martes, 27 de noviembre de 2012

Escenarios: Cranes - Salamandra 2 (Barcelona), 23 de noviembre de 2012




















Iba a empezar diciendo que con Cranes tuve un reto, pero enseguida he llegado a la conclusión de que mentiría si lo hiciese. El rechazo inicial que me produjo oír por primera vez una canción suya, hace más de una década, fue tan impetuoso y poco reflexivo que no me costó ningún esfuerzo, la verdad, pero igual de sencillo fue toparme con su nombre muchos años después y darle una nueva oportunidad -guiada por la paciencia y la madurez- a su música, abriendo una puerta a un fascinante laberinto que cerré insolente cuando era un zagal. Me repelió entonces la voz de Alison Shaw (voz, guitarra, teclado), una voz que tiene el cuerpo del alfiler más delgado del costurero a la que me ha costado acostumbrarme.
Hace unas semanas, y de manera casi enigmática (sin noticias de ellos hace años, sin nuevo disco a la vista), empezaron a verse por Barcelona carteles que anunciaban su inminente visita a España para dos únicas fechas (ésta y Madrid al día siguiente) en las que harían un extenso repaso de más de dos horas a su catálogo, algo único que solo se les había visto hacer antes este verano en el Bush Hall londinense.

Aunque en los días previos al concierto los pequeños apuntes en agendas de ocio y demás publicaciones digitales pretendían reducir su curriculum a haber sido "los míticos teloneros de The Cure en 1992", no hace falta investigar mucho para aprender que la banda que formaron los hermanos Alison y Jim Shaw (guitarra, cintas) tiene una firme trayectoria de más de veinticinco años de antigüedad, aún activa de manera regular, y una credibilidad que no necesitaba de asociaciones a ningún nombre para ganarse reseñas entusiastas en publicaciones como NME, Melody Maker o Q, si bien su popularidad fue moderada dentro del desorden alternativo de los noventa. Sin complejo alguno, fue el mismo Paul Smith (guitarra, teclado, bajo) quien me comentó al acabar el recital que precisamente los conciertos de tres horas de The Cure les habían animado a preparar algo similar para sus seguidores.

Me cuesta imaginar a alguien a quien le guste un grupo como Cranes que no sintiera una incontenible excitación ante una retrospectiva de tal calibre, un repertorio sin censura temporal y libre de todo planteamiento conceptual más que el de celebrar su trabajo con quienes guardan una relación más cómplice e íntima con su música. Igual que cuando Throwing Muses visitaron hace un año la sala Apolo, Salamandra 2 se quedó grande, pero entre esa audiencia recogida se dio un ambiente entrañable, se palpó genuina emoción recíproca entre grupo y público conforme se desgranaban los temas. De manera salteada, Cranes (sumemos a Jon Callender a la batería y a Ben Bexter al bajo y los teclados) ilustraron el periplo de dos décadas que les ha llevado de la convulsión a la caricia, a través de un dédalo en el que si antes podía respirarse la sal de la piedra fría en una atmósfera sofocante, en su etapa más reciente escucharles es tan agradable y suave como hundir la lengua en crema de leche.



















Ambas facetas del grupo se fueron alternando durante toda la noche, que se inició con la delicada invitación de 'Light Song' ("El universo es nuestro") y el sombrío serpenteo post-rock de la también reciente 'Submarine'. Tras ellas, empezó el primer salto importante en el tiempo: 'Shining Road' (uno de sus singles más recordados), 'Loved' y 'Pale Blue Sky' (esa euforia circular y encendida), las tres del disco Loved (1994), el disco que selló de forma hermosa su primera etapa de inquietudes más eléctricas, la que se enmarca en los '90. Mediante las opresoras hélices al ralentí de 'Inescapable' y 'Dada 331' apuntalaron ese segmento antes de moverse a otro más breve y enfocado en un dream pop elevado y angelical, donde la voz de Alison relució sosegada en 'Here Comes the Snow', 'Feathers' y la bossa-nova espacial de 'Wires'. Vuelta a lo lúgubre con la vorágine de 'Clear' y la confrontación de ruido en espiral y desorientación sin brújula de 'Lilies', para culminar el set principal con el deseo contenido de 'Adoration', todas ellas aplaudidas a rabiar por un público que disfrutó especialmente de escuchar el material más antiguo.

Los bises se dividieron en dos bloques, el primero de ellos inaugurado con un trío de canciones de su primer mini-lp Self-Non-Self (1989), oportunidad para desempolvar su primitiva mezcla de post-punk industrial y no wave y denotar el abismo que hay entre los Cranes de entonces y los de ahora. Pero esa noche no importaba; se materializaron todas sus encarnaciones ante nuestros ojos con maestría. Gemas como 'Reverie' (brutalmente tensa sobre un único acorde), 'Jewel' y 'Adrift' (ambas de Forever [1993], el disco que tuvo mayor representación junto a Loved) sonaron en este último tramo, en el que por primera vez revisaron un disco que no les gusta especialmente y que parecería que ignorarían, Population 4 (1997), rescatando la melancólica 'To Be' y la acústica 'Tangled Up'. Estaban tan cómodos que añadieron 'Future Song' al último bis espontáneamente (tenían por lo menos otro as en la manga, pues 'Cloudless' asomó en la prueba de sonido pero no en el concierto) y acabaron definitivamente con 'Everywhere'.

Acostumbrados como estamos al gato por liebre y a que los artistas se ciñan a un tiempo estricto sobre el escenario que no va más allá de la hora y cuarto, asistir a esta velada (rebasaron las dos horas como prometieron y aún así se pasó en un suspiro) fue todo un privilegio inusual. Se organizó, se interpretó y se recibió con cariño; todo un triunfo armónico.


setlist:
light song / submarine / shining road / loved / pale blue sky / living and breathing / inescapable / dada 331 / beautiful firend / here comes the snow / feathers / wires / far away / clear / lilies / adoration // heaven or bliss / joy lies within / fuse / to be / reverie / jewel / adrift // tangled up / future song / everywhere




martes, 20 de noviembre de 2012

Escenarios: Patti Smith - Palau de la Música (Barcelona), 19 de noviembre de 2012
















10 de septiembre de 1979. El Patti Smith Group da un anárquico y descontrolado concierto en un estadio de fútbol de Florencia ante cerca de ochenta mil personas. El público, jaleado por Patti, toma primero el foso de los fotógrafos y conforme avanza la noche acaba tomando el escenario ignorando al equipo de seguridad. Era la salvaje imagen de una artista en su momento más álgido de popularidad y a la vez, si uno entrecerraba los ojos para afinar la visión, la de alguien que ya no quería estar ahí. En 1975 dijo que por muy feas y amansadas que se pusieran las cosas en el mundo del rock, siempre estaría en manos de los jóvenes de a pie volver a hacer de él un arma subversiva, pues les pertenecía. En el poema 'florence', escrito sobre lo acontecido esa noche, dijo: "descienden sobre nosotros como olas, como lobos. han desgarrado mi ropa y guardado mechones de mi pelo. me han pisado las botas. ya no se parecen a mí. y así deseo que sea". Patti entregó su guitarra a esa audiencia descarriada y simbolizó así el relevo generacional y su retiro voluntario a una vida alejada de su faceta pública. 

Pensé en esta situación ayer en algún momento durante su actuación en el Palau de la Música, sobre todo hacia el final, cuando contra todo pronóstico -Patti se hizo la tonta aunque alguien estuvo pidiéndola a gritos varias veces durante el set- empezó a recitar los primeros versos de la pieza central de su primer y capital álbum Horses, 'Land', reubicando al protagonista del relato en una situación de abuso enmarcada en el entorno del siglo XXI, entre los escombros de nuestra acelerada sociedad. Smith había mostrado destellos de fiereza aquí y allí en el transcurso del recital (de marcado acento acústico, además) pero en este tema (que fue el remate colosal al set principal) se dio una retroalimentación febril creciente entre artista y audiencia difícil de resistir. Escalofríos, vuelco del estómago, chaqueta fuera y escupitajos, abandono de butacas, abandono de escenario, silbidos y gritos. Lo enlazó con 'Gloria' y lo remató deletreando "Pussy Riot". A Patti Smith el recogimiento doméstico le duró años, unos quince, solo interrumpidos por un disco de moderada repercusión cuando se publicó, pero afortunadamente la vida le ha dado tiempo para reconsiderar esa reflexión precipitada que le llevó a concluir que ya no le correspondía a ella alzarse a suscitar inquietudes y sentimientos a quien pudiera escuchar. Su imparable actividad desde la reactivación de su carrera en 1996 ha demostrado lo contrario; ha certificado su relevancia y su natural conexión con su audiencia. Ayer dio una actuación tan inspiradora y excitante como la pudiera dar casi cuarenta años atrás. Nadie diría que va a cumplir sesenta y seis años en poco más de un mes. 

Patti Smith no solo mantiene íntegra su generosa entrega interpretativa; mantiene también intacta su voz. Debe ser de las pocas artistas que debutaran en los setenta que no ha tenido que bajar ni medio tono ninguna de sus canciones clásicas. Siempre se movió en su rango vocal natural. Entre los músicos de la banda, los habituales Lenny Kaye (guitarra, bajo), Tony Shanahan (bajo, piano), Jay Dee Daughtery (batería) y Jack Petruzzelli (guitarra, bajo, piano), adaptando el repertorio a un formato acústico pero no exento de empaque en el que se picotearon momentos celebrados de su catálogo sin arriesgar tanto como en algunas de las citas europeas más inmediatas de esta gira, en las que ha interpretado cosas como 'Distant Fingers' o 'Ain't it Strange'. Con una campechanía y un sosiego dosificado en sonrisas cómplices empezó con 'Dancing Barefoot' y 'Redondo Beach' antes de incidir en las canciones del disco que venía a presentar, Banga, entre las que destacó especialmente una luminosa 'Fuji-San'. 'Ghost Dance' fue una emocionante catarsis polvorienta -la dedicó a los afectados por las tormentas en Nueva York- y, seguidamente, contuvo la voz en una fragilidad necesaria para el doo wop de 'This is the Girl', escrito para Amy Winehouse. 

El acorde sostenido de 'Beneath the Southern Cross' se desplegó como una pasarela de luz y acabó como un temblor sísmico, celebrador de la vida (la interpretó en recuerdo del escritor Roberto Bolaño). Que tras ella la banda tocara un medley de canciones clásicas de rock garagero fue como brindar un pequeño interludio tras un primer acto de altura vertiginosa. No eludió 'Because the Night', y en el último segmento asomó una agradecida revisión de 'Pissing in a River' (momento que aprovechó para explicar que era una de las favoritas del promotor Gay Mercader, el primero que trajo a su banda a España en 1976) y el rescate de la plácida 'Peaceable Kingdom', a la que dio punto y final recitando parte de 'People Have the Power' sobre los últimos coletazos de la música, algo verdaderamente efectivo. Cabe apuntar que las intervenciones de Patti entre canción y canción se han vuelto menos políticas que hace unos años. Sus pequeños discursos se centran ahora en la supervivencia individual y en la unión para cambiar el sistema. Algo en su tono y en sus gestos hace que esas menciones a la importancia de cuidar el medio ambiente y de cuidar los unos de los otros transpiren una empatía y una energía maternal que no cae en la propaganda vacua de muchos artistas. A tenor de esto, mantuvo las décimas de fiebre que cogió interpretando 'Land/Gloria' para un bis integrado por 'Banga' y un 'People Have the Power' que ha acabado convertido en todo un himno que trasciende su directa filosofía hippie, un mensaje alentador quizás más necesario que nunca. 

Fuera del lenguaje de crónica, debo decir que enmarco el concierto que dio ayer Patti Smith entre las mejores actuaciones que he visto jamás, momentos que guardo en la memoria como las visitas de Lisa Germano a La Pedrera en 2006 o de Shannon Wright al Primavera Sound de 2007. A Patti la incorporé a mi universo de muy pequeño (en casa estaban Radio Ethiopia y Wave, ambos aterradores pero el primero más) y viéndola ayer me sentí genuinamente conmovido; disparó en mí una alegría y una nostalgia que aún siento ahora si intento recordar cada gesto payaso o cada una de las notas clavadas que le escuché. Afortunadamente para todos, Florencia fue solo una pesadilla lejana. Y afortunadamente también, Patti aparenta tener veinte años menos de los que cuenta en realidad y energía para mucho más todavía.


setlist:

dancing barefoot / redondo beach / april fool / fuji-san / mosaic / ghost dance / this is the girl / beneath the southern cross / night Time/(we ain’t got) nothin’ yet/born to lose/pushin’ too hard / because the night / pissing in a river / peaceable kingdom / land/gloria // banga / people have the power

Fotografía de Àlex Garcia, aparecida en La Vanguardia

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Multi-Track Suggestion: Cat Power - "Sun" (2012)



















He aquí un disco en el que circulo vicioso donde se funden miedos y expectativas ha jugado un papel crucial tanto para su autora como para su audiencia. Miedos y expectativas de diverso origen para ella y para nosotros que han regido tanto la creación de Sun (2012) como la recepción por parte de seguidores fieles (¿hasta ahora?) de una Chan Marshall que habitualmente esquiva la repetición y lo que podría esperarse de un próximo trabajo de Cat Power. Cierto, ¿quién nos iba a decir que le escucharíamos un disco como Sun cuando su aliento se acurrucó en nuestra médula al publicar You Are Free (2003)? Pero de la misma manera, ¿quién iba a imaginarse que firmaría un disco tan misteriosamente sensual como Moon Pix (1998) cuando debutó con los lamentos quebrados y el sonido desmadejado de Dear Sir (1995)? No hay dos discos iguales de Cat Power, como no los hay de PJ Harvey, así que en ese sentido la sorpresa ante un cambio de estilo presuntamente indecente -rebozada en indignación y quejidos- se queda en una exageración por parte de quien no las ve venir, como decimos coloquialmente.

Vi y escuché tantas opiniones sobre este disco antes de oírlo de principio a fin que estaba convencido de que iba a disgustarme irremediablemente. Yo también echo de menos a cierta Chan Marshall que me hizo llorar exhibiendo una expresividad vocal tan franca como irreparablemente triste, la voz de una compositora que no solo no temía exhibir sus inseguridades sino que era presa de ellas hasta niveles que le hacían un daño que un oyente solo podía sospechar. En ese sentido tocó fondo en 2006 y resurgió con renovadas ganas de llevar su vida de forma más sensata y sana, y las giras de presentación de The Greatest (2006) y Jukebox (el disco de versiones de 2008) le sirvieron para ganar confianza como intérprete dejándose respaldar por bandas sólidas que invitaban a que se centrara en la voz y no cayera en las lastimosas tentaciones de sus últimas giras en solitario (aún así, busquen por la red y encontrarán conciertos excelentes fechados en 2005 en los que Chan se acompaña solo de guitarra y piano). ¿Nos parece la intérprete de antes alguien más auténtico que ahora porque había más dolor en su obra? Puede; es algo inherente de la cultura europea. Pero un artista crece según sus necesidades expresivas, y pretender anclarle en un determinado momento de su trayectoria o denominarle traidor por manifestar una nueva inquietud parece algo estrambóticamente egoísta.

Chan Marshall ha hecho oídos sordos. Anunció hace un par de años que tenía ganas de volver a tocar los instrumentos ella misma cuando entrara a grabar su próximo álbum. Ahí volvieron a entrar en juego nuestras expectativas: volvería la esencia de la Cat Power de hace diez años, pensamos. Ella no estaba tan convencida: reunió un puñado de canciones nuevas y otras tantas del centenar que aún guarda inédito y sus miedos le hicieron retroceder y resetear; un amigo le dijo, preocupado, que sonaban a la Cat Power de antes, y a ella le entró el pánico, no tanto por repetirse como por volver a sonar desconsolada y a dejarse llevar por ese camino de vuelta a la depresión. El mensaje que quería transmitir era otro, y se dio más tiempo para elaborar algo radicalmente diferente a lo que había previsto. Siguió con el objetivo de encargarse ella de tocar y de producir, pero al entrar los sintetizadores en la ecuación la orientación plástica del disco se dirigió por derroteros que alteraban lo que le conocíamos hasta ahora.

¿De verdad alguien cree que Sun es un disparate de ínfima calidad y fuera de lugar, en la línea de la remodelación dance de Dover o del disco que publicó el año pasado Liz Phair, en el que reunió irónicas canciones de rap bollywoodiense y otros experimentos para echarse unas risas a costa de todos? A mí no me lo parece. Se nota la factura artesanal, y en ese sentido guarda mayor parentesco con What Would the Community Think? (1996) que con The Greatest (2006). ¿Lo que digo suena a locura provocadora? Doy palabra de que no lo es. Todas las pistas que hacen de este movimiento en su carrera algo bastante más lógico de lo que parece ya estaban ahí: en su añejo interés por la música negra, que en este caso se acentúa en el r'n'b y el hip hop como antes ocurrió con el soul y el blues; en sus colaboraciones con Handsome Boy Modeling School y Faithless, en las que podimos oír su voz encima de bases bastante distintas a su estética por primera vez; o con precedentes en canciones propias como 'Free'. ¿Es tan extraño Sun en su discografía? ¿Tan grave es la herejía? De nuevo, no me lo parece.

Sun se merece funcionar por sí mismo, no bajo el eterno baremo marcado por lo que se han considerado obras maestras suyas que no se van a repetir. Celebro que Sun se haya alejado de la languidez en la que habían caído sus actuaciones con la Dirty Delta Blues Band. Celebro que haya sentido el impulso por crear desde una perspectiva más optimista o que le sea necesario dar voz a una particular declaración de libertad e independencia para explicar el papel tan crucial como insignificante del ser humano en el mundo, ni que sea mediante unas letras con arengas que a veces rayan la sonrojante obviedad (sin duda el punto más flojo que se le puede señalar esta vez). Celebro que lo haya armado ella misma con sus ideas, ayudada solo por ingenieros en cada uno de los estudios y por Philippe Zdar en las mezclas. Celebro que no haya temido a probar y a seguir sus instintos. Todo eso me hace tener por el último disco de Cat Power una gran simpatía. No es un disco redondo, pero ¿lo era el unánimemente aclamado The Greatest

En las primeras escuchas llama la atención el barniz de electrónica suave, sobre todo cuando es más prominente como en la misma 'Sun' o en 'Cherokee', que tiene ese ritmo pregrabado aderezado con pespuntes de redobles de batería. El revestimiento, claro está, suena nuevo bajo el vaho de su voz, pero enseguida están los trazos reconocibles, filias de Chan Marshall como su gusto por las múltiples pistas vocales interpretando la misma frase en diferentes notas, como si cada estrofa floreciera en diferentes direcciones. Cuando uno escucha 'Ruin' por primera vez -que fuera primer adelanto del álbum- puede precipitarse y reaccionar con decepción y extrañeza, pero a base de escuchas su musculada estructura funky y todos los detalles se (me) hacen irresistibles. '3, 6, 9' y 'Real Life' certifican su admiración por intérpretes como Mary G. Blige y resultan en su acercamiento más destapado a un r'n'b sobrio que no teme al uso de un vocoder en los coros de la primera y que no pierde la personalidad del sonido en la segunda (lo digo por la textura acuosa de esa guitarra acústica que oímos mejor en el estribillo). 'Manhattan' es pura magia en bucle (tres notas de piano sobre un ritmo persistente y una nota de bajo invariable) y 'Silent Machine' un viejo tema blues que compuso en 1998 y que ha decorado de manera quizás demasiado efectista como para que nos recuerde a la Cat Power de esa época, aunque de eso ya se encargan dos medios tiempos en clave menor: 'Always On My Own' y 'Human Being', sumergidos en charcos de misterio, la voz con esa melancolía pretérita intacta. 

Aunque el álbum se me desmorone hacia el estricto final ('Nothing But Time', con sus acordes mayores y su larga estructura, es predecible y me suena a gimmick de "canción importante"), me ha dejado una sensación agradable e inesperada que se ha acrecentado con las sucesivas escuchas. Superando miedos y olvidando expectativas. ¿Podemos exigirle algo a un artista como si trabajara para nosotros? Si el sol escuece, a la sombra.

Para escuchar en Spotify: