domingo, 7 de diciembre de 2014

El despiece: Tamaryn


















"Si te pasabas por Resurrection en Nueva York a principios de los 2000, probablemente te atendió una hermosa doble de Anais Nin-Mariska Vera con el pelo negro (pista: de fondo estaría sonando Shocking Blue). Su nombre es Tamaryn Brown, y es también la voluptuosa cantante de la banda psicodélica Tamaryn. Nos ha enviado un enlace al vídeo de su nueva canción, 'Return to Surrender', y estamos totalmente rendidos ante la esencia ensoñadora de su voz".
(Resurrection Vintage, marzo de 2009).

Así empezaba una breve entrada en el blog de la tienda de Manhattan donde solía trabajar la vocalista de Tamaryn, de los únicos textos en la hemeroteca que menciona su apellido. Sumado al toque exótico del enigmático nombre de pila, hace que muchos ignoren u olviden que bautizó a su proyecto musical con su propio nombre, guardándose el derecho a someterlo a las transformaciones que ella necesitase, según sus inquietudes, en cualquier instante. Nunca lo ocultó y hace unas semanas se encargó de recordarlo, no sin hacer que cundiese cierto pánico entre sus seguidores: Tamaryn va a dejar de existir tal y como se ha conocido desde el principio cuando se publique su nuevo disco la primavera de 2015. "Es la última vez que vamos a tocar las canciones de los dos primeros álbumes", dijo ella al anunciar dos conciertos especiales en enero del año que viene, y la razón es simple; ha grabado con otra gente algo distinto y no piensa recrear ni mancillar con otros músicos la fuerte identidad estética que ha forjado con el multi-instrumentista Rex John Shelverton, a quien conoció en Nueva York a mediados de la década pasada.

Tamaryn llevaba ya un tiempo en Estados Unidos aunque nació en Nueva Zelanda, donde vivió hasta los siete años. Cuando conoció a Rex, que estaba de gira con Vue (grupo de San Francisco que fundó a finales de los 90), ya había intentado colaborar sin éxito con algunos músicos, fallando la comunicación a la hora de conseguir que reprodujeran el sonido que tenía en mente. Con él surgió una amistad en la que confluían referentes e intereses y eso le proporcionó la confianza necesaria para materializar lo que había estado gestando en un mar de imprecisión. La idea inicial era que él le ayudara a juntar unas cuantas canciones para tener un prototipo que pudiera mostrar a otros músicos, pero el proyecto pronto quedó cerrado a una colaboración entre ellos dos. Tamaryn creía que no podía ser de ninguna otra forma. "Colaborar musicalmente es difícil; es como tener citas. Es un regalo muy preciado encontrar a alguien con quien tengas compatibilidad".

El dúo autoeditó un primer EP en 2008 que recogía seis canciones grabadas entre los lugares de residencia de ambos en los años inmediatamente anteriores. Led Astray, Washed Ashore tenía el barniz metálico y claustrofóbico de las producciones más antiguas y hoscas de Cranes o Cocteau Twins (el sonido enlatado de las baterías), y si algo parece brillar en color dorado es en realidad como la película que deja el combustible en el agua, algo tóxico. Se despliega el amalgama de filias: toques góticos y orientales (la breve 'The Unknown'); dream-pop místico mezclado con el post-punk psicodélico que se colaba en las listas de éxitos británicas en los 80 (el jubilo sensual de 'Ashore' y la edificante 'Golden Song': "Le canta a sus miedos a través de la jaula que hay encima de su cabeza / pueden convertir sus sueños en un pájaro de plástico / pero no pueden enjaularlo"); y las atmósferas más sofocantes -a pesar del espacio que dejan los instrumentos- en canciones como 'Sarah in the Aeadrone' y 'Metal Beasts', donde Tamaryn suena tan sugerente como maligna. 

Es ese mismo año cuando se muda a San Francisco -donde trabaja como secretaria en la consulta de un psiquiatra- para elaborar con su partenaire un primer álbum que fuera una verdadera declaración de intenciones, proceso que les llevaría más de un año de ajustes en el local de ensayo donde lo acabarían grabando, con el mismo Rex en el rol de productor. Además de tocar varios instrumentos, Rex tenía experiencia en el estudio a nivel técnico y una predilección por lo analógico que definió el sonido de Tamaryn, prescindiendo absolutamente de pedales digitales y optando por desmontar y soldar piezas a los amplificadores para alterar los resultados a su gusto. El último exponente de su faceta más gótico-siniestra se encuentra en el single Weather War, editado de forma limitada por el sello Hell, Yes! en 2009 (canalizando a Siouxsie Sioux en su hábitat natural, con esas inflexiones vocales entre timbales contundentes y en medio de un círculo de alambre espinado), pero a finales del mismo año avanzan en qué habían consistido sus progresos con el single Mild Confusion, ya fichados por el sello Mexican Summer.























En la portada de The Waves (2010) Tamaryn aparece diminuta, absorbida por el paisaje desértico de un lugar llamado Valle del Fuego cerca de Las Vegas. Durante la creación del disco, Rex la llevó a parajes de San Francisco que un forastero no relacionaría con la idea de playas californianas: "Catacumbas extrañas, viejas barracas vacías con cañones (...) La playa de San Francisco es gris y salvaje", dijo en 2010. La imaginería de sus letras se nutrió de dichas vistas, pero en la guitarra de Rex ya estaban cincelados todos los detalles de la naturaleza y las condiciones climatológicas que les rodeaban, resultando en una expresión intensa y llena de matices. Consiguió evocar con ese único instrumento la imagen de las olas heladas que se rompen en la costa una mañana nublada, usando el diccionario de ruido embellecido del llamado shoegaze, mientras ella le daba réplica con una voz calada que expulsaba el aliento con más suavidad que antaño. Lograban así aportar un capítulo interesante y relevante a los géneros que definían su genética musical. A lo largo del disco hay una tranquilidad expansiva, estrechamente relacionada con la horizontalidad de los espacios abiertos dibujados en las canciones, y no desaparece incluso cuando los elementos se vuelven más violentos en 'Cascades' o cuando en la pieza titular advierte de la fuerza negativa, implacable, con que el decaimiento puede llegar a arrastrarte. Cimas melódicas más ágiles (imágenes soltadas al vuelo narran un desamor en 'Love Fade' y en la agridulce 'Dawning') y un lado manso, embelesador (y hasta entonces inaudito en ellos) en 'Haze Interior' y 'Choirs of Winter', que dejan un rastro viscoso al surcar un cielo casi negro.

El disco obtuvo críticas favorables y el interés generado les permitió tocar en directo más fechas de las que habían imaginado, viajando a Europa por primera vez a finales de 2010 (visitaron Barcelona y Madrid dentro de la programación de Primavera Club). La experiencia tocando con un bajista y un batería con regularidad dirigió un poco sus intenciones de cara al siguiente álbum, que grabaron en las mismas circunstancias que el anterior. "Lo hacemos todo los sábados y los lunes", explicaba ella para ilustrar cómo no tenían más remedio que compaginar sus aspiraciones artísticas con sus trabajos diarios y que, por eso, concretar el grueso de la secuela de The Waves se dilató en el tiempo. Hubo además una temporada al regresar de gira en 2011 en que Tamaryn dudó seriamente si volvería a hacer música, pero tras mudarse a Los Ángeles y ver cómo le costaba encontrar empleo ("Te buscan en Google, ven lo que haces y se dan cuenta de que te vas a ir") decidió repetir. "He vivido en la pobreza y he intentado escribir el mejor disco posible".























Tender New Signs llegaba en octubre de 2012 envuelto en una portada que firmaba Shaun Durkan (cantante de la banda Weekend): los colores vivos de unos pétalos revueltos en acuarelas y esperma. Es una suerte de segundo capítulo de The Waves con una intención conceptual distinta. Aquí los espacios vastos no son de roca y arena gélida sino que existen en la pista infinita y etérea de los sueños, donde lo tórrido y lo doloroso emana entre borrosidades. Como su antecesor, es una colección de canciones cohesiva que funciona a la perfección como bloque pero que cuenta con un puñado de piezas llamativas que la cimentan. El disco tiene una vertiente más extrovertida, apoyada en las imágenes de esa abstracción onírica, y las texturas y los giros de la guitarra hacen de 'Prizma', 'The Garden' o la tentadora 'When You're Sleeping, I'm Dreaming' algunas de las piezas más inmediatas e inagotables de su catálogo (en directo estiraban la espiral de 'Prizma' hasta los ocho minutos sin que nadie se diese cuenta). Luego está la parte que explora su cara más introspectiva y melancólica, dejando que transcurran en un pensativo ralentí las nocturnas 'No Exits' y 'Afterlight' (el dialogo entre guitarra y voz se asemeja en éstas a los suaves golpes con que la leche se vierte de una botella volcada), y llegando a evocar al Robert Smith más afligido en 'Violet's in a Pool', que cierra el disco con una tristeza tangible después de un viaje de éxtasis y anhelos sentidos con un ojo abierto y otro cerrado. Soñando despierto deshojando una flor, resultando quizás en un "no me quiere".

Hay que reconocerle a Tamaryn, a ella, la valentía para afirmar con contundencia que le da carpetazo a toda esta música hermosa para empezar una nueva era sin Rex John Shelverton. Lo que ocurrirá en primavera es de momento una absoluta incógnita. Antes que eso, sobre las tablas únicamente podrán certificar el archivo de estos casi 10 años de trabajo juntos los que puedan acudir a las dos fechas excepcionales: San Francisco (8 de enero) y Los Ángeles (día 11).


Tamaryn - El Despiece
1. The Waves   2. While You're Sleeping, I'm Dreaming   3. Prizma
4. Golden Song   5. Dawning   6. Afterlight   7. The Garden
8. Metal Beasts   9. Coral Flower   10. Love Fade
11. Heavenly Bodies   12. Light Shadow

1, 5, 9, 10: The Waves (álbum, 2010)
2, 3, 6, 7, 11: Tender New Signs (álbum, 2012)
4, 8: Led Astray, Washed Ashore (EP, 2008)
12: Mild Confusion (single, 2009)







lunes, 1 de diciembre de 2014

Minutos: Beach House - 'Wedding Bell' (2008)









El pasado sábado estuve en una boda. Parafraseando la coletilla que he estado diciendo de manera recurrente para ilustrar lo novedoso que era para mí, repetiré que es la primera a la que asistía desde que tenía ocho años, algo que deja muchas caras de asombro por el camino. No es como cuando fui al médico el año pasado, con una afonía extrema, y para validar mi integridad a la hora de intentar conseguir un día o dos de baja -que necesitaba sí o sí- le dije a la doctora que, como podía ver en el historial, no iba al médico para nada desde hacía cuatro años, para enfatizar que si había ido ahora era porque estaba enfermo de verdad. Su cara fue de reproche más que de sorpresa; le pareció fatal que creyera que no ir al médico nunca sumaba puntos para algo (pero me dio la baja). Por haber esquivado las bodas durante décadas, en cambio, el asombro en las caras parece indicar "¿Cómo lo has conseguido?" con un ánimo hasta deportivo. 

La cuestión es que en 1992 me llevaron a la boda de "la prima Maria Jesús", una pariente de mi madre a quien creo que no he visto desde entonces, menuda, con los dientes manchados, quebrados y unos rizos eléctricos pero endebles; rizos con cortocircuitos. Solo tengo flashes del banquete; sobrevivir a él tenía premio porque me llevaban a dormir a casa de un amigo que antes vivía en el barrio de mis abuelos pero que se había mudado de pueblo hacía tiempo y nunca le veía. Antes de marcharme, vi a mi abuela encenderse un cigarro por primera vez en mi vida y me pareció una absoluta calamidad. Entré en cólera con alguna que otra lágrima en los ojos diciendo "¡La abuelita no!" mientras ella me sonreía pérfidamente tomándome por tonto, indicando que no lo pensaba apagar. Y ésa había sido mi última experiencia en el género de los enlaces matrimoniales.

Con estas escasas referencias, y las sufridas vivencias de amigos que han asistido a bodas durante los veinte años que yo me las he saltado, la verdad es que el pasado sábado estaba con la guardia bajada. Daba por hecho que estaba hecho un garrulo para las bodas, demasiado cohibido para mirar al amor tan fijamente a la cara, quizás. Me excedí de seguridad considerándome invulnerable al hecho de que quien se casaba era uno de mis mejores amigos, alguien que amplió mi radio de visión y me alegró la vida hará casi diez años, gracias a quien maduré y por quien tengo un enorme afecto. Cuando las emociones te desbordan de forma espontánea y sin forzarlo ni un ápice, realmente no puedes contenerlo; solo te queda decidir si recoges la lágrima del ojo con el dedo índice para que todo el mundo vea la evidencia o si vas parpadeando gentilmente hasta que va distribuyéndose por la córnea sin llegar a caer. Hice lo segundo y no hablé con nadie de lágrimas hasta el día siguiente.

El sábado me dejó una sensación nostálgica que aún hoy da coletazos. Fue verles a ellos con esa peculiar complicidad; ver cómo todos los que estábamos allí compartíamos la estima que les teníamos. Estábamos reunidos amigos que nos vemos a menudo, pero con una pátina de conmoción bajo las risas que me dejó pensativo y me hizo añorar nuestra versión de hace años, incluso de antes de que nos conociésemos todos, simplemente porque el tiempo avanza rápido y de vez en cuando te gustaría oponer resistencia, algo solo posible por la vía mental y por ello con corta vida. Iba viendo a mi amigo por la sala, abrazando a la gente y sonriendo, y tenías ganas de dejarlo enmarcado en ese instante. 

Al día siguiente se marchaban los dos a Japón. Escribí a mi amigo admitiendo mi flaqueza el día antes y el choque que me había producido no estar a la altura de mi garrulo interior. En la post-data le dije: "Os dedico 'Wedding Bell' de Beach House para el despegue del avión". No es solo que se me viniera a la cabeza porque aparece la palabra "boda" en el título. El aguanieve del teclado que toca Victoria Legrand es la mezcla exacta de conmoción, plácida felicidad y nostalgia que me cautivó hace dos días. Con Beach House siempre hay un refilón de inseguridad, algo trémulo, algún pequeño miedo que al final es lo que nos mantiene despiertos y atentos. Esta canción fluye como si los dos enamorados viajasen sin moverse del suelo de su salón; como si ese señor mayor en el video-clip de 'Shiny Happy People' de R.E.M., que pedaleando hace que vaya rodando un decorado de papel sobre un escenario, pedalease durante años mostrando paisajes siempre distintos e inciertos. Victoria parece hablar de una relación longeva y del trabajo que cuesta mantenerla fresca ("Nadamos por mares que nos conocemos muy bien / he intentado mantenerme viva, en nuestra cama, en nuestras cabezas"), del equilibrio a realizar para estar asentado y no acomodarse, pero cuando lo concluye diciendo "Tus deseos son órdenes para mí", sucumbiendo a un sentimiento de cariño inenarrable, solo queda derretirse.

Me dicen que no me deje engañar, que no fue una boda al uso.
Feliz luna de miel.



'Wedding Bell' apareció en el disco Devotion 
de Beach House, publicado el 26 de febrero de 2008.









lunes, 17 de noviembre de 2014

Escenarios: Cat Power - L'Auditori (Barcelona), 13 de noviembre de 2014



















Tras casi dos horas y veinte minutos, Chan Marshall no abandonó el escenario de L'Auditori barcelonés como seguramente había imaginado, o como habíamos imaginado nosotros. La decena de lirios blancos que el técnico de sonido dejó cerca de su amplificador antes de que empezase su recital -y que ella habría repartido al final como ha hecho en otros conciertos de ésta y otras giras recientes- se quedó donde estaba mientras se marchaba con un aire de resignación, confusión y apatía. Las luces de la platea de L'Auditori ya estaban encendidas; así lo había pedido ella a la mitad de un interludio de más de 15 minutos en los que no tocó ninguna canción, un intermedio que cambió definitivamente el curso del concierto, hundiéndonos en una complicada incomodidad. 

No es que Cat Power desapareciera de la sala en ese cuarto de hora. Era el culmen de algo que había empezado hacía ya un rato: en cuanto pisó el escenario y se calzó la guitarra, Chan anunció que estaba embarazada y seguidamente dedicó el concierto a los 43 estudiantes mejicanos desaparecidos a finales de septiembre, mencionando que Instagram y Facebook le habían bloqueado sus cuentas por tratar el tema en sus redes sociales. Más adelante durante la noche, haría referencia al asunto y a otras mentiras de estado mediante anécdotas (por ejemplo, cómo solicitó la documentación para el voto a distancia y el gobierno americano omitió la papeleta que debía servir para pronunciarse contra la ley anti-aborto), indicando lo frustrada que estaba y buscando quién sabe qué, quizás una revuelta de sangre encendida en el lugar equivocado. Desde el público respondíamos con un silencio tímido y Chan empezó a forzar la situación viniéndonos a llamar acomodados, en cierta manera buscando una confrontación con la misma audiencia que estaba allí para entregarse a ella. 

Lo más curioso es que inmediatamente antes de dar por acabado el concierto, siguió con ganas de hablar pero como en busca de aceptación; empezó a preocuparle que nos hubiéramos molestado de veras y a los frecuentes "Sorry" que ya se le conocen se le añadió una actitud bufonesca que, intentando suavizar lo anterior, la acabó llevando a la deriva, sin saber cómo quedarse a gusto y sin hacernos sentir mejor a los demás. Lo último que nos explicó, chapurreando español después de que una espontánea le gritase "We don't speak English!" durante los eternos 15 minutos, fue cómo una vez cantó 'Gracias a la Vida' en un prostíbulo de Méjico con un músico del bar mientras los pocos clientes esnifaban cocaína. Tras unos violentos segundos de silencio más, susurró un excesivo "Creo que no voy a volver a tocar música para la gente...". No sé por qué no se daría cuenta de que, una hora y algo antes cuando inició el segmento al piano tocando una versión rota de 'What the World Needs Now Is Love' de Hal David y Burt Bacharach, su discurso era más expansivo y su hipersensibilidad sin duda era comprendida. No hacía falta mostrarse intolerante con su propia audiencia. Pero el pasado jueves le parecía que estar en un escenario tocando música era una frivolidad de la que todos éramos culpables.
















Por suerte, eso fueron a penas 20 minutos de 140. Si lo explicado hasta ahora parece que dirija la valoración musical hacia un desastre, nada más lejos. Durante las interpretaciones los únicos residuos de esa incomodidad se encuentran en gestos que denotan su carácter naturalmente inquieto (la manera en que recolocaba los micrófonos, que rara vez están a su gusto; el tirarse el cabello hacia la cara; una tos frecuente y nerviosa más allá de un resfriado) y en el hecho que siga encadenando canciones sin que la audiencia sepa muy bien cuándo intervenir para aplaudir. Si se le han ocurrido con suficiente rapidez, puede tocar hasta tres seguidas, quedándose en un acorde durante unos segundos como quien está en casa practicando medio aburrido, y de repente ataca con otra sin que se den silencios. Los aplausos siguen avergonzándole como en 1999, pero no puede evitar que espontáneamente se reciban con entusiasmo repescas emotivas como 'Colors and the Kids', 'I Don't Blame You', una 'Maybe Not' que casi abortó al confundir una palabra, la mística 'Say' o 'The Greatest', que a voz y piano es el sonido de una derrota mucho más insalvable. Muchos creíamos que no volveríamos a verle interpretar ni la décima parte de este repertorio, al que hace ya un tiempo aseguró que le dolía demasiado acercarse.

Un único recuerdo discreto al más reciente Sun (versión apresurada de '3, 6, 9') se perdió entre un ecléctico repaso a versiones, piezas conocidas y canciones inéditas (que no nuevas) que lleva practicando en publico desde principios de la década pasada. Con la guitarra, encarnó el recuerdo de la Cat Power más sucia y desesperada vía 'Great Expectations' ("Vivo en el desierto y dejo que el viento me haga el amor / Soy de la luna, o eso dicen") y el de la chanteuse de blues con el alma hecha añicos cuando versionó a Michael Hurley ('Werewolf'), a Bonnie Prince Billy ('Wolf Among Wolves') y rescató su descorazonador 'Hate'. No todo fue bueno; hacia el final destacaron dos reinvenciones groseras de 'Metal Heart' y 'Bully'. Pero la mayoría del concierto se lo pasó sentada a la banqueta del piano y especialmente inspirada. Más allá de alguna distracción puntual ('Names' se le atascaba), acompañándose del piano mostró un manejo de la voz simplemente impecable; filtrada por un reverb mágico, era como un folio de papel vegetal posado sin ninguna arruga sobre el agua de un lago sereno. Adaptó desde una oscuridad severa la tradicional 'Lord Help the Poor and Needy' y se sumió directamente en una tristeza elegiaca en 'In This Hole', uno de los momentos más hipnotizadores de la noche. Al piano su voz dibujó agradables piruetas más cercanas al soul, y escuchando piezas aún no publicadas como las baladas 'Brave Liar' y 'Let Me Go', uno se la imaginaba como la más digna sucesora de Nina Simone; quizás con un estilo más rudimentario y minimalista al piano, pero con esa claridad de visión en su música y esa sensibilidad a veces tan indomable que podía habernos dejado sin concierto, sin canciones, quince años atrás. Sentirme incómodo durante 15 minutos de confusión me parece un precio muy bajo a cambio de todo lo demás.




* La velada, el audio de la misma, quedó registrada para la posteridad de manera improvisada y con resultados estimables, y puede localizarse aquí. Las fotografías provienen de la página oficial de Facebook del Festival Mil·lenni, donde no aparece acreditado fotógrafo.