jueves, 22 de julio de 2010

Imperdible: Violent Femmes - "Violent Femmes" (1983)



















De adolescente, pobre de mí, no tuve escarceos sentimentales ni estrés emocional de raíz amorosa; como mucho, algún malentendido fantasioso e insignificante, la poca sustancia que pudiese haber dispersada como las burbujas de una botella abierta de Vichy. De hecho, el estrés empecé a tenerlo más o menos a la misma edad con la que Gordon Gano (guitarra, voz) escribió las canciones que recoge el primer disco de Violent Femmes, bordeando los dieciocho años. No es que eso sea necesariamente tardío: incluso con veintiséis años y según la temporada, uno se sorprende cayendo en las mismas trampas e idénticos berrinches post-(¿pre?) adolescentes, con las mismas necesidades (me comería letras y lo dejaría en necedades) llevadas a un grado de exageración patológico cuando las posibilidades de saciarlas brillan por su ausencia. Y de todo eso habla Gano -quejica, tierno, intransigente o cabreado- en este cancionero de frustración ya no solo romántica, también llanamente sexual y existencial.

"Muchas de las letras de mis canciones son negativas en sí mismas. Solía decirme: 'Si puedo escribir una canción genial de rock'n'roll durante el fin de semana, habré hecho algo' y canalizaba todos mis sentimientos en eso. Está como ligado al blues -si cantas sobre tus problemas, no parecen tan malos", decía Gordon en 1983. Para qué engañarnos; este descontrol hormonal expuesto en letras y melodías (unas veces recitado con la voz rota de un bebé adulto, otras con la dejadez arrogante de un Lou Reed) es hilarante, y nos presenta en bandeja a un protagonista que tiene un buen fondo pero que se muestra agrio y resentido porque es muy consciente de que nada le sale como quiere, que es el único que no tiene la oportunidad de divertirse, y al final ataca como lo haría cualquiera que sienta que le están tocando las pelotas. El clásico enfado con el mundo, infantil pero siempre real bajo la piel, aquí motivado sobre todo por el hecho de no poder follar cuando se quiere y ser ninguneado por las chicas por las que se suspira.



Cuenta el mito que fue James Honeyman-Scott, guitarrista en la formación original de Pretenders, quien descubrió al trío de Milwaukee (Winsconsin) tocando en la calle cuando la banda de Chrissie Hynde pasó por su ciudad para actuar en verano de 1981. En lugar de darles calderilla, les invitaron a tocar unas cuantas canciones entre los teloneros y ellos. "La historia es verdad, pero no fue un pelotazo", explicó Gano. "Fue una experiencia tremenda, pero no desembocó en ir de gira, conseguir más conciertos, meternos en la industria, conseguir un contrato -nada de eso". Se sintieron halagados y validados, eso sí (solo por Pretenders, porque Milwaukee les abucheó), y gracias a ello ganaron confianza. No sería hasta un año después, cuando viajarían a Nueva York para ejercer de teloneros de Richard Hell en el club CBGB's, que se expondrían a una audiencia a la caza de lo inaudito y al poco tiempo, les ficharía el sello Slash, donde compartían morada con bandas de punk-rock californianas legendarias como X o Germs.

Musicalmente, una ecuación sencilla que luego adoptarían Duncan Dhu en España: la guitarra de Gordon, el bajo de Brian Ritchie (ambos a menudo acústicos) y la batería reducida a los elementos mínimos de Victor DeLorenzo. El resultado es un álbum homónimo -publicado en abril de 1983- que es un festín: el combo fragua una personalísima combinación de folk y rock embrutecida con la dejadez formal del punk, en la que los acordes mayores y el aire saltarín que aportan las líneas de bajo pervierten aún más las historias, volviéndolas cínicas con sus tonadillas jolgoriosas; como en 'Prove My Love' o en el clásico que abre el disco, 'Blister In the Sun', una melodía imperecedera (no puedo imaginar a nadie que no sienta una subida de adrenalina la primera vez que la oye) macerada para que Gano cante sobreexcitado que tiene poluciones nocturnas ("Cuando ando por la calle, me pavoneo / Estoy nervioso / (...) Mancho las sábanas, no sé por qué"). Eso cuando no está genuinamente cabreado: la guitarra se afila y su obsesión adquiere un tono acosador e impaciente en 'Promise' ("Sabes que quiero que me quieras / Pero mi lógica me dice que nunca va a ocurrir / (...) Dame una señal que pueda seguir / Una promesa"), envía a todo el mundo al cuerno en 'Kiss Off' y uno no puede más que sonreír ante la chusca pérdida de papeles de 'Add it Up' ("¿Por qué no puedo tener solo un polvo? / Tendrá que ver con la suerte / pero he esperado toda la vida para conseguir uno"; menudo berrinche).

Con o sin pataleta, Gordon Gano acaba resultando entrañable porque en medio de toda esta mala baba y fijación con el sexo lo que le ofusca al final es la tristeza de la soledad, como narra en los medios tiempos 'Confessions' (aquí sí, regusto blues) y 'To the Kill'. Lo remata con lágrimas de película de John Hughes en el concluyente 'Good Feeling', un tema más explícitamente sensiblero adornado con violín y toques de piano donde se lamenta de lo efímeros que son los momentos en los que no se siente como la criatura quejica que no levanta cabeza. Lo que decía al principio: pueril, tozudo, irracional y exagerado; todo lo que queráis, pero tan real (y al fin y al cabo, tan poco ligado a una etapa de la vida: el jugueteo sexual-sentimental siempre acaba siendo el mismo y destapa lo más inesperado de todos) que en temporadas de ajetreo podremos identificarnos con cualquiera de estas canciones a los cuarenta y a los cincuenta, me parece a mí.


Para escuchar en Spotify:


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