiene en la excelencia de su narración el mejor retrato de su opinión, contando con la complicidad del oyente y partiendo de la idea de que es una coversación de igual a igual, Anderson introdujo en la cultura popular un montón de conceptos y reflexiones acerca de la ansiedad latente en la sociedad moderna (especialmente de la americana), de la relación entre el hombre y la cada vez más impresionante y desarrollada tecnología, de los conflictos políticos y de las deudas morales. Bandera de su actividad como artista multidisciplinar e inquieta, Big Science está formado por nueve selecciones de un proyecto mucho más complejo y ambicioso, el espectáculo United States -que estrenaría en Brooklyn en 1983-, en el que se ampliaban muchas de las ideas expuestas en estas piezas.

Producido junto a Roma Baran de manera prácticamente doméstica, en él se percibe esa armonía y tensión simultáneas entre lo analógico y lo electrónico, lo humano y lo robótico, la vanguardia y la sabiduría que no conoce tiempo ni espacio, lo hogareño y lo universal, lo futurista y la memoria colectiva. Un viaje fascinante que arranca en 'From the Air' de la manera más enervante: urgente loop de vocoder, vientos aristados y Laurie en el papel de un comandante de vuelo que informa a los pasajeros de que "vamos a estrellarnos todos juntos". Hay otros momentos coloridos y teatrales, como 'Sweaters', un cómico manifesto de desamor a hombros de las gaitas ("Ya no amo el color de tus jerseys / Ya no amo la manera que tienes de coger tus bolígrafos y lápices") o 'Example #22', un breve intermedio pop extraterrestre intencionadamente histriónico.
En la noctámbula pieza que titula al álbum aulla un lobo y avanza a un suave ritmo tribal, un entorno que remite a la naturaleza para hablar precisamente de su ausencia en las urbanizaciones modernas y criticar a la sociedad de consumo: "Grandes ciudades / y largos coches en largas filas y enormes señales y todas dicen: Aleluya, Yodellayheehoo", esto último dicho con una falta de entusiasmo reveladora. 'O Superman (For Massenet)', inspirada en un aria del autor que cita en el título, es otra de las canciones que más pueden remover la psique y uno de los tantos más perversos y subversivos que puede apuntarse Anderson: en 1981, precediendo al álbum, este tema de más de ocho minutos, sostenido sobre un corto "ah" en bucle, mencionando a los aviones americanos y aludiendo a un triste sentimiento de derrota, de incomprensión y de búsqueda de afecto, se coló en el número 2 de la lista de singles más vendidos en Gran Bretaña, y fue lo que le consiguió un contrato por 7 discos con Warner Brothers.

Las parejas de canciones que cerraban ambas caras son prueba fehaciente de la conceptualidad del disco, pues se trata de variaciones de una misma composición, apoyada en un ritmo creado con golpes de marimba y palmas y alterada según la historia. En la preciosa 'Walking and Falling' ("Andas, y no siempre te das cuenta pero siempre te estás cayendo") es a penas un murmullo metálico y distante bajo la voz; 'Born, Never Asked' enfatiza un arreglo de cuerda arrebatador. 'Let X=X' e 'It Tango' se funden y suenan a aurora, épicas y positivas, recreándose en el sintetizador con pellizcos de viento y percusión, pellizcos que arrullan un final hermoso: "Tus ojos. Hace falta un día entero de trabajo para mirarlos".


Para escuchar en Spotify: Laurie Anderson - Big Science
(tracklist de Big Science creado a partir de selecciones del álbum incluidas en la antología Talk Normal y tomas en directo recogidas en United States Live, ya que el disco como tal no está disponible)


lunes, 6 de junio de 2011

Imperdible: Kristin Hersh - "The Grotto" (2003)



"Un hombre hecho de grasa láctea / dando vueltas a toda velocidad en un quitanieves / y yo no puedo conducir más rápido / mis pies son como hielo y la luna desciende tras los árboles de Navidad / y el ciervo de plástico / decido perdonar y olvidar". Esta narración de un paseo en coche tras una discusión de madrugada, suspendida en el aire como el polvo de nieve que empaña el parabrisas, nos pone en situación al inicio de The Grotto: nocturnidad invernal; búsqueda del silencio que alivie el dolor y nos lleve a la reflexión más acertada; y actores secundarios, figuras ajenas o insospechadamente cotidianas y asumidas, que hacen de nuestro escenario y de manera repentina algo absurdamente intrascendente y misterioso, lleno de renovada vitalidad. Como el señor del quitanieves: "Eran las cuatro de la mañana. El cuerpo le goteaba y le vibraba ahí, en la nieve. Al ver eso ya no podía estar enfadada", dijo la autora en una entrevista de la época.

Con la disolución de unos Throwing Muses en bancarrota en 1997, Kristin Hersh venía de entregar dos discos llenos de colores en los que probablemente volcó toda la nostalgia que sentía de no poder trabajar con el sonido de una banda: Sky Motel (1999), psicodélico y acalorado, la mostraba experimentando con la electricidad de los pedales y los ambientes febriles; y Sunny Border Blue (2001), disco en el que tocó todos los instrumentos, la presentaba firme y procaz como nunca. Activada la banda a finales de 2001 para dar vida a unas canciones que ella sentía que pertenecían a los Muses sí o sí, su trabajo en solitario la devolvía a las sonoridades eminentemente acústicas pero bajo un planteamiento muy distinto al folk más accesible de discos primerizos como Strange Angels (1998).

The Grotto recoge una tristeza hábilmente salpicada de esperanza, y es que fueron la muerte y la vida lo que lo inspiraron: durante su creación, murió el padrastro de Kristin (The Grotto es el barrio al que se desplazó su familia durante una temporada para arropar a su madre) y también se quedó embarazada de su cuarto hijo. Nadie lo diría por ser una grabación básica de guitarra y voz a la que solo añadieron arreglos Andrew Bird (violín de altura) y Howe Gelb (un piano que tan pronto suelta notas como burbujas de jabón como da coces y respira igual que un caballo adormecido), pero es el trabajo más arrojado y menos inmediato de su discografía, y el que da un cobijo más gratificante de tener la paciencia para llegar a comprender su naturaleza.

Transcurre entre sombras, solemne y serio, con un aliento cálido plagado de imágenes ricas e imponentes en su articulación mediante nombres de materiales que rozan la piel y fármacos que atenúan el pesar. Como narradora, siempre he percibido en Hersh la sangre fría del cínico para contar precisamente lo que nadie espera del cínico: la verdad más hiriente y necesaria, envuelta en seca madera, imperfecta, con enconches que revelan una pulpa de color bermellón. En las sucesiones de acordes y arpegios, como ocurre con las palabras, se percibe la supresión de la obviedad, algo que es habitual en la autora pero para lo que estuvo especialmente inspirada en este trabajo. Se esquiva todo lo que nos pueda parecer inmediatamente reconocible, pero sin estridencias ni giros gratuitos, conservando en todo momento la armonía y la razón de ser.

Solo ‘Arnica Montana’ tiene un tono celebrador y de jolgorio en crescendo mediante las cuerdas de Andrew Bird y el trote del piano; el resto (exceptuemos también el plácido amanecer de 'Ether', que cierra el disco) precisa de una atención más minuciosa. Entre los roces a los trastes y el crujir de las cuerdas, con una voz lo justamente polvorienta, transcurren canciones en las que expone la parte menos amable de la convivencia con alguien (“Siento el tirón de la guerra, lucho la batalla / pero no tengo la paciencia ni la vitalidad para durar ni una noche contigo / de colores imposibles y boca de algodón / (...) Ese gemelo tuyo, enfurecedor y evanescente”; ‘Vanishing Twin’) o la gratitud por el apoyo incondicional a esa misma persona (‘Snake Oil’), pero más inquietantes si cabe son los parajes enrarecidos en los que aparca ‘Vitamins V’ (insomnio exasperante) y ‘Silver Sun’ (tierra absolutamente enjugada, desierto bien ilustrado por el agudo violín).

'Deep Wilson’, con un arreglo de cuerda memorable y un estribillo claro, toca fácilmente la fibra (“Me eras tan familiar / creo que me asomé demasiado / no lo hubiera hecho si mi corazón y mi estómago no hubieran caído con tanta fuerza”), pero la pieza central, esa que divide el disco a la vez que resume toda la inquietud por lo perdido y lo venidero, es ‘SRB’, canción que en su último segmento gotea notas de una guitarra de doce cuerdas sobre las que se materializan los dos últimos y definitivos versos: "La carraspera de un fumador y el aullido de un niño se abren paso a través del aire / ahogan cualquier otro sonido".


Para escuchar en Spotify: Kristin Hersh - The Grotto