lunes, 23 de julio de 2012

Minutos: Superchunk - 'Watery Hands' (1997)


No lo hago con pánico ni excesivo nerviosismo, pero es habitual en mí añadir música al iPod rápidamente, a dedo y a granel, cuando sé que voy a estar más de dos días sin pisar mi casa. Es como asegurarme que voy a estar cubierto en caso de necesitar estar entretenido o de soportar un trayecto de tren más o menos largo, ya que leer no entra en la ecuación -porque no sé concentrarme para hacerlo en tal situación- y que, a fin de cuentas, sin música (en general) me convierto en alguien muy impaciente. 

Las elecciones de grupos a llevarme de paseo son tan apresuradas o arbitrarias que al final voy bajando la lista de nombres sin apetecerme que suene casi ninguno. La tarde del pasado miércoles, antes de irme de viaje tres días, tuve un flash de último minuto y añadí una recopilación -de esas que antes se hacía uno mismo en cassette- con los singles de Superchunk, y sin planearlo fue lo primero que sonó cuando me dirigía a la estación el jueves y de lo último que me puse cuando ya estaba llegando a casa el domingo. Son unas veinticuatro canciones que brotaron en un periodo de más de dos décadas, y por más que investigue en su discografía y por mucho aprecio que les tenga (son una de esas bandas de largo recorrido que desde siempre parecen honestas, humildes y abrazables sin esfuerzo) nunca he dado con una pieza que me emocione y me alegre más que la primera que escuché de ellos. Es de las canciones que provoca en mí cualquiera de las reacciones por excelencia ante un tema de pop sin fisuras: ganas de subir el volumen, bailar, cantar al unísono, sonreír o golpear una carpeta con los dedos pulgar y anular.

Fue por televisión, en algún momento de 1997 o 1998. Un videoclip para mí tan reconocible y representativo de la cultura indie rock americana de los noventa como el de Yo La Tengo para 'Sugarcube' (esa escuela de rock naïf). 'Watery Hands' hacía uso de un humor similar al de la banda de Hoboken y se mofaba del proceso y el resultado de hacer un videoclip en sí mismo, con los actores Janeane Garofalo y David Cross interpretando a dos directores que enseñan a la banda cómo ha quedado el montaje de imágenes hecho por ellos mismos, en el que aparecen rodeados de efectos absurdos y de mal gusto para desespero de los componentes.

Supe más tarde que 'Watery Hands' era la tarjeta de visita del que hasta entonces se había considerado (prácticamente de forma unánime) el disco más accesible y melódico de Superchunk, Indoor Living. A pesar de rodearse a menudo de guitarras enérgicas, la aguda voz de Mac MacCaughan (también guitarrista) siempre fue algo a parte en el estilo veloz que practicaban. Una sensibilidad melódica y una paleta emocional que, a mis ojos, les alejaba de la rama más evidentemente macho del punk-rock y les emparentaba con narradores de superficie turbulenta y fondo pop como Lou Barlow (no en balde ya habían versionado dos composiciones suyas, 'Brand New Love' y 'It's So Hard to Fall in Love'). A partir de mediados de los años noventa, Superchunk se lanzaron a explorar con más ahínco más allá de la velocidad hirviente y cierta actitud confrontacional.

Me sorprende enormemente que a penas la hayan tocado en sus conciertos después de presentar ese álbum, pues no tiene el aspecto de un single del que pudieran estar arrepentidos -planeado con alevosía para sonar en la MTV- y tampoco llegó a ser jamás el único tema que todo el mundo asociara con el grupo como para llegar a asquearles. Me parece que recoge magistralmente su personalidad añadiéndole un mayor gancho tarareable, sonando mucho más ligera (en el mejor sentido; entendemos los fraseos de guitarra mejor que en cualquier grabación pretérita) y rellenando la estructura de detalles que hacen de ella algo chispeante y estival (como ese diálogo entre el teclado Moog y el bajo de Laura Ballance). Es un gimoteo tierno y amigable dirigido a alguien con quien has roto, una de esas noches en las que la ausencia todavía no está superada y sigue emanando de ti un amor disfrazado de delicadeza casi infantil. Y a propósito de superar, difícil describir la situación con algo más precioso que soltar: 

cuando te vayas de esta costa, llévame contigo
porque no puedo vivir con tu fantasma, se parece demasiado a ti
está construyendo pirámides mientras hace esquí acuático,
y ambos sabemos que tengo las rodillas flojas
(...) 
estabas abajo, en la playa, con las rodillas rojas
y cuando soltaste tu áncora también me dejaste a mí
ahora mi bandera vuela triste
así que vuelvo a ti nadando

estás hecha de agua, yo de arena
no rechines los dientes
simplemente déjame besar tus manos acuosas



'Watery Hands' apareció como single y como parte del
álbum Indoor Living, ambos publicados en septiembre de 1997


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viernes, 6 de julio de 2012

Imperdible: Ainara LeGardon - "Forgive Me If I Don't Come Home To Slep Tonight" (2009)

El silencio y la verdad son dos conceptos que abruman a mucha gente. Cuántas veces hablamos de silencios tensos entre individuos, de verdades incómodas que es mejor no decir o no saber. Deduzco, según esta observación, que confesar verdades cuando todo está en silencio no debe ser muy fácil. Será porque Ainara LeGardon tiene agallas para hacer eso y más en Forgive Me if I Don't Come Home to Sleep Tonight que este disco me ha hecho sentir vivo como ningún otro este 2009.

Tras dos incontestables ejercicios de búsqueda interior como fueron In the Mirror (2003) y Each Day a Lie (2005), Ainara sigue investigando en su particular lectura del folk más crepuscular, intrépida en la depuración de las formas: no las refina, sino que las despoja de distracciones y se dirige con seguridad hacia parajes más opacos y recrudecidos, creando una sucesión de temas en los cuales los arreglos precisos resultan, paradójicamente, más fundamentales cuanto más acotada está su intervención.

Los ambientes creados por Javier Díez-Ena y Alfons Serra nunca se entrometen en la historia que cuenta Ainara con su voz y su guitarra, sino que se ponen a la disposición de esa historia: en la cadencia reposada de 'Sickness', que se sustenta en una guitarra limpia en la que al principio crees que te puedes acurrucar, se oculta una tensión desestabilizadora que va desarrollándose poco a poco, a medida que sube la intensidad de la interpretación vocal de Ainara y aparecen, coléricos, los brutos arreglos de contrabajo, símbolo de esa exasperación provocada por la monotonía de algo (como la enfermedad) que nos mantiene en vilo y de esa batalla que libramos para vencerla. En otros temas, notablemente en 'The Third' y en la angustiosa 'Your Own Dirt', se dan giros argumentales imprevisibles con simples cambios de tempo, como si las canciones recalaran de repente en lugares áridos, inhóspitos, en los que a cada nota le sigue unos puntos suspensivos.

Líricamente estamos ante un trabajo que también va más allá: tras el anhelo devastador de In the Mirror y el magnetismo manchado de hollín de su anterior álbum, en Forgive Me if i Don't Come Home to Sleep Tonight habita cierta sensación de paz, quizás no tanto en las inquietudes que manifiesta como en la calma y la cercanía con la que se cuentan. Nos encontramos con alguien que dialoga consigo misma para forzarse a superar los pequeños desastres que acumulamos cuando ya pesan demasiado ('Weightless'); que reflexiona agradecida a quien le ha dado su apoyo en momentos adversos ('I Won't Forget'); que no se anda con rodeos para decir cosas que hieren de tú a tú (destapando secretos en 'The Death Most Desired' o la concluyente 'Stained Sounds'), con una capacidad de síntesis inequívoca como el dardo que acierta en el blanco.

En esa fortaleza personal, en la seguridad y la valentía, radica la esencia de este disco, arrebatador como pocos; como ninguno este año.


(*) Esta reseña apareció originalmente en el número de enero de 2010 de la revista Ilike. Ainara toca esta noche en la sala Heliogàbal de Barcelona a las 22h.
Para escuchar en Spotify:




miércoles, 4 de julio de 2012

Minutos: Vanessa Paradis - 'Be My Baby' (1992)

A los ocho años, cuando empecé a grabar de manera regular video-clips de los programas musicales que emitían en abierto en Canal Plus y canciones de la radio moviendo el dial en cuanto ya tenía una sin ser fiel a ninguna emisora, no creo que me pusiera a pensar demasiado en lo diferentes que eran unos artistas de otros. Grababa a quienes conocía y a quienes me parecía que me gustaban más o menos inmediatamente, pero supongo que a esa edad no percibes verdaderos abismos entre Annie Lennox, Deee-Lite, Sade, The B-52's, Depeche Mode, Prince, Jordy, Björk, Roxette o The Beloved, por citar solo algunos de los que registré en VHS para la posteridad.

Es años después cuando puedes apreciar cuál de esas canciones era especial y única en medio de muchísimas que no aportaban nada al vacuo mundo de los superventas. Un mediodía, durante la cuenta atrás de Fernandisco en 'Del 40 al 1' -en la que se programaban unos seis u ocho video-clips del total de cuarenta candidatos al número 1-, salió en pantalla Vanessa Paradis, que había colocado 'Be My Baby' en algún lugar entre los diez primeros. Escuchándola ahora, imaginándola en el entorno de la radiofórmula de 1992, es bastante obvio que esta canción era algo completamente a parte: un homenaje ya desde el título -compartido con el single estrella de The Ronettes- a los grupos de chicas de la década de los sesenta, con el sonido cuidadosamente reconstruido (incluso se opta por mono en vez de estéreo, con lo que todo suena por el canal central) y adaptado a la merced de la voz pueril de Paradis. Toda una anomalía entre los chubascos grunges y el pop-rock suave u orientado al dance que saturaba las ondas por entonces que, evidentemente, no pasó desapercibida. La naturalidad con la que se desarrolla el tema me hace pensar en lo excesivamente forzados que han sonado algunos de los intentos de emular ese estilo que hemos escuchado en la década pasada. Hace que piense de Duffy que tiene la cara demasiado ancha y poco más.

'Be My Baby' y el disco que la incluía, Vanessa Paradis, supusieron el lanzamiento internacional definitivo de una cantante francesa que ya había grabado un disco con Serge Gainsbourg, que era imagen de Coco Chanel y que había ganado un premio César a la actriz revelación por su provocativo papel en la película Noce Blanche (1989), donde interpretaba a una estudiante de instituto que inicia un idilio con su profesor de filosofía. Hoy no le podríamos creer gurú de nada y rechinará al decirlo, pero fue ni más ni menos que Lenny Kravitz (que, dicho sea en su favor, en esa época firmaba cosas como ésta o el 'Justify My Love' de Madonna) el que vino y se imaginó a Vanessa como una chanteuse de un pop entre sexy y cándido, de marcado carácter retro, no reñido ni con el funk ni con el soul, con un pie en los sesenta y otro en los setenta, pero siempre envuelto en un velo de chanson francesa. La relación sentimental que surgió entre el músico y su musa le sirvió como soberbia inspiración para escribirle el repertorio de prácticamente todo el álbum.

Kravitz comparte la autoría de 'Be My Baby' con Gerry DeVeaux, y con el encanto inherente que aporta Paradis transcienden fácilmente el ejercicio de estilo. Sobre un ritmo insistente al estilo de 'Stop' de The Supremes -dirigido por la batería ligeramente distorsionada- y los coquetos arreglos de cuerda, se explica una historia más vieja que el mundo, esa inquietud que siente el principiante en el amor cada vez que se separa de la persona que le ha robado el corazón; mitad celos, mitad puchero en busca de recompensa inmediata en forma de compromiso. En el disco hay unas cuantas gemas más ('Sunday Mondays', 'Natural High', 'Your Love Has Got a Handle On My Mind'). Búsquenlo.


'Be My Baby' se publicó como single en septiembre de 1992
y formó parte del álbum Vanessa Paradis
que aparecío en octubre del mismo año

Be My Baby by Vanessa Paradis on Grooveshark


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