Si una gitana me hubiera leído la mano hace un mes y me hubiera dicho que muy próximamente iba a escribir un texto sobre
Sinéad O'connor, y a destacar uno de sus trabajos como imperdible, la hubiera tomado por demente o por alguien muy gracioso. Pero así ocurren las cosas más raras: uno empieza arqueando una ceja ante la publicitada búsqueda de pareja sexual que Sinéad realiza a través de su web desde agosto y acaba haciendo lo que no había hecho nunca, poniéndose sus discos de principio a final e investigando a un personaje tan disparatado como parece, pero por ello también fascinante.
Sinéad puede resultar alguien sumamente contradictorio y ególatra en muchas ocasiones, tanto como cualquiera en privado. Su rebeldía, una faceta que desvió por completo la atención de su valía artística, no es vacua. Cuando consiguió el reconocimiento prácticamente mundial mediante la frágil 'Nothing Compares 2 U' poca gente podía sospechar que estaba ante alguien ciertamente subversivo y comprometido con sus creencias, que pretendía utilizar su popularidad para crear discusión sobre lo que le parecía injusto o abominable de la agenda política. Yo era un niño cuando ella se vio inmersa en una vorágine de malentendidos y escándalos provocados por sus declaraciones (y por sus hechos: la famosa aparición en la NBC rasgando una foto del Papa, tomándole como símbolo de la Iglesia Católica que protegía a los curas pederastas), pero no creo que muchos adultos fueran tampoco más allá de descartarla como desequilibrada y de no entender qué necesidad tenía de dar opiniones tan controvertidas una cantante que estaba archivada junto a Lisa Stansfield en su cajón de las cintas de casete.
La cuestión es que el grueso del trabajo de O'connor en su primera década en activo (obviemos, quizás, el disco de versiones de estándares añejos Am I Not Your Girl? de 1992) esconde gratos momentos de brillo. Lo extra-musical hizo que nos olvidáramos o que no llegáramos a saber que estábamos ante una autora muy respetable, con la que además están endeudadas varias artistas (de su Irlanda natal y de fuera de sus fronteras) que han intentado imitar su estilo vocal y su posición comprometida sin ir más allá de un yódel auto-consciente y púber.
Escuchando a Sinéad uno puede afirmar que es una intérprete cabal que no teme exponer su vulnerabilidad, una cualidad frágil y esencial incluso cuando la domina una fiereza vocal más arriesgada y libre, porque su furia nace de la aflicción y los recuerdos de una infancia marcada por reiterados abusos. Su debut
The Lion and the Cobra no es una colección de nueve canciones excelentes, pero lo he elegido por ser la muestra más bruta y espontánea de su carácter como compositora, algo que se iría limando con el paso de los discos durante los noventa mostrando su versatilidad:
I Don't Want What I Haven't Got (1990), la madurez reflexiva;
Universal Mother (1994), la quietud, sintiéndose desvalida y rota por los acontecimientos; y
Gospel Oak (1997), un renovado sentimiento de paz y ternura.
Con a penas veinte años y una docena de canciones que había escrito durante el último lustro con una guitarra acústica, Sinéad O'connor despertó el interés de la discográfica británica Ensign y consiguió el control absoluto del sonido de su primer álbum, abortando unas sesiones con el adjudicado productor Mick Glossop y agenciándose ella la labor junto al ingeniero de sonido Kevin Moloney. Escuchado hoy, es cierto, es un disco que se ha quedado en la época a la que pertenece (producción fácilmente digerible para la FM americana de finales de los ochenta, arreglos algo aguados aquí y allí, especialmente de teclado y batería), pero es parte de su encanto y no desmerece en exceso la materia prima, una mezcla muy personal de folk, pop-rock mainstream y post-punk, aunque una canción destaca por ser más genérica e insustancial que el resto, la funky 'I Want Your (Hands on me)' (aún así uno de sus primeros experimentos con la música más bailable).
Lo embelesador hay que encontrarlo en el calambre de la inicial 'Jackie', un lamento furibundo en crescendo sobre guitarra eléctrica (no en balde se habló de reminiscencias de los primeros Cocteau Twins) en el que se puede mascar la indignación del traicionado ("Jackie se fue una noche fría y oscura, diciéndome que volvería a casa / He estado muerta veinte años, lavando la arena con mis lágrimas de fantasma (...) Miraron a la arena y dijeron: 'Ese hombre se conoce el mar como la palma de la mano / Algún día volverá riéndose de ti'"); en el crepitar de medios tiempos como 'Just Call Me Joe', debidamente ensuciado entre susurros oníricos, y 'Just Like U Said it Would B', uno de los temas en los que Sinéad juega más y mejor vocalmente (ese toque entre valentón y afanoso del fraseo) y que más remite a la música folk irlandesa. Hay lugar para esa exasperación combativa que la hace tan singular ('Jerusalem') y para el pop-rock fácil de memorizar ('Mandinka' muestra todo el ímpetu propio de alguien que tiene la energía para comerse el mundo), pero es 'Troy' (junto a la mencionada 'Jackie') el tema que quien dude si acercarse a este trabajo debería escuchar; una anomalía de peso monumental, cien giros vocales dolientes sobre una orquesta que se enciende cuando las palabras lo solicitan y que hace que broten arreglos incendiarios sobre dos únicos acordes, con la traición insoportable de nuevo al fondo ("Mataría un dragón por ti / Moriré / Pero me levantaré, volveré / (...) He aprendido / Siendo lo que soy / no hay otra Troya que yo pueda quemar").
Escuchar sin prejuicios.