lunes, 27 de marzo de 2017

Escenarios: El Último Vecino + Presumido - Salamandra 2 (L'Hospitalet de Llobregat), 25 de marzo de 2017

Fotografía de Magda Martínez

El Salamandra 2 de L'Hospitalet de Llobregat dio asilo, el sábado, a un doble cartel marcado por la fina vanidad, eso que una vez tituló una canción de Extraperlo poseedora de una poesía -en boca de Borja Rosal- que se echó en falta en varios momentos de esta noche programada dentro del Let's Festival. Reflexionar sobre cosas que no te convencen y hacerlo de forma constructiva es el verdadero reto de escribir sobre música e, imagino, de cualquier otra disciplina artística que te apasione. Si cuando algo está en sintonía con lo que nos gusta conectamos rápidamente referentes que respetamos, revivimos emociones potentes y con ello multiplicamos lo especial que nos parece, el caso contrario puede llevarnos a tener la misma habilidad para hacer conexiones en negativo y con vehemencia. Me ocurrió esporádicamente según se desarrollaba la velada, es cierto. Pero si solo tuviese veneno que repartir con crueldad, no tendría inquietud por escribir este texto y no lo haría; a esa conclusión he llegado.

Hablar de fina vanidad es hacerlo sabiendo que el adjetivo es un eufemismo, porque lo cierto es que se trata de un rasgo descarado de los líderes de ambos grupos, aunque le dan salida con maneras y resultados bien distintos. Tarci Ávila (voz, programaciones, teclado, guitarra) incluso lo estampó en el nombre de su proyecto, Presumido, que comparte con Nacho Dafonte (sintetizador, batería). Los gallegos se asomaron primero al escenario en el que han denominado su primer concierto importante, presentando un álbum de debut que ha salido hace a penas dos meses (Vendetta), aunque Tarci ya editó un EP con este seudónimo en 2013. Mencionan influencias exquisitas de pop electrónico y muestran osadía suficiente como para afirmar que han actualizado el synthpop, sana autoconfianza que el resto debemos tomar, por lo menos, con suspicacia. La canción que abrió el concierto lo hizo con el impacto necesario para introducir un espectáculo cuidado y bien ensayado: negro de uniforme, proyecciones, luces en sincronía con los ritmos, arreglos electrónicos meticulosos. En el repertorio destacan detalles refrescantes de tecnopop en piezas como 'Vendetta' y 'Necrotú y Yo', pero pronto se reveló que el romanticismo de unas letras pedestres le gana a una oscuridad más anhelada que intrínseca. Aunque el verdadero anhelo para Ávila pareció ser que el grupo tenga el tipo de fans que tienen Dorian o Love of Lesbian lo antes posible. Se le huele ese hambre, en sus tics interpretativos (pelín histriónico) y en un modo poco atractivo de pedir -demasiadas veces- que la gente se animase a cantar. Puede que lleguen esos fans; hay golpes de efecto y estribillos en segunda persona dirigidos a forzar esa comunión emocional y generacional con su audiencia. Dejar al descubierto esa prisa puede repeler.

Ironías de la vida, el 'Cualquier Otra Parte' de Dorian -pinchado en la sala y coreado por la gran mayoría del público como a Ávila le hubiera gustado que apoyasen a Presumido- fue lo último que sonó antes de que pisase el escenario uno de los frontmen más analizado y levantapasiones de nuestro país. Gerard Alegre Doria (voz) está viviendo la segunda juventud de Morrissey en cada concierto que da El Último Vecino, donde en las primeras filas todo es sudor, gritos, toqueteos, lujuria en los ojos y hasta una pizca de histeria. En directo suenan más sólidos y tajantes, también menos sintéticos, que en disco (algo más evidente en los temas rescatados de su debut homónimo), y el repertorio rara vez baja la velocidad de bpms conforme desfilan canciones como 'Tu Casa Nueva', 'Antes de Conocerme' o, en la recta final, 'Culebra, Columna y Estatua' y la audiencia se desquita enfervorizada ante el cantante, que baila con la mirada quizás fijada en alguien pero perdida. Complació como le interesó: se abrió la camisa y enseñó pezón para el que lo esperase pero privó de la versión de 'Mi Chulo' (La Zowi), que tan popular se ha hecho las últimas semanas, a los insensatos que se la estaban pidiendo a gritos ya antes de acometer el segundo tema. Su carisma es potente y se traslada a la audiencia como congénito, no como una farsa, pero la verdadera hazaña fuera de las tablas recae en la economía de su música, sobre todo en unas letras que no necesitan de perífrasis -ni de prescindir del cripticismo- para capturar emociones de euforia y angustia, a veces simultáneas. Como muestra, un botón: "Antes siempre esperaba tu risa cansada / antes siempre esperaba a que llegaras aunque fuera tarde / Y así eran todas mis noches / y así eran todos mis días / aunque fuera tarde", casi todo lo que canta en 'Antes Siempre Esperaba', uno de los momentos más singulares en su discografía y más magnéticos en directo. Solo le pondré una pega: la sensación de linealidad hacia el final en la secuencia del set. Pero no seré yo quien hunda a Narciso.




viernes, 24 de marzo de 2017

Escenarios: Maika Makovski - Teatre Casino l'Aliança (Barcelona), 23 demarzo de 2017





Fotografías de Clara Orozco

Barcelona tuvo su prerrogativa en mayo del año pasado, cuando la ciudad fue la primera en acoger el directo de Maika Makovski en compañía del Quartet Brossa, pero apuntarse el tanto tenía doble trampa: fue dentro de la programación de un festival (White Summer) y todavía faltaba prácticamente un mes para que se publicase el disco Chinook Wind (2016). A causa de ese privilegio temprano -bendición y maldición-, en Barcelona hemos tardado en ver a esta combinación de artistas donde más puede disfrutarse de ellos; y es que en una gira pensada para teatros y auditorios el enclavado del escenario es esencial para el espectáculo. Makovski fue recibida ayer en el Teatre del Casino de l'Aliança con una afectuosidad desbordante, pero mentiría si dijese que fue algo excepcional, porque la respuesta de su público siempre tiene ese punto febril y vibrante cuando la he visto actuar aquí. Nada más acabar el segundo tema de la velada se le hizo una ovación larga, más propia del final de un concierto; tal es la gratitud por lo que transmite. Lo he dicho en otras ocasiones: sus interpretaciones calan y entonces la admiras, la esperas, y en cuanto tienes la posibilidad, repites; precisamente porque ella no suele repetirse.

De sus incursiones en el teatro con Calitxo Bieito y Carme Portaceli se ha llevado a estos recitales la esencialidad de una buena dirección artística, que va desde los bloques de canciones elegidas y las sensaciones que éstos construyen hasta el toque dramático de las luces (ligadas al núcleo narrativo de cada pieza) o al vestido-túnica de color azul helado impecable que viste Maika como atuendo oficial en la gira, aunque por problemas logísticos no sea el mismo que cuando la empezó (y que pretendía bordar con un símbolo en cada ciudad donde actuasen, según hubiese sido el concierto). Con los años ha ganado en sofisticación, aunque cabe preguntarse si un disco como el que promovió su eclosión (Maika Makovski, 2010), por muy crudo y sombrío que fuese, no era ya muy sofisticado. Unirse al Quartet Brossa para interpretar las canciones de Chinook Wind es la última muestra de su progresiva dulcificación, espolvoreando su cancionero en los últimos tiempos con más pop, soul y R&B que con blues y rock, algo definitivo para decidir disolver la banda que había definido su sonido a principios de la década y realizar un puñado de fechas en solitario hace unos años, donde estrenó y reinventó canciones sin saber todavía cómo mudaría de piel.















Al Quartet Brossa (dos violines, viola y violoncelo) hay que sumar la presencia de Pep Mula a la batería y Pau Valls a la trompa, seis músicos que arropan a Makovski sentados en semicírculo, transmitiendo una sensación de serenidad y curiosa camaradería. El inicio con 'Canada' es mayestático y la mejor muestra de su colaboración; una pieza sobre un sentimiento de amor abrumador que, elevado mediante las cuerdas, se enmarca en el paisaje vasto y nevado del país que la titula; una pequeña obra de arte que hace tangible la emoción de un momento muy concreto. 'Father', 'Chinook Wind' o el último segmento de 'Makedonija' (que antes se desarrolló aérea y solemne) tuvieron un toque de jolgorio propio del folclore que Maika mencionó en alguna ocasión (sus raíces son macedonias y andaluzas) mientras que a 'Blonde Poetry' o 'I Want To Cry' les imprimieron algo más de vehemencia de la que tienen sus versiones de estudio, y fueron buenos ejemplos del tinte clásico que tienen sus canciones más recientes.

Otro aspecto interesante del concierto de ayer era escuchar qué habían hecho con el cancionero antiguo, y hubo de todo: adaptaciones más bien fieles y no por ello menos escalofriantes (inmortal 'The Deadly Potion of Passion'; 'Body'), otras donde las cuerdas dotan de un carácter nuevo a la canción ('Devil Tricks', 'Language'), una reinvención especialmente sublime ('Frozen Landscape', esencialmente orquestal) y la demostración de que un combo como este puede llevar algo como 'Iron Bells' al borde del trastorno sin envidiar el primitivismo de la banda de rock que la parió, y eso que empezó un poco descafeinada al prescindir del aporreo del piano original. Mantener la tensión sensual de 'Lava Love' quizás sea el reto más difícil del repertorio y fue el único momento en que las cuerdas me parecieron intrusivas en el ambiente de la composición. La velada la cerró una canción tradicional macedonia preciosa, pero antes sonó un tema con el que acabó muchos conciertos antes de grabarlo para Chinook Wind: 'Song of Distance', que siempre tocaba sola a la guitarra y nos ponía los pelos de punta con unas desoladas notas agudas al final, ahora suena con el apoyo de una batería seca y tiene un toque de abandono propio del '(Sittin' On) The Dock of a Bay' de Ottis Redding. No son palabras menores, lo sé.


Setlist:
Canada / Blonde Poetry / I Want To Cry / Father / Frozen Landscape / Body / Language / Makedonija / Not In Love / Chinook Wind / Devil Tricks / The Deadly Potion of Passion / Iron Bells / Bulldog // Song of Distance / Lava Love / Tradicional

domingo, 19 de marzo de 2017

Minutos: Depeche Mode - 'I Feel You' / 'Walking In My Shoes' (1993)

En 1990, U2 tuvieron que correr por sus vidas y hacer un brainstorming de urgencia para enmendar el daño producido por la tediosa acogida que tuvo Rattle and Hum (1988), el proyecto rimbombante -película, disco, músicos legendarios, apropiación de la imaginería americana- con que cerraron la década que les otorgó el estatus de banda llena-estadios, que todavía conservan. Incorporando pellizcos de ironía, programaciones electrónicas y vinilo plastificado a su discurso, salieron airosos del reto de la transformación, cuyos resultados recoge Achtung Baby (1991). Depeche Mode, que accedieron a una audiencia cada vez mayor paralelamente a U2 y para quienes su éxito en América también fue determinante, no habían sufrido ningún traspiés artístico a los ojos de todo el mundo. Entregaban entonces Violator (1990), un álbum aclamado unánimemente y su mayor victoria comercial hasta la fecha.

La encrucijada en Depeche Mode era otra, más profunda y personal, y la maniobra de salvación tenía que ser de otra índole. Si el ejercicio de U2 fue prácticamente sinónimo de metamorfosis, el de Depeche Mode consistiría en aumentar, amplificar y, de lograr eso, elevar, en el sentido más espiritual de la palabra. Dave Gahan (voz) empezó la última década del milenio sintiéndose tan extasiado y tentado por violentar lo que encuadraba su vida que se dejó llevar por el instinto y por una pulsión innegablemente autodestructiva. Durante la gira mundial de presentación de Violator, inició una relación sentimental con su publicista americana, dejó repentinamente a la que había sido su pareja durante diez años -Joanne, casada con él en 1985- y a su hijo de tres; se instaló en Los Ángeles y, de manera natural y progresiva, quizás alimentado por la pasivo-agresividad de una culpa durmiente además de por los estupefacientes, fue tallándose a la imagen y semejanza de un artista torturado, no tan endiosado como mártir. La vida en L.A. le envolvió en clichés: tatuajes, boda oficiada por un doble de Elvis en Las Vegas, heroína y cocaína, pelo largo y perilla. Considerando su pulcritud en Depeche Mode, esta trastienda de extravagancias chocó incluso a sus compañeros de grupo, pues se acentuaron durante el primer año sabático que se tomaban en toda su carrera.


Cuando en 1991 Gahan asistió en América a varias fechas del primer festival itinerante Lollapalooza, donde trabajaba su futura segunda esposa, le deslumbró la energía que exudaban bandas como Jane's Addiction y Nine Inch Nails, sintiendo que su grupo había estado acomodándose demasiado en los últimos tiempos y que necesitaban revisar sus intenciones y su actitud. Tenía apetito de sangre y riesgo, así que cuando se reunió con Martin L. Gore (compositor principal, teclados, voz, etc), Andy Fletcher (bajo, etc) y Alan Wilder (programaciones, batería) para trabajar en su próximo disco, en Madrid en enero de 1992, se encontraron con un cantante decidido y con una visión por la que iba a pelear. "Volví cargado de ideas apasionadas y cosas que quería hacerle al sonido de Depeche Mode", explicaba en 1993, "pero todo el mundo estaba en plan, 'Mira, nosotros hemos estado un año entero en casa con nuestra mujer y los niños, así que Dave, cálmate un poco'. Ahora me doy cuenta, pero, en ese momento, sentí que era yo contra ellos. Y que tenía que seguir presionando". La inflexibilidad de Dave en pro de estimular al resto para ir más allá con su música tenía el apoyo de Anton Corbijn (que realizaba todos sus visuales) y Daniel Miller (director de su sello, Mute), y mantenerse en su sitio finalmente dio sus frutos. 

A lo largo de su trayectoria ya se había señalado de qué manera el cantante se apropiaba de los textos de Martin Gore, interpretándolos con tal vehemencia que todo el mundo asumiría que eran suyos; una relación única de director-actor con resultados magistrales. El sexo, la lujuria más o menos explícita, la fe y la espiritualidad habían sido musas recurrentes e inagotables para Martin, pero sus cavilaciones en el repertorio de Songs of Faith and Devotion (1993) parecían estar verdaderamente hechas a medida de lo que Dave Gahan necesitaba expresar sobre el desorden en su vida. Escuchar cómo el vocalista se entregó a estas piezas, arañando con dolor su voz tiznada, ilustran su asombrosa simbiosis. Martin también afinó para precisar el lenguaje musical sobre el que montar esas historias, sabiendo elegir a qué rasgos de su sonido debían subir enteros e incluso embrutecer.



















Destaco aquí las dos primeras canciones del álbum para ilustrar las dimensiones de lo que consiguieron con el productor Flood (que ya produjo con ellos Violator). 'I Feel You', que en febrero de 1993 fue su primer single después de tres años de ausencia, les devolvía con unos ademanes y un sonido apabullantes; un toque gospel, el sonido ligeramente industrial, enfermizo y un latido fuerte llevan en volandas a un riff repetido de blues, un género que ya tenía precedentes en su catálogo (no solo en 'Personal Jesus'; es recomendable escuchar las revisiones del músico Pat Macdonald en Strange Love: PM Does DM; 2003) pero nunca con esta contundencia y suciedad. "Te siento, dentro de mi mente / Me llevas allí, me llevas donde está el reino / Me llevas y me guías a través de Babilonia". La canción se alza como si la interpretasen sus sombras alargadas sobre un siniestro telón; otra manera de exhibir las inquietudes sadomasoquistas y de intercambio de poder de antaño, aunque aquí no se hable en ningún momento de contacto físico. 'I Feel You' no solo hacía justicia con honestidad a lo que estaba sintiendo Dave Gahan, sino que también era la mejor versión que podían brindar de ellos mismos en medio de un panorama musical que se había endurecido durante sus años de silencio discográfico; era una declaración de principios llamativa y se hacía escuchar. 

'Walking In My Shoes', segundo tema en la secuencia del álbum y segundo single, recupera el pulso electrónico y contrasta completamente con 'I Feel You', cautivando mediante una estructura narrativa y musical más compleja y matizada, consiguiendo crear un ambiente sombrío, cavernoso, entre loops y detalles ruidosos. Un relato de pecado y redención a medio tiempo que vuelve a hacer uso de imágenes de extensión bíblica y pasa de la intriga ("Te contaría las cosas por las que me hicieron pasar / el dolor al que he sido sometido / pero el mismo Señor se sonrojaría") al derrumbe ("Intenta ponerte en mi lugar / tropezarás en mis huellas / tendrás las mismas citas que yo tuve"). Tiene un tono inevitablemente dramático, pero contenido y elegante. "Creo que Songs of Faith and Devotion es el álbum donde fuimos más inventivos", explicó Alan Wilder en 2010. "'Walking In My Shoes' fue la primera, y quizás única, vez que tocamos todos juntos. Nunca fuimos esa clase de grupo. (...) Habíamos intentado grabarla de varias maneras y ninguna sonaba bien". Wilder, que abandonó el grupo definitivamente en 1995, siempre la ha señalado como una de sus absolutas favoritas, abreviando los motivos en otra entrevista: "Palabras estremecedoras, gran melodía y estructura de acordes con un emotivo arreglo de cuerdas y guitarra e-bow al final".

Cantar las canciones de Songs of Faith and Devotion durante dieciocho largos meses de gira no logró desviar a Dave Gahan de toda la toxicidad que ya había identificado en su vida. A la vuelta de la esquina estaba un ataque al corazón provocado por una sobredosis en pleno concierto; un intento de suicidio cortándose las muñecas en agosto de 1995; y una segunda sobredosis al año siguiente a causa de la que, según consta, se le paró el corazón durante dos minutos. Dijo no haber estado nunca en un sitio tan negro como el que vio en esos 120 segundos. Después de esa, sí que empezó a bregar para volver.



'I Feel You' y 'Walking In My Shoes' aparecieron 
en el álbum Songs of Faith and Devotion
publicado el 22 de marzo de 1993.

Para escuchar en Spotify: