viernes, 30 de diciembre de 2011

Paseos 2011 (y 2ª Parte)



Golpes Bajos – ‘No Mires a los Ojos de la Gente’ (Ep, 1983)

Pura y llana paranoia, estupenda en la boba voz que pone Germán Coppini. Podría estar hablando del agobio latente en una gran ciudad y de la necesidad de evitarlo a toda costa, o estar retratándose celoso de alguien a quien quiere atar corto, pero su advertencia le delata en realidad aterrorizado por el aspecto más oscuro de la naturaleza humana. Prevenir antes que curar el dolor que nos hacen esos desconocidos que sonríen engañosamente y a los que intuimos un objetivo oculto; un temor infantil revelado en la vida adulta. “No salgas a la calle cuando hay gente / ¿Y si no vuelves? ¿Y si te pierdes?”. La agorafobia es solo una excusa.

No Mires a los Ojos de la Gente by Golpes Bajos on Grooveshark





Tu Madre – ‘Los Dientes’ (Valentina, 2011)

“Te di un beso en los dientes, y es que no estaba viendo / que mientras yo te besaba, en mi cara te estabas riendo”. ¿Qué era esto? Uno está acostumbrado al sentido del humor de Tu Madre, pero cuando empieza a sonar ‘Los Dientes’ hacia el final del disco que han publicado este año, la sorpresa gana a la carcajada. Es como una canción de folklore del norte de hace más de cien años; suena a lo que cantaría una señora vieja, muy de su pueblo, a capella ante las cámaras de España Directo cualquier tarde, mientras la reportera se quedaría a cuadros. Ese bello surrealismo español es lo que me inspira.

Los Dientes by Tu Madre on Grooveshark





Echobelly – ‘I’m Not a Saint’ (Lustra, 1997)

En verano, bastante desganado con la música que había estado machacando, empecé de manera nada premeditada a escuchar a grupos que habían sido importantes para mí hace mucho. Mi cerebro me pedía esa regresión, quizás en busca de lo que me daba cobijo cuando aún tenía edad para que me cobijasen terceros. Disfrutar de Lustra de Echobelly como no había logrado hacerlo en la época en que lo compré fue toda una sorpresa. Era una banda de trucos contados y los agotaron en este álbum, pero me resistí demasiado a canciones como ésta en su día. Escuchada un mediodía de julio, subiendo alguna calle con la bicicleta o a pie, no le pongo ninguna pega.


I'm Not A Saint by Echobelly on Grooveshark




Felt – ‘My Face is on Fire’ (My Face is on Fire, 1982)

Lawrence muy al principio. Felt tienen en este single una crudeza acústica (irresistible punteo melódico) que no deja el pelo ni las yemas de los dedos humedecidas como lo hace la neblina de su trabajo posterior, y aún así puede competir en finura con sus discos más celebrados de mediados de los ochenta: la batería reducida a mínimos quizás ayude a acentuar esa carencia de cristalinidad pero ahí están las imágenes melancólicas (“Son las seis y treinta, la lluvia cae y el cielo es como un globo amarillo”), las provocadoras (“Estaba leyendo el libro de Naomi y su arremolinada visión de la vergüenza”) y unas inflexiones vocales inconfundibles.

My Face Is On Fire by Felt on Grooveshark





Joanna Newsom – ‘Sawdust and Diamonds’ (Ys, 2006)

Lo que me ocurrió con esta canción no lo he experimentado excesivas veces. Pasa cuando las notas, las palabras y la interpretación de las mismas conectan con tu sistema nervioso efusivamente y te coge con la guardia baja. Cada vez que Joanna se dispone a enfilarse en la sección en la que acelera con el arpa (“Y en el momento que me dormí, fui arrastrada por un temblor horrible”), me faltaba el aire, tenía que respirar más hondo y se me saltaban las lágrimas sin esfuerzo, absolutamente conmocionado. Hablo en pasado porque no he vuelto a escucharla desde que lo hice repetidamente esas tardes de enero. De momento me basta con ese ardiente recuerdo, y gracias a ello conecté con Ys, un disco alabado por todos que no llegué a entender hasta esto. Es la única pieza de ese álbum en la que Joanna está sola con su instrumento, y es que la letra habla de la mágica y eterna relación que tiene y anhela tener con él.

Sawdust & Diamonds by Joanna Newsom on Grooveshark





Beach House – ‘Real Love’ (iTunes Session, 2010)

Con la de este verano, ya van tres visitas en tres años consecutivos –justificadísimas- de Beach House a nuestro país. Gracias a ello les hemos visto florecer en directo, y precisamente eso es lo que recoge esta grabación lozana de hipersensibilidad de ‘Real Love’: la imagen del dúo en un momento excelente y emocionante. El piano del original sustituido por la siempre sinuosa guitarra de Alex Scally, y Victoria  Legrand elevando las palabras por encima de donde damos vueltas los mortales, y no solo porque la cante un tono más alto que en disco. “Algo va mal en nuestros corazones / cuando laten puros permanecen separados / En la habitación negra, la luz / mira como cae la gaviota / el amor verdadero te encuentra en algún lugar cuando le das la espalda”. No conozco, creo, una pieza que explique mejor el miedo, la reticencia inicial y la vulnerabilidad del enamoramiento primerizo.

Real Love (iTunes Session) by Beach House on Grooveshark





Fang – ‘Campo de Naranjos’ (Dos Vidas, 2004)

En esta canción hay dos versos en concreto que cuando los canta Mariona Aupí hacen que me estremezca: “Me has mirado extraño, con ojos de cera” y “Es un campo de naranjos, con el cielo todo verde, y mil soles de cobre iluminan tus ojos”. Los acordes, el ritmo comedido, todo tiene sabor a la tierra decrépita de una relación que ya no tiene sentido, a la que le queda de bueno los recuerdos agradables y nada más. Quién iba a imaginarse que a Aupí le sentaría como un guante el cambio del registro oscurantista en inglés a esta madurez más sucinta y en castellano.

Campo De Naranjos by Fang on Grooveshark





Scrawl – ‘Rot’ (Nature Film, 1998)

¿Robar cualquier cosa,  saquear a quien sea y guardarlo todo por el miedo a no disponer de nada el día de mañana?  ¿O es ese apego a los objetos que nos impide desprendernos de ellos? Quizás sea ambos. En esta canción de Scrawl, originalmente publicada en 1990 pero regrabada (más musculosa, mejor tocada) por la formación femenina de Ohio para su último disco de 1998, no queda claro si se habla de avaricia enfermiza o de desesperada paranoia por asegurarse algo a lo que agarrarse en tiempos adversos. “Gracias, lo necesite o no / guárdalo, déjalo, ya veré cómo se pudre”.  La tacañería preventiva tiene, sí, un punto de demencia.

Rot by Scrawl on Grooveshark





Gargabe – ‘Queer’ (Garbage, 1995)

Hubo un tiempo, básicamente los meses que rodearon la grabación y la publicación de este disco, en el que Garbage podían ser tremendamente sexuales sin pasarse de artificio; textura desprovista de ese aturdimiento machacón y ordinario que se fue apoderando de sus hazañas posteriores. En cuanto a sexy  inquietante, quizás sea ‘Queer’ el mejor trofeo en su estante: la música bascula entre el jugueteo y la amenaza, y Shirley Manson (una vez visto el videoclip de Stephane Sednaoui, la imagen noir se hace inseparable) es como una provocadora voz de la conciencia que no deja de llamarte cobarde, marica y penoso para conseguir que reacciones, dirigiéndose a todos esos inseguros que no tuvieron voz para defenderse de las burlas adolescentes y que se han quedado atemorizados de por vida.

Queer by Garbage on Grooveshark





Arponera – ‘Pobre de Mí’ (Arponera, 2011)

Quien las viera debutar hace poco más de un año en un destartalado concierto de solo tres temas (versión de la obra maestra de Esclarecidos que las bautizó incluida) quizás ni las reconozca en su debut. El trío de Barcelona suena muchísimo más ensayado y con toda la chispa encendida, y en miniaturas como en ‘Pobre de Mí’ se suman a los logros líricos en píldoras que nos van sorprendiendo en el panorama nacional últimamente: “Sin trabajo y sin dinero nunca hago lo que quiero / Pobre de mí / (…) Las abejas sin panales, elecciones generales”. Todo esto, a trote de un post-punk (como dicen por ahí) fúnebre y selvático, con Lilliput y algo de The Slits cerquita.

Pobre de mí by Arponera on Grooveshark





Agent Ribbons – ‘I’m Alright’ (Chateau Chrone, 2010)

“Si necesitas dármelo todo, espero que me lo pogas difícil para saber con seguridad que siempre habrá más”. El segundo disco de Agent Ribbons está lleno de picaresca y de guiños al cabaret, pero ‘I’m Alright’ en concreto es una canción basada en un riff adictivo y sexy y una serie de pequeños detalles que la hacen imprevisible, como determinados cambios de acordes gracias a los cuales parece que la canción vaya por un sitio que no debe, se detenga, recule y retome el camino lógico. Parece complicado, pero escuchado es tan sencillo como el pop de artesano. 

I'm Alright by Agent Ribbons on Grooveshark





Wim Mertens – ‘Mildly Skeeming’ (Vergessen, 1982)

Fue la penúltima pieza de un puzle que llevo intentando acabar años, el de descubrir canciones que conservo sin títulos ni autores desde que era pequeño. En este caso, escuché una melodía familiar en un reportaje de Canal 33 y fui rápido utilizando Shazam: Wim Mertens, ‘4 Mains’. Era y no era. ‘Mildly Skeeming’ es una reinterpretación enrevesada de esa otra pieza, escrita para piano a cuatro manos. Aquí, suena un zumbido programado que nos remite al motor de una nevera sobre el que aparece rápido una línea melódica de flauta, la primera de muchas otras que florecen poco a poco hasta que parecen rodear a la composición de pequeños leds que parpadean. Pasados los siete minutos, adentrados en un laberinto claustrofóbico, se corta abruptamente.

Mildly Skeeming by Wim Mertens on Grooveshark




Suzanne Vega – ‘Predictions’ (Days of Open Hand, 1990)

El clima misterioso en el que se desenvuelve Suzanne Vega cobra todo el sentido cuando le oímos decir: “Adivinemos el futuro / veamos cómo se ha hecho antes: / con números, con espejos, con agua / con puntos dibujados al azar sobre el papel”. La incertidumbre, la posibilidad del derrumbe de una situación que nos parece estable o favorable a cambio de una peor, puede crear ansiedad e impaciencia, pero ella habla con la calma del científico que consulta libros, toma apuntes y se roza la barbilla con el pulgar, para rematarlo con un tono que hace tentadoras las opciones que nos deja encima de la mesa, las mismas que le proporcionan la métrica y el ritmo que hacen de esta pieza algo magnético. 



Predictions by Suzanne Vega on Grooveshark




jueves, 29 de diciembre de 2011

Paseos 2011 (1ª Parte)


El año pasado, el atento repaso a algunas de las canciones que parecieron hablar por lo que me ocurrió o lo que me rodeó en 2010 tuvo un sentido especialmente revisionista, de balance, y es que aún no existía en el blog la sección Minutos, en la que hago justamente eso en tiempo real: escribir sobre composiciones a las que quiero dirigir la atención del lector, bien porque las he descubierto, las he redescubierto o porque definen de manera muy acertada algo que me ocupa o me preocupa. 
Todas ellas pueden repasarse dándole a esta etiqueta, pero a continuación paso a destacar (entre hoy y mañana y sin supersticiones: dos bloques de trece y trece) otras tantas que han sido para mí pequeñas obsesiones temporales o sorpresas adictivas en algún momento de los últimos doce meses. Cerramos el año en Picadura de Abeja, de nuevo, con canciones a granel.



Dinarama + Alaska – ‘Crisis’ (Canciones Profanas, 1983)

Qué puñado de palabras feas, juntadas en 1983 y penosamente vigentes hoy: “Inflación, devaluación, explotación, deuda exterior / Crisis”. No podía empezar esta revisión con otro tema que no fuera este, habiendo estado parado la mayor parte de 2011. Alaska, en la que fue su primera colaboración con Nacho Canut y Carlos Berlanga tras Pegamoides, sigue luego mencionando el panorama consecuente del desequilibrado sistema: “Trata, alterne, mafia, juego / Vicio, droga, Sodoma, Gomorra”. Suena a risa, a fascista hablando de degenerados a la hora de comer, pero es muy serio. El fondo funky sintético le añade sorna al asunto, pero la interpretación vocal –típicamente plana y grave- funciona para dejar patente el cabreo. Para olvidar ‘Bailando’.

Crisis by Alaska Y Dinarama on Grooveshark




PJ Harvey – ‘All and Everyone’ (Let England Shake, 2011)

El corazón de Let England Shake; la pieza alrededor de la cual giran las demás. Empieza como si las notas de la cítara sobrenadaran en un aire limpio, antes de caer en un agujero terrible. El primer segmento queda como el recuerdo de lo que era una vida que aún no conocía un horror agrio y polvoriento, el de un conflicto bélico que arrasa sin hacer distinciones. La cítara se ensombrece con una guitarra incisiva, las palabras fluyen rápido. “La muerte estaba en todas partes / (…) alcanzó la playa, como cordeles de cuchillas / se volcó en el mar y yació a nuestro alrededor”. Luego, un saxofón patético ilustra la tristeza del pueblo superviviente, que camina sin saber a dónde ir y sin entender qué le rodea y por qué, hasta que la música se desvanece.

All and Everyone by PJ Harvey on Grooveshark




Broadcast – ‘Papercuts’ (The Noise Made By People, 2000)

La añorada Trish Keenan (en nada se cumple un año de su defunción) al frente de unos Broadcast que suenan mayúsculos en este primer disco, que no escatima en medios ni arreglos (luego sonarían mayúsculos a la inversa, escarbando en el minimalismo más rudo). La música es una detonación intermitente e instigadora, como una alarma suave que indica un error fatal, mientras Keenan intenta tirar de la lengua a alguien reservado y receloso de su intimidad; pero el paisaje cambia y pasa a una hinchazón de esplendor cuando le pone nombre a sus incógnitas: “Los escritos por placer que no dejas que lea / las cosas que dejas al margen cuando intentas despistar / dijiste que habías escrito una página sobre mí en tu diario”. ¿Le haría confesar?

Papercuts by Broadcast on Grooveshark




Décima Víctima – ‘Un Hombre Solo’ (Un Hombre Solo, 1984)

Al principio, cuando entra el bajo, puede parecer una reinterpretación astillada y puesta a hervir de ‘Doubt’ de The Cure, pero donde Robert Smith empezaría a gimotear el cantante de Décima Víctima destapa la narración elegante y sosegada de una imagen impecable: un equilibrista en la cuerda floja ante el público, alegoría del ser humano expuesto ante un puñado de personas indiferentes que se alegran del fracaso ajeno, del que siempre es tan sencillo opinar. “No ven a un hombre en el hombre, ni tan siquiera su vida interesa / Tal vez querrán conocerla cuando retiren el cuerpo de la arena”.

Un hombre solo by Decima Victima on Grooveshark




Chinawoman – ‘Party Girl’ (Party Girl, 2007)

Me recomendaron a esta señorita hace unos meses, sospechando que encajaría con mis gustos, y efectivamente así fue. Cuando escuché el primer tema, no sabía si realmente era una mujer lo que cantaba. Su voz es suave pero grave, según qué palabras parecen salir entre dientes. Esta arrastrada lección de irónico optimismo apoyada en una parca guitarra, con otro matiz, podría haber formado parte del Geek the Girl de Lisa Germano. Una mujer que le explica a otra cómo sobrevivió a su propia aflicción dando un taconazo y mostrándose estupenda ante los demás. Máscaras. “En la parte de atrás de un coche / les he conocido esta misma noche y me siento toda una estrella / Cómo te llamas, a qué te dedicas / Nadie sabe nada de mi corazón roto”.

Party Girl by Chinawoman on Grooveshark




Andrew Bird – ‘Anonanimal’ (Noble Beast, 2009)

Demasiado tiempo fue Bird para mí solo un músico de lujo en mi disco favorito de Kristin Hersh. ‘Anonanimal’ es, creo, la canción más bonita y de acabado más redondo que habré escuchado este año, y llego dos años tarde. Me parece fascinante el uso de la imaginería marina para describir un entorno hostil, amenazante y desconocido al que el protagonista debe adaptarse para sobrevivir. Para el autor, es su conversión en el músico que debe actuar, algo que es su vocación pero que implica cuestiones que le disgustan (“Me convertiré en un animal / perfectamente adaptado a los auditorios / apéndices anómalos / un no-animal”); para el resto de mortales, sirve como metáfora de cualquier proceso de adaptación que nos asusta. El desarrollo instrumental lo dejo como indescriptible más allá del adjetivo “hermoso”.

Anonanimal by Andrew Bird on Grooveshark




Violeta Vil – ‘No Te Pido Perdón’ ((I), 2011)

Alguien me señaló esta maqueta a principios de año y me dijo “Así me gustaría sonar a mí”. Muchos debimos pensar lo mismo, porque no habían pasado cuatro meses y ya habían fichado por Discoteca Océano, que publicará su debut este año que viene. En este tema, el trío femenino mueve bien los hilos del sigilo y la psicodelia; los huérfanos arpegios, el ritmo ye-yé, el diálogo entre melodías al teclado y a la guitarra y el punto de distorsión lo-fi pintan el escenario de una excursión romántica que esconde un punto de malestar y desconfianza, bien resumido en la repetición del verso final: “Y de tanto pensar, ya no sabes amar”.

No Te Pido Perdón by Violeta Vil on Grooveshark




Mecca Normal – ‘Breathing in the Dark’ (The Eagle and the Poodle, 1996)

“¿Alguna vez has intentado cavar directamente hacia el otro lado del mundo?”. Lo que se pregunta Jean Smith mientras una batería monocorde y una guitarra acuosa confluyen sus trayectorias -solo a veces y casi de casualidad- es si el miedo no es más que una manera acelerada de darle vueltas a algo incierto. La música recoge de forma magnífica el suspense de no poder controlar lo que nos depara el futuro y la urgencia de unas pulsaciones que precisan respuestas inmediatamente. Respirar en la oscuridad. Como si el juego del escondite se alargara demasiado y tuvieras menos reparos a la hora de pisar en firme, balancear los brazos y dirigirte a cualquier parte para zanjarlo.

Breathing In The Dark by Mecca Normal on Grooveshark




Deerhunter – ‘He Would Have Laughed’ (Halcyon Digest, 2010)

Las notas de guitarra acústica en loop con mínimo delay sobre las que se construye esta canción podrían durar toda una noche, a modo de una sesión de música electrónica. Así lo sentí en otro de los mejores conciertos que he visto este año. Hay algo balsámico y celebrador en el tono (el teclado celestial haciendo círculos de fondo), pero en la trastienda yace un pequeño tributo al músico Jay Reatard, fallecido el año pasado mientras dormía. “Me aburro conforme me hago más viejo / ¿Me puedes ayudar a entenderlo?”. La canción cambia de tercio y se ralentiza, y la melancolía se hace más evidente en la voz desganada de Brad Cox.

He Would Have Laughed by Deerhunter on Grooveshark




Maika Makovski – ‘Trying to Live Here’ (Desaparecer, 2011)

Cuando aún nos estábamos relamiendo los bigotes escuchando su álbum homónimo (no ella, que lo había tenido un año en la nevera antes de publicarlo), Makovski se subía a tocar el piano de cola dándo la réplica a Juan Echanove en la obra teatral Desaparecer, para la que compuso una docena de temas en un par de meses, un ejercicio que aprobó con nota alta. Inspirada por la perpetua soledad del ser y por Edgar Allan Poe, canciones como ésta divagan sobre las ataduras propias y ajenas que nos hunden en una vida insatisfactoria (“Todo lo que puedes tener, lo tengo ahora / y me posee, y me mata / estoy intentando vivir aquí”). Solo piano, un falsete roto que la acerca más que nunca a música de raíces negras y maraña de guitarras al final.

Trying to Live Here by Maika Makovski on Grooveshark




Swans – ‘Jim’ (My Father Will Give Me Up a Rope in the Sky, 2010)

En el pasado Primavera Sound, tras presenciar un concierto suavizante y excelso de PJ Harvey, podría haberme retirado satisfecho de la ronda nocturna de actuaciones, pero me fui yo solo a ver a Swans y fue el mejor de los aciertos. ‘Jim’ es una de las inolvidables canciones con las que las ondas sonoras se materializaron en granizo esa noche: Michael Gira, con una voz imponente y severa que hace que se solivianten hormonas y feromonas, sonando como el incendiario líder de un pueblo llamado a la revolución y a la toma del poder que le pertenece. “Estrangulemos al hombre que hay en lo alto de las escaleras / meémonos sobre la ciudad que arde ahí abajo”. Nada de caos gratuito; las secciones de la canción están perfectamente perfiladas sobre dos notas de blues. Coros masculinos, martilleos, xilófono, brasas. Miedo tangente.

Jim by Swans on Grooveshark




Veruca Salt – ‘Aurora’ (Number One Blind, 1995)

Uno puede darse cuenta al crecer de que con catorce años daba por bastante buena alguna música que realmente solo puede entusiasmar muchísimo a un adolescente. Lo que da escalofríos es pensar que los que hacían esa música en ese momento sí que pasaban de la veintena. Las dos féminas al frente de Veruca Salt no fueron un prodigio de originalidad, y su catálogo hace aguas por varios sitios (los que lastran esos tics hard-rockeros o esa vulgaridad de radio-fórmula alternativa), pero hay destellos aquí y allí, como esta cara b de 1995, trémula y nostálgica, acertadamente esquelética y ligera. El tipo de tema sobre el que puedes volcar recuerdos de cualquier cosa añorada y el tiempo pasa inadvertido.

Aurora by Veruca Salt on Grooveshark




EMA – ‘The Grey Ship’ (Past Life Martyred Saints, 2011)

Con el paso de los días, creo que el olvido del descalabro de EMA en directo hace un mes en Apolo [2] es posible, y el disfrute de su disco de debut volverá a ganar enteros como antes de verla destrozándolo en persona. ‘The Grey Ship’ ata bien a los fantasmas que prostituyó en concierto: en la primera mitad, sonando deliberadamente casera, tiene la fragilidad de la Karen O que compuso para Maurice Sendak; y en la segunda, es como si le subiera un par de grados de temperatura y nervio a la Chan Marshall del periodo 1996-1998. Pase lo que pase a partir de ahora con ella, canciones como esta deberían permanecer.

The Grey Ship by EMA on Grooveshark



sábado, 24 de diciembre de 2011

Imperdible: Vic Chesnutt - "At the Cut" (2009)



Mañana se cumplen dos años del fallecimiento de Vic Chesnutt, y por ello recupero la reseña que hice de su último trabajo para la revista I Like, un disco que me estremeció y me impactó muchísimo siendo el primero de él que escuchaba con dedicación. Escribí el texto a penas tres semanas antes de que muriera, sabiendo que sería un artista de los que esperaría cada nuevo trabajo con gran expectación. Tras el 25 de diciembre de 2009, tuve que conformarme con explorar cada cierto tiempo los recovecos de un catálogo vasto e inédito a mis oídos, pudiendo solo imaginar a dónde hubiera llegado tras un disco de una sensibilidad tan desarmante como este. En memoria de una voz y una visión que muy fácilmente puede hacerme saltar las lágrimas.


Una diminuta melodía punteada a la guitarra acústica, unas leves cuerdas… De la nada, Vic Chesnutt susurrando una reveladora cita del escritor Frank Norris: “El valor del cobarde, más grande que todos los otros”. Parece que estemos ante el desorden apagado y sucio de un paisaje de derrota, pero enseguida suben las décimas de fiebre y 'Coward', tema que abre At The Cut, cobra vida en un campo belicoso, estremecedor: entra la batería, grave, marcial; las guitarras, con un grado de distorsión quebradiza, como el sonido de la leña consumiéndose en ceniza. Cuando Vic se autoproclama un cobarde con la voz descosida, no te cabe la menor duda de que sabe muy bien lo que es armarse de coraje ante los perversos mecanismos de la vida.

En el último trabajo de una dilatada trayectoria de ya casi veinte años, Chesnutt vuelve a acompañarse de Guy Picciotto (Fugazi) y los músicos de Silver Mt. Zion, la misma banda que brindó nuevos enfoques a su música en el anterior North Star Deserter (2007) y que, una vez escuchado este At The Cut, podemos afirmar que le ha servido de feraz inspiración para seguir explorando en una veda que le tienta a no anclarse en el folk de autor y a alimentar su trabajo con rasgos expresivos insospechados.

La exposición de vulnerabilidad descarnada de 'Coward' quizás sea la más explícitamente dura, pero durante el disco Vic da muestra constante de su sensibilidad y su ternura. Sus historias nunca caen en la autocompasión; más o menos tristes, todas ellas se caracterizan por tener una esencia nostálgica, ensoñadora pero firme, y en ellas incorpora con naturalidad imágenes de belleza asilvestrada que no hacen más que convertirlas en mágicas y simbólicas. Y eso es algo no muy distinto a lo que la banda hace musicalmente con sus canciones: aportar toques de encanto embrutecido con gran versatilidad (haciendo de ellas algo épico, delicado o turbulento, siempre con mesura) sin interferir en el tono intimista del esqueleto.  Buena prueba de sus cambiantes aptitudes es la cálida y minimalista atmósfera  de Chain en contraste con los pespuntes eléctricos y la agilidad de la que dotan a 'Chinaberry Tree'; o ese ambiente de tarde calurosa de clara influencia sureña en 'It Is What It Is' (retrato narrado con ese humor negro autodespreciativo que le caracteriza) o en el que es uno de los momentos más inesperados del disco, 'We Hovered With Short Wings', una pieza bañada en un jazz frágil como un copo de nieve, con una melodía huidiza como un pájaro indomable cantada en falsetto, con el mismo poso opaco y evocador de una Billie Holiday.

Sin embargo, la desnudez del último tema es significativa. Chesnutt no necesita ningún truco poético, ningún fuego de artificio de forma exótica. En 'Granny', tras describir tres viñetas cotidianas protagonizadas por su abuela y rematarlo indicando cómo ella le decía “Eres la luz de mi vida y el latido de mi corazón”, sabes que nada podría calar tan hondo en el tejido de las entrañas como esas palabras textuales cantadas por el nieto que la añora, y nada podría transmitirte de manera tan pura ese sentimiento de que eres especial, esas ganas de vivir.

No hace falta puntualizarlo; las lágrimas que han asomado durante toda la escucha en un momento u otro, tienen rienda suelta llegado este punto. Y es un alivio.


Para escuchar en Spotify: Vic Chesnutt - At the Cut


viernes, 9 de diciembre de 2011

Minutos: Nico - 10 destellos más allá de 'Femme Fatale'














La Nico anexada al nombre de The Velvet Underground en la funda de su proverbial disco de debut -publicado en 1967- queda en retrospectiva como algo tan tenue y hermoso como ilusorio y engañoso. La voz protagonista de las quebradizas 'I'll Be Your Mirror' o 'Femme Fatale' no era más que la idea de lo que debía (podría) ser Nico, imaginada por Lou Reed a partir de sus primeros encuentros amorosos, sus imponentes facciones y sus escasas palabras. Esa hermosa criatura que trabajaba como top model y había aparecido en La Dolce Vitta de Fellini tenía que ser un ángel. ¿Qué otra cosa, si no?

Leyendo la biografía de la artista alemana que firmó Richard Witts uno acaba preguntándose si alguien llegó a saber quién o cómo era Nico en realidad, pero si confiamos en el testamento que nos dejó en el grueso de su trabajo como cantautora entre 1968 y 1988 (el año de su lamentada muerte accidental), sabremos que esencialmente era alguien bullicioso y muy espiritual. Abstraída, sensible y desorientada a la vez que firme. En la música, la suya, está la Nico más arrojada. Para su primer álbum, Chelsea Girl (1967), gente como Bob Dylan y Jackson Browne escribieron preciosas canciones otoñales y de alcoba para ella, pero el juego de alargar lo que empezó Lou Reed se queda en una mera anécdota que engullen las obras que firma a partir de entonces: un índice de jeroglíficos trazados con brea líquida, oscurísima, que son muestra de lo que podemos considerar la verdadera música de vanguardia del siglo pasado. Nico buscó la fealdad en su físico y el alivio de su confusión en las canciones.

John Cale fue su gran aliado y mentor en toda esa etapa, imaginando arreglos entre la alucinación y la congoja que pocas veces desviaron la atención del esqueleto (sin igual) que tenían sus composiciones: el trance de las notas repetidas de armonio -su instrumento principal- y el vértigo de unas melodías que, aún regidas por la rectitud de su acento germánico, correteaban libres dando lugar a un folk incómodo y valiente, ahora medieval, ahora eclesiástico. Distraída por una creciente adicción a las drogas, empezó la década de los ochenta acercándose al rock como no lo había hecho hasta entonces, pero hacia 1985 y hasta antes de su muerte, estando más centrada, estaba encontrando la manera de aportar influencias más contemporáneas al estilo que había forjado en los setenta, aunque sus discos se volvieron más irregulares.

Aquí debajo, diez personales favoritas que ilustran su recorrido.


'Frozen Warnings' (The Marble Index, 1968)
No es la pieza que abría el disco que inició su etapa como autora, pero suena como si debiera serlo. Las violas parecen desperezarse bajo su voz, algunas entrecortadas como el batir de las alas de una mariposa. Transmite tal desasosiego que parece una inspiración de aire a primeras horas de la madrugada, pero cautela: "Dentro de innumerables reflejos / se levanta una sonrisa, de tus ojos a los míos / Advertencias heladas cerca de mí / Cerca de la frontera helada". El dominio de los sentimientos, la prudencia para no exponerse demasiado pronto.

'No One is There' (The Marble Index, 1968)
Un espeluznante baile de máscaras entre fantasmas, retrato desesperado de la soledad del ser humano sobre unos sublimes arreglos orquestales de John Cale, despistando con los silencios y la estructura libre de las estrofas. Puede que sea su canción más bella. "Les está llamando y levantando los brazos / y ahí no hay nadie / Faltan todos cuando el juego va a empezar / no hay nadie / (...) y ningún sonido pone de manifiesto que hayan estado".

'Janitor of Lunacy' (Desertshore, 1970)
Esta es la esencia de la Nico que se desprendía de sus angustias mientras repetía la misma secuencia de notas en el armonio. Cale la mantuvo aquí sin adorno alguno, endureciendo así el impacto de su cántico, el llanto que pide cambiar los recuerdos de una niñez tortuosa como quien le reza a una figura religiosa: "Bedel de la locura / paraliza mi infancia / petrifica la cuna vacía / danos fe a ellos y a mí".

'Afraid' (Desertshore, 1970)
"Deja de saber, o de decir, o de ver, o de ser quien eres / Haz la voluntad de otra persona / eres hermosa y estás sola". Viola y piano para una canción que puede romper corazones fácilmente mediante la sencillez con la que expresa la vulnerabilidad de quien se siente inseguro y perdido ante los demás, algo que en el fondo entristecía a Nico y que aquí se dice a sí misma utilizando la segunda persona, o bien reproduce las palabras que tantas veces debió oír de los demás.

'You Forgot to Answer' (The End, 1974)
El álbum The End es líricamente muy doloroso y melancólico, embrujado por el recuerdo de Jim Morrison, con quien había tenido una relación amorosa y que había fallecido en 1971. Este tema le fue inspirado a Nico por su último encuentro con él (le vio en una limusina el mismo día de su muerte en París). Un viento apesadumbrado y fantasmal sopla sobre un piano fúnebre, y Nico lamenta todo lo que le ha quedado por decirle.

'The End' (The End, 1974)
El original de The Doors da miedo, pero tiene cierto sarcasmo celebrador. Lo que hizo Nico es terrorífico, llanamente. Como si recitara la letra a los cuatro vientos en una noche escarchada en el cementerio, las diferentes secciones de esta épica escabrosa que rebasa los nueve minutos se suceden con un poder visual magistral. Las teclas del piano como pequeñas dagas, el armonio distante como una alarma que nadie desactiva, terror ambiental, un gemido mortecino y un clímax final, psicodélico y percusivamente erosionante. El mejor homenaje imaginable a Jim Morrison.


'Saeta' (Saeta, 1981)
Tras siete años sin publicar material nuevo, aparecía el single Saeta en 1981, primera muestra del replanteamiento estético de la música de Nico para los ochenta. La pieza titular conserva el misterio circular de su estilo compositivo, con la melodía acomodada en un registro más calmado y grave, y con un agradable punto sintético y frío desde los teclados que la acerca a la cold wave. "Les daré todo lo que necesiten / todo lo que sepan y lean / pero deben cruzar la línea / una voz determinada, una decisión determinada".

'Purple Lips' (Drama of Exile, 1981)
Drama of Exile es un disco grabado dos veces. Se rumorea que los masters de la primera versión, en la que aparece este tema, los vendió Nico a un pequeño sello -a espaldas de la discográfica con la que iba a trabajar- a cambio de unos miles de dólares para heroína. Es en realidad una canción de 1975 que se encajó en el estilo de rock brumoso del resto del álbum y que en el proceso no perdió la melancolía fatídica de su trasfondo: "Le he estado buscando / desde lo alto de este puente roto / parece ser el sitio más seguro / para llegar a alcanzar sus labios púrpuras".

'Sixty Forty' (Drama of Exile -2ª versión-, 1983)
En mayo de 1981, Nico y su banda volvían a grabar las canciones de las cintas vendidas, pero por cuestiones legales derivadas de todo ello la segunda versión de Drama of Exile no vería la luz hasta 1983. Es sorprendente que en unas semanas de diferencia entre las dos grabaciones se le sacara renovado lustre a canciones como 'Sixty Forty', contagiada de esa humedad decrépita propia del Berlín de la época. En su ritmo marcial y su progresión de acordes se percibe quizás la voracidad por los tiempos que deben venir pero también la mirada triste por los que andan ya lejanos.

'My Funny Valentine' (Camera Obscura, 1985)
El último disco de estudio de Nico está plagado de influencias de música del este y pinceladas de sintetizador de John Cale en forma de experimento, pero hacia la mitad corta el aliento esta revisión del estándar 'My Funny Valentine', en un inimaginable tono grave. Solo voz, piano y trompeta, algo que nos hace pensar en el regreso de la frágil protagonista de 'Afraid', crecida y solitaria pero aún incómoda ante la idea de estar sola.



Para escuchar en Spotify:

(*Versiones en directo de 'Purple Lips'
y 'Sixty Forty' al no estar disponible
el disco Drama of Exile)




jueves, 1 de diciembre de 2011

El despiece: Orlando


















Aunque quiero pensar que es una tontería improbable, siempre me he preguntado cuánto lastró la corta carrera de Orlando el hecho de que su núcleo creativo lo formara una pareja, Ana Béjar (voz, guitarra) y Alfonso Pozo (guitarra), que había dejado en el panorama musical independiente el recuerdo de una actitud prepotente y jactanciosa (también saludablemente ambiciosa) cuando formaban parte de Usura, una banda con la solidez de "los mejores de la clase" -como una vez dijeron en una publicación- en tiempos en los que nuestra deseada escena aún se estaba construyendo a todos los niveles, recién estrenada la década de los noventa.

Ya en el siglo XXI, Orlando publicaba -cada dos, tres años- discos que me parecían de factura irreprochable, pero más allá de mi encendida visión a menudo me pareció que era una banda hasta cierto punto ninguneada, que debía luchar en exceso para ser oída y reconocida. Las reseñas positivas estaban ahí y seguramente ocupen el noventa por ciento de su archivo de prensa, pero la falta de entusiasmo por destacarles hacía que me cuestionara: ¿dejaron un rencor irreparable en algunos frentes (amigos, propietarios de salas, periodistas, otros músicos) cuando se separaron Usura y ahora había quien se lo ponía difícil? No lo sé.

La verdad es que Usura desapareció con una risotada sarcástica ante un paisaje para ellos frustrante y absurdo, inviable para desarrollarse como grupo. A principios de 1994 tras su último concierto, Ana y Alfonso se mudan a Londres con la intención de sacar adelante un proyecto musical en un lugar donde en principio podían tenerlo todo más de cara, aunque se encuentran con un hueso duro de roer: la endogamia y la celebración de la escena brit-pop en su máximo apogeo. Nunca empezaron nada estable allí, así que un par de años después regresan a España y se instalan en Barcelona hasta 1998, componiendo canciones de manera más disciplinada. Orlando toma forma cuando regresan a Madrid.






















Las fotografías de insectos, fruta madura, flores silvestres y pájaros volando en desorden con las que ilustraron las portadas de sus discos definen muy bien su espíritu. Lejos de la explosión de pintura acrílica y el gusto por el despiste de su anterior banda, Ana y Alfonso mantuvieron ese tono entre vil y romántico que se les conocía y emigraron con él a un lugar más fragoso, quizás más tradicional y estructurado en la composición, que les devolvía a nuestros oídos más maduros y hábiles a la hora de cautivar, aunque para nada domesticados: su debut Twilight Star (publicado en octubre de 2000 y producido por Juanma Mas) es un paseo monocroma pero inflamado desde el primer tema, 'Feed on Love', una enervante progresión de acordes sobre la que Ana parece empezar suave para acabar sonando hosca y apasionada como nunca. Gran parte de la esencia de todo proyecto en el que participa recae exclusivamente en sus interpretaciones: a veces dulzura a secas, sí, pero mayoritariamente sorbos de lobreguez servida al paso de caracol de la miel vertida de un tarro. Las guitarras eléctricas, reminiscentes de las tramas que hilaban Thalia Zedek y Chris Brokaw en Come o la Patti Smith que cerró los años noventa, dominan el paso acelerado de canciones como 'The Wettest Spring of All' y 'All Gone' en la primera mitad del álbum, mientras los detalles de piano (sobre el que recae el peso de la escalofriante 'Honey Melts', que divide el repertorio) y los medios tiempos de corte más folk, como la concluyente 'Bring on the Night', imperan hacia el final no en balde, precedente de sus próximas exploraciones.

Su progresivo refinamiento tuvo la primera muestra en el single Farewell (2001) producido por Tony Doogan, que debía ser anticipo de un segundo disco que acabó por posponerse hasta la primavera de 2003. Grand Silence (producción propia junto a Javier Ferrás, a excepción de dos repescas del single) pasó desapercibido en su día pero queda hoy como su disco más aventurado y extraño, el que tiene más rincones por descubrir. La sensación frente al anterior es casi contraria: aquí las guitarras slide sin distorsión, el mayor protagonismo del piano y los arreglos cristalinos pintan la imagen de un espacio abierto y más acogedor (basta con escuchar la pieza titular), un ambiente más agradable que claustrofóbico en el que Ana puede sonar tan melancólica y misteriosa como precise sin tener que hacerse oír por encima de su entorno. Su aliento en delicadezas enraizadas en el aura de la una de la madrugada como 'Stay', 'Farewell' o 'All About to Burn' es hechizante, balsámico, algo aplicable también al instrumental 'Roulette' con el que abren el álbum. Su lado más retorcido en espiral sigue latiendo: ahí están 'Sand' y 'Yet to Come'. Elegancia.






















Habiendo abandonado el sello Recordings from the Other Side, que había apoyado tan limitadamente sus trabajos, Orlando ficha por Astro y publica lo que no sabíamos que sería su canto de cisne. Songs Before Sunrise (2005; Jesús Martínez a los controles además de a la guitarra) es todo un ejercicio de esplendor melódico en el que la canción en sí pesa más que su inquietud experimental, con lo que es con diferencia su disco más accesible y resplandeciente. Más folk y acústico que nunca ('In the Heat of Summer'), más vulnerable ('Love to Fade') y esplendoroso en coros lechosos ('Heart of the Glow'), tranquilo y esponjoso como un colchón armado con diente de león (el desarrollo de 'Sweet Time' es simplemente majestuoso)... Es el romper del día tras el ocaso, algo que incluso se refleja en las letras de Ana (el amor dificultoso y más físico de antaño no tiene lugar en los textos, que esta vez narran instantes preciosos a recordar). Es, simplemente, otro cajón que abrió una pareja con muchas inquietudes e intereses musicales, que tenía la pericia necesaria para sobresalir en las direcciones que sintieran que debían seguir. Sin avisar, desaparecieron.

La sorpresa me vino dada hace unos meses, cuando supe que Ana Béjar se ha reencontrado con otro ex-compañero de Usura, Ramón Moreira, y juntos están dando a conocer varios temas bajo el nombre de Todo, donde han recuperado un poco la espontaneidad y la saludable osadía de quien empieza algo y lo han aplicado a un folk tan hermoso como desfigurado en el que Béjar sigue siendo única y reconocible. De nuevo bien acompañada.


Para escuchar en Spotify:

1.Sweet Time (2005) 2.Stay (2003) 3.The Moon and the Sun (2003)
4.My Birthmark (2000) 5. Heart of the Glow (2005)
6.All About to Burn (2003) 7.Honey Melts (2000)
8.Farewell (2001) 9.Bring on the Night (2000)
10.Something's on Your Mind (2005) 11.Yet to Come (2001)
12.Feed on Love (2000) 13.So Badly (2005)