jueves, 13 de febrero de 2014

Multi-Track Suggestion: Todo - "Waiting" (2013)


















"Esperando...". La palabra "waiting" tiene tanto peso en este trabajo como cargado está de simbolismo el retrato que la artista Lilli Hartmann ha trazado a carboncillo para la portada. Aunque no lo supieran, Ana Béjar y Ramón Moreira se estaban esperando; les aguardaba una cita futura que no podían conjeturar y no sé si presentir. Sus vidas divergieron inevitablemente en 1994 cuando Ana y su compañero por entonces Alfonso Pozo decidieron irse a Londres a continuar lo que habían empezado en España con Usura, banda de la que Ramón era guitarrista. Él fue el único entre el resto de músicos que estuvo a un instante de coger el avión y acompañarles, pero cuestiones personales le mantuvieron finalmente en tierra y renunció a la idea. En Madrid siguió con los otros miembros de Usura fundando el grupo Venas Plutón (tres referencias en el sello Jabalina) y, posteriormente y ya sin ellos, Ginferno. Ana regresó a España a finales de los años noventa y dividió la década pasada entre su trabajo al frente de Orlando y casi un lustro de apagón público (interrumpido por escarceos puntuales como su colaboración con Pablo Cobollo) durante el que muchos le perdimos la pista.  

El reencuentro se produjo veinte años después de que Ramón se incorporase a la formación de Usura, en 2010. Colaborando de nuevo se reconocieron el uno al otro, todavía, como disidentes de las líneas rectas. Así surgió la reunión artística entre dos músicos que cogidos de la mano en este momento de madurez han avivado su conocido potencial para crear música desde ángulos intrincados y presuntamente incómodos. El dúo (ampliado en estudio por el batería y percusionista Alfonso H. Trancón) se reparte una selección de instrumentos que son todo greda y leño: mandolina, guitarras acústicas, percusiones que suenan como cáscaras o ese armonio que, como ocurría en los discos más sombríos de Nico, sitúa a este folk desfigurado y áspero en otra época; no en balde Lilli Haltmann les ha retratado ataviados con trajes de aspecto medieval y con expresión de paz y satisfacción en ese lugar lejano. Abrieron un hoyo en tierra arcillosa y se fijaron descalzos en él, a raíz desnuda, como la de la planta que sujeta dentro de un jarrón de cristal Ana Béjar en la ilustración. Cuatro años y un buen puñado de conciertos después, Waiting (que ha estado año y medio en el refrigerador a la espera del momento adecuado para ver la luz; otro guiño simbólico en el título) es el primer fruto de Todo que ha caído del árbol. 

'Waiting' es también la canción que abre el disco y la verdad es que se ha ganado con autoridad esa responsabilidad y la de titularlo, ya que quizás sea la pieza más fascinante. Escuchar como transcurren sus varios movimientos y estados encierra en realidad algo muy visual. Aunque su estructura estará sin duda estudiada y trabajada, parece una canción soltada a la suerte del viento, porque se mueve en los claroscuros de una tarde donde el tiempo es inestable y las nubes danzan a distintas velocidades ante el sol, mostrándolo y ocultándolo, sopladas por la caprichosa corriente de aire. 'Waiting' pasa de imperiosa a sensual, de percutiva a melódica, de triste a alarmante y así concluye cuando menos lo esperas. Aún hoy, después de oírle cantar material tan variado, no sé concluir si Ana Béjar es un lirio inclinado en una ciénaga de tinta negra de la que se va empapando o si es ella la que tizna las superficies vírgenes con su aliento, pero el factor genuinamente oscuro y romántico sigue estando ahí. Combinando su registro más grave y estremecedor con la voz de Ramón en 'The Birds & Me' el resultado es realmente subyugante, mientras que en 'Why Would God Deny' su tono arrastrado es pura provocación: unas castañuelas enervan desde el fondo; las notas de guitarra siguen un patrón cojo, como el paso irregular de una hormiga cargada con una miga demasiado grande y ella canta "¿Por qué iba Dios a negar todo este amor? / Cuando llega la mañana siento que anochece / cuando cae la noche siento que es un nuevo amanecer / así que te culpo a ti". Un breve aviso en forma de dos golpes y lo que ocurre después lo dejo en puntos suspensivos.

'Reverie', un tema en el que se entretejen con elegancia las raíces andaluzas de ella, está situado justo en medio y divide virtualmente el álbum en dos mitades, la primera de intención más envolvente y la segunda de vocación más excéntrica. En esta última tanda predominan los temas arraigados a un folk que, a diferencia de lo que oímos en 'Walk the Wire' o 'I Am Back For Good' (cercanas a su vertiente americana; una desde un ángulo más contemporáneo y con mayor suspense, la otra desde un enfoque más tradicional), suena más castizo y atrevido con los toques de demencia y experimentación. En 'Are We There Yet?' y 'The Roam Around Song' (con una introducción vocal pasmosa) se mezclan los estribillos de sing-along con una mayor crudeza instrumental servida desde el caos, mientras que en 'Supra Up Above' (agitación desde los timbales y las notas sostenidas) llegan a remitir a la no-wave de finales de los años 70 pero por vía acústica. Los últimos rescoldos de dulzura quedan para la concluyente 'You Are My Wonder' y aparece la palabra "waiting" de nuevo: "Insensata, me zambullo, esperando el momento oportuno / (...) Eres el dulce más dulce / con los ojos vendados camino". Con los ojos vendados confío yo en estos dos.



Waiting de Todo, publicado en diciembre de 2013,
puede adquirirse en Bandcamp
y escucharse en Spotify




viernes, 7 de febrero de 2014

Minutos: Ian McCulloch en el cielo de Robin Guthrie


















"He estado intentando alejarme de la 'pose' que a lo mejor tenía en la primera época de Echo & the Bunnymen. Algo que desconocía entonces. Creía que cantaba las canciones de forma absolutamente honesta y verdadera. Ahora escucho ciertas cosas y pienso "Auuu, ¿quién cojones es ése que canta?" (...) Solía ser más Mick Jagger, cogiéndome la polla en el escenario y sin calzoncillos. 
Ahora soy Cary Grant".
Ian McCulloch en 1992; declaraciones recogidas en el libro


Los periodistas que pudieron acudir a un encuentro cara a cara con Ian McCulloch durante la promoción del álbum Mysterio (1992) destacaron el cambio: estaban ante un artista más práctico y menos enfilado a su torre de vanagloria que de costumbre, insólitamente crítico con su pasado en Echo & the Bunnymen y aún así nostálgico por no estar dando la cara en la banda que abandonó cuando sus dimensiones y su dirección se alejaban demasiado de sus deseos. Quizás en ese momento preciso de 1992 (porque no tardó mucho en recuperar su tono habitual) McCulloch no sentía la prepotencia que en el pasado le hizo afirmar cosas como que un disco suyo era "el mejor puto disco de todos los tiempos" sin un atisbo de ironía, pero estaba vendiéndose igual de bien mediante una reforzada amabilidad (la soberbia servida como reflexión madura), el encanto de esos labios aún tiernos y las alusiones a Frank Sinatra, Cary Grant o Dean Martin para convencer a propios y extraños de que él se veía ahora y más que nunca, convencidísimo, como un crooner moderno.

La carrera en solitario de Ian McCulloch comenzó de forma extraña y dolorosa, ensombrecida por dos muertes. El 26 de abril de 1988, habiendo decidido que ese era su último dia en Echo & the Bunnymen antes de dar un concierto en Osaka (Japón), falleció su padre en Liverpool; un baldazo de realidad que dirigiría sus composiciones hacia la tristeza y la fragilidad. En junio de 1989, el batería de la banda Pete De Freitas moría en un accidente de motocicleta. Ocurría dos meses antes de que se publicase Candleland (1989), el primer álbum a nombre de Ian. Afirmó sentirse tan perdido como listo para lanzarse de cabeza a vivir cambios, alimentando al disco con esa tensión entre la pérdida y el resurgimiento y consiguiendo con ello reseñas magníficas que destacaban su madurez e inspiración. 

Empecinado en refrescar su imagen pública con el inicio de la década de los noventa, dejó de cardarse el pelo e inusitadamente empezó a vestir de blanco y beige. Asomaba con mayor fuerza su problema con el excesivo consumo de alcohol, como se hizo evidente en una pequeña y desastrosa gira que hizo por América para probar ante el público algunas de sus nuevas canciones. McCulloch se compadecía y había perdido confianza. "Me asusté y solía beber para poder decir 'Aún estoy bien. Aún soy fantástico'", declaró en 1997. Con tal desorden, el planteamiento de Mysterio fue distinto; todo el enfoque y el equilibrio que tuvo en Candleland fue invertido aquí en dosis de dispersión. Tres productores con estéticas excesivamente alejadas se dividieron el repertorio y la poca cohesión no se pudo ocultar: Mark Saunders le mantenía en territorio conocido y seguro, un rock ligado a la última época de Echo & the Bunnymen; Henry Priestman le acercaba a los ritmos bailables venidos de Manchester desde una perspectiva recatada, sin acabar de cuajar. Es con Robin Guthrie con quien las cosas se ponen más interesantes.

















El principal artífice del sonido de Cocteau Twins -miembro fundador de la banda junto a su otro pilar de identidad Elisabeth Fraser- tuvo una época de encumbramiento como productor entre 1987 y 1992, años en los que estuvo especialmente solicitado. A Ian McCulloch y Cocteau Twins les unía una amistad desde hacía tiempo que tuvo su primera impronta artística cuando Elisabeth hizo una de las contadas excepciones en su política de no colaborar con otros artistas y le dio el remate espiritual a 'Candleland', la canción, aportando unos coros de nube y cendal. En esta ocasión la colaboración iba a ir más allá y sería Robin Guthrie quien se encargaría de ataviar con libertad las canciones que le confiase Ian. Las producciones de Guthrie tenían tantos aduladores como detractores; presentaban un "pero" que originaba críticas fácilmente y que incluso había dejado insatisfechos a algunos artistas que se habían entregado a él. Hay productores, como Steve Albini, que tienen un estilo identificable a los controles pero que no se inmiscuyen demasiado en el sonido real de un grupo. Robin Guthrie era de otra clase; absorbía el material que le presentaban y lo devolvía filtrado por el sonido que se le conocía a él. Todos sus tics, todos sus trucos y efectos coloreaban las canciones de otros de modos que jamás habían imaginado, y eso no siempre gustaba.

Esa manera de trabajar en el estudio se acercó a la obscenidad en el caso de un grupo como Lush (a quienes produjo su primer disco Spooky [1992]) porque antepuso su destreza y los excesos a la naturaleza de los artistas que tenía delante, pero a otros como Chapterhouse (Whirlpool, 1991) les dejó respirar con su auténtica agresividad. La de Ian McCulloch es otra historia: en 1991 era un artista que estaba probando cosas distintas, sin rumbo definido, sin banda y embelesado por el oficio de crooner, así que cuando permite que Robin Guthrie infecte a sus canciones con su visión, no es muy distinto a cuando Marianne Faithfull acude a Hal Willner o a Angelo Badalamenti para prestar su voz a los universos de esos artistas, aún componiendo material original. Era una colaboración que podía o no podía funcionar y yo creo que sí lo hizo.

Un cambio de peinado y de vestimenta eran intentos que quedaban en la superficie, pero las cuatro canciones que grabaron en el estudio propiedad de Cocteau Twins conseguían transmitir una joie de vivre que desempolvaba el estilo de Ian McCulloch sin traicionarse ni quedarse a medias. En Mysterio acabaron solo dos de ellas. El bullicio evasivo de 'Vibor Blue', con su letra fragmentada y guiños al español ("Vaya con Dios all the way", "Voy e vamos a las stars"), navega montado en una caja de ritmos y guitarras nebulosas que completan la viñeta exótica; 'Heaven's Gate', celebrando el hallazgo del amor correspondido y contando de nuevo con los coros de Elisabeth Fraser, suena deliciosamente estival y alentadora. Mejores son si cabe las dos restantes, relegadas al estatus de caras B del single Lover, Lover, Lover (1992) en su edición estadounidense. Sin perder ese tono alegre de fondo y mágico en el sonido, 'Ribbons & Chains' suena con el mismo ímpetu que 'Heaven or Las Vegas' o 'Iceblink Luck' de los mismos Cocteau Twins y tiene un estribillo esplendoroso (Ian lo sabía y enmendó lo que hizo ocultándola, volviéndolo a utilizar en la canción 'Rust' cuando se reunieron Echo & the Bunnymen).  El renacimiento como inspiración de nuevo: "Siento las estrellas cayendo en mi corazón como la lluvia / (...) me señalan la brillante dirección correcta / y me devuelven a casa". 'Birdy', íntima y estremecedora, hunde los pies en reflexiones más maduras y hace justicia, finalmente, a su auto-calificación de crooner moderno acabando en una sentida imploración: "Sácame de este aprieto que se pega a mí como pegamento / me estoy olvidando de quién soy / de ser el espejo que está en frente de ti".

Mysterio fue un fiasco comercial aunque no fuese una deshonra artística. Ian McCulloch apareció al año siguiente en el programa de televisión británica The Beat para interpretar la canción 'Moses' junto al grupo de música de baile 808 State. Llevaba el pelo largo y gafas de sol psicodélicas, pero se había vuelto a poner un grueso abrigo negro. No volvería a publicar un disco bajo su nombre hasta 2003.


'Vibor Blue' y 'Heaven's Gate' aparecieron en
el álbum Mysterio, publicado en marzo de 1992.

'Ribbons & Chains' y 'Birdy' fueron caras B
del single Lover, Lover, Lover, aparecido
en mayo de 1992.