martes, 3 de mayo de 2011

Momentum: Christina Rosenvinge - "Foreign Land" (2002) / "Continental 62" (2006)




Como la aguja enhebrada que se abre paso pinchando a un lado y otro de la tela, Christina Rosenvinge aparecía y desaparecía de mi vida, pero iba haciendo. A los cinco años, 'El Souvenir' hizo que insistiera hasta que me compraron El Ángel y el Diablo (1989), de Álex & Christina, en cinta de casete. Debí olvidarme rápido de ella al ver en TVE1 el concierto que dio Madonna en Barcelona en 1990. Cuando mi padre cumplió los veintiséis, unos amigos le regalaron en vinilo Que Me Parta Un Rayo (1992), un disco que al romperse el matrimonio él se dejó en nuestra casa y escuchamos una buena temporada, cuando mi madre no se ponía a limpiar con 'Entre Dos Tierras' de Héroes del Silencio.

Este tipo de memorias -los sombreros y la lycra del principio; la chaqueta de cuero y las alusiones a los bares, los puñales y las serpientes en versos lapidarios ("Voy en un coche que robé anoche") de después-, en vez de ser ilustrativas de lo que es una de las evoluciones más epatantes y refinadas del pop y la canción de autor de nuestros días, suelen ponérselo muy difícil al que intente argumentar la validez incontestable de la obra más reciente de Rosenvinge, pues en el trabajo que hizo entre finales de los ochenta y los primeros noventa los incrédulos interlocutores encuentran un blanco desacreditador muy llamativo.

Desencantada por la percepción que se tenía de ella como personaje en nuestro país y con el deseo de investigar en una dirección musical que Warner no sabía a qué público vender, Rosenvinge partió hacia Nueva York a finales de los noventa para recuperar la libertad creativa de un anonimato que también debería llevarla a ser valorada sin el lastre del pasado. Tras muchos años, volví a tener un brote de interés al escuchar las canciones suyas que ilustraban La Pistola de mi Hermano, primer film de Ray Loriga, que vi por televisión en 1999. Eran temas de su disco Cerrado (1997), que ya había producido Lee Ranaldo denotando su creciente inquietud.

Al poco, supe de su exilio una tarde de 2000 escuchando Discogrande en Radio 3, programa que Christina visitó con las pre-mezclas de lo que iba a ser su próximo disco, el que iba a iniciar lo que se conoce como la "trilogía de Nueva York" de la autora. Frozen Pool (2001) derrochaba la frescura propia de un nuevo comienzo, un ejercicio de pop ligero a la francesa mezclado con toques de bossa nova y calor primaveral al que solo se puede achacar el repertorio hecho a retales (la mitad lo configuran dos cortes de discos anteriores regrabados, una versión de Leonard Cohen y otras dos revisiones de sendas colaboraciones para un álbum de Two Dollar Guitar) y que empequeñece únicamente cuando revisamos las dos obras (maestras en su discografía, para mí) que le siguieron.


Para Foreign Land (2002) el paisaje bucólico se vuelve encapotado e invernal; la seda de las blusas y las faldas, invisible bajo un abrigo grueso. Huele a la humedad de la piedra de los muros, a granizo en los raíles del tren, y por momentos su alma y fondo también son tan duros como cualquiera de esos materiales. La instrumentación sigue siendo fundamentalmente acústica y acogedora, con los debidos apuntes cristalinos, pero el mundo que describe esta vez pisa lo onírico a la vez que husmea en aspectos turbadores de nuestra psicología, como cuando se acompaña de unos arreglos de cuerda de celuloide en los dos temas más llamativos y con más giros del disco, 'Off Screen' (una delicia de descriptivo spoken-word que alude oportunamente a Berlín, con hermoso refrán) y 'Dream Room' (canon de voces presagiando una tormenta interior). Ponderaciones sobre la vida adulta (nostálgica en '36', mordaz en 'King-Size', la única que no desentonaría en el disco anterior) se dan la mano con el vals entre charcos que es 'Lost in D', la progresiva neurosis de la abandonada protagonista de la muy tensa 'German Heart' y la crisis de espíritu (gran trabajo de guitarras atmosféricas) de 'As the Stranger Talks', a pesar del título su única concesión al castellano en esta entrega.

Aún en los recitados más suaves o en los momentos en los que el sarcasmo es evidente, el regusto que deja esta colección de canciones es el de la preocupación y el desasosiego, el de sentirse un extraño en su propio hogar, algo a lo que sin duda debió contribuir que surgieran en medio del enrarecido clima post-11S en Nueva York. Puede considerarse sin titubear demasiado su trabajo más ambicioso en la vertiente experimental e incómoda. Victoriosa.





Sin la timidez de Frozen Pool ni la necesidad de llegar a extremos como en Foreign Land, Continental 62 (2006) es una consecuencia del aprendizaje de ambos y por ello el más completo y mejor de los tres. Rosenvinge rompía una relación sentimental que había durado más de una década y regresaba a Madrid (el título del disco es el nombre del vuelo que une ambas ciudades) en un momento en el que los trabajos que nos habían llegado desde esa tierra extranjera habían tenido una más que cálida acogida en prensa, y los cambios en las infraestructuras y en el público oyente optimizaban la idea de encontrarse con una audiencia interesada en ella como nunca. Podía recoger los bártulos de Nueva York con la satisfacción de saber que si debía demostrarse algo, la hazaña había sido cumplida.

Canción pop de autor de altura en color leche y bajo un cielo aún no despejado, y la evidencia de que ya tenía un pie más aquí que allí en un segmento de tres canciones en español que eran sin peros las más redondas que había compuesto en nuestro idioma hasta entonces: '¿Quién Me Querrá?', que no anda lejos del costumbrismo solitario de Le Mans; 'Teclas Negras', un relato tierno y melancólico de adolescente sobre el piano (instrumento que empieza a destacar en este disco); y la que le abriría toda una veda a explorar, 'Tok Tok', a todas luces psicótica y tirante ("Oír tu voz en el contestador me hace dudar / de ti no sale nada sin cobrar / es más que un rumor /(...) Al final tú tenías razón / se puede renacer solo tras la humillación"). Aunque 'Jelly' flota plácidamente abstracta y 'Helicopter Song' es un poema de apenas un minuto ambientado con un latido perturbador, los trazos expresionistas que colorean los rincones no distraen de lo que son composiciones mimadas como trajes de sastre, desde los preciosos arpegios y el nervio enmudecido de 'A Liar to Love' a las canciones que están más explícitamente marcadas por los acontecimientos en la vida de Rosenvinge: la partida en 'Continental 62' (triste referencia a esos años fructíferos: "Adiós, chica caleidoscópica, me voy con el vuelo de mañana / tu gracia fue mía durante un tiempo, pero ¿quién puede mantenerse a tu altura?") y la desintegración del matrimonio en el cuento tenebroso de 'White Hole' ("El diablo transformó el agua cristalina en lodo / el amor es un gran agujero blanco"), que esconde los segundos más turbios que suenan en el disco.

Que alguien escuche estos discos y siga anulando su valía haciendo un gesto burlón con el pulgar apoyado en la nariz y cantando 'Chas, y Aparezco a tu Lado' es, cuanto menos, muy curioso. Otra cosa es seguir haciéndolo desde la ignorancia más burda. Ahí no me meto.


1 comentario:

NERI DA ROSA dijo...

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Neri - Brasil