martes, 28 de octubre de 2014

En el trastero: Bona Dish - "The Zaragoza Tapes: 1981-1982" (2013)



















Encontré la portada de este disco el otro día, dando bandazos por algún laberinto de la red en busca de ni recuerdo qué. La mención de Zaragoza en el título y el desparpajo natural de la imagen me hicieron creer que estaba ante un grupo oscuro de la nueva ola madrileña que, inexplicablemente, me habría pasado desapercibido hasta ahora. Parecía que estaba claro; al fin y al cabo, la pareja de la fotografía lucía tan fantástica y colorida como la gente que retrataba Miguel Trillo en los alrededores de la sala Rock-Ola, allá por los años que fechan el contenido de este artefacto sonoro. Pero no, no eran madrileños.

Sí acerté en lo de que era un grupo oculto y de culto. Formado en la capital de Hertfordshire y habitual en los mismos circuitos de la escena do it yourself que se venía desarrollando en el Reino Unido desde la irrupción del punk, Bona Dish tuvo una trayectoria efímera, concentrada en dos EP's publicados en formato cassette. Tras una larga temporada en el olvido, el año pasado vieron la luz gracias a que una fan del grupo llamada Athena Holbrook le pasara el material al director de Captured Tracks, un sello independiente americano que tiene en su catálogo a un puñado de bandas que sueñan con soltar las chispas que refulgen en las grabaciones de Bona Dish. Hoy muchos se esfuerzan en impostar la frescura de una época que no es la suya, la que 35 años atrás albergó el surgimiento de un pop intrincado que se extendía en huesudas ramas de post-punk, pero luego llega una reedición como esta y pone patas arriba a un sello entero, dejando en cueros a toda su alineación.

Nadie implica que los grupos que ahora eligen casi por carta de menú el estilo al que quieren dedicarse sean malos o no aporten nada relevante, pero el sabor del candor genuino es muy distinto en el paladar al de la estética reflexionada. Julie Devine (bajo, violín, voz) y Steven Chandler (guitarra, voz), la pareja imponente que da la cara en The Zaragoza Tapes: 1981-1982, se conoció en Hertford cuando eran adolescentes tardíos. Steven enseñó a Julie a tocar el bajo y formaron el grupo junto al hermano de él, Shelford (batería, voz), y su novia Jo Bell (voz). En estas canciones, que ya tienen los pequeños mordiscos del tiempo en la cinta magnética, se masca la energía bulliciosa de las fiestas y el poso de la rebeldía, pero también la sensibilidad y la honradez ajena al concepto 'pose' que tanto pesa a las bandas que emulan a formaciones como esta en la actualidad.


The Zaragoza Tapes: 1981-1982 se abre con la faceta más pop del cuarteto, o si más no la más melódica. Las canciones que integraron su segunda y última cinta de cassette en 1982 -grabada en la cocina y una de las habitaciones del piso que compartían- iban desde el post-punk enfriado de '8am' ("Son las 8 de la mañana / tu tiempo ha expirado / los ciudadanos marchan escaleras abajo / no te puedes relajar") y la delicadeza sesentera de 'Sand' (interpretada con una voz trémula y unos coros exóticos que recuerda a las breves historias de amor playero de Marine Girls) al desenfreno garagero vía The B-52's de 'Fractured Heart' (cantada por Steven) y 'Normal Day', que completaban la cara B. Más reveladoras de su evolución hacia algo cada vez más trabajado son dos piezas que se quedaron inéditas en su día, en las que ya participa su amigo Pete Moss a la guitarra: el sonido se expande con la guitarra acústica en la ensoñadora 'Susan Says' y en la agitada 'Tactile Sob', una de esas canciones que pertenece al género bailando con lágrimas en los ojos, suplicándole a un amante "Estoy por mi cuenta / me parece difícil / te ruego / que juegues otra carta" mientras la música invita al desahogo físico.

'Actress (Rupert Version)', aportación a la recopilación Rupert Preaching at a Picnic (1982), retoma el viaje cronológico inverso advirtiendo de cómo era el grupo en sus inicios. Los timbales suenan como si fueran tambores de pintura y el ritmo obsesivo, junto a los punteos orientales, les acerca a la deforme no wave americana (lo llevan al extremo cacofónico en 'Jungle'). Y es que las canciones que configuran la segunda parte del recopilatorio, pertenecientes a la cinta On C30 (1981), son ejemplos de un post-punk con los filos nada pulidos, la mayoría acabadas de componer la misma tarde de domingo que las grabaron en el cobertizo del propietario de In-Phaze, el pequeño sello que publicó sus referencias. Debatidos entre lo bailable y lo bizarro: preocupación cínica por lo nuclear en la jaranera 'Mutations' ("Mutaciones / sujetos a la radiación / tenemos que irnos a Amsterdam"), ecos de los americanos Pylon en 'Challenge', ritmo marcial imperturbable al estilo de Joy Division en 'Intense' y alevosía y nocturnidad en la primera versión de 'Actress' y la fantástica 'Girl'.

El título de la recopilación viene a simbolizar lo que para ellos fue el zenit de ese momento dulce en que formaron parte de Bona Dish: un recuerdo a las 48 horas que pasaron en el aeropuerto ubicado en Sanjurjo y conocido desde 1965 como el aeropuerto de Zaragoza, entonces una base militar abierta al tráfico civil y aduanero. En 1981 se vieron atrapados ahí por fuertes nevadas que afectaron a su vuelo y, como decía Julie en una entrevista reciente, "estábamos allí con 20 colegas y nos parecía que dominábamos el mundo. Éramos jóvenes, sexis y revoltosos. Aún me trae muy buenos recuerdos".


Para escuchar en Spotify:

También puede escucharse en Soundcloud







sábado, 18 de octubre de 2014

Minutos: Los Romeos - 'Arañas Mi Piel' (1992)









No ha llegado a convertirse en un hábito (lamentablemente no hay tanto material a revisar), pero llevo una temporada descubriendo los vídeos de las apariciones de Los Romeos en televisión con cierta fascinación. En 1990 se hartaron de acudir a TVE, introducidos por impagables prólogos de habituales de la caja tonta como Miriam Díaz-Aroca en su Cajón Desastre; de una joven Raquel-Estrenos de Cartelera-Revuelta acompañada por un futuro comentarista del corazón a quien no podríamos poner nombre; e inevitablemente de Beatriz Pecker ("una cantante muy sexy, ahora lo vais a ver"), la directora del programa musical de absoluta referencia en esa época, Rockopop. En todos estos años de internet, YouTube me ha echado por tierra la imagen de muchos artistas a quienes nunca había visto moverse sobre un escenario o intentar poner una mínima expresión en un videoclip. Ver a Patrizia Escoín (voz) acompañando sus exhalaciones vocales de Marilyn con gestos que de tan bruscos y excesivos remiten a la candidez de una actuación de fin de (cuarto) curso, por algún motivo, conforma una imagen estupenda, acorde con el chicle que se masca en la música. Patrizia, además, iba siempre luciendo tipo con mucha sapiencia.

Más allá de que les asociasen a la hornada de grupos de power-pop con chica rubia surgida en América e Inglaterra a finales de los años 80, el lugar de Los Romeos en el clima post-Movida del panorama musical español era bastante singular, como el de Los Sencillos o Lions In Love, bandas que mostraban indicios de renovación en la carta de referentes y colores antes de que llegase la generación noise-pop e hiciera hervir los canales alternativos en nuestro país. Aunque había unas ligeras ganas de quitarles el crédito mencionando a Primitives y a Transvision Vamp, la banda de Castellón encandiló fácilmente con las inmediatas canciones  de su primer disco, que iban del raca-raca ramoniano ('Dónde Estás', 'El Demonio Está Dentro de Mí') a un romanticismo ensoñador marca Blondie pero entonado por la Rosenvinge de Alex & Christina ('Mi Vida Rosa') y aproximaciones al pop sesentero ('Por Qué, Por Qué'). Las letras concienzudamente picarescas ("Muérdeme en el trasero, donde a mí me gusta más") tenían gracia y eran más auténticas que el melodrama churretoso que montaban Alberto Comesaña y Cristina del Valle para acabar echando un polvo en las canciones de Amistades Peligrosas.

"Con 'Arañas Mi Piel' teníamos un reto: hacer una canción de baile, pero que no fuese 'máquina', porque ya se sabe cuál es la fama 'bakaladera' de esta zona [Castellón]. Hemos conseguido un tema de baile que se puede pinchar en discotecas y además es guitarrero. Ha sido la única canción en la que hemos trabajado con samples y tecnología de ese tipo".
(Los Romeos en Rockdelux, diciembre 1992)

El single de presentación de su segundo álbum, Sangre Caliente (1992), como ellos mismos explicaban, era algo que sobresalía en su repertorio. Cuando conocieron a Patrizia, los tres malotes que la flanqueaban en el escenario -antes integrantes del grupo Morcillo el Bellaco y los Rítmicos- ya habían visto cumplidas sus intenciones de arrimarse más al pop, pero con 'Arañas Mi Piel' - firmada por el bajista Pedro López y producida por Paco Trinidad- empujaron ese objetivo más allá, tanto que parecía la más efervescente de sus composiciones nuevas. Para ello fijaron la vista en la psicodelia ácida y bailable que desde finales de los 80 emitía señales desde Manchester y saturaba de guateques los clubes de Inglaterra; no faltaba ni un detalle: la apertura con unos sitares remolones, un punteo de guitarra con wah-wah, el ritmo programado y un estribillo paradisíaco que seguía siendo todo anhelo ("Quiero tenerte my despacio / mientras tú, mi dulce amor, arañas mi piel"), pero se notaba que Patrizia cantaba con más presencia y menos jueguecitos. Rastros indudables de Happy Mondays y 808 State, pero también de Curve (que fueron a su vez el patrón de lo que harían Garbage más adelante) y hasta de los U2 reciclados a principios de esa década. Un single redondo, de esos que están más perdidos de lo que deberían (habrá quien en cambio sepa entonar 'Desesperada' de Marta Sánchez), merecedor de una revisión que bien seguro le hará ganar un lugar en el reproductor de más de una biblioteca digital (no lo busquéis en Spotify ni en iTunes: EMI les ha borrado del mapa).



'Arañas Mi Piel' apareció en el disco Sangre Caliente,
publicado en otoño de 1992, y fue publicada
como single precediendo al álbum.



Y habiéndolo escuchado entero mientras escribía, queda
recomendada también la revisión de su disco de debut,
todo jarana, melodía, encanto y sorna; se puede 
escuchar, y podemos dar gracias, en Grooveshark:








martes, 30 de septiembre de 2014

Caso abierto: Tanya Donelly - "Lovesongs For Underdogs" (1997)



















Me he pasado el verano leyéndome Facing the Other Way: The Story of 4AD, el libro donde el periodista Martin Ashton se relaja -más de lo que pueden algunos de los personajes a quienes entrevista, expuestos a revisar muchos recuerdos agridulces- para contar los logros e infortunios del sello discográfico británico 4AD en su época más significativa e iconográfica, dos décadas en que el gusto de su fundador Ivo Watts-Russell fue una guía exquisita para dar a conocer a artistas únicos. Los números de catálogo de los discos se suceden en los capítulos -divididos por años- a la vez que se retrata el nadir y el deterioro de muchas relaciones personales entre músicos, creativos y amigos. Tanya Donelly, por ejemplo, había estrenado la década de los 90 dejando primero Throwing Muses (el primer fichaje americano de 4AD) y luego The Breeders, en ambos casos porque estaba determinada a iniciar un proyecto propio ya que empezaba a sentitse más cómoda en el papel de cantante y se estaba volviendo más prolífica componiendo. Formó entonces Belly pero la banda no llegó a las Navidades de 1995, desintegrándose tras un año de vuelcos estomacales y daños irreparables. Tras cinco años de cambios y en este contexto, como ella explicó, se lanzó a probar en solitario más por un sentimiento de derrota que por la necesidad de ver su nombre coronando la portada de los discos.

En el capítulo que trata el año 1997 Ashton me sorprendió con una afirmación muy positiva sobre el primer disco en solitario de Tanya que jamás se me hubiera ocurrido y que no se asemeja a nada que haya leído sobre Lovesongs for Underdogs en todos estos años: “El nuevo disco de Donelly emulaba el debut de Belly y, en gran parte, lo mejoraba”. En general, probablemente incluso para sus seguidores más incondicionales, esta es una afirmación poco popular. Star, el primer álbum de Belly publicado en 1993, se considera la cumbre creativa de Tanya en su juventud, la consolidación del estilo que dejó entrever en las pocas canciones que encajó en los discos de Throwing Muses y que vibraba ahora en Belly entre rayotes de polvo escarlata, retales de musgo y cucharadas de luna helada. Era recurrente hablar de cómo sus canciones suponían un suspiro agradable al lado de las de Kristin Hersh, pero la inclinación pop de Tanya no era nada ortodoxa. Acordes reconocibles aquí y allá y una mayor concisión melódica, sí, pero redondeada por una imaginería enigmática, perversa en ocasiones, e instrumentación húmeda por fuera e inmunda por dentro.
















La primera reseña que leí sobre Lovesongs For Underdogs, cuando tenía 13 años y a penas sabía quién era Donelly, la firmaba Miguel Martínez en el número de noviembre de 1997 de Rockdelux y decía cosas como ésta: "Neuróticas canciones de amor para un menú de sacarina y espinas que mata el hambre, pero, como dicen los abuelos, no alimenta. (...) hay momentos en que 'Mysteries of the Unexplained' llama a la puerta de ¡Roxette!: menos mal que da la vuelta antes de que la abran". No era el único que consideró que Tanya debutaba por su cuenta con un disco que tenía poca sustancia y menos intriga. Otra reseña cogida al azar, firmada por Jim Wirth en NME, llegaba a afirmar que su ablandamiento se debía a que se había casado el año anterior con el músico Dean Fisher: "Un disco para adultos sin las partes groseras. De hecho no hay ninguna parte sucia; los versos y las notas están tan impecablemente pulidos como un mueble de IKEA (...) y desdentados como una gallina". La decepción de muchos ante el inesperado final de Belly aún se mascaba, pero hoy han pasado diecisiete años y el bagaje de Tanya no tiene ningún peso encima de este disco; está libre de su contexto original, no tiene que acomplejarse por faltar a una impuesta credibilidad alternativa y ahora cabe preguntarse: ¿era tan terrible? Es exactamente la cuestión que disparó en mi mente Martin Ashton destacándolo en su libro.

"Cuando empezó el declive de Belly hubo un par de años de pánico en los que me centré en mantener mi posición (en el mundo musical), hasta que de repente me di cuenta de que no sabía por qué (risas), no tenía una buena respuesta y las que tenía no tenían nada que ver con la música, así que di un paso atrás". Lo explicaba Tanya Donelly en una entrevista radiofónica de 2002, confirmando que Lovesongs For Underdogs había sido su último intento de exponerse a un mainstream para el que lo alternativo era un rescoldo residual pasado de moda y que para rellenar su estrecha parcela de artistas femeninas no veía más allá de autoras al estilo de Alanis Morissette y Sheryl Crow, a quienes vendían como mujeres a la altura de los hombres,  profesionales y fuertes. Aún así, era un campo de juego donde la discográfica americana de Donelly pretendía arrojarla esperando repetir a su nombre la cifras que Belly consiguió con Star (casi un millón de copias vendidas entre 1993 y 1994). La selección del repertorio final fue moldeada con dichas intenciones: a finales de 1996 tenía grabadas un total de 21 canciones que configuraban la colección más ecléctica de toda su carrera -algunas precedieron al álbum en el EP Sliding & Diving (1996)- pero muchas de las que daban rodeos estilísticos perdieron favoritismos frente a las que podían atar un disco más agradable y accesible.























Las muestras de esa inquietud latente que según los críticos más condescendientes y jaraneros no había quedado representada en Lovesongs For Underdogs pueden encontrarse en los singles Pretty Deep y The Bright Light, que recogen los descartes de las sesiones. Escuchados juntos dan para un álbum muy distinto: 'Life On Sirius' mezclaba un arpegio de guitarra reminiscente de Felt con una caja de ritmos y un coro de voces etéreas que la emparentaban con las producciones de Robin Guthrie para Lush; 'Morna' y 'How Can You Sleep' bebían de su pozo más turbador e impreciso; 'Bury My Heart', tiesa y marcial en las estrofas, florecía en un melancólico vals más tarde. Había pop efectista ('These Days' con sus despistes rítmicos), ligero ('Influenza', 'Vanilla') y paródico (el western drama trotón de 'Spaghetti'), todo ello producido por Wally Gagel, un ingeniero que había trabajado con bandas como Superchunk, The Folk Implosion, Come o Steve Wynn. Pero fue la propia Tanya quien decidió orientar el concepto del disco hacia algo más inmediato. 

Para equilibrar el total de piezas que marchaban sobre sonoridades más acústicas registró otras cuatro canciones con su manager y co-productor Gary Smith -contando con David Narcizo a la batería- que aportaron al conjunto más nervio y pegada, tres de ellas abriendo en bloque el álbum rebosando electricidad. ¿Se podía reprochar a Donelly que abrazara el pop-rock más estándar en 'Pretty Deep' y 'The Bright Light'? No era más que la refinación de lo que venía haciendo hacía años, repuntado por unas letras que seguían siendo insólitas en las emisoras de FM; en la primera, despachaba los versos: "Creíste que habías visto un muerto en la playa / cuando nos acercamos era solo una llanta / y te decepcionaste, me di cuenta"; en la segunda, se entregaba encantada a la abducción alienígena. 'Landspeed Song' celebraba al ritmo de un rockabilly recortado fuera de los márgenes su consolidado y aún efervescente romance, y 'Breathe Around You' la parte más animal del mismo. 'Lantern' había sobrevivido a la selección entre el repertorio más experimental producido por Wally Gagel  (un crudo riff de guitarra al borde del desafine aderezado con lapsus y distracciones varias), pero el resto de temas (a excepción de 'Clipped', que mantenía una tensión de aires fronterizos hasta dar con un estribillo de los suyos) daban fe del momento de estabilidad que estaba viviendo Tanya por primera vez en su vida. Por la vía intimista podía pasarse de caramelo ('Manna', 'Mysteries of the Unexplained') pero también ser sublime, como demuestran 'Goat Girl' (un retrato jocoso de su reconocida torpeza, en forma de country-folk), 'Swoon' y 'Acrobat' ("Hay que ser acróbata para tocarla donde pueda sentir algo"), ésta última resolviendo magistralmente su oscuridad con los arreglos de cuerda y unas chocantes onomatopeyas aviares.

Solo el tiempo ha podido demostrar que este paquete de composiciones ni desluce ni está tan desligado de su pasado como se determinó apresuradamente. Lovesongs For Underdogs es un disco de pop ameno y digerible que funciona también como puente entre el ayer y los trabajos que han definido su madurez: desde la serenidad exquisita de Whiskey Tango Ghosts (2004) al riquísimo eclecticismo con que ha sorprendido a lo largo del último año entregando los cinco volúmenes de Swan Song Series a través de su página web y Bandcamp, una variedad que se refleja directamente en espíritu e ímpetu con la de esa Tanya Donelly que se lanzó a la piscina sola en 1996 y que podía haber tirado por cualquier lado. Cuando viajó a Gran Bretaña para presentar su segundo disco en 2002 ya ironizaba sobre el sitio que había elegido ocupar: llamó a la gira Preaching the Converted (Predicando a los Convertidos).




Para escuchar en Spotify:


Y debajo la selección de canciones descartadas
de las sesiones del disco, publicadas en el EP
Sliding & Diving en 1996 y en los posteriores
singles extraídos de Lovesongs For Underdogs.