lunes, 17 de noviembre de 2014

Escenarios: Cat Power - L'Auditori (Barcelona), 13 de noviembre de 2014



















Tras casi dos horas y veinte minutos, Chan Marshall no abandonó el escenario de L'Auditori barcelonés como seguramente había imaginado, o como habíamos imaginado nosotros. La decena de lirios blancos que el técnico de sonido dejó cerca de su amplificador antes de que empezase su recital -y que ella habría repartido al final como ha hecho en otros conciertos de ésta y otras giras recientes- se quedó donde estaba mientras se marchaba con un aire de resignación, confusión y apatía. Las luces de la platea de L'Auditori ya estaban encendidas; así lo había pedido ella a la mitad de un interludio de más de 15 minutos en los que no tocó ninguna canción, un intermedio que cambió definitivamente el curso del concierto, hundiéndonos en una complicada incomodidad. 

No es que Cat Power desapareciera de la sala en ese cuarto de hora. Era el culmen de algo que había empezado hacía ya un rato: en cuanto pisó el escenario y se calzó la guitarra, Chan anunció que estaba embarazada y seguidamente dedicó el concierto a los 43 estudiantes mejicanos desaparecidos a finales de septiembre, mencionando que Instagram y Facebook le habían bloqueado sus cuentas por tratar el tema en sus redes sociales. Más adelante durante la noche, haría referencia al asunto y a otras mentiras de estado mediante anécdotas (por ejemplo, cómo solicitó la documentación para el voto a distancia y el gobierno americano omitió la papeleta que debía servir para pronunciarse contra la ley anti-aborto), indicando lo frustrada que estaba y buscando quién sabe qué, quizás una revuelta de sangre encendida en el lugar equivocado. Desde el público respondíamos con un silencio tímido y Chan empezó a forzar la situación viniéndonos a llamar acomodados, en cierta manera buscando una confrontación con la misma audiencia que estaba allí para entregarse a ella. 

Lo más curioso es que inmediatamente antes de dar por acabado el concierto, siguió con ganas de hablar pero como en busca de aceptación; empezó a preocuparle que nos hubiéramos molestado de veras y a los frecuentes "Sorry" que ya se le conocen se le añadió una actitud bufonesca que, intentando suavizar lo anterior, la acabó llevando a la deriva, sin saber cómo quedarse a gusto y sin hacernos sentir mejor a los demás. Lo último que nos explicó, chapurreando español después de que una espontánea le gritase "We don't speak English!" durante los eternos 15 minutos, fue cómo una vez cantó 'Gracias a la Vida' en un prostíbulo de Méjico con un músico del bar mientras los pocos clientes esnifaban cocaína. Tras unos violentos segundos de silencio más, susurró un excesivo "Creo que no voy a volver a tocar música para la gente...". No sé por qué no se daría cuenta de que, una hora y algo antes cuando inició el segmento al piano tocando una versión rota de 'What the World Needs Now Is Love' de Hal David y Burt Bacharach, su discurso era más expansivo y su hipersensibilidad sin duda era comprendida. No hacía falta mostrarse intolerante con su propia audiencia. Pero el pasado jueves le parecía que estar en un escenario tocando música era una frivolidad de la que todos éramos culpables.
















Por suerte, eso fueron a penas 20 minutos de 140. Si lo explicado hasta ahora parece que dirija la valoración musical hacia un desastre, nada más lejos. Durante las interpretaciones los únicos residuos de esa incomodidad se encuentran en gestos que denotan su carácter naturalmente inquieto (la manera en que recolocaba los micrófonos, que rara vez están a su gusto; el tirarse el cabello hacia la cara; una tos frecuente y nerviosa más allá de un resfriado) y en el hecho que siga encadenando canciones sin que la audiencia sepa muy bien cuándo intervenir para aplaudir. Si se le han ocurrido con suficiente rapidez, puede tocar hasta tres seguidas, quedándose en un acorde durante unos segundos como quien está en casa practicando medio aburrido, y de repente ataca con otra sin que se den silencios. Los aplausos siguen avergonzándole como en 1999, pero no puede evitar que espontáneamente se reciban con entusiasmo repescas emotivas como 'Colors and the Kids', 'I Don't Blame You', una 'Maybe Not' que casi abortó al confundir una palabra, la mística 'Say' o 'The Greatest', que a voz y piano es el sonido de una derrota mucho más insalvable. Muchos creíamos que no volveríamos a verle interpretar ni la décima parte de este repertorio, al que hace ya un tiempo aseguró que le dolía demasiado acercarse.

Un único recuerdo discreto al más reciente Sun (versión apresurada de '3, 6, 9') se perdió entre un ecléctico repaso a versiones, piezas conocidas y canciones inéditas (que no nuevas) que lleva practicando en publico desde principios de la década pasada. Con la guitarra, encarnó el recuerdo de la Cat Power más sucia y desesperada vía 'Great Expectations' ("Vivo en el desierto y dejo que el viento me haga el amor / Soy de la luna, o eso dicen") y el de la chanteuse de blues con el alma hecha añicos cuando versionó a Michael Hurley ('Werewolf'), a Bonnie Prince Billy ('Wolf Among Wolves') y rescató su descorazonador 'Hate'. No todo fue bueno; hacia el final destacaron dos reinvenciones groseras de 'Metal Heart' y 'Bully'. Pero la mayoría del concierto se lo pasó sentada a la banqueta del piano y especialmente inspirada. Más allá de alguna distracción puntual ('Names' se le atascaba), acompañándose del piano mostró un manejo de la voz simplemente impecable; filtrada por un reverb mágico, era como un folio de papel vegetal posado sin ninguna arruga sobre el agua de un lago sereno. Adaptó desde una oscuridad severa la tradicional 'Lord Help the Poor and Needy' y se sumió directamente en una tristeza elegiaca en 'In This Hole', uno de los momentos más hipnotizadores de la noche. Al piano su voz dibujó agradables piruetas más cercanas al soul, y escuchando piezas aún no publicadas como las baladas 'Brave Liar' y 'Let Me Go', uno se la imaginaba como la más digna sucesora de Nina Simone; quizás con un estilo más rudimentario y minimalista al piano, pero con esa claridad de visión en su música y esa sensibilidad a veces tan indomable que podía habernos dejado sin concierto, sin canciones, quince años atrás. Sentirme incómodo durante 15 minutos de confusión me parece un precio muy bajo a cambio de todo lo demás.




* La velada, el audio de la misma, quedó registrada para la posteridad de manera improvisada y con resultados estimables, y puede localizarse aquí. Las fotografías provienen de la página oficial de Facebook del Festival Mil·lenni, donde no aparece acreditado fotógrafo.






jueves, 13 de noviembre de 2014

Imperdible: Ainara LeGardon - "Every Minute" (2014)



















"Carroñeros, dejadme en paz / ahora no soy una presa fácil / mi corazón y mi alma se han convertido en hueso / ahora no soy una presa fácil", dice Ainara LeGardon en la canción 'In the Woods'. En la portada -diseñada por Ramon M. Zabalegi y serigrafiada artesanalmente en una edición limitada de 250 copias- el trazo blanco podría ser el de un salvaje, arañando cera negra sobre un muro de cal para inmortalizar la imagen de una criatura indómita que se escapa para comerse el mundo. Ainara ha tenido buena mano para elegir los dibujos que han resumido sus discos más recientes desde las cubiertas: Rafael Jaramillo ilustró Forgive Me If I Don't Come Home... (2009) con un corazón de patchwork acorde con los retales de introversión y dificultades personales que LeGardon sufrió mientras lo creaba, y luego estampó el cuerpo a cuerpo pérfido de We Once Wished (2011) en un bosquejo que sembraba la duda: ¿era una flor delicada o el sexo de una mujer? En Every Minute (2014) ella misma nos da la espalda con los músculos en carne viva, corriendo libre, y es porque eso es lo que hay. 

Ainara LeGardon viene comiéndose el mundo con especial ahínco desde que regresó en 2009 tras un parón forzado por motivos de salud. Volvió con firmeza, consciente de que el tiempo es algo muy preciado, y desde entonces su actividad musical se ha multiplicado y extendido a ámbitos como la docencia, siendo ahora habitual que en su agenda se mezclen los conciertos con la impartición de talleres sobre autogestión y propiedad intelectual. En cada proyecto se la ha visto más segura y, sobre todo, más expansiva. We Once Wished ya dejó claro que cuanto más contundente, más ligera; es decir, más cómoda. Every Minute -grabado con el habitual Paco Jiménez- retoma dicha máxima y trae matices a esa electricidad lozana que tan bien le sienta, los más sorprendentes en el uso de su voz, que se ha vuelto elástica y versátil a base de trabajarla desde ángulos inverosímiles en recitales de improvisación vocal como parte de Archipiel (junto a Álvaro Barriuso) y por su cuenta.

















Aplicando a esta música -con gusto, con medida- los disparatados juegos a los que ha prestado su voz en esas otras experiencias, ha abierto una puerta que ha elevado su discurso expresivo. Si ya era osada con los silencios y con las palabras incisivas, le sumamos a esos méritos el arrojo para abrirse sin tabúes y permitirse interpretar cada verso por la vía visceral sin restricciones. Suena psicótica cuando debe. Suena airosa cuando debe. Tenebrosa. Serena y sabia. Y el sentido de cada frase queda impreso en la dicción de cada palabra. En varias ocasiones la pronunciación de una sola sílaba puede hacer que necesites rebobinar para volverla a escuchar, cautivado entre la sorpresa y la conmoción; como en 'White': empieza con una Ainara absorta mientras suena un arpegio abandonado, y los recuerdos se mezclan con el paisaje helado que ve desde la ventana de un tren; cuando menos lo esperas, la quietud se quiebra e irrumpe una voz aguda y estrangulada que dice "Me encantan los diciembres y me encantan los mayos / siempre traen los mejores días", en un tono que directamente lo niega. Es como la voz de las mentiras con las que nos creemos que vamos tirando a diario, empezando a hacerse audibles como tales antes de romperte.

'White' es el último de tres apeaderos encadenados que podrían definir un romance del que se ve presa a pesar de saberlo venenoso primero e insatisfactorio después. La secuenciación de las canciones es harto inteligente. Con la percusión metálica del batería Héctor Bardisa, el ritmo provocador de la guitarra y la descarga sincopada del estribillo, 'No End' resulta tan irresistible y excitante como el amor viciado al que se refiere, y luego uno recibe con placer los mazazos de 'Magnetic', una de las piezas más llamativas de todo su catálogo: la voz se transforma en un grito roto brutal y cuando crees que va a arrancarte la cabeza, resulta que se entrega con un aire de estupefacción: "Tú eres el que hace que volvamos a brillar / no llevas carga / tú dirigirás mi corazón de ahora en adelante". Lo que intentamos pasar por alto acaba golpeando fuerte bajo la piel. Tras 'White', la titular 'Every Minute' es un toque de atención urgente para no volver a atascarse sin decidir, sin reaccionar. Y ahí el viaje continúa.

Hay varios momentos arrebatadores como estos en Every Minute, empezando por la solemne introducción a capella que es 'Last Day', tan desabrigada que los hombros te tiemblan ante esa voz seca. Luego, por la vía envilecida LeGardon tiene algo especialmente atrayente, transformándose en el susurro de un fantasma cargado de humo espeso; como cuando en 'To Each Other' implica que el recuerdo que tiene de ella un antiguo amante está intimidando a quien ahora está con él. Pero en las dos últimas piezas, quizás me equivoque, pero si algo pesa es la estampa de una lealtad con eficacia probada, o la sensación de sentirse el reflejo de alguien, ese tipo de conexión entre personas tan difícil de encontrar y que Ainara describe con maestría en la pletórica 'We Are Ready' y en la concluyente 'Speeding South', una declaración de fidelidad eterna, una reconfortante certificación de compañía ante la inseguridad de los viajes que emprendemos incluso cuando parece que no emprendemos ninguno.






Para esuchar en Spotify:

Además de escucharse, el disco puede adquirirse
directamente en Bandcamp en formato digital y la edición
limitada en formato físico en Aloud Music.



domingo, 9 de noviembre de 2014

Minutos: The Raveonettes - 'Love In a Trashcan' (2005)









La primavera de 2002, en uno de los viajes en coche de línea que emprendía a Barcelona exclusivamente para comprar discos, me volví a casa con Frozen Pool de Christina Rosenvinge y Ciao! The Best Of de Lush. Ambos habían salido hacía cosa de un año; el de Rosenvinge toda una sorpresa, su primera referencia publicada en los Estados Unidos e importada a España, y el de Lush una recopilación que ilustraba la tendencia del sello 4AD a reivindicar su catálogo cuando sus fichajes más jóvenes no revolvían el paisaje musical como lo hicieron los históricos. El repaso a la trayectoria de Lush empezaba con la canción que también había abierto su último disco Lovelife, un revés de pop armado con genio llamado 'Ladykillers' durante el que se sucedían tantas cosas que era imposible no querer volverla a escuchar enseguida. Era ese tipo de canción inmediata y aún así con una chispa irreconocible que te dejaba un gusanillo viral. 

En el libreto del CD la cantante y guitarrista Miki Berenyi explicaba cómo la había compuesto con toda esa intención. La prensa británica se había cargado el segundo disco de Lush y eso había repercutido en su audiencia y había hecho a Miki ganar en inseguridad, así que de cara al tercer álbum componer una canción imponente se convirtió en una especie de venganza que tardó tres semanas en refinar. "Decidí llenarla de todos los condenados trucos cursis que se me ocurriesen -armonías más simples, palmadas, parones repentinos, etc, en plan 'dales lo que quieren'". En 2004, PJ Harvey hablaba en la canción 'Cat On the Wall' de la alegría casi erótica que se siente cuando de manera inesperada suena por la radio esa canción que no puedes quitarte de la cabeza. A ella, dijo, le ocurría con 'Hey Ya' de Outkast. La verdad es que da igual el género al que pertenezca la canción; si en su genética le encontramos ese gusanillo viral, para uno se convierte instantáneamente en pop genuino: inagotable, contagioso, atractivo y sempiterno. Con 'Love In a Trashcan' de The Raveonettes me ocurre lo mismo que con el mencionado 'Ladykillers', 'Into the Groove' de Madonna, 'Carnival' de The Cardigans u 'Ocean' de Sebadoh. Temas que me resultan pegadizos y que con repetidas escuchas a lo largo de los años no parecen poder hartarme; singles que de tener yo mismo una emisora de FM comercial sonarían de manera regular.

El danés Sune Rose Wagner (que en esta canción lo hace casi todo: voz, guitarra, bajo, programaciones, sintetizador) quizás no compuso algo tan intrincado como Miki Berenyi, pero en la factura de este tema los arreglos y algunos de los trucos parecen estudiados al dedillo para asegurarse la sensación efervescente en el estómago de quien la escucha. 'Love In a Trashcan' fue la canción estrella del álbum más impoluto del dúo que completa Sharin Foo (voz, percusión), Pretty In Black (2005), donde por primera vez desde que se acomodaron bajo los focos en 2002 bajaban el volumen de un ruido peligrosamente inspirado en The Jesus and Mary Chain para dejar oír de manera más directa su fascinación por la música de los años 50 y 60, de la que tomaban testimonio melódico con buen pulso. El riff limpio y reverberante que se repite desde el principio hasta el final de esta pieza puede hacerte menear el esqueleto como un tema de Buddy Holly -su 'Rave On' bautizó al grupo-, pero no se limitan a reproducir un patrón con fidelidad retro: el latido del ritmo tiene la urgencia de una caja de ritmos, la guitarra principal dibuja ondas sonoras con pintalabios, tres pequeñas notas repetidas de teclado acentúan el apremio de una pulsión sexual y la letra se centra en la mujer fatal sin escrúpulos que la provoca ("Si tocas a esa chica no pasa nada / la gente cree que es una furcia igualmente"). Armonías excelentes entre Sune y Sharin -dos voces que fácilmente pueden confundirse- liviandad, una pizca de inmundicia (Almodóvar y McNamara ya hablaban en 1981 de un amor de basurero) y juerga. Es pop.


'Love In a Trashcan' apareció en el disco Pretty In Black
de The Raveonettes y también fue publicado como
single, en 2005


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