lunes, 16 de febrero de 2015

Minutos: Cyndi Lauper - 'You Don't Know' (1996)








Empieza 'You Don't Know' con ese órgano conventual -cliché donde los haya cuando se quiere estampar espiritualidad e iluminación- y me pregunto por qué me gusta esta canción que a Cyndi Lauper le costó horrores vender en todos lados: publicada como single no llegó a ninguna parte en las listas, no motivó a la gente para comprarse el disco Sisters of Avalon (publicado entre 1996 y 1997 según el territorio) y ella misma la enterró y desterró de su garganta para siempre cuando finalizó la promoción de dicho álbum. Yo tenía doce años y Lauper se coló en mis meriendas-cena frente al televisor, cuando ya había empezado a estar pendiente de qué invitado visitaría el programa de entrevistas Lo + Plus. Así, arrodillado a la mesa baja del salón y comiendo seguramente un bocadillo (lo habitual para una madre que aborrecía cocinar), había grabado en vídeo para la posteridad las intervenciones de Neneh Cherry y Suzanne Vega en ese programa, hacía nada. En enero de 1997, Cyndi Lauper era la tercera en esa serie de artistas que pasaban por España promocionando los que eran sus primeros trabajos discográficos desde hacía cuatro o cinco años.

Todas formaban parte de lo que para mí era un universo pop establecido aunque descompasado con la realidad, como me ha ocurrido siempre. Para mí era un evento ver a estas mujeres en televisión, pero ahí fuera se les insinuaba que era hora de dirigirse a un público más adulto. Aunque aún no tenía discos de ninguna, la que menos me llamaba la atención musicalmente de las tres era Lauper, y debo decir que así siguió siendo con mucha diferencia. Se presentó ante la pareja pasivo-agresiva de presentadores que formaban Fernando Schwartz y Máximo Pradera con el pelo corto de color verde chicle, rimmel negro en los ojos y sin a penas color en los labios, y un conjunto de chaqueta y pantalón de cuadro escocés muy punk. Lo + Plus podía ser un esperpento a menudo, y no por las apariciones de Chus Lampreave lanzando preguntas inventadas desde una centralita estrafalaria, sino porque las entrevistas solían caer en lo superfluo, pero ¡cómo no iba a ocurrir eso con tantas interrupciones!: los guiñoles, la sección de cine de Ana García-Siñeriz... Incluso la traducción simultánea, que a veces era de risa.

A diferencia de Neneh y Suzanne, que regresaban después de discos que los críticos habían alabado por su riesgo, la de Cyndi Lauper era una vuelta en la que había nervios y más en juego. Ella venía de publicar un grandes éxitos de emergencia (Twelve Deadly Cyns, 1994) y de regrabar el emblemático 'Girls Just Wanna have Fun' en clave reggae-pop para recordarle al público sus aciertos añejos, después de que el álbum Hat Full of Stars (1993) se fuera a la deriva inevitablemente. Cada disco que editaba vendía mucho menos que el anterior, una mala fortuna mezcla de su cada vez más pronunciada desubicación y de la habitual baja calidad media de sus producciones. Para intentar enmendarlo, se dedicó a componer colaborando exclusivamente con Jan Pulsford (multi-instrumentista que tocaba el teclado en su banda en directo) y fichó como co-productor a Mark Saunders, quien la convenció para montar un estudio provisional dentro de una casa alquilada en un pequeño pueblo de Nueva York, Tuxedo. Viviendo allí y trabajando con la banda que la secundaba en directo pretendía capturar algún tipo de autenticidad que se le escapaba.















Leo la reseña de Hat Full of Stars que hizo Mike DeGagne para AllMusic y podría valerme para hablar de Sisters of Avalon, el disco que debía corregir a ese: "El álbum fracasó al no darle un single de éxito (...) Lauper está desperdigada, convergiendo en el folk, el soul y otros estilos que hacen que suene fuera de contexto y diluida". En Sisters of Avalon hay un buen número de composiciones mediocres, anticuadas antes incluso de que se publicasen, pero 'You Don't Know' está entre las pocas que salvan los muebles. Hasta en la concepción del video-clip (ella rodeada de su banda, sencillez con un filtro de color propio de las direcciones de Samuel Bayer) se nota que confiaban en que la canción le acercase a esa generación que había asimilado el pop-rock alternativo post-Nirvana, o al menos a la que ahora se compraba CD's de Alanis Morissette y No Doubt. Es una pieza de pop-rock bien resuelta, bailable pero con un punto intimista y una producción neutra, que si por algo sorprende es porque no tuviera más impacto comercial entre el público de Lauper.

En las estrofas te envuelve una cítara que aporta una calidez agradable y luego el estribillo tiene ese punto trascendente, con las guitarras eléctricas reforzando el crescendo. La letra no tiene ningún misterio, comentando las promesas vacías de la clase política ("La derecha suprime a la izquierda / la izquierda a la derecha / ¿y entonces qué es la izquierda / y qué la derecha?") y esquivando a tiempo el aburrimiento de un sermón gracias a un estribillo que puede interpretarse como una búsqueda personal: "No sabes de dónde eres / deberías tener más cuidado / mientras sigues la corriente a ciegas / necesitas encajar de alguna forma". Según cómo seas, si la escuchas por la calle mientras andas y resulta que miras a los ojos a alguien, te dará como vergüenza, porque tiene ese deje... Como decían en un capítulo de Friends, lo de ponerse Kenny G y darse un baño de espuma; una situación en la que no te gustaría que ser descubierto. Hacia el final de la canción, el uso de un último cliché efectivo: la música sube dos tonos en la coda y se crea la ilusión de que vas a seguir su sabio consejo. Casi. Casi.


'You Don't Know' fue el primer single extraído
del álbum Sisters of Avalon de Cyndi Lauper,
publicado en Japón en 1996 y en el resto 
del mundo en 1997.


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martes, 10 de febrero de 2015

Minutos: Ciudad Jardín - 'Sector de Agitadas' (1985)









Para que me decida a cortarme el pelo tengo que envalentonarme; necesito, por lo menos, estar en el estado mental resumido en la estampa de, no sé, una chica que va a subirse a un escenario para bailar desnuda ante puteros por primera vez e inmediatamente antes se bebe una copa de alcohol insufrible, zarandea la cabeza, inspira profundamente y se abandona a los focos como carroña para las gaviotas. Porque para una peluquera un cliente es pura carroña, según mi experiencia. Es que nunca se me ha dado bien elegirlas porque ya me inicié acomplejado en su actividad. Durante años me cortó el pelo una mujer jorobada de mi pueblo que tenía un local minúsculo, rizos aplastados, chepa y un involuntario e invariable uniforme consistente en un jersey ancho, falda marrón plisada y zapatos de tacón sin medias y ahí empezó un sino fatal. 

¿Qué puedo decir sobre cómo lo hacía? El sello de su trabajo estaba en los quejidos de las mujeres a quienes peinaba frente al espejo, porque les quemaba la cabeza y la cara con el secador de mano cada vez que se giraba para cotillear con las que estaban sentadas en las sillas de espera, a veinte centímetros de su espalda. Algunas no eran ni clientes, solo mujeres que frecuentaban la peluquería, neuróticas y deprimidas. Me citaba a primera hora de un sábado y a pesar de ello tenía que pasarme dos horas hojeando viejos números de Lecturas, medio doblados entre las revistas tamaño Din-A3 que patrocinaban los tintes, esas con fotos de chicas que parecen portadas de Bananarama (quienes tenían mucha peluquería detrás). Cuando se había cansado de quemarle la cara a todo el mundo, me pasaba la máquina eléctrica a la misma medida por toda la cabeza, exponiendo todas sus irregularidades y forma apepinada en diez minutos, y ya podía irme directo a comer a casa.

A partir de ahí, he sido una calamidad eligiendo peluquerías porque me ocurre como con todo: quiero evitar una atención excesivamente personalizada -el síndrome 'prefiero-comprar-en-un-súper-a-pedir-algo-en-la-parada-de-un-mercado'- y me arriesgo a la mediocridad más desconsiderada y soez. Y cuando hay materia prima para volver a arriesgar, reincido, a pesar de saber que me someto a una ruleta rusa siempre que piso la que es mi peluquería amiga desde hace cinco años. Nuestra longeva relación da igual; abro la puerta y las empleadas siempre son nuevas. Nunca sabes qué ocurrirá: un día te realizan un lavado de cabeza con masajes craneales sospechosamente lascivos y al otro te dan de hostias con la tijera de vaciar. Acabas resignado, midiendo la experiencia según lo siguiente: si sales como Tania Llasera, bueno; si pareces Dolores O'Riordan en 1996, crisis. A base de palos, ya he aprendido a aclararme la garganta y a mirarlas con desafío. La penúltima vez fue inaudito: dos peluqueras se pelearon entre dientes en mis narices porque a ninguna le apetecía "cortar". Esperé mientras se daban la espalda furiosas hasta que le cargaron el muerto a una tercera, chabacana, robusta y borderline; fue como si soltasen al tarado de la familia, que crujiendo sus nudillos se dispondría a solucionar el problema (¡cortar!) en un santiamén para que dejase de joderles la tarde.

El jueves entré y no había ni una cliente. Una chica que no había visto nunca hablaba por teléfono desde el pequeño atril de la entrada y otra cara desconocida me decía hola. "¿Para cortar?", le dije. Sin mirarme siquiera, me pidió que me esperase sentado y recogió mi chaqueta para guardarla en el armario. Flexioné las rodillas obediente y, casi sin llegar a tocar el escay roído de la silla, me dijo que ya podía pasar. Parecía una broma, pero ella estaba muy seria. La otra no dejaba de hablar por teléfono. Me llevó directamente a la silla, sin lavarme la cabeza antes, y me puso bruscamente la capa negra encima. El ambiente era tan tenso que estaba convencido de que ese día probablemente no solo soportaría una humillación, sino que sería víctima de un abuso atroz. "Tú dirás", dijo severa, para indagar en lo que quería que hiciese. Le di las mínimas instrucciones y empezó a cortar sin ningún interés y a toda velocidad. Cada vez estoy más ciego sin gafas, así que hace años que no puedo ver el proceso en el espejo a menos que quien corta se decida a parar un momento y preguntarme. Ella no iba a hacerlo, claro, así que estaba empezando a entornar los ojos para intentar ver cómo iba la cosa cuando, desde el atril, la otra interrumpió su conversación telefónica tapando el auricular con la mano y dijo, insolente: "¡Perdona!... Si Barcelona me dicen que es provincia, ¿Cornellá de Llobregat qué es? ¿Localidad?". Se hizo un silencio mientras mi peluquera dejó el trabajo de charcutería unos segundos. Yo estaba impaciente por ver si resolverían una duda de tal calibre, pero el tiempo pasaba. Ser el único espectador de tal escena era una gran responsabilidad. "Sí... Localidad es L'Hospitalet de Llobregat", le respondió la charcutera. La otra, en absoluto convencida, repitió enfadada como una adolescente: "A ver, yo quiero Cornellá de Llobregat, yo no soy de L'Hospitalet". Parpadeé cinco veces como un ratón y me pellizqué debajo de la capa. No sé si me vería subir las cejas... porque yo no veía nada. Pero todo fue real.

¿Qué pinta aquí 'Sector de Agitadas' de Ciudad Jardín? Parece que Rodrigo de Lorenzo (voz, guitarras) la compusiera pensando en dos secciones diferenciadas en un sanatorio mental, una donde habría las pacientes más histéricas y perturbadas y otra donde estarían las que no causaban alboroto. "Charito ya no duerme / se araña y se hace heridas / Susana habla en chino / y busca a sus amigas / Sector de agitadas / y zona de tranquilas". El sonido es seco hasta el terror: guitarra afilada y batería insistente; voz inexpresiva y saxo avizor ante la amenaza del caos. A Ciudad Jardín se les considera uno de esos grupos malditos de pop español surgidos en los primeros años 80, por su dificultad para conectar con un público mayor. No manejaban las referencias más habituales ni accesibles -desde su humor negro y minimalismo instrumental a la combinación de géneros que iban desde el funky a lo sesgado de la no wave-, pero escuchando su primer disco Falso (1985) uno no puede negar que es poseedor de una inmediatez más abordable de lo que parece. 'Sector de Agitadas' tiene una socarronería en el fondo muy seria, con un aire de agitación e intriga que puedo imaginar perfectamente como la banda sonora de mi temor y suspicacia cada vez que voy a atravesar la puerta de la peluquería, preguntándome con qué tipo de mujer voy a topar. Agitadas o tranquilas, las peluqueras de mi vida están chaladas.



'Sector de Agitadas' apareció en el álbum Falso
de Ciudad Jardín, publicado la primavera de 1985







jueves, 5 de febrero de 2015

Minutos: Low - 'Slide' (1994)









Los bloques de insomnio que vengo teniendo desde hace varias semanas han ido consolidándose, adquiriendo una forma regular y tan específica que podría anotar sus características en una ficha técnica para fabricarlos, perfectos, en serie. Son un par de horas donde incluso con los párpados apretados y debajo de una manta, mis ojos se calan del hielo nocturno y la mente se deja engañar, retorciendo lo cotidiano con lo improbable mientras suena una música cacofónica que no cesa; algo que he escuchado durante el día, cualquier canción, recortada en un bucle de unos pocos segundos -un par de versos, una línea de guitarra- que hacen de esas dos horas una noche entera en si mismas. Una noche entera en vela sin resolver nada.

Creo que es probable que el insomnio se haya ido solidificando cuantas menos ganas he tenido de hablar. Últimamente, no dejo de bloquear cosas todos los días. Que no me apetezca decir nada de vez en cuando no es nuevo, pero anhelar constantemente no atender o desatender es más llamativo. Charlar de cualquier cosa sin importancia me parece una proeza, pero más me lo parece comentar nada de lo que objetivamente sería importante. No me apetece oírlo en voz alta. Han echado a gente de mi trabajo. Echo de menos a amigos con los que no hablo a menudo. Estoy enfadado en secreto con otros para los que siempre soy inexplicablemente servicial sin ninguna reciprocidad a cambio. No digo que no hace falta decir tantas veces 'te quiero'. No me siento bien por pensar esto último; me hace sentir pasivo-agresivo. No me atrevo a escribir el último capítulo de un libro porque me da pánico enfrentarme a lo que debería hacer después con él. En menos de un mes, finaliza el contrato gracias al que he sido inquilino de mi piso los últimos cinco años, y aún no he hecho nada para mostrar mi interés en seguir aquí; que lo hay, por defecto. Por defecto. Aunque eso signifique seguir en este rincón húmedo y cada vez más polvoriento, limpiándome las legañas de cal color turquesa con puntualidad, cada estación. 


"escuchándote solo a ti mismo
esperas la verdad
¿cómo puedes obtenerla
cuando todo lo que haces
es deslizarte?"

Deslizarse puede significar pasar de manera sigilosa, cuerpo a tierra. Salvar la vida, a veces; salvar el tipo, otras. Ahora mismo, en mi caso, significa simplemente hacer oídos sordos y desatender. Low no solían decir demasiado, tampoco, especialmente en discos como I Could Live In Hope (1994), su debut. Desde el principio se destacó lo místico de su instrumentación minimalista (extensible a los títulos y las letras) y la maestría con que dominaban la delicadeza de los silencios. 'Slide' tiene dos estrofas hirientes, pero la música misma se desliza con una falsa quietud, un falso alivio; las notas de guitarra te sumen en un estado rumiante por el que te dejas llevar, pero las palabras de Mimi Parker (batería, voz) te agarran por el tobillo para recordarte que no es tan sencillo alzar el vuelo y... desatender. Siempre me ha sorprendido la naturalidad con la que Parker aguanta ciertas sílabas; parece que su voz dibuje la melodía en las paredes de la garganta con un grano de arena, retratando el rastro como lo haría un sismógrafo. Cada vez que traga y coge aire, el lienzo está limpio y blanco para el siguiente verso. Cuando Alan Sparhawk (guitarra, voz) la secunda diciendo el título de la canción, es como la mella de un reproche. 


'Slide' apareció en el disco I Could Live In Hope
de Low, publicado en agosto de 1994


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