jueves, 22 de julio de 2010

Imperdible: Violent Femmes - "Violent Femmes" (1983)



















De adolescente, pobre de mí, no tuve escarceos sentimentales ni estrés emocional de raíz amorosa; quizá algún malentendido fantasioso e insignificante. De hecho, el estrés empecé a tenerlo más o menos a la misma edad a la que Gordon Gano escribió las canciones que recoge el primer disco de Violent Femmes, bordeando los dieciocho años. No es que eso sea necesariamente tardío: incluso con veintiséis años y según la temporada, uno se sorprende cayendo en las mismas trampas e idénticos berrinches inmediatamente post-(¿pre?) adolescentes, con las mismas necesidades llevadas a un patológico grado de exageración cuando las posibilidades de saciarlas brillan por su ausencia. Y de todo eso habla Gano -quejica, tierno, intransigente o cabreado- en este cancionero de frustración ya no solo romántica, también llanamente sexual y existencial.
Para qué engañarnos; este descontrol hormonal expuesto en letras y melodías (recitado con la voz rota de un bebé adulto a veces, otras con la dejadez arrogante de un Lou Reed) es hilarante, y nos presenta en bandeja a un protagonista que tiene un buen fondo pero que se muestra agrio y resentido a base de ver cómo nada le sale como quiere y de que le toquen las pelotas. El clásico enfado con el mundo, infantil a veces pero siempre real, motivado aquí sobretodo por el hecho de no poder follar cuando se quiere y ser ninguneado por las chicas por las que se suspira.

Musicalmente, una ecuación sencilla de guitarra, bajo (Brian Ritchie) y batería reducida a los elementos mínimos (Victor DeLorenzo) resulta un festín: el combo metaliza una personalísima combinación de folk y rock embrutecida con la dejadez formal del punk, en la que los acordes mayores y el aire saltarín que aportan las líneas de bajo pervierten aún más las historias acentuando su cinísmo con tonadillas jolgoriosas; como en "Prove My Love" o en el clásico que abre el disco, "Blister in the Sun", una melodía imperecedera (no puedo imaginar a nadie que no sienta una subida de adrenalina la primera vez que la oye en un sitio insospechado) sobre la que Gano canta que está excitado y que tiene poluciones nocturnas ("Cuando ando por la calle, me pavoneo / Estoy nervioso / (...) Mancho las sábanas, no sé por qué") . Eso cuando no está genuinamente cabreado: la guitarra se afila y su obsesión adquiere un tono acosador e impaciente en "Promise" ("Sabes que quiero que me quieras / Pero mi lógica me dice que nunca va a ocurrir / (...) Dame una señal que pueda seguir / Una promesa"), envía a todo el mundo al cuerno en "Kiss Off" y uno no puede más que sonreír ante la chusca pérdida de papeles de "Add it Up" (""¿Por qué no puedo tener solo un polvo? / Tendrá que ver con la suerte / pero he esperado toda la vida para conseguir uno").

Con o sin pataleta, Gordon Gano acaba resultando entrañable porque en medio de toda esta mala baba y fijación con el sexo lo que le ofusca al final es la tristeza de la soledad, como narra en los medios tiempos "Confessions" (regusto blues) y "To The Kill", rematándolo en la final "Good Feeling", un tema más explícitamente sensiblero adornado con violín y toques de piano en el que se lamenta de que el bienestar de pasar la noche con alguien sea algo efímero y se pregunta por qué no puede durar más.

Lo que decía al principio: pueril, tozudo, irracional y exagerado; todo lo que queráis, pero tan real (y al fin y al cabo, tan poco ligado a una etapa de la vida: el jugueteo sexual-sentimental siempre acaba siendo el mismo y destapa lo más inesperado de todos) que en temporadas de ajetreo podremos identificarnos con cualquiera de estas canciones a los cuarenta y a los cincuenta, me parece a mí.