jueves, 28 de abril de 2016

Minutos: The Smashing Pumpkins - 'Thirty-Three' (1995)









Hace un par de meses, empecé a marcharme del piso donde he vivido los últimos seis años. Seis años; el tiempo más largo que he estado durmiendo en un sitio desde que me emancipase sin mirar atrás, y aún así ha sido el ciclo más fugaz de mi vida. Lo pisé por última vez hace nada, pero el buen ánimo con que me mudé a ese piso ya hacía bastante que se había vuelto en inquina. El espacio (unipersonal, húmedo, frío y de un blanco tono cal que se desintegraba sobre todas mis cosas) me sofocaba, y ya no se sostenían los argumentos que cimentaron mi alegre conformidad cuando encontré ese (literal) rincón. Vivir por primera vez totalmente solo era la razón más pesada, la que podía arrasar con cualquier inclemencia que tuviese que soportar. Esa independencia es un festín para un solitario irremediable; daba igual que se dejasen caer amigos o que haya estado emparejado la mayor parte de estos seis años: la sensación de autosuficiencia, hasta de aislamiento cuando era conveniente, era poderosa.

Ahora, en un lugar más espacioso y amable, he descongestionado mi respiración de pelusas y moho y, mientras escribo, puedo ver cómo le sienta la luz anaranjada del atardecer a mis nudillos. El miedo a la viciosa repetición de lo doméstico, a convivir en pareja, se confunde con una sensación familiar redescubierta que te era imposible capturar cuando vivías solo; la idea de la compañía como algo habitual y, al final y sin resistirse, anhelado. No querría explicarme mal; no estoy describiendo un pastel idílico en el hecho de acostumbrarte poco a poco a que alguien te esté esperando cuando llegas a casa o a la inversa, pero hay algo ahí que implica compartir y proteger, una sana preocupación, implicación en lo que al fin y al cabo es tu hogar, y te puede llegar a conmover en un momento tonto.















No estoy solo en la opinión de que Billy Corgan (voz, guitarra, etc) es un personaje que resulta antipático, que a menudo ha tendido a la mitomanía para referirse a su propia obra, incluso mientras estaba concibiéndola. Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995) de The Smashing Pumpkins fue la primera muestra seria de su ambición y su incontenible inclinación por lo pretencioso: imaginándose como un Prince del rock alternativo de los '90, entregaba un disco doble de 28 canciones que podían ir del hard rock más metálico a incursiones en una psicodélica llena de florituras barrocas más o menos cursis, pero dentro de la inevitable inconsistencia de un proyecto así es justo reconocer que incluye al menos una decena de composiciones excelentes, seis de las cuales fueron singles que consolidaron el estatus de reconocimiento que la banda había empezado a afianzar con el anterior álbum, Siamese Dream (1993).

Fue al regresar a Chicago después de una extensa gira en 1994 cuando el músico se sentó a escribir 'Thirty-Three', una pieza -la primera para Mellon Collie... según sus propias palabras- que encapsula con precisión ese instante en que el hogar te parece algo sagrado donde deseas estar, y la estabilidad algo que imploras no perder. Corgan tenía 27 años y, como explicó en el programa Storytellers de VH-1 en 2000, "me acababa de casar, me había mudado a una casa nueva, el grupo estaba consiguiendo el tipo de éxito que la gente solo puede soñar y tenía la esperanza de que un día -y parecía que iba a ocurrir- yo tendría una vida feliz. (...) Creía que había llegado a eso". No escribió una bonita canción de amor (que también lo es), sino una que simultáneamente embellece y barre con melancolía esa tierna emoción, advirtiendo así que por mucho que lo desee, será efímera (hay incluso pinceladas de una extraña guitarra que ya suena como un recuerdo añejo). Entre las notas de piano y la instrumentación acústica y contenida, se cuela una caja de ritmos que parece un tren en miniatura, que se lleva a Corgan de las seducciones del éxito al confort doméstico ("Mientras la calles abarrotadas me saludan otra vez / sé que no puedo llegar tarde / la cena espera sobre la mesa") y le devuelve también en el trayecto inverso. Es solo el ejemplo más directo de una imaginería más compleja y delicada, donde ni siquiera su voz -ese grito de murciélago sofocado, cuando la lleva al límite- interfiere para conmover.

Billy Corgan la tituló "33" porque una amiga le leyó las cartas del tarot poco antes de componerla y le dijo que su vida daría un cambio drástico a esa edad. Cuando cumplió esos años, ya llevaba divorciado de su mujer un largo tiempo. El cambio brusco le venía por otra vía: The Smashing Pumpkins (que ya habían perdido a su bajista original D'arcy Wretzky) daban su último concierto el 2 de diciembre de 2000. Luego les resucitaría varias veces a partir de 2006.



'Thirty-Three' apareció en el disco Mellon Collie and
the Infinite Sadness de The Smashing Pumpkins,
publicado en octubre de 1995; después fue el último
single extraído del álbum en noviembre de 1996


Para escuchar en Spotify:



miércoles, 6 de abril de 2016

Minutos: Undertones - 'Julie Ocean (Single Version)' (1981)








Si la música pop de hoy en día nos parece a menudo de usar y tirar, más efímera que nunca, quizás sea por la naturaleza poco nutritiva de la misma, que ya propicia un ciclo de reemplazo constante de canciones para volver a sentir esa escasa satisfacción inicial constantemente. Como el que ha comprado una bolsa de chicles baratos y pronto se da cuenta de que el sabor de cada uno se desvanece completamente con a penas quince mascadas; como el irremediable e insatisfecho promiscuo. La estimulante velocidad del pop no es nada nuevo, pero en otras décadas como la de los '70 o los '80, cuando se permitía asomar el hocico en el mainstream a artistas más intrépidos a pesar de su heterodoxia, la celeridad con la que encadenaban sus trabajos -un álbum al año, a veces en menos tiempo- tenía que ver con la inquietud que tenían por investigar y explorar los límites de sus posibilidades. Uno echa un vistazo a la trayectoria de un grupo como Siouxsie & the Banshees, que tantas veces pisó el escenario de Top of the Pops en la televisión inglesa, y puede trazar una línea de refinamiento que pasa por todo tipo de colores. La banda de 1991 podría parecerle irreconocible a quien la descubra con un disco de 1980.

Cuando conoces a un grupo solo de pasada, como por ejemplo si tiene una canción muy conocida que se pincha por defecto porque ha marcado su trayectoria y nadie se ha molestado en acercarte a otra etapa de su discografía, para ti esa canción se convierte en un cliché al respecto de lo que esa banda debe ser. Por ejemplo, a propósito de Undertones: 'Teenage Kicks'; una canción de su primer álbum publicado en 1979, festiva exposición de ansia sexual a ritmo de punk-pop guitarrero. Su pieza más radiada, escuchada y bailada en infinidad de bares entrada la madrugada, de las que en comunión desatan reacciones pasionales estereotipadas como lo hacen 'Love Will Tear Us Apart' de Joy Division o 'There Is a Light That Never Goes Out' de The Smiths. En mi mente, el post-it que leía: "Undertones - Punk-pop". Como si uno se quedase con la idea del David Bowie del primer disco y bajase un voluntario telón que le privase de todo lo demás. 


















De acuerdo; el quinteto irlandés no tuvo una carrera tan longeva ni mutante como la de Bowie como para perderse algo verdaderamente único por una falsa primera impresión, pero tropecé por casualidad con la canción 'Julie Ocean' y fue agradable necesitar parpadear dos veces para asegurarme de que venía firmada por ellos. El cliché punk-pop quedaba disuelto. Luego entré en una página donde un fan reseñaba todos sus discos y, destacando cómo fueron variando su fórmula, tenía etiquetas distintas para cada uno de ellos: "El de pop-punk", "El de power-pop", "El de los '60"... Éste último es Positive Touch (1981), el que contiene la primera versión de 'Julie Ocean', seca y escueta -no llega a los dos minutos-, pero la verdaderamente sublime es la que erigieron para publicar como single en julio de 1981. El grupo seguramente reconocía el potencial melódico y emocional de la composición y sabía que podía atusarla con una mano más suave para hacer de ella algo memorable, así que no se limitó a remezclarla sino que la reestructuró y la volvió a grabar.

El guitarrista John O'Neill, autor del tema, la destacaba como una de sus tres favoritas dentro del catálogo de Undertones en una entrevista para Pennyblackmusic en 2013, donde además explicaba: "Estaba muy enganchado al tercer disco de The Velvet Underground. Ése que es tranquilo y que tiene 'Candy Says' y 'Pale Blue Eyes'. Estaba intentando escribir una canción que pudiera haber salido de ese álbum". El resultado así lo atestigua. Una imaginaria pieza perdida de The Velvet Underground minus John Cale, arrastrada hasta la realidad new wave de 1981 mediante la aguda y trémula voz de Feargal Sharkey -ese timbre reminiscente de los new romantics sintetizados-, con una melancólica progresión de acordes que es introducida por un entramado de punteos y sigilosa caja de ritmos, roto por un arpegio de guitarra acústica que se disipa con nostalgia en el mar. Es una madurez que cae justo en el reverso de 'Teenage Kicks'; donde había un deseo carnal primitivo, ahora está la penosa sensación de saberse un segundo plato: "Qué triste ver que quedaste segundo / va a romper tu corazón bailarín / nada bueno dura para siempre / y a veces nada empieza / Julie Ocean, siempre ardiendo / Julie Ocean, loco deseo".



'Julie Ocean (Single Version)' fue publicada como
single de Undertones en julio de 1981

Para escuchar en Spotify