domingo, 31 de julio de 2016

Caso abierto: Veruca Salt - "Eight Arms To Hold You" (1997)



















Quien más, quien menos, recordará el violento y peligrosísimo temporal de lluvia y viento que arrasó, un domingo por la noche, con el Festival de Benicàssim de 1997. Desde casa, el primer verano que pasaba seriamente enganchado a Radio 3 y con la mala costumbre de anticiparme montando portadas de corta y pega, escuchaba con tristeza las crónicas del desastre en vez de estar borrando cintas de cualquier cosa para grabar los conciertos que no llegaron a celebrarse. Había mucha incertidumbre sobre el alcance de los daños físicos y materiales, y con la tragedia del camping de Biescas fresca en la memoria del verano anterior -alimentada por la impúdica tendencia sensacionalista de nuestra televisión-, atender el parte radiofónico tenía un punto escabroso y aterrador en una noche negra de verano.

Pasadas las diez de la noche, el escenario Maravillas se vino abajo durante la actuación de los escoceses Urusei Yatsura (tan voluntariosos como insensatos: hay que verlo) y dejó por imposibles los recitales de grupos como Luna, Pavement o Blur. Todos ellos regresarían a España en un momento u otro para tocar, pero uno nunca lo hizo: Veruca Salt. La convivencia de Nina Gordon (voz, guitarra) y Louise Post (voz, guitarra) en el seno de la banda -que en su formación completaban Steve Lack (bajo) y Jim Shapiro (batería)- se volvió insufrible, y el cuarteto de Chicago anunció su acalorada separación en marzo de 1998, a penas un año después de que se publicase su segundo disco. Fue de esas escisiones abruptas y rodeadas de rumores que ellas despacharon con diplomacia, con el clásico pretexto de las diferencias irreconciliables. Post -que hizo gala de descaro y se quedó con el nombre de la banda, publicando dos álbumes sin ningún otro miembro original- siempre se justificó diciendo que Nina Gordon fue quien decidió marcharse, enviándole un escueto fax para decírselo. Nina siempre se reservó los detalles de la pelea definitiva: "Cada vez había menos momentos mágicos y más momentos frustrantes. Parecía que era hora de cambiar, porque habíamos estado juntos seis años", dijo en 2000. Louise Post, el mismo año, opinaba: "Había, creo, una falta de comunicación progresiva, una falta de confianza básica en nuestra colaboración que ya llevaba pudriéndose una temporada. Y creativamente, opino que nos habíamos alejado mucho".

Como si de un enamoramiento de la edad del pavo se tratase, Nina y Louise vivieron su amistad con tal intensidad que la fascinación inicial ardió pronto, en forma de recelo y competitividad, cuando empezaron a sentir que divergían en muchas cosas. El periodista Bill Wyman, en un artículo sobre Veruca Salt para Musician Magazine en 1995, se percataba al entrevistarlas de que ambas llevaban la misma camiseta, acababan la una las frases de la otra y pedían lo mismo para comer, dando fe de los excesos de esa chispa primeriza. "Si te pides algo que creo que me apetece, pero no estoy segura", le decía Louise a Nina, "me pone nerviosa pensar que cuando lo traigan, lo querré. Así que me pido lo mismo". Su idilio tuvo un inicio de cuento de hadas indie, y es que presentarlas fue ocurrencia de la actriz Lili Taylor la Nochevieja de 1991; pero cuando Veruca Salt empezó a despuntar a mediados de 1994, en la escena local de Chicago -de donde nombres como The Smashing Pumpkins y Liz Phair habían logrado sobresalir a nivel internacional- ya se hacía correr la voz de que eran un bluff, y que su primer álbum lo sacaba el sello independiente Minty Fresh en un acuerdo con la multinacional Geffen (que ya habría fichado al grupo) para que ganasen credibilidad alternativa. Ellas siempre lo negaron.















Un sencillo esquema basta para ilustrar cómo evolucionaron (¿degeneraron?) las cosas en la fugaz trayectoria de Veruca Salt: American Thighs (1994), disco de debut bautizado irónicamente con parte de un verso de 'You Shook Me All Night Long' (AC/DC), producido por su paisano Brad Wood (el señor detrás de la crudeza amateur de Exile In Guyville [1993], de Liz Phair), discreto pero eficiente al insuflar ardor post-grunge a una deseada emulación de Pod (1990) de The Breeders, para ellas la estampa que les enseñó el camino cuando empezaron. En menos de tres años, Eight Arms To Hold You (1997); continuación bautizada con un título finalmente descartado por The Beatles para la película Help!, producido por Bob Rock (ingeniero en discos de Bon Jovi, Metallica y la Cher de la fase rockera) y que dio como resultado un revuelto de hard-rock metalero y pop de radiofórmula de los 80 con alto potencial para cortar la digestión. La videoteca que ahora tenemos tan fácilmente a nuestro alcance pone al descubierto lo que se perdió Benicàssim y España en 1997: las exageraciones de la escuela macho-rock no estaban solo en la música; en escena, Veruca Salt tenían un punto bastante Spinal Tap (el momento guitar heroes en el minuto 1:55 de este vídeo, por ejemplo).

Cada vez que tengo el impulso de ponérmelo, vuelvo a preguntarme qué sigue atrayéndome -más allá de cierta nostalgia- hacia un disco cuya concepción es, a todas luces, tan hortera y, además, vinculante a ese rock de tics masculinizados que ha caracterizado la producción de bandas con integrantes femeninas como L7 o The Runaways, con quienes nunca he podido conectar. Si en su primer álbum daba la sensación de que se habían unido con un objetivo común, en Eight Arms To Hold You puede olerse la tensión entre dos compositoras que querían que el grupo tirase hacia el terreno de cada una. Sus filias estaban más claras que nunca y la que tenía las de perder, confirmado por ella misma, era Lousie Post, devota del metal más repelente frente al gusto por el pop meloso, precozmente adulto y más fácil de vender de Nina Gordon. Ésta coló 8 canciones de un total de 14 en el repertorio final, un desequilibrio ligero aunque revelador en el que tuvo mucho que ver el posicionamiento de su discográfica y su manager. "[Perdimos] algo de delicadeza y fragilidad. Había mucha presión para que cantásemos de manera más profesional y la sensación de que todo el mundo a nuestro alrededor quería que hiciésemos un disco de pop conciso y ágil, al estilo de The Cars o algo así", declaró Louise.

















Quizás Eight Arms To Hold You me produzca una fascinación que bordee lo kitsch, pero también hay canciones, y fragmentos de ellas, que me gustan bastante. Algo que sí hay que concederles es que las compusieron de una forma que desde luego no tenía lugar entre los grupos de rock alternativo de los 90; trascendiendo las dinámicas de estrofa tranquila-estribillo fuerte y los círculos de acordes que se repiten durante toda una pieza, aquí hay puentes, cambios de clave y armonías trabajadas de una manera que, más que a The Cars, remiten a la concepción del pop que tenían The Bangles ('The Morning Sad' podría ser su 'Manic Monday'), o, teniendo en cuenta el tamiz de grasa de litio, a los grupos de heavy-metal más melódico.

Por desgracia, son pocas las canciones que fluyen con la sensación de haber sido engendradas sin romperse la cabeza en exceso, y ahí el mérito se lo lleva Nina Gordon: desde el recordado single 'Volcano Girls' (un guiño al 'Seether' que les hizo populares, doblando la contundencia y la actitud) al power-pop preciso de 'Awesome' y 'With David Bowie'. Louise Post sabe crear estrofas con atmósferas cándidas ('One Last Time'), tensas ('Shutterbug') entre lo tenebroso y lo ensoñador (la de 'Sound of the Bell' es la sutileza más refinada del álbum), pero suelen resolverse con un estribillo que afea el conjunto y cae como un martillazo, mientras ella recrudece su voz con estridencias más allá de sus límites. A mí me parece un autosabotaje, pero está claro que para ellas no lo era. Cuando una se permite irse al extremo del A.O.R. y el caramelo conservador ('Loneliness Is Worse', 'Benjamin') y la otra al del hard-rock ('Straight', 'Don't Make Me Prove It') es cuando vemos claramente las fisuras y entendemos que compartían liderazgo con estricta caballerosidad (escribían sus canciones exclusivamente por separado, y cada una cantaba las suyas), pero con eso no bastaba para llevar el mejor rumbo.

Quizás la mala gestión de un éxito repentino, que les pilló jóvenes y cuando la misma relación entre las dos cantantes y guitarristas tenía un corto recorrido y estaba muy tierna, fue determinante para no poder evitar la temprana deriva. En Eight Arms To Hold You hay una corriente de sobreexcitación e histrionismo que al final se lee como pasivo-agresiva; la música no miente sobre lo que había detrás. Aproximadamente quince años tuvieron que pasar para que Nina y Louise tuviesen un acercamiento definitivo, que ha acabado con la reunión de la formación original y la publicación de Ghost Notes (2015), un disco de pop-rock equilibrado e intrínsecamente americano en cuyas letras han querido perdonar y olvidar lo que les ocurrió. Ahora ya escriben al alimón.




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lunes, 4 de julio de 2016

Caso abierto: Echobelly - "People Are Expensive" (2001)



















Mayo de 2001. Sonya-Aurora Madan (voz) empieza la ronda de entrevistas promocionales que deberían servir para publicitar la salida del primer disco de Echobelly en cuatro años; un margen que jamás se hubieran permitido en su cumbre de popularidad, allí donde les auparon los gases de la risa del britpop más lleno de gracia. En 2001, a Sonya le mencionan la escena de la que fue bandera, pero no como antes. Ahora le hablan de esa etapa comprendida entre 1994 y 1997 como si Gran Bretaña hubiese tenido una edad del pavo de lo más tonta, aniquilada por las Spice Girls, los músicos que se juntaron con Tony Blair delante de la prensa, la saturación de bandas repetidas y mediocres en el mercado y la inevitable implosión de esa autoimportancia patriótica que los medios se encargaron de hinchar y que los músicos terminaron haciendo suya; algunos convencidos, otros por oportunismo. Liam Gallagher cantaba que iban a vivir para siempre, pero hacerlo cabalgando esa ola de ímpetu cada vez más artificioso era simplemente inverosímil.

En 2001 Sonya habla de otra cumbre, la del monte Everest, telón de fondo de su Nochevieja en 1999. Hasta Nepal viajó junto a los compañeros de grupo que quedaban, Glen Johansson (guitarra) y Andy Henderson (batería). Uno se preguntaría si el cataclismo del britpop -que de Echobelly se llevó por delante el álbum Lustra (1997)- fue tan nefasto para ellos que tuvieron que recurrir al cliché del viaje sanador a Asia, pero, en cualquier caso, si lo hicieron para curarse espiritualmente tenían un bagaje mucho más pesado que ese. Llevaban lidiando con inclemencias desde 1996, cuando la grabación de su tercer álbum vino precedida de problemas de salud para la cantante (un hipertiroidismo que puso en peligro su vida) y el abandono del bajista Alex Keyser. Mientras, el pequeño sello del que formaban parte, Rhythm King, finalizó su contrato de distribución con Sony e iba a cerrar un nuevo trato con otra multinacional, Arista. Por los excelentes números de ventas que Echobelly manejaba entonces, Sony luchó por quedárselos y, entre promesas y lisonjas, consiguieron añadirlos al catálogo de su subsidiaria Epic (morada de Sade, Pearl Jam y Michael Jackson, entre otros). La experiencia fue cortísima: lo justo para ver marcharse a la guitarrista Debbie Smith (en desacuerdo con la partición de royalties y la dirección artística), ver pinchar el disco con tristeza y separar definitivamente su camino del de la multinacional. Basta con decir que Lustra salió en noviembre de 1997 y la promoción finalizó mes y medio después en Paris, donde dieron el último concierto. Se cortó en seco, sin más.














Antes de abandonarlos a su suerte, los ejecutivos de Sony pidieron el "disco pop" que según ellos les habían racaneado entregando Lustra, que no es que no lo fuese, pero eran claros: habían pagado por unos Echobelly muy concretos, y los que había ahora ya no podían clonar su efervescencia primeriza, consumida con el conjunto del britpop. Dentro del tinglado de esa escena, Echobelly compartían con otras bandas la inspiración retro en el lado musical -en su caso, new wave adaptada a los ademanes distorsionados del indie pop, endulzado por la voz de una Sonya que canalizaba a Morrissey con precisión- pero eran la antítesis del patriotismo imperante y los códigos cerrados del imaginario británico: como conjunto, reflejaban el Londres más abierto y plural (en sus filas, un sueco adoptado por la ciudad, una asiática criada entre ingleses y una guitarrista afro-caribeña abiertamente lesbiana) y en sus letras, cuando no eran narraciones románticas y sin llegar nunca al panfleto, se tocaban temas como la discriminación racial y de género, o la apatía de toda una generación de jóvenes; asuntos por los que Sonya-Aurora Madan se posicionaba con convencimiento al borde del escenario, exudando independencia, menuda pero capaz de jalear a cientos de personas cada noche de concierto. Pero era inevitable que ese personaje fuese quedando atrás.

La larga pausa finalizó a su regreso de Nepal, cuando se pusieron en marcha para reactivar su carrera prescindiendo de manager y de discográfica. Reunieron presupuesto para pasar alrededor de 10 días en un estudio de Brixton con el productor Ben Hillier, ingeniero de sonido en trabajos de Blur, Suede o Elbow, y pronto testaron su nueva infraestructura publicando el EP Digit (2000) a través de su propio sello Fry Up. Fue un avance discreto -no armó ningún revuelo- del álbum que publicarían al año siguiente, el que desligaría definitivamente a Echobelly de las ataduras del pasado; adiós a los himnos inmediatos y a la Sonya que bromeó actuando en el festival de Reading en 1995 vestida como una colegiala. Ahora que el mundo del pop volvía a tener sus fundamentos en el chicle y en los despachos de los ejecutivos, Britney Spears había adoptado el uniforme de colegiala como una declaración de principios con cero ironía, y así dábamos la bienvenida al nuevo milenio.














People Are Expensive (2001) se gestó con la convicción de que no tenían nada que perder, primer punto a favor. Si en algo se diferencia del que hasta entonces era su último trabajo, es en que Gil Norton le dio a Lustra un sonido lujoso, ampuloso y demasiado congestionado, que no lograba camuflar el miedo y las presiones. Se les achacó, además, excesivo conformismo. El sonido de People Are Expensive está en las antípodas -cero avasallador, mucho más suave y espacioso; es quizás el disco de Echobelly de escucha más agradable- y el fondo, las letras, se centran en purgar las agrias experiencias de los años anteriores y repararlas con filosofía. Nunca antes se habían permitido registrar la voz de Sonya con tal claridad y tan poca compresión. Y aún así, empieza el disco con el medio tiempo de 'Fear of Flying' y el pop-rock cordial de 'Tell Me Why', y uno se pregunta si va a tratarse de un affaire tan inofensivo como un disco de Morcheeba. Pero hay que escucharlo entero, en orden y entregarle tiempo a cambio del espacio y los detalles que ofrece. 

La primera mitad del álbum tiene como argumento la crónica del desengaño y su caída en desgracia a finales de los 90 ("Muerte detrás del volante / (...) el tiempo que voló", "Tu corazón lleno de domingos, la superficie hecha de las noches de sábado", rezan las letras) y se pone interesante a la altura de la tercera pieza, 'Down To Earth', un monólogo interior trazado con ternura por la cantante cuando ya tiene humor para ver sus días de gloria sin hacerse daño y se dispone a darle la vuelta a su situación. 'People Are Expensive', un breve instrumental donde se mezcla el audio de un reportaje televisivo sobre lo caros que salen algunos actores de Hollywood, precede a una 'Digit' que hinca el diente con más fuerza; atmosférica y repleta de textura, cuestionándose la errante dirección de la humanidad en una letra ácida, debía ser su pieza menos encorsetada hasta entonces. Cierra ese primer bloque 'Dying', una canción contenida y hermosa, donde Sonya se permite que su fraseo caiga en pequeñas y densas oleadas de miel. 'Kali Yuga' inaugura una segunda mitad más dispersa con aires de resurrección, explotando en un estribillo que es todo un choque distorsionado y celebrador ("No voy a hundirme / (...) Mira los viejos tiempos / Voy a deshacerme de todo"). 'Everything Is All' y especialmente 'A Map Is Not the Territory' son más serias, la segunda sonando incluso vengativa y concienzudamente sucia, y ahí se pierden un poco. El final llega envuelto de nuevo en sosiego con 'Ondine', un tributo acústico a un amigo adicto a las drogas que se suicidó antes de grabar el disco, y 'Point Dume', delicia que lleva el nombre de un promontorio en la playa de Malibu, ejecutada con tanto mimo como con melancolía estival se diluye.

People Are Expensive es de esos discos que poca gente supo que vio la luz. Se quedó perdido en la indiferencia. No tiene sentido medirlo al lado de los tres álbumes que firmaron en los 90; es como comparar píldoras de vitaminas con una infusión: se usan para cosas distintas. Gravity Pulls (2004) siguió su estela -en las formas y, lamentablemente, en la repercusión- y Echobelly anunciaron su separación en 2006 con la boca pequeña. Resurgen ahora, después de que Glenn y Sonya no lograsen hacer despegar su proyecto Calm of Zero, prometiendo un nuevo álbum que pueden financiar los fans. El setlist de los conciertos sueltos que dieron el año pasado, tirando más de píldoras que de hierbas, hace presagiar que, a quince años vista de People Are Expensive, el reto no va a ser demostrar que pueden sobreponerse de sus primeras fórmulas y avanzar, sino convencer a hordas de seguidores ahora nostálgicos de que pueden imitarlas con gracia. Del efecto 2000 hemos pasado al complejo de la edad de oro. Veremos.




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