domingo, 7 de febrero de 2016

Por el atajo: Ana Béjar - "The Good Man" (2016)



















Ana Béjar... Una de mis intrigas musicales más tempranas. Lo era en temporadas cuando su ausencia musical -al menos, cara al público- se traducía en unos puntos suspensivos que se dilataban peligrosa y dolorosamente, como si un zoom microscópico los distanciase y los rodease de incertidumbre. Pero más intrigante resultaba cuando abría la boca y se dejaba oír en cualquier nuevo episodio de una carrera que con The Good Man (2016), el primer trabajo que lleva exclusivamente su rúbrica, afianza su tercera década de victorias en el territorio de la seducción escrita con miel sobre la pizarra más oscura. 

Lejos quedan las largas temporadas de labor en la trastienda que vivimos entre la desaparición de su primera banda Usura y su segundo proyecto fundamental Orlando, y entre la separación de éstos y la gestación de Todo, colaboración al alimón con Ramón Moreira, allá por 2010. Junto al que fuese su compañero en Usura grabó un álbum de folk desfigurado a su antojo que marcó su vuelta (Waiting, 2013), y a partir de ahí Ana reemprendió con apetito su trabajo como cantautora. Prolífica como nunca, en los dos últimos años hemos escuchado sus aportaciones a los homenajes a The Church ('Seen It Coming') y al artista andaluz Carlos Desastre ('La Materia No Existe', acunada por el escalofrío de la caja de ritmos y una exégesis oportunamente adusta), así como sus colaboraciones con la compositora griega Anna Stereopoulou -en el espectáculo Circe: The Black Cut- y con Carlos Suero bajo el nombre de íO (un EP para el sello Sevenmoons Music, The Innermost), donde por primera vez prestaba su voz a unas piezas paisajísticas, minimalistas y abiertamente experimentales; una sorpresa y un toque para recordarnos que el magnetismo de su registro y sus inquietudes aún pueden revelarnos facetas insospechadas.















Entre toda esta actividad, The Good Man no es el culmen de una etapa sino una marca más en una línea de puntos ya no suspensivos, sino dispuestos conforme Ana Béjar sigue avanzando en su camino. Sus cinco temas se enriquecen de la experiencia acumulada, destilando los aciertos del pasado en la vasija de la posteridad. Si en la ilustración de la portada de Waiting Ana llevaba un jarrón con una planta que a penas empezaba a germinar sobre la cabeza, en el profuso ardor y la meticulosidad de los arreglos de este EP cabe imaginar que los tallos de esa planta ya se enroscan en sus extremidades con la pérfida fidelidad de una serpiente. Jesús Martínez, que ya se encargó de la producción del último y más refinado disco de Orlando -Songs Before Sunrise, 2005-, se ha reecontrado aquí con Béjar y ha reincidido en el sonido cálido que capturó en aquella ocasión, envolviendo las composiciones con texturas suaves siempre dentro de una contención que conserva lo enigmático de la música. 

Pero allí donde el canto de cisne de Orlando era un ejemplo de lo lejos que podía llegar la autora teniendo en mente los parámetros de una canción pop-folk más clásica (en cuanto a estructuras, a la sofisticación de la composición y la interpretación), aquí son palpables el riesgo y las tangentes. El abandono que en 'In the Parlour' se convierte en una extraña esperanza con el mimo de los teclados y la entrada del piano; la crudeza solemne de 'En el Puente del Aire', primera composición propia que destapa en castellano; o 'Visitation', de esas piezas suyas donde aúna lo árido de las raíces con lo etéreo hasta que son una única sustancia, parece que te arropen, pero en los quiebros de la voz y en unas letras cada vez más afinadas y sugestivas se adivinan mensajes íntimos que no eluden el desasosiego, más explícito en la sobrecogedora 'No Return', una elegía por la defunción de una relación sentimental que se sostiene sobre una nota de armonio repetida a fogonazos, con la precisión maquinal de un electrocardiógrafo. Sin embargo, 'Tongues On Fire' -que en la letra esconde el título del EP- es la canción que constituye una cumbre en su cancionero hasta hoy: una composición ambiciosa, tan minuciosa en los detalles como visceral en su interpretación; un mayestático compendio de romanticismo, mística y pasión que se desarrolla libre y sin pudor durante casi seis minutos fascinantes, alejada de nuestra era y nuestra tierra. Ahí me deja sin palabras; tan solo una muestra de la profundidad con la que tomo y expulso el aire mientras la escucho podría empezar a describirlo. Puro asombro.



Para escuchar en Spotify:


  

jueves, 14 de enero de 2016

Imperdible: The Spinanes - "Arches and Aisles" (1998)



















Rebecca Gates (guitarra, voz) recogió todo lo que quería conservar de su último apartamento en Portland (Oregon), ciudad donde llevaba viviendo desde que era una adolescente, y cambió las aguas del océano Pacífico por las del lago Michigan en Chicago (Illinois). Fue a principios de 1997. "La única razón por la que corría el rumor de que The Spinanes nos habíamos separado era que había dos personas, y uno de nosotros se marchó", se reía ella aclarando en qué términos había acabado la relación con el batería Scott Splouf, su único compañero en la banda que bautizaron en 1991. En esa entrevista no aludía a la marcha de ella a otro estado, sino a la de él, que la precedió cuando se le presentó la oportunidad de unirse al grupo de indie rock americano Built To Spill. La separación fue amigable y, a pesar de las especulaciones sobre si lo que habían roto era en realidad una relación romántica, estuvo estrictamente enmarcada en el terreno profesional. Aún así, fue el catalizador para que Rebecca buscase una salida a la sensación de ahogo con la que se había quedado en Portland.

Dicen que es una mala idea huir de los problemas, pero un cambio de escenario a tiempo es otra cosa; la distancia puede invitar a reflexionar sobre los contratiempos con más acierto, a sufrirlos más pero también a relativizarlos mejor. Si hay algo que me impresiona de Arches and Aisles (1998) es que puedo escuchar la crónica de cómo se desarrolla ese proceso de maduración de quien está buscando su sitio en un nuevo lugar. Las composiciones basculan entre la introversión y la vehemencia, la cara de póquer y la seducción más mimosa, la franqueza confrontacional y el cuerpo a cuerpo más ardiente, y lo hacen en desorden, como nos sorprenden las emociones en la misma vida. "Sí, la mudanza afectó a todo, indudablemente. Salir de Portland, conocer a gente distinta, y toda la atmósfera -las luces, el clima, los edificios- ayudaron a cambiar las cosas sobre las que escribo", dijo en 1998 Rebecca Gates. En el disco puedes sentir un abrazo ausente y, acto seguido, el tirón en el brazo de quien te quiere llevar de correrías, el asalto traicionero de los recuerdos que aún escuecen cuando te has quedado sin compañía y, bajando con un buen trago, la insipidez de los escarceos más desilusionantes. No es que dar bandazos nos parezca la mejor opción cuando las circunstancias han forzado un "borrón y cuenta nueva"; es que para encontrar algo, no hay más remedio que darlos.
















Con eso en mente, Arches and Aisles despide además el aroma de principios de octubre, cuando la melancolía por un verano todavía de cuerpo presente hace que las horas vespertinas sean algo tan adictivo como indigestible para el corazón. Es uno de los fuertes de Rebecca como compositora, capturar un ambiente cargado de vaho y huellas de labios y dedos detrás de las orejas, en el antebrazo; un grado de intimidad que dentro de su afinada discreción sabe ser tan tierna como cáustica. Con el júbilo de 'Kid In Candy' -el sabor de la armonía y la adaptación-, el álbum empieza sensatamente por el desenlace, como si recibiese una postal de quien se quedó atrás, que le describe las mieles de la costa de California y le anima a tener un reencuentro. El sonido de The Spinanes como power duo, el indie rock canónico de Manos (1993), queda en ángulo muerto; si acaso vemos por el retrovisor la versión ligeramente estilizada del mismo que presentaron en Strand (1996): las líneas sensuales de ese segundo disco llegaron serpenteando hasta éste. Quedándose sola, Rebecca Gates obtuvo la libertad para dejarse acompañar tanto como necesitase, así que se reservó el crédito de productora -asistida por Chris Takino- y cabeza de la banda pero se rodeó de una ristra de amigos músicos e ingenieros exquisitos que contribuyeron con preciosos detalles a que la música se dilatara.

'Kid In Candy', con un ritmo rico aderezado con samples, teclados atmosféricos, ácidos y un riff de bajo inolvidable, refresca como una bajada en el tobogán de un parque acuático. Si imaginamos que las once piezas del álbum son fotografías en una caja, ésta sería la más reciente, desordenada al principio de la pila; tomada el verano después de la etapa de desorden. La colocas detrás de las demás y queda descubierta 'Greetings From the Sugar Lick', una instantánea privada, tórrida, que hace de ti un voyeur. Es la canción de Arches and Aisles que nadie debería perderse para adivinar la esencia de Rebecca Gates. Cabe imaginar aquí la actitud perdonavidas de Chrissie Hynde en 'Brass In Pocket' trasladada a un medio tiempo de R&B noctámbulo; una conversación íntima besada por el órgano; el deseo afectivo y carnal bordeando el hartazgo: "Tu problema es que no puedes ver la verdad / nos encontraremos en tu casa, nos lo quitaremos todo / arráncate la ropa, acabemos con esto de una vez". Sus arrulladoras interpretaciones y la sofisticación del sonido consiguen que las estructuras más complejas, y letras que no nos ayudan más que un collage de negativos, resulten en algo irremediablemente seductor, hasta cuando en 'Slide Your Ass' provoca perezosa bajo el sol: "Estoy esperando tu llamada / yo no espero a nadie / así que déjate de poses, acércate un poco más".

Revuelvo el resto de fotografías y doy con el ansia en 'Love, the Lazee' ("Desde que tropezamos todo es tan soso por aquí / (...) ¿Vivimos del sudor frío de cuando nos enrollamos?"), que avanza con pertinente urgencia hasta la liberación de 'Sucker's Trial', la más básica y directamente rock. En 'Leisure Run' envuelve la modulación de la voz en un tono de soul que es tan sexy como gandul, infecto del Memphis donde se grabó la mayor parte del disco, mientras las guitarras -la amena combinación de notas agudas y otras esculpidas en lodo que da toda la personalidad al conjunto- juguetean de fondo. Una captura primaveral ('72-74' suena a sábado radiante), una de recogida nostalgia pre-navideña ('Den Trawler')... Llego a las dos últimas. 'Eleganza' es melódicamente memorable y espaciosa, enroscada en un ambiente pasado por un filtro de compresión que hace de ella una historia para dormir. Pero se reserva una última expresión de sensualidad en 'Heisman Stance': llena los pulmones de aire hasta su máxima capacidad y se zambulle en el océano para permanecer bajo el agua cuatro minutos de sugestión jazzy. "Aún nadando hacia tus manos / cuando todo está dicho / (...) y no me fío de nada / ¿por qué no me demuestras lo contrario?". Con ello el último álbum de The Spinanes se funde despacio en negro, con la imagen de Rebecca quieta; el pelo suspendido bajo el agua; el rumbo incierto.




Para escuchar en Spotify:



miércoles, 6 de enero de 2016

Minutos: Everything But the Girl - 'Mine' (1984)








Iba escuchando esta canción de Everything But the Girl estos días -esas veces en que, por alguna razón, escuchar una pieza determinada cada ciertas horas se convierte en una necesidad- sin darme cuenta de que no estaba prestando atención a la letra en absoluto, ni lo había hecho los años desde que la conozco. Siempre se me han quedado el mismo par de versos en la cabeza, quizás otro par de palabras irresistibles por el enternecimiento que les imprime Tracey Thorn con la modulación de su voz, pero estaba totalmente distraído del fondo. Ha sido viendo el modesto videoclip que dirigió John Maybury cuando he tenido una revelación repentina y ha sido como si la canción existiera en otra dimensión, como si despertase del despiste y asimilara la información emocional que revoloteaba a mi alrededor. 

Obviando el desafortunado metraje en color donde Tracey y Ben Watt (guitarras, Hammond) aparecen haciendo playback (y que ella se encargó de recordar con humor satírico en sus memorias: "una luz potente detrás de mi cabeza estaba haciendo que mis orejas se vieran rojas y translúcidas en la grabación así que me tuvieron que pegar trozos de cinta americana detrás de ambas"), el director estuvo más acertado al subrayar el fundamento de la narración con otras imágenes en un blanco y negro azulado, las primeras que vemos, donde Thorn aparece con un niño pequeño a quien lleva cariñosamente en brazos o pasea cerca de la playa. "No necesito el nombre de él, gracias / el mío me sienta estupendamente, el mío valdrá"...

Aunque su primer disco Eden se acababa de publicar, los tres temas de Mine suponían el primer material nuevo que Everyhing But the Girl grababan en 1984, porque el álbum se había acabado un año antes y la discografía lo mantuvo guardado. El dúo había empezado a superar esa primera etapa sazonada con candor, bossa-nova, congas y sección de viento (aún presente en la cara B, 'Gun Cupboard Love') y empujando al frente una canción como 'Mine' se marcaban uno de los muchos gestos que irían certificando su carácter ambicioso por realizar variaciones en su sonido. El single 'Each and Everyone', perfecto y pegadizo estandarte de Eden, había sido una sorpresa en las listas y seguro que Warner hubiera preferido afianzar las ventas con más de lo mismo. "Es muy lenta. Casi una balada. Estamos seguros de que no funcionará tan bien", le decían a Smash Hits en julio de 1984 al respecto de 'Mine'. En efecto, de no ser por su temática, no habría "casi" que pudiera impedir que esta composición se definiese como una balada excepcional y redonda. 

Parece mentira que necesitase la ayuda de un fotograma para darme cuenta porque en realidad, leyéndola, la letra es un perfecto ejemplo de cómo Tracey Thorn (única compositora en esta ocasión) sabe urdir trazos de poesía en un texto que esencialmente es íntimo y directo. A la chica joven a quien su novio ha dejado sola con el hijo de ambos sabe infligirle tanta fragilidad como madurez, haciendo un sucinto retrato de su contexto cotidiano con el pequeño ("pasos inseguros, aún no puede caminar solo"; "a veces esta casa se queda pequeña"), de la cobarde y alejada posición de él ("manda una postal, dice que está en deuda") y de su propia obstinación por decidir sobre su vida, enfrentándose a la mentalidad más tradicional de su entorno más cercano, que insiste en insinuarle que su hijo no puede crecer sin un padre. "Con una familia así, ¿quién quiere enemigos? / ella estaría mucho mejor por su cuenta / hacéis que se hunda como una piedra", concluye. El desarrollo de esta pequeña viñeta de realidad es un logro en el territorio del comentario social menos panfletario.

La música, reducida a la mínima expresión. Hace un año comentaba Tracey que quizás en los 80 ella y Elisabeth Fraser de Cocteau Twins fueran las dos caras de la misma moneda y que sus registros eran tan personales que ninguna podría hacer lo que hacía la otra. Aquí los arpegios acuosos de Ben Watt -mezclados con líneas de guitarra minúsculas- y el ritmo espacioso que deja los acordes en suspense enmarcan al dúo como nunca en un dream pop (¿dream soul?) elegante y de interior.  El esqueleto de voz, percusión y bajo construyen la cadencia de la pieza mientras los arreglos de órgano y vibráfono le sacan brillo a la parte final, cuando la canción cambia de clave momentáneamente. Un último detalle: la imagen en la portada del single es un cuadro firmado por Gerald Spencer Pryse en 1929, titulado Mothers Vote Labour (Las Madres Votan al Partido Laborista), un ejemplo temprano de cómo se empezó a usar la figura de los niños en política para atraer el voto de las mujeres cuando pudieron ejercerlo, implicando en las campañas que serían mejores madres para sus retoños si elegían a tal partido.



'Mine' fue publicada como single el verano
de 1984 y también figura en el segundo CD de 
la reedición del álbum Eden (2012), aunque en una mezcla
alternativa que elimina prácticamente la guitarra y el órgano.

Para escuchar en Spotify: