lunes, 1 de diciembre de 2014

Minutos: Beach House - 'Wedding Bell' (2008)









El pasado sábado estuve en una boda. Parafraseando la coletilla que he estado diciendo de manera recurrente para ilustrar lo novedoso que era para mí, repetiré que es la primera a la que asistía desde que tenía ocho años, algo que deja muchas caras de asombro por el camino. No es como cuando fui al médico el año pasado, con una afonía extrema, y para validar mi integridad a la hora de intentar conseguir un día o dos de baja -que necesitaba sí o sí- le dije a la doctora que, como podía ver en el historial, no iba al médico para nada desde hacía cuatro años, para enfatizar que si había ido ahora era porque estaba enfermo de verdad. Su cara fue de reproche más que de sorpresa; le pareció fatal que creyera que no ir al médico nunca sumaba puntos para algo (pero me dio la baja). Por haber esquivado las bodas durante décadas, en cambio, el asombro en las caras parece indicar "¿Cómo lo has conseguido?" con un ánimo hasta deportivo. 

La cuestión es que en 1992 me llevaron a la boda de "la prima Maria Jesús", una pariente de mi madre a quien creo que no he visto desde entonces, menuda, con los dientes manchados, quebrados y unos rizos eléctricos pero endebles; rizos con cortocircuitos. Solo tengo flashes del banquete; sobrevivir a él tenía premio porque me llevaban a dormir a casa de un amigo que antes vivía en el barrio de mis abuelos pero que se había mudado de pueblo hacía tiempo y nunca le veía. Antes de marcharme, vi a mi abuela encenderse un cigarro por primera vez en mi vida y me pareció una absoluta calamidad. Entré en cólera con alguna que otra lágrima en los ojos diciendo "¡La abuelita no!" mientras ella me sonreía pérfidamente tomándome por tonto, indicando que no lo pensaba apagar. Y ésa había sido mi última experiencia en el género de los enlaces matrimoniales.

Con estas escasas referencias, y las sufridas vivencias de amigos que han asistido a bodas durante los veinte años que yo me las he saltado, la verdad es que el pasado sábado estaba con la guardia bajada. Daba por hecho que estaba hecho un garrulo para las bodas, demasiado cohibido para mirar al amor tan fijamente a la cara, quizás. Me excedí de seguridad considerándome invulnerable al hecho de que quien se casaba era uno de mis mejores amigos, alguien que amplió mi radio de visión y me alegró la vida hará casi diez años, gracias a quien maduré y por quien tengo un enorme afecto. Cuando las emociones te desbordan de forma espontánea y sin forzarlo ni un ápice, realmente no puedes contenerlo; solo te queda decidir si recoges la lágrima del ojo con el dedo índice para que todo el mundo vea la evidencia o si vas parpadeando gentilmente hasta que va distribuyéndose por la córnea sin llegar a caer. Hice lo segundo y no hablé con nadie de lágrimas hasta el día siguiente.

El sábado me dejó una sensación nostálgica que aún hoy da coletazos. Fue verles a ellos con esa peculiar complicidad; ver cómo todos los que estábamos allí compartíamos la estima que les teníamos. Estábamos reunidos amigos que nos vemos a menudo, pero con una pátina de conmoción bajo las risas que me dejó pensativo y me hizo añorar nuestra versión de hace años, incluso de antes de que nos conociésemos todos, simplemente porque el tiempo avanza rápido y de vez en cuando te gustaría oponer resistencia, algo solo posible por la vía mental y por ello con corta vida. Iba viendo a mi amigo por la sala, abrazando a la gente y sonriendo, y tenías ganas de dejarlo enmarcado en ese instante. 

Al día siguiente se marchaban los dos a Japón. Escribí a mi amigo admitiendo mi flaqueza el día antes y el choque que me había producido no estar a la altura de mi garrulo interior. En la post-data le dije: "Os dedico 'Wedding Bell' de Beach House para el despegue del avión". No es solo que se me viniera a la cabeza porque aparece la palabra "boda" en el título. El aguanieve del teclado que toca Victoria Legrand es la mezcla exacta de conmoción, plácida felicidad y nostalgia que me cautivó hace dos días. Con Beach House siempre hay un refilón de inseguridad, algo trémulo, algún pequeño miedo que al final es lo que nos mantiene despiertos y atentos. Esta canción fluye como si los dos enamorados viajasen sin moverse del suelo de su salón; como si ese señor mayor en el video-clip de 'Shiny Happy People' de R.E.M., que pedaleando hace que vaya rodando un decorado de papel sobre un escenario, pedalease durante años mostrando paisajes siempre distintos e inciertos. Victoria parece hablar de una relación longeva y del trabajo que cuesta mantenerla fresca ("Nadamos por mares que nos conocemos muy bien / he intentado mantenerme viva, en nuestra cama, en nuestras cabezas"), del equilibrio a realizar para estar asentado y no acomodarse, pero cuando lo concluye diciendo "Tus deseos son órdenes para mí", sucumbiendo a un sentimiento de cariño inenarrable, solo queda derretirse.

Me dicen que no me deje engañar, que no fue una boda al uso.
Feliz luna de miel.



'Wedding Bell' apareció en el disco Devotion 
de Beach House, publicado el 26 de febrero de 2008.









2 comentarios:

Pereiro dijo...

Me encanta la entrada, me encanta ese tema y me encantan Beach House! Yo tampoco he ido a bodas desde la adolescencia, la última fue la de mi hermana mayor, que fue horrorosa y que se acabó divorciando al poco tiempo.
Mis amigos, gracias a Dios, han optado todos por no casarse.

Estanis Solsona dijo...


Como siempre, gracias por leer Pereiro. Pues mis amigos están empezando a despertarse un poco con el tema ahora, no muchos, pero si me llevo sorpresas gratas como la de esta ocasión, apoyo totalmente la decisión, jaja.