jueves, 18 de octubre de 2012

Minutos: Tara Jane O'neil - 'Howl' (2009)



Hace algo más de dos semanas visité por última vez a mi abuelo, que falleció anteayer. Es extraño, porque fue una visita que se salió de nuestra reciente costumbre. Fue la primera vez en mucho tiempo que pude revisar los detalles de una casa en la que también crecí y sentí una terrible nostalgia. En los últimos años, al vivir en otra ciudad, iba a su casa y nos sentábamos siempre en el comedor, normalmente a mediodía y con la televisión de fondo, y nos explicábamos las novedades de manera breve, en su caso porque eran más bien pocas y porque se expresaba con escasas palabras; en mi caso porque con los años habíamos adquirido ese código de no desarrollar mucho las conversaciones, y por su manera de ser no había un toma y daca. Sus habilidades sociales eran rígidas, aunque tiernas, algo que heredé de él -aunque debo decir que era alguien mucho más educado que yo. Pasábamos un rato juntos, me ofrecía un Cacaolat y en la despedida se sacaba cinco euros del bolsillo y siempre salía a decirme adiós.

Ese último día hicimos limpieza de trastos que mi madre había llevado allí sin orden alguno en una mudanza, y estuve en rincones de la casa que no había pisado en más de un lustro. El techo de la cocina me pareció bajísimo y los muebles miniaturas. Me di cuenta de que ahora podía ver lo que había en lo alto del armario de los platos y me sentí mayor. Me pregunté -porque no la había visto tampoco encima del televisor- dónde tendría colocada la figura de un pastor alemán bastante grande que solía estar encima de la nevera, y que tenía una nueva capa de pintura plástica prácticamente cada vez que nos veíamos. Habíamos contemplado al perro en color plateado, dorado, verde pálido, azul grisáceo y blanco. Sonreí para adentro y no le pregunté. En los estantes del comedor, las figuritas polvorientas pero colocadas de la misma manera que cuando vivía mi abuela, coronadas por una caja de música sobre la que Don Quijote y Sancho Panza daban vueltas. Colgando de la pared, el retrato de mis abuelos el día de su boda y el de mi madre y mi tío el día de la primera comunión de él, coloreado a mano en verde, rosa y rojo. El baño, en el que también me sentí un gigante. El corral, lejos de los años en los que colgaba una parra de uva y vivían dos perros. Advertí todos los cambios en su casa, la estampa del paso del tiempo y la progresiva debilitación del núcleo familiar. En los últimos años el barrio se había transformado con las muertes de los vecinos de toda la vida, en su mayoría inmigrantes de diferentes lugares de España que llegaron aquí en los sesenta. Toda la frescura que recuerdo de pasar ahí la infancia mutó a raíz de lo que ha sido como una conquista de forasteros que han hecho de las casas verdaderas chabolas que albergan delincuentes. Allí quiso quedarse pasara lo que pasara; tenía una salud inmejorable y era independiente. Nada le parecía amenazante y -bendecido por su encanto o por su reputación como vecino veterano- nunca nada lo fue.

Esa última inspección de su hogar queda ahora como un regalo muy valioso, y con lo ocurrido no he podido evitar pensar por qué tendría la oportunidad de hacerla justo entonces. Su muerte ha sido repentina e inesperada y yo aún no me he hecho a la idea, creo. Estoy demasiado centrado mentalmente. O quizás es que resulta muy complicado concentrarse en medio de toda la farándula que rodea el fallecimiento de un familiar. Se me ha hecho muy difícil tragar que se anteponga un extraño protocolo de visitas de oportunistas y curiosos a la intimidad que un familiar cercano debería tener en un lugar como un tanatorio. Había un ruido infernal e irrespetuoso, parecido al de los bares. Había una pariente que no hemos visto en años apoyada sobre el cristal del féretro como si fuera el mostrador de una joyería, prácticamente atendiendo a la gente en orden de cola y narrando lo ocurrido como una insensible guía de museo. La gente espontánea se asomaba y miraba fijamente a mi abuelo porque temían su propia muerte, carentes de otra emoción. La obscenidad era insoportable.

Me he emocionado unas tres veces en las últimas cuarenta y ocho horas. La primera cuando mi madre me dijo ayer que se habían dado cuenta de que en el portapaquetes de su Vespino, mi abuelo llevaba pegada una foto de ella, al fin y al cabo su mano derecha los últimos diecisiete años. La segunda cuando me he dado cuenta de que esas habilidades sociales que yo le creía tremendamente tímidas no lo eran tanto; todo el que se ha acercado ha coincidido en destacar lo simpático que era; era una palabra con la que se le iluminaban los ojos a todo el mundo. La tercera, una de las últimas veces que mi madre se ha acercado sola al ataúd y le ha murmurado unas palabras entre sollozos, porque me he imaginado a mí en su papel y he entendido su desamparo. Para entonces la sala ya estaba prácticamente vacía, pero con todo lo visto me sentía estéril.

He decidido no asistir a la ceremonia que tendrá lugar en unas horas. El amor que sentía por él no tiene nada que ver con lo que será una fiera extensión del despliegue presenciado en el tanatorio. Prólogo de camino, nudo en la iglesia y desenlace en el cementerio. No puedo soportar la idea. Con el aliento sobre papel vegetal de Tara Jane O'neil en esta solemne pieza que siempre me ha sonado a despedida y a inmortalidad, le saludo desde esa intimidad que anhelo tanto y le digo hasta siempre.


'Howl' está incluída en el disco A Ways Away
de Tara Jane O'neil, publicado por K Records
en julio de 2009

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