viernes, 11 de abril de 2014

Escenarios: Cristina Lliso - Sala Luz de Gas (Barcelona), 8 de abril de 2014


La sonrisa que tuvo en el rostro Suso Saiz (guitarra, bajo, coros) durante el transcurso de la actuación de Cristina Lliso el pasado martes, duplicada en el rostro de ella cuando se miraban entre estrofas como si de un espejo se tratara, debe ser la mejor ilustración de las ganas que tenían de volver a coincidir sobre un escenario. La presentación en directo de Si Alguna Vez (2012) -el primer disco de Cristina en solitario- se ha demorado un par de años, pero su regreso a las salas de conciertos se ha producido tres lustros después de dejar su carrera en unos puntos suspensivos desoladores tras la publicación del único álbum de Lliso, un proyecto también compartido con Suso Saiz donde añadieron enteros de ruido y contraste a los experimentos iniciados en la última etapa de Esclarecidos.

La ubicación del concierto de Cristina Lliso dentro del Festival de la Guitarra de Barcelona me hizo pensar en ocasiones cuando artistas como Suzanne Vega o Sinéad O'Connor han sido programadas en contextos similares, rodeadas de un montón de nombres que a diferencia de ellas carecen del gusto por la textura y el dinamismo en sus planteamientos musicales. Sin querer o sin pensarlo, se las clasifica así en una vertiente musical adulta en el sentido más insulso del término, una lamentable equivocación. Rara es la vez que se menciona a Lliso sin hacer referencia a su intrínseca y perenne elegancia, pero no menos reivindicables son las heterodoxas decisiones que toma al respecto de cómo suena lo que hace. La que fuera voz de Esclarecidos podría haberse presentado con un guitarrista, desgranar sin esfuerzo y en acústico un repertorio que con el único roce de sus cuerdas vocales nos hubiera dejado en una nube, pero en lugar de eso sigue teniendo las ganas de hacer de la música algo mutable, crudo y vivo. Nada tuvo que ver lo que oímos con un concierto de cantautor cómodo y al uso.













Pensando en todo esto, la recogida intimidad de la sala Luz de Gas se me antojaba injusta. Me preguntaba por qué entre el público no había ninguno de los rostros de nuestros grupos de nueva hornada que de cinco años para aquí mencionan a Esclarecidos como influencia y les incluyen en las playlists que les piden los blogs musicales y de tendencias; grupos que con sede en Barcelona no son pocos. Nimiedades que se esfumaron de mi mente cuando desfilaron los músicos precediendo la entrada de Cristina, que se acomodó en un taburete -vestida de negro, incluidos esos guantes que la hacen inconfundible- y en la atmósfera de un acorde en clave menor que mutó en una envolvente versión de 'Bajo el Sauce', del disco de Lliso; la canción más oscura y críptica de la noche abriendo el repertorio de forma magistral, un detalle que resume el planteamiento aventurado que comentaba antes. 'Bajo el Sauce' fue disipándose como la niebla enlazada con 'La Duna de Pyle'. En la primera mitad del set, Suso Saiz y Pachi Alis sentaron la base con las guitarras acústicas mientras Emilio Saiz llevó el peso de una expresividad rugosa y excitante desde la eléctrica, desgañitándose sin contención en los pasajes que lo requerían. Asomaron, seguidos, los tres primeros rescates de Esclarecidos aplaudidos a rabiar: 'El Detalle', 'Cielo' (la versión de 'Heaven' de Talking Heads que grabaron para el recopilatorio Un Agujero en el Cielo, de 1993) y 'No Hay Nada Como Tú (Soberbia)', traducida de cuarteto de cuerda a trío de guitarras y dirigida por una voz limpia y emotiva como veinte años atrás. Dice Cristina Lliso que temía volver a cantar, pero que en los ensayos vio que llegaba más alto de lo que creía que podría. Que no tenga manías porque suena natural y espléndida.

Para el segundo segmento se eliminaron las guitarras acústicas. Alis se sentó a la batería y Suso Saiz se calzó el bajo para reinventar otro puñado de temas recientes y antiguos vía un crepitar eléctrico que llenó de vitalidad a 'Hola Amor', goteó con nostalgia sobre 'En Otro Mundo', se entrometió quizás demasiado en la soledad de 'Estoy Esperando a Mi Amor' (otro bonito e inesperado rescate) y recrudeció lo justo 'Arponera' y 'Tucán', que finalizó el grueso del set antes de que volvieran a salir Suso y Cristina entre aplausos, interpretando versiones acústicas de 'Suerte' ("ésta la grabamos como salió, era la primera vez que la tocábamos, y ahora es la tercera") y la cálida 'Mirar la Luna'. La cara de una moneda a la que se dio la vuelta cuando regresaron al escenario Emilio Saiz y Pachi Alis: 'El Club de los Inocentes' en una acertada versión garage rock (sucia como debía ser: Suso se dejó llevar tanto que perdió las notas y Emilio tuvo que sacar los ojos de las órbitas y mostrarle en qué traste estaban) y cierre con el cinismo ácido de 'El Futuro' ("Un huevo frito quiero cenar si mañana me voy a morir"), el single con el que se dio a conocer el proyecto Lliso en 1998. El futuro no existe, pero a veces depara grandes sorpresas como presenciar algo tan raro (por sospecharlo imposible tras tantos años) y valioso como este concierto. 

Setlist:

Bajo el Sauce / La Duna de Pyle / No Viajas Sola / El Detalle / Cielo / No Hay Nada Como Tú (Soberbia) / Entre Copas // En Otro Mundo / Para Qué Prometes / Hola Amor / Estoy Esperando a Mi Amor / Arponera / Tucán // Suerte / Mirar la Luna / El Club de los Inocentes / El Futuro







lunes, 24 de marzo de 2014

Minutos: Kate Bush - 'Snowflake' (2011)








Me metí en la cama pero no conseguía pegar ojo. Hace ya unos días. Eran las primeras horas de la madrugada y me estaba agobiando la idea de levantarme pronto al día siguiente y no dormir lo suficiente. Me puse los auriculares para escuchar música pero finalmente no la puse. Buscaba entre las opciones y no sabía qué elegir porque sabía que eso tampoco iba a hacerme dormir. Lo curioso es que el auricular dentro de la oreja y en absoluto silencio hacía que, en mi oído, mi pulso y mi respiración pareciesen el sonido del paso regular de un hombre caminando por la nieve. Se recreaba a un nivel microscópico ese crujido sordo de la nieve prensada bajo las botas a cada pisada. Me saqué el auricular; me parecía que el hombre de mi imagen mental atravesaba la nieve con dificultad y la repetición de su ritmo no tenía nada que ver con contar ovejas. No sé cuándo me acabé durmiendo.

La semana pasada, The Quietus colocó en su portada una entrevista a Kate Bush centrada en el disco 50 Words For Snow, repesca motivada por el anuncio de los primeros conciertos de la artista desde 1979, una noticia clamorosa en sí misma. Me salté la entradilla en la que se explicaba que la conversación había tenido lugar en 2011, asumí que el disco se acababa de publicar ahora y que su próxima residencia en el Hammersmith Apollo londinense coincidiría con la presentación de dicho álbum. Tal detalle me deja en evidencia: es obvio que no soy ningún experto en Kate Bush. Me hubiera encantado conectar con ella a una edad temprana como lo hice con Patti Smith o Laurie Anderson y haberme sorprendido hasta la insuficiencia respiratoria con anuncios salidos de la nada como el de su primer disco en 12 años (Aerial, publicado en 2005) o esta serie de conciertos que dará el próximo verano (a Bush le caracteriza el misterio y el raciocinio), pero su música -o la única que había escuchado, la de los primeros años- nunca me entró. 

Kate estaba entre Patti, Laurie y Nico en un libro que me compré a los 12 años, una recopilación de letras traducidas de las cuatro artistas publicada a finales de los ochenta por la editorial Espiral. El personaje me intrigaba mínimamente, mientras en el panorama pop donde me adentré de adolescente -años en que Kate estaba desaparecida de la vida pública- discípulas que adoptaban sus maneras y que me parecían deshonestas (Tori Amos) o comediantes (¡Virjinia Glück!) me hacían aborrecer el cliché de Kate Bush. El año pasado escuché por primera vez el fascinante The Dreaming (1982) y me di cuenta de que había una dimensión de su trabajo completamente desconocida para mí que trascendía la de esa joven que debutó en 1978 con 'Wuthering Heights'. Cuando el sábado pasado me puse 50 Words For Snow y me embelesó con tan solo la mitad de 'Snowflake', mi respeto y creciente interés por ella quedó sellado con un beso helado en la palma de la mano.

La longitud de onda del hechizo de la Kate Bush madura, en pleno siglo XXI, es estable y armoniosa. Suena menos excéntrica que antaño y a veces aún irreconocible. Para alguien que como yo no le haya escuchado nada publicado recientemente, la primera sorpresa residirá en su voz, más recia, empleada en un tono cálido y alejado de su registro más felino e incónico. "Nací... en una nube...", oímos al principio de 'Snowflake' mientras le arranca al piano una sucesión de acordes solemne, acotada y suspendida a su antojo. No en balde es ésta una canción que parece desarrollarse de manera circular en casi diez minutos, pero dichos círculos se dibujan en caída libre y pausada. Es el largo recorrido de un copo de nieve que desciende desde el cielo y que interpreta aquí la voz blanca (cómo no) de Albert, el hijo de Kate, estremecedor cuando con sus agudos dice "Mi corazón roto, mis fabulosos bailes, mi canción fugaz / soy hielo, polvo, luz" y su madre le responde "El mundo es tan ruidoso / sigue cayendo / te encontraré". Es un refrán que se repite varias veces resolviendo las estrofas; en ellas, Albert -que entonces tenía 13 años- describe las escenas ("Estamos encima de un bosque / es medianoche en Navidad") pero tras las intervenciones de su hijo, Kate aporta ese tono inequívocamente protector, maternal y eterno (que por otro lado, retiene una fortaleza y una sensualidad que me recuerda a la Alison Goldfrapp de Felt Mountain). Ahí yace la clave de 'Snowflake': el viaje ciego del vástago en un mundo ensordecedor por incomprensible que, aturdido, siempre puede apoyarse en el aliento de su madre. 


'Snowflake' apareció en el disco
50 Words For Snow de Kate Bush, publicado
en noviembre de 2011


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lunes, 17 de marzo de 2014

Por el atajo: Pure Bathing Culture - "Pure Bathing Culture" (2012)



















"De hecho, cuando tocamos en Baltimore, en el backstage hablé con Alex [Scally, de Beach House] y él coincidía en que no sonábamos parecido a ellos". Me pregunto hasta qué punto, si la historia que le contó Daniel Hindman (guitarra, sintetizador) a The Pitch es cierta, la mitad masculina de Beach House fue condescendiente con él o se vio en un apuro del que salió de manera educada. Que lo dijese totalmente en serio me resulta difícil de creer atendiendo a lo que escuchan mis oídos, y el dossier de prensa que va engrosando Pure Bathing Culture en la red -esa misma pregunta en la entrevista de The Pitch- me indica que solo soy uno más de los muchos a quien el nombre Beach House revolotea violentamente en la mente desde la primera escucha, especialmente cuando irrumpe Sarah Versprille (voz, teclado) en un tour de force entre la rotundidad y la fineza para redondear esa fórmula tan familiar. Si además de eso encuentras esta foto tomada en uno de sus conciertos, piensas que si se tratase de un grupo de adolescentes que a base de ensayos consiguen emular a sus referentes y se sienten espléndidos, la candidez de una inspiración tan acusada sería entrañable, pero de otro modo... Saliendo de este enredo, lo que queda es la música y la respuesta natural del oyente, y como tal diré que pasado el susto inicial, los últimos días he estado prendido de su primer EP Pure Bathing Culture (2012) de una manera absurda. Afortunadamente, en su música no es Beach House todo lo que reluce.

La pareja había formado parte del grupo de folk Vetiver hasta que en 2011 decidió alejarse del bullicio y la pompa de Nueva York en dirección a Portland (Oregon). Allí empezaron a centrarse en un proyecto que había nacido como quien no quiere la cosa mientras estaban de gira y lo bautizaron con el nombre de una sesión de balneario a la que había asistido en Suiza el hermano de Daniel Hindman, consistente en nadar por varias piscinas en absoluto silencio. Un nombre que evoca una calma de ensueño que se encarna en la misma música, en un estado vaporoso alusivo a la vertiente más sofisticada, elegante e incluso adulta del pop que se oía en la FM americana a mediados de los ochenta. Buscando los extremos de sus influencias, Sarah y Daniel han declarado que escuchan a Phil Collins, Elton John o Whitney Houston, pero por suerte los resultados se traducen en mayores sutilezas. 

Se huelen, en el fondo, sus años de rodaje en Vetiver. Escuchando el progreso de la melodía de 'Ivory Coast' sientes una nostalgia agridulce propia de una época invernal o incluso navideña, la de un día no señalado en que te despiertas solo y añorando quién sabe qué. Puedo imaginármela interpretada por una cantante de folk a finales de los años sesenta, rodeada de instrumentos acústicos y con una flauta asomando como un pequeño pájaro, pero gracias a la caja de ritmos y al sonido reverberado de la producción de Richard Swift suena profusa y ligeramente exótica, rasgos que tiene en común con el resto del repertorio. El chacachá tropical de 'Lucky One', teniendo en cuenta que es la primera canción que compusieron juntos, materializa la celebración de su encuentro creativo. La más interesante quizás sea 'Silver Shore's Lake', una canción que recrea la seducción y la nocturnidad de las guitarras limpias de Prefab Sprout, manteniendo un ritmo funky al ralentí y cazando al vuelo el humeante espectro de Victoria Legrand (Sarah la emula modulando las vocales, pero qué bien suena). Es la pieza que sonaría repetidamente en una emisora donde reinase el Bryan Ferry de Boys and Girls (1985). El EP finaliza con el triste recuerdo a un amigo fallecido en un accidente de coche en Perú, titulado 'Gainesville': anhelo quebrado en la voz y lágrimas vertidas por una guitarra que podría pertenecer a una grabación de David Sylvian o The Durutti Column.


Para escuchar, cortesía de Grooveshark:

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