martes, 27 de septiembre de 2011

Minutos: Kristin Hersh - 'Cartoons' (1998)




"esta guerra no tiene importancia,
de un modo dulce y anticuado
como un juego al que jugamos
culpables de algo que ya olvidamos

no miraba fijamente, solo miraba a lo lejos
deslumbrada por algo que ya olvidé

toma, bébete esto, hemos estado aquí demasiado rato
actuar así es todo un arte
me callaré pronto, luego nos iremos a casa
cubiertos de tiritas y escayolas"

'Cartoons' es toda una excusa; si tuviera un blog estrictamente personal, Minutos se centraría más en el autor de la canción y en los datos históricos, en una lectura de las letras más objetiva y relacionada con él; quizás no aprovecharía esta sección para realizar una serie de análisis que en realidad se confunden con mi vida y conmigo mismo -aunque todos tenemos muy presente que al fin y al cabo nos apropiamos de las canciones de los demás porque leemos en ellas algo muy nuestro.

Esta canción, ¿qué dura? ¿Un minuto y medio? Tan poco y tan acertado para describir una situación agotadora que puede llevar horas, según se porten los "dibujos animados" a los que alude con regocijo el título. Kristin Hersh abrevia para explicar, de manera muy simple, lo absurdo de esas discusiones que se alargan sin llegar a ninguna parte; no con reiteraciones, no por posturas que nunca se concilian: únicamente por la incapacidad de salir de ese bloqueo en el que uno se mantiene sin quererlo. El silencio hostil es también una parte escabrosa de un conflicto. Querrías pedir perdón o tener un acercamiento con el adversario pero el temor y el orgullo te mantienen encerrado cual grito dentro de una aislada fortaleza de hormigón, dejándolo en poco más que un golpe sordo que se revuelve con la nada durante minutos. Minutos perdidos.

En el sentido estricto del silencio y el bloqueo soy un adversario muy complejo e incómodo; uno que sigue preguntándose qué es lo que busca con su actuación; qué necesita y qué pretende, y que aún no ha encontrado respuesta. Cuando ocurre, te sientes preso de algo que es diametralmente opuesto a lo que querrías, con la angustia que eso conlleva. También me fascina la relación de amor/odio que parecemos guardar los seres humanos con todo y con todos; cómo en un momento determinado puedes sentirte muy cercano a alguien y, como si de un fogonazo arbitrario se tratara, pasar a considerar que podría salir por la puerta y desaparecer sin que te inmutaras, aunque solo dure unos segundos.

Este tema de Hersh se ha disparado en mi cerebro de manera automática, básicamente porque conozco a la perfección los recovecos de su discografía y sé de dónde tomar un consejo, dónde encontrar una palmadita en la espalda o un tirón de orejas.


'Cartoons' aparece en el disco Strange Angels,
publicado en febrero de 1998






sábado, 24 de septiembre de 2011

Imperdible: Sinéad O'Connor - "The Lion and the Cobra" (1987)



Si una gitana me hubiera leído la mano hace un mes y me hubiera dicho que muy próximamente iba a escribir un texto sobre Sinéad O'connor, y a destacar uno de sus trabajos como imperdible, la hubiera tomado por demente o por alguien muy gracioso. Pero así ocurren las cosas más raras: uno empieza arqueando una ceja ante la publicitada búsqueda de pareja sexual que Sinéad realiza a través de su web desde agosto y acaba haciendo lo que no había hecho nunca, poniéndose sus discos de principio a final e investigando a un personaje tan disparatado como parece, pero por ello también fascinante.

Sinéad puede resultar alguien sumamente contradictorio y ególatra en muchas ocasiones, tanto como cualquiera en privado. Su rebeldía, una faceta que desvió por completo la atención de su valía artística, no es vacua. Cuando consiguió el reconocimiento prácticamente mundial mediante la frágil 'Nothing Compares 2 U' poca gente podía sospechar que estaba ante alguien ciertamente subversivo y comprometido con sus creencias, que pretendía utilizar su popularidad para crear discusión sobre lo que le parecía injusto o abominable de la agenda política. Yo era un niño cuando ella se vio inmersa en una vorágine de malentendidos y escándalos provocados por sus declaraciones (y por sus hechos: la famosa aparición en la NBC rasgando una foto del Papa, tomándole como símbolo de la Iglesia Católica que protegía a los curas pederastas), pero no creo que muchos adultos fueran tampoco más allá de descartarla como desequilibrada y de no entender qué necesidad tenía de dar opiniones tan controvertidas una cantante que estaba archivada junto a Lisa Stansfield en su cajón de las cintas de casete.

La cuestión es que el grueso del trabajo de O'connor en su primera década en activo (obviemos, quizás, el disco de versiones de estándares añejos Am I Not Your Girl? de 1992) esconde gratos momentos de brillo. Lo extra-musical hizo que nos olvidáramos o que no llegáramos a saber que estábamos ante una autora muy respetable, con la que además están endeudadas varias artistas (de su Irlanda natal y de fuera de sus fronteras) que han intentado imitar su estilo vocal y su posición comprometida sin ir más allá de un yódel auto-consciente y púber.
Escuchando a Sinéad uno puede afirmar que es una intérprete cabal que no teme exponer su vulnerabilidad, una cualidad frágil y esencial incluso cuando la domina una fiereza vocal más arriesgada y libre, porque su furia nace de la aflicción y los recuerdos de una infancia marcada por reiterados abusos. Su debut The Lion and the Cobra no es una colección de nueve canciones excelentes, pero lo he elegido por ser la muestra más bruta y espontánea de su carácter como compositora, algo que se iría limando con el paso de los discos durante los noventa mostrando su versatilidad: I Don't Want What I Haven't Got (1990), la madurez reflexiva; Universal Mother (1994), la quietud, sintiéndose desvalida y rota por los acontecimientos; y Gospel Oak (1997), un renovado sentimiento de paz y ternura.

Con a penas veinte años y una docena de canciones que había escrito durante el último lustro con una guitarra acústica, Sinéad O'connor despertó el interés de la discográfica británica Ensign y consiguió el control absoluto del sonido de su primer álbum, abortando unas sesiones con el adjudicado productor Mick Glossop y agenciándose ella la labor junto al ingeniero de sonido Kevin Moloney. Escuchado hoy, es cierto, es un disco que se ha quedado en la época a la que pertenece (producción fácilmente digerible para la FM americana de finales de los ochenta, arreglos algo aguados aquí y allí, especialmente de teclado y batería), pero es parte de su encanto y no desmerece en exceso la materia prima, una mezcla muy personal de folk, pop-rock mainstream y post-punk, aunque una canción destaca por ser más genérica e insustancial que el resto, la funky 'I Want Your (Hands on me)' (aún así uno de sus primeros experimentos con la música más bailable).

Lo embelesador hay que encontrarlo en el calambre de la inicial 'Jackie', un lamento furibundo en crescendo sobre guitarra eléctrica (no en balde se habló de reminiscencias de los primeros Cocteau Twins) en el que se puede mascar la indignación del traicionado ("Jackie se fue una noche fría y oscura, diciéndome que volvería a casa / He estado muerta veinte años, lavando la arena con mis lágrimas de fantasma (...) Miraron a la arena y dijeron: 'Ese hombre se conoce el mar como la palma de la mano / Algún día volverá riéndose de ti'"); en el crepitar de medios tiempos como 'Just Call Me Joe', debidamente ensuciado entre susurros oníricos, y 'Just Like U Said it Would B', uno de los temas en los que Sinéad juega más y mejor vocalmente (ese toque entre valentón y afanoso del fraseo) y que más remite a la música folk irlandesa. Hay lugar para esa exasperación combativa que la hace tan singular ('Jerusalem') y para el pop-rock fácil de memorizar ('Mandinka' muestra todo el ímpetu propio de alguien que tiene la energía para comerse el mundo), pero es 'Troy' (junto a la mencionada 'Jackie') el tema que quien dude si acercarse a este trabajo debería escuchar; una anomalía de peso monumental, cien giros vocales dolientes sobre una orquesta que se enciende cuando las palabras lo solicitan y que hace que broten arreglos incendiarios sobre dos únicos acordes, con la traición insoportable de nuevo al fondo ("Mataría un dragón por ti / Moriré / Pero me levantaré, volveré / (...) He aprendido / Siendo lo que soy / no hay otra Troya que yo pueda quemar").

Escuchar sin prejuicios.


Para escuchar en Spotify: 
Sinéad O'connor - The Lion and the Cobra



martes, 20 de septiembre de 2011

Multi-Track Suggestion: Sea of Bees - "Songs for the Ravens" (2010)


(Ya hace unos días que me rondaba por la cabeza la idea de recuperar esta reseña que hice para I Like Magazine, y hoy se me ha hecho irresistible al revisarla y ver que el documento original tiene la fecha de hace justo un año, el 20 de septiembre de 2010. Este pequeño descubrimiento, sugerencia del director de la publicación, me acompañó cuando me desplazaba en bicicleta las primeras mañanas en las que nos empezó a azotar el fresco otoñal. Mañanas como las de los últimos dos días. Una vez más, a uno le sorprende que se cumplan aniversarios de tantas cosas y de manera tan rápida).

Dicen que, para ir bien, la música debe funcionar sin el contexto; me refiero a que no debe evocar la figura del creador y entenderla entonces según fantaseemos con su vida. La emoción será auténtica cuando ahí reconozcamos algo universal o cuando aboquemos nuestro contexto; cuando haya algo que dispare imágenes animadas en nuestra cabeza, escalofríos y recuerdos de cosas atractivas e inestimables o perturbadoras y desagradables, pero siempre familiares.

En ese sentido, Songs for the Ravens (a mí me) funciona. Lo ubico en un algún lugar entre la calidez y el cencio, como un paseo en invierno pero yendo bien abrigado, y por algún motivo me remite a la adolescencia: está calado hasta los huesos de delicadeza (me niego a decir “inocencia”; ¿qué tal “pureza”?), de anhelo, y de esa introspección rumiante, fantasiosa, propia de cuando alguien está impaciente por saber qué es lo que le concederá el mundo a su enorme corazón. La teoría del contexto se me desmontaba esta mañana, cuando leía una enternecedora historia sobre cómo a Julie Baenziger (la esencia de Sea of Bees) no le habían dado su primer abrazo hasta los dieciséis años, explicada por ella misma. Volviendo a escuchar el disco tras conocer ese pequeño dato, la emotividad de esas sensaciones que ya había tenido se ha visto aumentada, ni que sea un poco, al confirmar en cierta manera la honestidad de todo lo que se escucha.

Si pudiéramos colocar un folio en blanco encima de cualquiera de estas canciones y frotar con un lápiz del número 2, podríamos completar un precioso trabajo de campo lleno de texturas suaves, no sin que se nos ensuciara el papel: sí, hay minúsculos apuntes electrónicos y piano, pero en la médula están la leve distorsión bajo las guitarras acústicas ('Gnomes', 'Marmelade') y una irresistible percusión primitiva ('Skinnybone'); incluso los giros vocales pueden recordar a la Alison Goldfrapp que se arañaba las rodillas en bosques de hojas moradas salpicadas de humedad ennegrecida, pero Julie, ajena a la oscuridad, mira detrás de cada rama, expectante. Un trabajo destacable por su inquietud y por su conmovedora fragilidad. Notable, muy notable debut.



domingo, 11 de septiembre de 2011

Minutos: Lisa Germano - 'Lovesick' (1996)



Uno busca "Lovesick" en un diccionario online como puede ser Wordreference y la traducción es un literal "Enfermo de amor". Más abajo indica: "También aparece en estas entradas: 'mal'", dirigiéndonos directamente a la expresión "mal de amores". Andaba convencido -mal rastro- de que "lovesick" ni siquiera tenía una traducción al castellano que aludiera a la parte del padecimiento, y de hecho aunque "enfermo" y "mal" son palabras explícitas, combinadas para explicar lo que significa son demasiadas letras; no me parece que tengan la contundencia de ese único vocablo en inglés. O quizás es que la carga viciada de significado me viene dada por relacionarlo con esta opresiva canción que Lisa Germano publicó en 1996 y que me asaltó hace un par de días escuchando un aleatorio de varios artistas, después de mucho tiempo sin tropezarme con ella. Saltó entre canciones desenfadadas y reaccioné dejándome intoxicar por su éter; no sentí una pulsión que me hiciera bajar el volumen por insoportable.

Si algo se le ha dado bien a Lisa Germano en sus más de veinte años de carrera es crear atmósferas de todo tipo, desde mágicas y reconfortantes a turbias e infinitamente incómodas, pero a mí siempre me han parecido irresistibles, y sobre todo valientes. En 1999, 4AD (su discográfica de por entonces) hizo saber a Lisa que no iban a publicar más discos suyos por no cumplir expectativas comerciales, paradójicamente después de entregar el que quizás sea su disco más tierno y excitante, Slide (1998). Extraño que una discográfica que ya había publicado trabajos turbadores de la autora como Geek the Girl (1994) o el Excerpts from a Love Circus que alberga este 'Lovesick' tuviera según qué pretensiones en cuanto al total de copias vendidas.

Habrá quien diga "difícil", y al que le parezca que lo que aquí se plasma (ya no con palabras, sino musicalmente) es pornográfico, pero yo seguiré diciendo "osada". No puedo calificar de otra manera a una composición que recoge de una manera tan mortecina el arrastrado dolor de cabeza de esas horas en las que el amor y el suplicio son un mismo ente, que se abre con una frase cómica que no lo es en absoluto: "'No eres mi Yoko Ono' / esas fueron las palabras que me dijiste".

"esas visiones de belleza,
esas visiones me cautivan
ilusiones de esperanza
que me vuelven loca
(...) dame un poco de inspiración
¿es por eso que me pegas?"

No solo el aliento de Germano suena pesado y desorientado, sino que da bandazos sobre un trémulo riff de guitarra y un cavernoso ritmo sostenido en unas palmadas sarcásticas que chasquean al fondo, cruzándose con ese violín que repite borroso la melodía bajo su voz. Otro coro de violines chirriantes aparece eventualmente, sonando como una jauría endiablada. Hacia el final, Lisa rasga la voz y sube una octava gritando el título de la canción, como si no lo aguantara más, poniendo los pelos de punta.

'Lovesick' apareció en el álbum Excerpts from a Love Circus, publicado en septiembre de 1996. Al año siguiente salió como single en una versión irreconocible remezclada por Underdog.








lunes, 5 de septiembre de 2011

Minutos: Yo La Tengo - 'Tears Are In Your Eyes' (2000)



La necesidad de afecto cuando tienes miedo, la idea constante de tirar de la manga y llamar la atención de cualquiera que pueda mirarte con la comprensión que necesitas y que te diga que todo va a salir bien cuando ya hace demasiado que parece imposible, puede llevarte a la más absurda y absoluta paranoia. Tu papel como víctima, todos tus errores y tus carencias empiezan a hincharse para asegurarte la limosna y apoyar los argumentos de tu mendicidad, algo que no es necesario y que ni reconocerías hacer de manera estudiada, ¿pero hasta qué punto es así? Al tiempo, percibes distorsionada la actuación de los demás; de repente nadie está lo suficientemente pendiente de ti, te parece que todo el mundo es dichoso y que apenas puede molestarse en atender un lloriqueo; te sientes ignorado y te crees que es porque perciben que eres tan poco como sientes que eres.

Todos estos espectros resultantes de la tristeza y del bloqueo ante las adversidades no son imperecederos, y una vez reconocidos deberíamos ignorarlos o simplemente saludarlos educadamente y esperar a que se debilitaran; como el que atiende a una visita que le disgusta con modales prácticamente protocolarios hasta que se va; igual que se enseña a pactar con las alucinaciones a quienes oyen voces o ven imágenes. Pero es un estado mental capcioso que te lo pone muy difícil. Estos días me han dado alguna que otra negativa a quedar, me han contestado algún mensaje sin despedirlo con un abrazo o he esperado respuestas a llamadas y cartas a las que solo ha seguido el silencio durante días y me ha hecho mas daño del habitual. Pero es que he ido a testar todos los frentes cuando más me nublaban los mencionados espectros. Así no puedes ganar.

Tears Are In Your Eyes no es una canción que me guste ponerme en busca de "cobijo para el incomprendido"; la verdad es que en un momento bajo es una partitura nada amable, porque hace que te enfade, que te entristezca el estar tan triste. Es como si te dijeran "Mírate, ya estás llorando otra vez". El revestimiento es cálido, es cierto, pero en el fondo te está diciendo que espabiles. Georgia Hubley, que en este tipo de canción lenta de Yo La Tengo siempre parece flotar sobre un pedazo de porexpan en un océano de calma imperturbable, canta con la ternura y el aliento de quien ya ha escuchado demasiados disparates, pero también con empatía hacia quien ya no sabe lo que es real, que lo ve todo mal ("Me dices que ya ha llegado el verano y que lo hace en mal momento / me dices que ha llegado el invierno y que ahora los días se te hacen largos") y que no ve manera de aligerar su pesar ("Tienes lágrimas en los ojos / todas las noches").

Frases directas y tópicos de reanimación ("Aunque no me creas, eres fuerte / (...) y ni te acordarás de esto / cuando acabe bien") y el verso que, en un giro melódico que no aparece en ningún otro momento en sus cuatro minutos y medio, hace que te des golpes en la frente: "Por favor, dime cómo puedes saber qué pasará mañana mirándote los zapatos".


Tears Are In Your Eyes apareció en el disco And Then Nothing Turned Itself Inside-Out, publicado en febrero de 2000