martes, 18 de junio de 2013

Minutos: The Rogers Sisters - '(I'm a) Ballerina' (2002)








Perdonarle o no a un grupo que se dedique a reproducir con exagerada fidelidad el sonido de otra banda que ha tomado como referencia es de esas cosas de la vida que nos hace ser incongruentes. Detectar fácilmente una réplica, especialmente si el grupo elegido como modelo nos emocionaba muchísimo,  nos irrita y nos ofende. ¿O no siempre? Por ejemplo, llevo dos meses leyendo en todas las reseñas que se escriben de Savages (tanto de su disco de debut como de sus conciertos) menciones a Siouxsie Sioux, pero éstas no son precisamente para desacreditar al cuarteto inglés. A mí mismo me ocurrió cuando las vi en directo; para alguien que conoce bien la trayectoria de Siouxsie & the Banshees, el juicio es de una obviedad aplastante: su cantante ha estudiado bien la imagen y el lenguaje corporal de la Siouxsie de 1977, modula la voz con el manejo de la Siouxsie de 1984 y el grupo suena compacto y feroz como los Banshees de 1979. Su álbum no me ha enganchado, pero puedo entender por qué se considera que Savages son un derivado digno de la producción musical de ese espacio temporal y no una caricatura que fusila ideas de los demás sin aportar nada. Aún así, teorizar sobre cómo definir la línea entre quién es una cosa y quién es otra se me hace imposible.

The Rogers Sisters surgieron hace algo más de diez años en ese momento en el que tanto en Estados Unidos como en Europa empezaron a surgir bandas que hicieron uso con mejor o peor fortuna de los hallazgos del post-punk y la new wave, una de las etapas más aventuradas y coloridas que ha vivido la música rock. Se separaron en 2007 tras publicar su tercer disco y rara vez se les recuerda un lustro después. Les encontré justamente en en un informe de Rockdelux al respecto de todos esos nuevos nombres a tener en cuenta: The Rapture, Erase Errata, Yeah Yeah Yeahs, Liars, LCD Soundsystem... En todos ellos reconocía cosas que había escuchado fascinado en la colección de discos de mi padre, y por ese cálido sentimiento de fondo encontraba una fuerte afinidad y podía tener fácilmente apego por muchos de estos grupos emergentes. El trío formado por las hermanas Laura (batería, voz) y Jennifer Rogers (guitarra, voz) y Miyuki Furtado (bajo, voz), con sede en Brooklyn, no se ganó las simpatías de medios influyentes como Pitchfork, donde se llegó a afirmar que el grupo había ignorado toda evolución musical a partir de 1980. The Rogers Sisters asomaron la cabeza en la prensa diciendo que en un momento de convulsión política como el que estaba viviendo América durante el mandato de Bush, grupos como el suyo surgían con la voluntad de posicionarse sin ignorar la invitación al baile y a la diversión sin excusas y sin culpabilidad. 

Dos nombres se les asociaron siempre, The B-52's y Devo, y con toda la razón: los juegos de voces de las chicas, la voz más robótica de Miyuki; el sonido en general, aunque más desnudo al tratarse de un trío de batería-guitarra-bajo. Ciertamente le tomaron el relevo a las intenciones hedonistas y a primera vista absurdas de esos grupos, que las servían en una inadvertida complejidad musical. Mi juicio sobre The Rogers Sisters (ese que me puede hacer parecer incongruente cada vez que comento mi disgusto por una banda que me recuerda demasiado a otra) es que no fueron una mera copia de ninguno. Escuchando la inmediatez y lo intrincado de muchos de sus temas pienso en sus referencias, sí, pero acabo concluyendo que si algo hicieron fue ampliar admirablemente el cancionero de un género vigente, del que aún hoy se pueden sacar frutos. '(I'm a) Ballerina', con una letra sin pies ni cabeza al estilo de la new wave más sarcástica ("Soy una bailarina, soy pariente tuya / (...) en invierno hace frío, en verano hace calor / Me gusta el verano"), conjuga a la Kate Pierson que se comunicaba con otros planetas y a la Cindy Wilson que insinuaba lo caliente que estaba con una escala arabesca a la guitarra (ecos inesquivables de 'Killing an Arab' de The Cure) que se enciende peligrosamente hacia la mitad, mientras la batería marca el ritmo a los timbales (más influencias orientales) y el bajo la acompaña monolítico. Quizás con su exclusiva fascinación por el periodo 1978-1982 no arrancaran una sonrisa a los redactores de Pitchfork, pero no hay que olvidar que es una publicación que endiosa a Thom Yorke a un nivel de tragicomedia sin una pizca de sentido del humor. Definitivamente en algún punto se perdieron algo. 


'(I'm a) Ballerina' apareció en el disco Purely Evil de 
The Rogers Sisters, publicado en 2002










lunes, 10 de junio de 2013

Imperdible: Thalia Zedek - "Trust Not Those In Whom Without Some Touch of Madness" (2004)



















Le decía Thalia Zedek el pasado mes de febrero al periódico Boston Globe, hablando sobre la perceptible vivacidad de las canciones de su último trabajo Via (2013), que hiciera lo que hiciera los críticos ya estaban empezando con lo de siempre en las reseñas, que no falta "el trozo que habla de 'angustia, agonía y rabia'. Yo pienso: ¿Qué estáis escuchando?'". Hace dos semanas, en Barcelona vimos a la Thalia de la que aún escriben esos críticos, subida al escenario junto a Chris Brokaw liderando a una banda, Come, que echó el cierre a su catálogo hace más de una década. Interpretando canciones compuestas entre 1991 y 1994 con la misma presencia y convicción que cuando ese grupo era su vida (y los conceptos de cólera, dolor y turbiedad nunca se utilizaban en balde para describirles), Come renacieron en carne cruda durante una hora y media embriagadora pero la realidad nos devuelve a un presente en el que no están. Un presente en el que Zedek regresa a Barcelona dos domingos después, cobijada en la intimidad de la sala Heliogàbal, donde bastaba con ver cómo intentaba abrirse paso entre la apretujada audiencia para llegar al rincón donde debía tocar, haciendo gestos de apuro con esos ojos azul grisáceo y una tímida sonrisa, y prestar atención a su cancionero en solitario para comprender el sinsentido de alargar por encima suyo la sombra del mito de sus adicciones, la autodestrucción y el desconsuelo canalizado por la vía eléctrica más claustrofóbica.

Ayer Thalia dividió el recital en dos partes. En la segunda le acompañó Frank Rudow (batería) interpretando temas del mencionado Via (antes de iniciar esa tacada también se unieron en una emotiva rendición de '1926'), piezas como 'Want You To Know' o 'Straight and Strong' que con sus estructuras más heterodoxas y a paso ligero ratifican que hay nuevos brotes en su estilo. No es que ahora suene necesariamente optimista, pero sí más firme y posicionada que hace unos años. En la primera mitad, sola con la guitarra eléctrica, destacó la selección de tres temas seguidos de Trust Not Those In Whom Without Some Touch of Madness (2004), un álbum del que llevo quince días intentando escribir. Es uno de esos discos que se quedó en casa de mi madre cuando me mudé de ciudad y que por alguna extraña razón no necesité revisar en ningún momento. Hace unas tres semanas me acordé de él. Pasados ocho años, sentí estar escuchando un disco nuevo del que no recordaba más que dos canciones, para el que no tuve paciencia en su día y en el que ahora leía pequeños mensajes simbólicos arrebatadores.

"No confíes en aquellos que no tienen un toque de locura". El azar le puso título al segundo trabajo de Thalia Zedek mediante un papelito metido en una galleta de la suerte, algo como un consejo o advertencia a tener en cuenta antes de emprender un viaje impreciso. Después de las incómodas reflexiones, mea culpas y reproches a una amante tras romper una relación que alimentaron Been Here and Gone (2001), Trust Not Those In Whom... le da una continuación lógica a la línea argumental de esa historia. Se abren las ventanas a primera hora de la mañana y se despliegan sábanas blancas. Siguiendo el ciclo de superación de esa ausencia amorosa, pasada la etapa de fijación por lo que ya no está, por lo que hizo mal y por lo que no pudo ser, la idea de "viaje" simboliza ese periodo de soledad posterior: salir ahí fuera, volver a prestar atención al entorno y crecer. Lo hace fijándose una misión fantástica y elegíaca: en diciembre de 2002, con solo 37 años, su amiga Laura Carter (a quien dedica el disco) falleció habiendo pasado los últimos años de su vida viviendo en la isla de St. Croix (Islas Vírgenes). Thalia supo entonces que había tenido problemas que desconocía y que había intentado abandonar la isla, y su imposible rescate es el tema que ata una serie de canciones que suenan a aventuras ébrias de melancolía. Si la nostalgia estaba irremediablemente rebajada por la auto-flagelación en su primer álbum, en éste sube como la espuma en las melodías y las progresiones de acordes, manifestada en hinchazones dramáticas usando trucos (la libertad del batería Daniel Coughlin para marcar las palabras, los cambios de clave menor a mayor de un mismo acorde) que se repiten como en cualquier obra donde el todo es tan importante como sus partes.

La primera canción ('Ship') habla de alguien que se marcha en tren pero se llama 'Barco', y es que es Thalia la que zarpa con el recuerdo de ser abandonada por otra persona. Comparado con su primer álbum, en general más intimista y cerrado, aquí se dan momentos de convulsión y electricidad insospechados, contundentes, que contrarrestan la aparente calma y el espacio de unos acordes mayores que llevan a la lágrima, reforzados por el piano de Mel Lederman, aunque el corazón de la banda lo formen sin duda la batería de Coughlin y la viola de David Michael Curry, que hace un uso único de su instrumento, pasando del quejido endiablado a que parezca que su lento arañazo a las cuerdas sea como el viento a través de una ventana vieja y mal sellada. La sensación naval no viene solo dada por las menciones a ese imaginario en las letras, sino que de manera muy conseguida y difícil de explicar es algo que forma parte del ADN de las composiciones; esa soledad del marinero de otro tiempo. En la biografía de Patti Smith que escribió Nick Johnstone, él decía sobre la canción 'Broken Flag': "Una música patética propia de un himno inunda la voz profundamente emotiva de Patti", y esa cita me ha venido a la mente escuchando muchas de las canciones de este disco. Zedek exploró como nunca hasta entonces la estructura estrofa-estribillo-estrofa, y los estribillos los hizo especialmente relevantes, grandes. 

La travesía hasta llegar a la isla de Laura Carter es compleja. El recuerdo del abandono de 'Ship' no amarga un plácido inicio de viaje, pero enseguida se pone alerta en una de las canciones más representativas de este disco a nivel expresivo, 'Sailor', azotada por un turbulento oleaje mientras canta "No llores por el marinero, el cual no se quedará postrado ante una tormenta / ya le habían avisado de que el cielo estaba rojo por la mañana". En la cálida y nocturna 'Evil Hand' le dice a Laura que va a por ella, y en la misma noche sobre la cubierta se acuerda de su anterior romance (no olvida su esencia en 'Since Then'), incluso de manera desagradable ("Ningún ángel va a salvarte otra vez / nunca apareciste y ahora se sienten ignorados", dice en 'Angels', más reminiscente de Been Here and Gone; en 'Bus Stop' detalla reproches materialistas en la ruptura). En el último segmento, tras la tierna y derrotista 'Brother' -que parece una canción de taverna para cantar rodeando por encima del hombro a un camarada con dos copas de más, que empieza cantando "Abandoné a mi hermano y crucé el río / con la intención de volver cuando los tiempos fueran mejores / pero el tiempo vino y se fue / para peor o para mejor / perdí todo mi dinero"-, la dureza de 'Island Song' (una dolorosa marcha de guerra con la temperatura de la distorsión alta) es la confirmación de que, una vez encontrada la isla, su amiga ya no está. 'Virginia' es la elegía definitiva que le dedica, la canción más hermosa y triste del conjunto. Nadie presagiaría que tras este final, Zedek no podría contener el impulso de soltar todos sus demonios en 'Hell is in Hello': "¿Qué prometiste? ¿A cuántas más, a cuántas? / (...) Soy solo un número / estoy cansada de la gente, cansada / tienes demasiado miedo de decir adiós / cuando el infierno está en el hola". Y tras esta primera estrofa sobre un solitario arpegio de guitarra, una batería raquítica y el sonido ambiental de las seis de la madrugada en esa isla vacía, la canción se desintegra en una maraña de ruido llena de significado. Las ilusiones inútiles y los esfuerzos sin premio, tantas veces. Otra vez. Otro viaje.


Para escuchar en Spotify: