martes, 10 de febrero de 2015

Minutos: Ciudad Jardín - 'Sector de Agitadas' (1985)









Para que me decida a cortarme el pelo tengo que envalentonarme; necesito, por lo menos, estar en el estado mental resumido en la estampa de, no sé, una chica que va a subirse a un escenario para bailar desnuda ante puteros por primera vez e inmediatamente antes se bebe una copa de alcohol insufrible, zarandea la cabeza, inspira profundamente y se abandona a los focos como carroña para las gaviotas. Porque para una peluquera un cliente es pura carroña, según mi experiencia. Es que nunca se me ha dado bien elegirlas porque ya me inicié acomplejado en su actividad. Durante años me cortó el pelo una mujer jorobada de mi pueblo que tenía un local minúsculo, rizos aplastados, chepa y un involuntario e invariable uniforme consistente en un jersey ancho, falda marrón plisada y zapatos de tacón sin medias y ahí empezó un sino fatal. 

¿Qué puedo decir sobre cómo lo hacía? El sello de su trabajo estaba en los quejidos de las mujeres a quienes peinaba frente al espejo, porque les quemaba la cabeza y la cara con el secador de mano cada vez que se giraba para cotillear con las que estaban sentadas en las sillas de espera, a veinte centímetros de su espalda. Algunas no eran ni clientes, solo mujeres que frecuentaban la peluquería, neuróticas y deprimidas. Me citaba a primera hora de un sábado y a pesar de ello tenía que pasarme dos horas hojeando viejos números de Lecturas, medio doblados entre las revistas tamaño Din-A3 que patrocinaban los tintes, esas con fotos de chicas que parecen portadas de Bananarama (quienes tenían mucha peluquería detrás). Cuando se había cansado de quemarle la cara a todo el mundo, me pasaba la máquina eléctrica a la misma medida por toda la cabeza, exponiendo todas sus irregularidades y forma apepinada en diez minutos, y ya podía irme directo a comer a casa.

A partir de ahí, he sido una calamidad eligiendo peluquerías porque me ocurre como con todo: quiero evitar una atención excesivamente personalizada -el síndrome 'prefiero-comprar-en-un-súper-a-pedir-algo-en-la-parada-de-un-mercado'- y me arriesgo a la mediocridad más desconsiderada y soez. Y cuando hay materia prima para volver a arriesgar, reincido, a pesar de saber que me someto a una ruleta rusa siempre que piso la que es mi peluquería amiga desde hace cinco años. Nuestra longeva relación da igual; abro la puerta y las empleadas siempre son nuevas. Nunca sabes qué ocurrirá: un día te realizan un lavado de cabeza con masajes craneales sospechosamente lascivos y al otro te dan de hostias con la tijera de vaciar. Acabas resignado, midiendo la experiencia según lo siguiente: si sales como Tania Llasera, bueno; si pareces Dolores O'Riordan en 1996, crisis. A base de palos, ya he aprendido a aclararme la garganta y a mirarlas con desafío. La penúltima vez fue inaudito: dos peluqueras se pelearon entre dientes en mis narices porque a ninguna le apetecía "cortar". Esperé mientras se daban la espalda furiosas hasta que le cargaron el muerto a una tercera, chabacana, robusta y borderline; fue como si soltasen al tarado de la familia, que crujiendo sus nudillos se dispondría a solucionar el problema (¡cortar!) en un santiamén para que dejase de joderles la tarde.

El jueves entré y no había ni una cliente. Una chica que no había visto nunca hablaba por teléfono desde el pequeño atril de la entrada y otra cara desconocida me decía hola. "¿Para cortar?", le dije. Sin mirarme siquiera, me pidió que me esperase sentado y recogió mi chaqueta para guardarla en el armario. Flexioné las rodillas obediente y, casi sin llegar a tocar el escay roído de la silla, me dijo que ya podía pasar. Parecía una broma, pero ella estaba muy seria. La otra no dejaba de hablar por teléfono. Me llevó directamente a la silla, sin lavarme la cabeza antes, y me puso bruscamente la capa negra encima. El ambiente era tan tenso que estaba convencido de que ese día probablemente no solo soportaría una humillación, sino que sería víctima de un abuso atroz. "Tú dirás", dijo severa, para indagar en lo que quería que hiciese. Le di las mínimas instrucciones y empezó a cortar sin ningún interés y a toda velocidad. Cada vez estoy más ciego sin gafas, así que hace años que no puedo ver el proceso en el espejo a menos que quien corta se decida a parar un momento y preguntarme. Ella no iba a hacerlo, claro, así que estaba empezando a entornar los ojos para intentar ver cómo iba la cosa cuando, desde el atril, la otra interrumpió su conversación telefónica tapando el auricular con la mano y dijo, insolente: "¡Perdona!... Si Barcelona me dicen que es provincia, ¿Cornellá de Llobregat qué es? ¿Localidad?". Se hizo un silencio mientras mi peluquera dejó el trabajo de charcutería unos segundos. Yo estaba impaciente por ver si resolverían una duda de tal calibre, pero el tiempo pasaba. Ser el único espectador de tal escena era una gran responsabilidad. "Sí... Localidad es L'Hospitalet de Llobregat", le respondió la charcutera. La otra, en absoluto convencida, repitió enfadada como una adolescente: "A ver, yo quiero Cornellá de Llobregat, yo no soy de L'Hospitalet". Parpadeé cinco veces como un ratón y me pellizqué debajo de la capa. No sé si me vería subir las cejas... porque yo no veía nada. Pero todo fue real.

¿Qué pinta aquí 'Sector de Agitadas' de Ciudad Jardín? Parece que Rodrigo de Lorenzo (voz, guitarras) la compusiera pensando en dos secciones diferenciadas en un sanatorio mental, una donde habría las pacientes más histéricas y perturbadas y otra donde estarían las que no causaban alboroto. "Charito ya no duerme / se araña y se hace heridas / Susana habla en chino / y busca a sus amigas / Sector de agitadas / y zona de tranquilas". El sonido es seco hasta el terror: guitarra afilada y batería insistente; voz inexpresiva y saxo avizor ante la amenaza del caos. A Ciudad Jardín se les considera uno de esos grupos malditos de pop español surgidos en los primeros años 80, por su dificultad para conectar con un público mayor. No manejaban las referencias más habituales ni accesibles -desde su humor negro y minimalismo instrumental a la combinación de géneros que iban desde el funky a lo sesgado de la no wave-, pero escuchando su primer disco Falso (1985) uno no puede negar que es poseedor de una inmediatez más abordable de lo que parece. 'Sector de Agitadas' tiene una socarronería en el fondo muy seria, con un aire de agitación e intriga que puedo imaginar perfectamente como la banda sonora de mi temor y suspicacia cada vez que voy a atravesar la puerta de la peluquería, preguntándome con qué tipo de mujer voy a topar. Agitadas o tranquilas, las peluqueras de mi vida están chaladas.



'Sector de Agitadas' apareció en el álbum Falso
de Ciudad Jardín, publicado la primavera de 1985







2 comentarios:

Pereiro dijo...

jajajajajajajaja. Me encanta tu experiencia con las peluquerías. Yo tengo un trauma porque a mí me lo cortaba mi madre y siempre quería ir a una peluquería. Cuando empecé a ir la experiencia es tan frustrante que casi nunca repito.

Estanis Solsona dijo...

mi experiencia en las peluquerías da para un libro entero de situaciones violentas, jajaja. eso es lo que me falta, un familiar o amiga peluquera. ¡mi vida daría un vuelco!