lunes, 17 de marzo de 2014

Por el atajo: Pure Bathing Culture - "Pure Bathing Culture" (2012)



"De hecho, cuando tocamos en Baltimore, en el backstage hablé con Alex [Scally, de Beach House] y él coincidía en que no sonábamos parecido a ellos". Me pregunto hasta qué punto, si la historia que le contó Daniel Hindman (guitarra, sintetizador) a The Pitch es cierta, la mitad masculina de Beach House fue condescendiente con él o se vio en un apuro del que salió de manera educada. Que lo dijese totalmente en serio me resulta difícil de creer atendiendo a lo que escuchan mis oídos, y el dossier de prensa que va engrosando Pure Bathing Culture en la red -esa misma pregunta en la entrevista de The Pitch- me indica que solo soy uno más de los muchos a quien el nombre Beach House revolotea violentamente en la mente desde la primera escucha, especialmente cuando irrumpe Sarah Versprille (voz, teclado) en un tour de force entre la rotundidad y la fineza para redondear esa fórmula tan familiar. Si además de eso encuentras esta foto tomada en uno de sus conciertos, piensas que si se tratase de un grupo de adolescentes que a base de ensayos consiguen emular a sus referentes y se sienten espléndidos, la candidez de una inspiración tan acusada sería entrañable, pero de otro modo... Saliendo de este enredo, lo que queda es la música y la respuesta natural del oyente, y como tal diré que pasado el susto inicial, los últimos días he estado prendido de su primer EP Pure Bathing Culture (2012) de una manera absurda. Afortunadamente, en su música no es Beach House todo lo que reluce.

La pareja había formado parte del grupo de folk Vetiver hasta que en 2011 decidió alejarse del bullicio y la pompa de Nueva York en dirección a Portland (Oregon). Allí empezaron a centrarse en un proyecto que había nacido como quien no quiere la cosa mientras estaban de gira y lo bautizaron con el nombre de una sesión de balneario a la que había asistido en Suiza el hermano de Daniel Hindman, consistente en nadar por varias piscinas en absoluto silencio. Un nombre que evoca una calma de ensueño que se encarna en la misma música, en un estado vaporoso alusivo a la vertiente más sofisticada, elegante e incluso adulta del pop que se oía en la FM americana a mediados de los ochenta. Buscando los extremos de sus influencias, Sarah y Daniel han declarado que escuchan a Phil Collins, Elton John o Whitney Houston, pero por suerte los resultados se traducen en mayores sutilezas. 

Se huelen, en el fondo, sus años de rodaje en Vetiver. Escuchando el progreso de la melodía de 'Ivory Coast' sientes una nostalgia agridulce propia de una época invernal o incluso navideña, la de un día no señalado en que te despiertas solo y añorando quién sabe qué. Puedo imaginármela interpretada por una cantante de folk a finales de los años sesenta, rodeada de instrumentos acústicos y con una flauta asomando como un pequeño pájaro, pero gracias a la caja de ritmos y al sonido reverberado de la producción de Richard Swift suena profusa y ligeramente exótica, rasgos que tiene en común con el resto del repertorio. El chacachá tropical de 'Lucky One', teniendo en cuenta que es la primera canción que compusieron juntos, materializa la celebración de su encuentro creativo. La más interesante quizás sea 'Silver Shore's Lake', una canción que recrea la seducción y la nocturnidad de las guitarras limpias de Prefab Sprout, manteniendo un ritmo funky al ralentí y cazando al vuelo el humeante espectro de Victoria Legrand (Sarah la emula modulando las vocales, pero qué bien suena). Es la pieza que sonaría repetidamente en una emisora donde reinase el Bryan Ferry de Boys and Girls (1985). El EP finaliza con el triste recuerdo a un amigo fallecido en un accidente de coche en Perú, titulado 'Gainesville': anhelo quebrado en la voz y lágrimas vertidas por una guitarra que podría pertenecer a una grabación de David Sylvian o The Durutti Column.



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