Minutos: Weekend - 'Nostalgia' (1982)

El día de Nochebuena, llego con el coche a la zona donde está la residencia en la que vive mi abuela, dando por seguro que no voy a tener ningún problema para aparcar como otras veces. Es domingo por la mañana y de camino me imagino la zona azul medio vacía y la ciudad sometida al ritmo del que es, para la mayoría, el día de descanso. Mi abuela nunca lleva bien que me retrase respecto a la hora prometida; en cuanto me ve se le olvida todo aspecto tierno de su carácter y me recibe con un reproche sonado. Y me ha vuelto a ocurrir: no tengo sitio para aparcar. Doy cuatro o cinco vueltas y tengo que acabar dejándolo al otro lado de las vías del tren, más lejos que cerca. Cuando cierro la puerta del coche con llave ya pasan veinte minutos de la hora a la que quería estar allí. Por suerte, hoy mi visita es una sorpresa, pero me fastidia que este trajín se coma el tiempo que tengo para verla antes de bajarla al comedor. Al sorprenderla por detrás en la sala de estar de la residencia, mientras el televisor radia imágenes del programa Clásicos y Reverentes de La 2, no puede recriminarme nada. 

Me quito el abrigo, la bufanda y cojo la silla más cercana para ponerme al lado de su silla de ruedas. En la misma mesa está sentado un matrimonio más joven que el resto de ancianos que hay en la sala; se nota porque conservan cierto cinismo para comentar entre ellos una escena que les será tediosamente rutinaria. La mujer, que ha estado pintando con lápices de madera la fotocopia de un dibujo para colorear, se marcha primero y el hombre permanece en la mesa observando el ligero desparrame que ha dejado ella. Cuando se dispone a guardar los lápices en el estuche, la mayoría se le caen al suelo. Refunfuña y rechaza dos veces que le ayude a recogerlos aunque permanezco de pie unos segundos; pero resulta absurdo verme como un palo al lado de un señor orgulloso que ha tenido que hacer lo imposible para ponerse de rodillas. No va a tolerar que insinúe que está mayor. Vuelvo a la silla y enseguida pienso que si una de las enfermeras me ve sin hacer nada, de pie o sentado, mientras ese hombre está por los suelos, se preguntará si soy imbécil.

Habiéndonos puesto un poco al día mi abuela y yo, y tras unos segundos de silencio después de pedirme que le aclare qué hace en la tele un niño rechoncho que toca una trompeta, me deja en blanco con un interrogante: "¿Y tienes muchos amigos en Barcelona?". Mmm... "Cada vez menos", pensé, aunque "cada vez más ausentes" sería algo más ajustado a la realidad y menos perjudicial para mi psique. La verdad es que me quedé tan perplejo al escucharla decir eso que no puedo afirmar con exactitud qué le respondí; no sé si le quité hierro y le dije que sí que tenía amigos o le admití que con los años cada uno hace más su vida y que no te ves con la frecuencia que lo hacías antes. En ese marco navideño que al final nos intoxica a todos, su inocente curiosidad me dejó absorto en una reflexión incómoda y enfrentado a la soledad que al final siempre me ha acompañado. Al salir de la residencia me espera un buen amigo que me ha invitado a comer a su casa, pero de mi amiga más antigua no sabré nada en todos esos días. La comunicación no fluye como antes y me miento piadosamente porque todavía no sé si debo preocuparme o no, ni quiero preguntar.

De vuelta en casa de mi madre retomo el arriesgado pasatiempo que he iniciado a mi llegada el día anterior, cuando me quedo encerrado en mi habitación más de hora y media mientras una amiga suya y su hija adolescente, que se han presentado sin avisar, le cuentan un drama de irresponsabilidad sexual. Abro un cajón del armario y me empiezo a perder en mi memorabilia personal más antigua, de la que quizás conservo una tercera parte de su volumen total; una lástima de purga porque no es una selección estudiada, sino lo que me ha legado el tiempo después de mudanzas y cuidados muy deficientes de mis cosas. Aún así, hay un poco de todo: dibujos que emulan los diseños de ropa de mi padre, pero llevados por unas modelos larguísimas; recortes de revistas hechos pedazos porque los pegaba con pegamento Imedio y los arrancaba para buscarles otros sitios; un par de números de la revista del instituto y uno de la de primaria, donde me publicaron un artículo ilegible sobre el disco Something To Remember de Madonna cuando tenía 12 años; hojas con 101 copias de la frase "Traeré el examen firmado cuando se pida"; un folio con las estrictas normas con las que pretendía torturar a los vecinos con quienes formé un grupo de batería y voz a los 9 años, Los 3 Nuevos Músicos ("Mientras grabamos prohibido reír y hablar", "Comprar la cinta entre todos", "Cronometrar canciones"); precoces dibujos de desnudos masculinos y femeninos; y apuntes y caricaturas burlonas que me recuerdan que yo también me reí de alguien en un momento dado.

Pocos días después y ya en mi casa, me regalan un convertidor de casete a mp3, el colofón a este periplo concentrado por el pasado. Me olvido del montón de cintas que tengo a partir de cuando empecé a tocar la guitarra y voy directo a las 5 o 6 que conservo con grabaciones que hacía incansablemente cuando -con muy buen ojo- me regalaron un radiocasete de doble pletina la Navidad de 1989. Rebobino una cinta que tiene el rotulador corrido en la cara 1, marca Scotch. Grabando a Álex y Christina del altavoz del televisor. Al poco, me escucho con una voz completamente ingenua narrando cómo me estoy comiendo un croissant. "Mama, habla conmigo", le pido, pero tenía un mal día y no me sigue el juego. El contraste entre el ánimo de los dos me rompe un poco el corazón y visualizo un escalofriante reflejo de cómo ha sido nuestra relación muchas veces en los años subsecuentes.

Mis pensamientos se funden con el goteo de notas de 'Nostalgia', la sabia canción que cerraba el álbum La Varieté (1982) de Weekend, un proyecto fugaz y adelantado que inició Alison Statton (voz) cuando se disolvieron Young Marble Giants en 1981, acompañada ahora de Spike (guitarra, viola) y Simon Booth (guitarra). Adelantado porque su enfoque musical retro y orgánico en medio del barullo synth-pop, post-punk y neoromántico de la época precedió a la hornada de pop jazzy y sofisticado que un par de años después consolidarían Sade, Everything But the Girl, Working Week o Style Council (a todos les produjo Robin Millar, pero a Weekend primero). Esta composición está armada con el doble filo que reconocemos en la propia nostalgia: un instante de confort que nos puede salir caro por el poso de la contrariedad o de la simple y llana tristeza que queda después, a caso destapando algo que estará acompañándonos hasta quién sabe cuándo. La música es tierna y ensoñadora, pero Alison no se muerde la lengua para aconsejar no idealizar el pasado: "A veces es agradable ver a gente /  que solía ser muy íntima para ti / pero ahora has escapado de tu dependencia / no te metas otra dosis".  Hace dos semanas que no he vuelto a tocar el convertidor de casete a mp3.


'Nostalgia' apareció en el álbum La Varieté de Weekend,
publicado por Rough Trade en 1982.

Para escuchar en Spotify



Comentarios

Pereiro ha dicho que…
Qué pasada de disco!
Estanis Solsona ha dicho que…
Sabiendo que te gustan los primeros Everything But the Girl, no me sorprende lo que dices :) Un abrazo, Alberto!