miércoles, 12 de agosto de 2015

Minutos: Catatonia - 'Whale (Mark Radcliffe Session)' (1996) / Voice of the Beehive - 'Cupid (Demo)' (1990)








He escuchado y leído a varios músicos decir, a su manera, que a una canción no hay que imponerle nada; tiene que poder explicar lo que quiera sin que se interpongan en su camino y no hay que disfrazarla con lo que no quiera llevar puesto. La propia naturaleza de la música debería sugerir adecuadamente la presentación al autor, siempre y cuando éste sepa escuchar y entender que no se trata de cuántas ideas se le ocurran a él, que no transforme para una idea pura en algo que solo busque subrayar su confiado ingenio. La música, creo, es más sabia y grande que quien la escribe. A veces es como un puzzle que se resuelve con esfuerzo, no únicamente un instante de inspiración desconcertante, pero aun en esas ocasiones creo que es ella quien guía a quien lo resuelve, en lugar de ser domesticada a la inversa. O así debería ser. De lo contrario se ve el plumero y algo rechina.

Más allá de la materia compositiva, es en el trabajo en el estudio donde la música requiere de mayor respeto y fidelidad porque en ese entorno propicio a la ejecución de tantas posibilidades estropear una canción es muy sencillo. La sobreproducción es un mal mayor, uno de los términos más peyorativos musicalmente, implicando la aniquilación de las emociones que puede recoger un tema a causa de la saturación de arreglos y la pobre elección de éstos. En el otro extremo estarían las grabaciones de deliberada baja fidelidad, que no siempre son atinadas, pero que al menos son una decisión estética que quiere capturar algo parecido a ese momento fugaz en que el autor está juntando todas las partes y soltándolas en voz alta por primera vez, asemejándolo a una grabación casera. Una canción sobreproducida, en cambio, acaba resultando inútil y desechable. Maquillada como una puerta para aparecer vulgar; inflada de arreglos para resultar artificiosa y endeble. Un mal mayor.




















Así que el otro día me pilló desprevenido una versión acústica -grabada para el programa de Mark Radcliffe de la BBC en 1994- de una canción llamada 'Whale' firmada por la banda galesa Catatonia, pieza con la que no estaba familiarizado tampoco en su versión original. Aunque no se hicieron realmente populares en Europa hasta 1998, cualdo 'Mulder & Scully' se convirtió en el tipo de single que podía relegarles a la categoría de one hit wonders, Catatonia habían publicado un par de EPs mezcla de sonoridades cristalinas, sensaciones oníricas y guitarrazos en 1993 y 1994. Pero para cuando grabaron su disco de debut Way Beyond Blue (1996) se habían dejado influir, o intoxicar en busca de asegurarse un hito en las listas, del sonido predominante en ese Reino Unido que tan bien les había acogido. Prefirieron confundirse con las bandas que se sumaban voluntariosas a engordar el britpop como género musical, entre las más vulgares y las más reconocidas. 

'Whale', en la que se consideraría su versión definitiva (producida por el grupo y Paul Sampson), está henchida innecesariamente de guitarras eléctricas y voces multiplicadas, culpables de que el sentimiento que hay detrás se desvanezca, sofocado por capas y capas que consiguen lo contrario a embellecer y reforzar (¿su propósito real?). Es un claro ejemplo de suspenso en escucha activa para reconocer qué tipo de canción tenían entre manos y lo que pedía. Cuando la registraron el 22 de septiembre de 1994 en los estudios de la BBC, fue con el típico setting que usaría cualquier banda que se presentase en una emisora de radio en su faceta más recogida: bajo (suave en la mezcla), guitarra acústica, bongos y una voz, la de Cerys Matthews, a la que se aplicó un reverb hechizante y acertado. Parece otra canción. Aquí la fragilidad es tangible, así como audible el canto de una sirena que se marcha, que toma la determinación de finiquitar una relación que ha ido por donde no debía. Con un quiebro revelador, en el estribillo se limita a repetir "Lo eché a perder", asumiendo la culpa de lo irreversible con madurez, manteniéndose firme ("Pensármelo dos veces podría dolerme para siempre") aunque cueste separarse. Si no la hubiese descubierto en este formato, nunca hubiese escuchado esta canción.



















Fue gracioso cuando dos días después me sorprendió sonando en un aleatorio del reproductor la canción 'Cupid' de Voice of the Beehive, grupo que dirigían dos californianas instaladas en Londres a mediados de los años 80 y que tuvo su momento cuando se hablaba de todas las bandas que tenían chica rubia al frente en 1988. Las hermanas Melissa Brooke Belland y Tracey Bryn componían canciones deliciosas de pop, con armonías sujetas a la psicodelia propia de su lugar de origen y que, la verdad sea dicha, tenían más sustancia que las de Transvision Vamp. Lucían, además, una imagen camp a medio camino entre Lene Lovich y Strawberry Switchblade que las alejaba de esas cantantes tozudamente sexies. 'Cupid' sonó en mi reproductor en una versión maqueta grabada en 1990 -previa a su inmortalización definitiva en el disco Honey Lingers (1991)- y no pude evitar llegar a la misma conclusión que con el tema de Catatonia. Las diferencias entre las dos 'Cupid' pueden ser sutiles, pero evidentes; Voice of the Beehive estropearon mucho repertorio eligiendo pasarse con el azúcar, lo que en música se traduce en algo paradójicamente insípido y desprovisto de alimento. Registrada de forma más espontánea, 'Cupid' tiene más empuje que cuando trabajan demasiado en ella y acaban ablandándola. También pensé que era gracioso cómo se correspondía temáticamente con 'Whale': si la cantante de Catatonia se reconocía responsable de sus decisiones, las chicas de Voice of the Beehive culpan a cupido de sus fracasos amorosos, planean una venganza y le reprochan con tono púber que siempre les haga enamorarse de quien no deben. La música es puro bubblegum; la letra no podía ser menos. Pero tanto la tristeza como el bubblegum, en crudo, por favor.



En crudo:


Infladas o ablandadas: