sábado, 28 de enero de 2017

Imperdible: Yoko Ono - "Walking On Thin Ice" (1992)

Si la línea que separaba tu infancia de la adolescencia yacía justo en la mitad de la década de los 90; si The Beatles no habían sonado nunca en el tocadiscos de tu casa y la primera vez que habías escuchado 'Come Together' había sido en voz de Michael Jackson -que la grabó para HIStory (1995)-... No saber mucho sobre Yoko Ono no debía ser muy extraño. Que la primera vez que leyeses algo sobre ella fuese en un libro o un artículo acerca de Nirvana tampoco lo era. Por supuesto, nadie te explicaba que Yoko había sido una respetada artista conceptual desde mediados de los años 50 y que también hacía música, ni tan siquiera que Kurt Cobain se había referido a ella como "la primera punk-rocker femenina". Su nombre era despojado de cualquier hecho factual relacionado con su oficio o su relevancia para reducirla una vez más a una figura maligna y manipuladora que había roto la armonía en The Beatles al juntarse con John Lennon, y así trazar el ignorante paralelismo entre su historia y la de Courtney Love con Cobain.

Cuando te acabas enterando de que hace música, te encuentras con que los cortapisas para que no se conozca la profundidad de su obra no son muy distintos de los que rebajan su importancia en el campo Beatle. "Yoko Ono está loca; hace ruidos de gaviota; no es música; es una oportunista sin talento". Yo podía haber sabido muy pronto qué tipo de música hacía: en el número de enero de 1998 de la revista Factory había un sofisticado informe sobre su trabajo firmado por Juan Vitoria que nunca leí, quizás tan acostumbrado a ver su nombre como un añadido que ni me di cuenta de que se hablaba de discos, de respeto. Cuesta creer que alguien con una identidad tan sólida, convencida de la importancia de ser uno mismo y pionera de tantas cosas mediante el arte -particularmente de muchas que abrieron puertas a las mujeres para que se expresasen de una manera más libre y conectada con su verdadera idiosincrasia- fuese ninguneada de esa manera por la historia al asociarse con su compañero, por muy John Lennon que fuese. Él la admiraba, la adoraba y la alentaba, que su visión transgresora pudiese contagiar a su trabajo le entusiasmaba, pero a pesar de su insistencia para convencer al mundo de que ésa era una unión entre iguales, a Ono se le asignaba el rol de servicial acompañante: Ono, fiel y muda, abriendo las ventanas en el vídeo de 'Imagine'; Ono, sentada en 1969 junto a Lennon ante un entrevistador de televisión que a penas le dirige a ella tres miradas durante quince minutos. 

Quizás nadie pueda desestimar prejuicios y machismo como la propia Yoko Ono, al principio de su texto Feeling the Space: "Se me acercó un hombre y dijo, '¿Puedo darle un apretón a la mano que se lo ha dado a John Lennon?'. Dije, 'Bueno, hemos hecho muchas cosas juntos pero todavía no hemos llegado a hacer eso... ¿Qué vas a hacer?'. Simplemente balbuceó, más o menos, y me dio la mano igualmente. ¡Eh, yoke, yoki, yoho, yoyo! I de Ira, B de Bruta, A de astuta, M de Muerte. De hecho, soy un Lenny Bruce casado con Greta Garbo, si tanto te interesa. Dos personas enamoradas nunca se dan un apretón de manos". Lo escribió en 1973 y fue reproducido en el libreto que acompaña a este Walking On Thin Ice, que es la síntesis asequible de una caja con 6 CD's que la discográfica Rhino publicó en 1992, una extensa colección de la obra fonográfica de Yoko editada por primera vez en ese formato y, más que eso, una de las primeras ocasiones en que se reivindicaba seriamente su trabajo. No suelo destacar una recopilación por encima de un álbum, pero a mí esta selección me ha servido de adecuada y cautivadora introducción a la música -a la mente- de Yoko Ono, dejándome con ganas de más. Así suelen sonar los eslóganes que publicitan compilaciones como esta, y en este caso decirlo no es mera charlatanería.

La misma artista se encargó de elegir el repertorio y se nota una intención conciliadora, que funciona, porque mediante algunas de sus piezas más melódicas y accesibles, y sin traicionar su excepcionalidad, hace por acercarse al oyente prejuicioso o desinformado. Aquí no hay lugar para el terrorismo vocal de las primitivas tomas registradas con John Lennon en Unfinished Music No.1: Two Virgins (1968) -un verdadero desafío expresivo que podría causar demasiado repelús en una primera impresión- ni tampoco para el horror extático de 'Why' -el tema que abría Yoko Ono / Plastic Ono Band (1970). Puede ser cierto que sus experimentos más temerarios no tengan a penas representación (solo la neurosis de 'No, No, No', paradójicamente producida por Phil Spector, rompe la conseguida armonía) pero a cambio se nos entrega una panorámica del eclecticismo musical abarcado en su carrera, su intención poética, su cuestionada fragilidad y la evidencia de que tiene en su catálogo un puñado de canciones-canciones, no solo ensayos arties

La colección sí retrocede hasta Fly (1971) con la inclusión de 'Midsummer New York', un blues-rock de doce compases pegajoso de sudor, donde su nervioso ahogo ("Nueva York a mitad del verano, grito ante el espejo / (...) todo lo que ves duele, tiembla, tiembla...") es al final una liberación sobre todo cómica. 'Yangyang', single de 1973, parece el prototipo de la clase de canción bailable que no despuntaría en las pistas hasta años más tarde, con su fraseo monolítico y frío, mientras que 'Death of Samantha', del mismo año, serpentea sensualmente en forma de soul sedoso; el retrato del triste saber estar que se le requiere a una mujer mientras ella está secretamente rota y ha perdido la inocencia: "Cuando estoy al teléfono, gracias a Dios, mi voz suena suave y clara sin rastro de una lágrima / (...) Cuando estoy con gente, gracias a Dios, puedo estar en el ajo mientras lloro por dentro / ¿Qué vas a hacerle?". Otra más de 1973, para rematar el despliegue de versatilidad: 'Woman Power', un cántico explícitamente feminista con un ritmo casi hip-hop antes del hip-hop y toda la excitación de una posible revolución imprimida en un riff de guitarra sucio, urbano, y los potentes coros femeninos de soul. Cibo Matto, fans declaradas de Yoko, tendrían aquí una receta valiosa con la que cocinar el estilo que les hizo destacar en los años 90.

'O'Oh', rescatada de un disco que permaneció inédito desde 1974 hasta que apareció íntegro en Onobox, toma prestado el ritmo de la batería con escobillas de 'Walk On the Wild Side' de Lou Reed para hacer un retrato de Nueva York muy distinto al de esa canción, lanzando Polaroids de los festejos de un 4 de julio y registrando a Yoko con una ingenuidad reminiscente del convencimiento con el que ella y John Lennon realizaron happenings por la paz y el amor durante tantos años. Lo mismo se respira en 'Don't Be Scared', un reggae procedente de un disco que se quedó a medias en el estudio cuando Lennon fue asesinado en diciembre de 1980 (publicado póstumamente en 1984). Las selecciones de Double Fantasy (1980), el álbum conjunto que les devolvió triunfantes a la actualidad musical después de no grabar durante cinco años, recogen la frescura y la emoción del retorno en un clima que, con los sonidos de la entonces incipiente new wave, John creía especialmente propicio para su música, basta escuchar la juguetona 'Kiss, Kiss, Kiss', que incorpora sus emblemáticos sonidos vocales de piraña y acaba con dos orgasmos simultáneos, uno por cada canal de audio.

La añoranza por Lennon se convirtió en una poderosa musa para Yoko Ono. El álbum Season of Glass (1981) aparecía a penas seis meses después del asesinato y estaba lleno de melancólicas canciones sobre su ausencia, entre las que destaca la elegía con toque hispánico 'Mindweaver' y especialmente 'Even When You're Far Away', ejemplos de cómo, en los temas más delicados y melódicos, esa voz que por sus raíces orientales siempre tuvo un punto más antiguo del que aseguraba su edad oficial, tiene un poder evocador que informa muchísimo del sentimiento. En 'Spec of Dust', del disco It's Alright (I See Rainbows) (1982), se pregunta acompañada de un sintetizador fantasmagórico: "¿Por qué te echo de menos si eres solo una mota de polvo / flotando infinitamente entre un billón de estrellas?".

'Walking On Thin Ice' da título a la recopilación. John estaba convencido de que con este tema Yoko llegaría a un público mayoritario que ya estaba recibiendo acaloradamente cosas como 'Rock Lobster' de The B-52's. Una canción de disco-rock una vez más vanguardista en la que habían estado trabajando con el productor Jack Douglas la misma tarde que le dispararon y de la que, de hecho, llevaba una copia bajo el brazo al bajar del coche y encontrarse con su agresor. Lo último que grabó John en un estudio fue la guitarra trémula que recorre los segmentos instrumentales. La letra resume la perseverancia de Yoko durante toda su vida por ser fiel a sí misma y a sus inquietudes a pesar de ser vilipendiada: "Caminando por terreno pantanoso / estoy pagando el precio / por lanzar los dados al aire". La publicó como single en febrero de 1981 y se quedó muy lejos del número 1 que vaticinó un Lennon entusiasmado, pero con el tiempo se ha convertido en una canción legendaria que, remezclada, acabó en lo alto de las lista de éxitos bailables de América en 2003. 

Esta canción cerró el festival Meltdown de 2013, del cual Yoko Ono dirigió la programación, con una encendida interpretación a cargo de la Plastic Ono Band acompañada de Siouxsie Sioux sobre las tablas del Royal Albert Hall de Londres. A más de veinte años de esta recopilación, reivindicada por colegas músicos, artistas plásticos y feministas, Yoko Ono ya no es (solo) una bruja para nadie. Dijo Bowie: "El trabajo de Yoko es muy peligroso. Si no tiene uno cuidado, podría hacerle pensar y que tuviese una opinión propia. Una noción subversiva, si alguna vez ha habido alguna"


Para escuchar en Youtube:
(vídeo con el disco entero y enlaces al minuto de
inicio de cada tema en la descripción del vídeo;
no disponible en Spotify)



domingo, 8 de enero de 2017

Minutos: John Cale - 'Buffalo Ballet' (1974)

En mi último viaje a tierras de secano, con el inevitable pretexto navideño, mi padre y su pareja alquilaron un coche y el plan era ir directamente a la residencia de ancianos donde está mi abuela, recogerla y salir a comer. Casi me olvidaba de lo que es viajar en coche hacia esos parajes en pleno invierno; cuando quedan aproximadamente cincuenta kilómetros para el destino, la niebla se manifiesta sólida ante ti, como la ampliación imposible de un collage de algodón espeso pegado sobre chapa; casi impenetrable. Mi abuela vive en dicha residencia hace algo más de un año y, aunque sigue tan presumida y particular como siempre, algo ha hecho mella después de la caída que truncó su hasta entonces exuberante e intocable independencia. Fue difícil verla recortada sobre un decorado que no fuese el de la cocina donde nos habíamos hecho confidencias durante toda mi vida, y aceptar que así sería a partir de ahora. Y para ella, aunque siempre esté conforme con todo y nunca vaya a admitirlo, también lo sería. Está más callada.

Cuando llegamos, en la entrada nos dijeron que la abuela debía estar haciendo gimnasia, pero en el gimnasio nos dijeron que en realidad estaba en la peluquería. Así era, de espaldas a la puerta y oculta dentro del secador de pie. Le di un beso como pude. Mi padre nos hizo una foto mientras nos saludábamos: estando yo inclinado con las manos sobre mis rodillas como quien le hace una monería a un bebé y ella mirándome a través del plástico tintado del secador, ahí en la composición había algo kitsch retrofuturista. Esperamos un poco hasta que estuvo lista, con el moldeado que ella llama "de Marilyn Monroe".

Una vez estuvimos los cuatro dentro del coche para marcharnos, la pareja de mi padre, que conducía, le pidió que buscase algo de zarzuela o algún bolero para escuchar y así estimular a mi abuela por el camino. Sonó primero una versión de 'Dos Gardenias' a cargo de Buena Vista Social Club e inmediatamente después, 'Piensa En Mí' de Luz Casal. Se dio una situación almodovariana espontánea que de tan obvia tuve que soltar la observación en voz alta: el coche circulando por una carretera comarcal, a ratos imposible, yendo de un pueblo de 2000 habitantes a otro, separados por a penas cinco minutos de recorrido; la niebla inclemente, los campos de conreo a lado y lado; Luz sonando en los altavoces; y un guiri (el conductor) y una mujer de 83 años (nuestra madre de madres) cantando encima. Tuve que mirar a mi derecha para comprobar que a mi lado estaba mi padre y no Marisa Paredes.

Hace ya diez años que me fui de casa y que vuelvo a casa, y volver siempre es algo distinto, alterado tanto por el paisaje exterior como por el interior. He vuelto a casa con nostalgia, con pánico, servicial y activo, con pereza y obligado. Determinadas sensaciones y escenarios donde leías familiaridad y refugio han sido desvalijados progresivamente, y cada vez es más difícil regresar sin cierto estrés que te hace atender a cualquier cosa de pasada, porque estás un pelín incomodo y desde luego demasiado conmovido para confrontar la realidad sobre la dirección de los lugares, las personas y las cosas que se desvanecen; que sin que te des cuenta, se están despidiendo o se han despedido ya.



















Se acomoda entonces en mi cabeza 'Buffalo Ballet', una composición de John Cale que forma parte del álbum Fear (1974). En ella, que en concierto ha presentado varias veces diciendo que es "la visión europea de un western", se recoge la historia de la pequeña ciudad de Abilene (en Kansas). A principios del siglo XIX el terreno estaba habitado por los indígenas americanos, pero unas décadas más tarde, constituido el condado de Dickinson dentro de Kansas, en Abilene -bautizada así en 1860- se empezaron a construir vías de ferrocarril en sus llanuras y se convirtió en un punto importante para gestiones comerciales relacionadas con el ganado, liquidando sin aprensión la pureza y la libertad de la que disfrutaba el lugar antes de la llegada del capitalismo.

En esta balada, quizás el modelo de canción que mejor le sienta a la voz de John Cale, consigue recoger un aire de desconsuelo llevado con estoicismo, simbolizado con la mención en el título del búfalo y embelleciendo su proceso de resistencia con el añadido del "ballet". El búfalo duerme de pie a pesar de los brutales cambios, aunque las últimas estrofas dan fe de que el dinero y los soldados acaban llevándose por delante a los humildes y resignados opositores. El coro de voces interviniendo cada vez que se canta la línea "Durmiendo al sol de mediodía"; las cuerdas en el giro del puente; el piano y la guitarra acústica... Tocan el espíritu de la misma forma que un réquiem. Sientes la pérdida de algo cuyo control estaba fuera de tus manos. No la elijo frívolamente como banda sonora de la transformación de mis lazos afectivos y de los escenarios que los cobijan. Sé que solo tengo reproches para el paso del tiempo y la incomunicación, pero son pequeñas tragedias que también se abren paso salvajemente entre la pureza. La mente es extrañamente sabia para identificar la música ambiental perfecta; de hecho, la canción no la he elegido yo.


'Buffalo Ballet' apareció en el álbum Fear
de John Cale, publicado el 1 de octubre de 1974

Para escuchar en Spotify