lunes, 24 de marzo de 2014

Minutos: Kate Bush - 'Snowflake' (2011)








Me metí en la cama pero no conseguía pegar ojo. Hace ya unos días. Eran las primeras horas de la madrugada y me estaba agobiando la idea de levantarme pronto al día siguiente y no dormir lo suficiente. Me puse los auriculares para escuchar música pero finalmente no la puse. Buscaba entre las opciones y no sabía qué elegir porque sabía que eso tampoco iba a hacerme dormir. Lo curioso es que el auricular dentro de la oreja y en absoluto silencio hacía que, en mi oído, mi pulso y mi respiración pareciesen el sonido del paso regular de un hombre caminando por la nieve. Se recreaba a un nivel microscópico ese crujido sordo de la nieve prensada bajo las botas a cada pisada. Me saqué el auricular; me parecía que el hombre de mi imagen mental atravesaba la nieve con dificultad y la repetición de su ritmo no tenía nada que ver con contar ovejas. No sé cuándo me acabé durmiendo.

La semana pasada, The Quietus colocó en su portada una entrevista a Kate Bush centrada en el disco 50 Words For Snow, repesca motivada por el anuncio de los primeros conciertos de la artista desde 1979, una noticia clamorosa en sí misma. Me salté la entradilla en la que se explicaba que la conversación había tenido lugar en 2011, asumí que el disco se acababa de publicar ahora y que su próxima residencia en el Hammersmith Apollo londinense coincidiría con la presentación de dicho álbum. Tal detalle me deja en evidencia: es obvio que no soy ningún experto en Kate Bush. Me hubiera encantado conectar con ella a una edad temprana como lo hice con Patti Smith o Laurie Anderson y haberme sorprendido hasta la insuficiencia respiratoria con anuncios salidos de la nada como el de su primer disco en 12 años (Aerial, publicado en 2005) o esta serie de conciertos que dará el próximo verano (a Bush le caracteriza el misterio y el raciocinio), pero su música -o la única que había escuchado, la de los primeros años- nunca me entró. 

Kate estaba entre Patti, Laurie y Nico en un libro que me compré a los 12 años, una recopilación de letras traducidas de las cuatro artistas publicada a finales de los ochenta por la editorial Espiral. El personaje me intrigaba mínimamente, mientras en el panorama pop donde me adentré de adolescente -años en que Kate estaba desaparecida de la vida pública- discípulas que adoptaban sus maneras y que me parecían deshonestas (Tori Amos) o comediantes (¡Virjinia Glück!) me hacían aborrecer el cliché de Kate Bush. El año pasado escuché por primera vez el fascinante The Dreaming (1982) y me di cuenta de que había una dimensión de su trabajo completamente desconocida para mí que trascendía la de esa joven que debutó en 1978 con 'Wuthering Heights'. Cuando el sábado pasado me puse 50 Words For Snow y me embelesó con tan solo la mitad de 'Snowflake', mi respeto y creciente interés por ella quedó sellado con un beso helado en la palma de la mano.

La longitud de onda del hechizo de la Kate Bush madura, en pleno siglo XXI, es estable y armoniosa. Suena menos excéntrica que antaño y a veces aún irreconocible. Para alguien que como yo no le haya escuchado nada publicado recientemente, la primera sorpresa residirá en su voz, más recia, empleada en un tono cálido y alejado de su registro más felino e incónico. "Nací... en una nube...", oímos al principio de 'Snowflake' mientras le arranca al piano una sucesión de acordes solemne, acotada y suspendida a su antojo. No en balde es ésta una canción que parece desarrollarse de manera circular en casi diez minutos, pero dichos círculos se dibujan en caída libre y pausada. Es el largo recorrido de un copo de nieve que desciende desde el cielo y que interpreta aquí la voz blanca (cómo no) de Albert, el hijo de Kate, estremecedor cuando con sus agudos dice "Mi corazón roto, mis fabulosos bailes, mi canción fugaz / soy hielo, polvo, luz" y su madre le responde "El mundo es tan ruidoso / sigue cayendo / te encontraré". Es un refrán que se repite varias veces resolviendo las estrofas; en ellas, Albert -que entonces tenía 13 años- describe las escenas ("Estamos encima de un bosque / es medianoche en Navidad") pero tras las intervenciones de su hijo, Kate aporta ese tono inequívocamente protector, maternal y eterno (que por otro lado, retiene una fortaleza y una sensualidad que me recuerda a la Alison Goldfrapp de Felt Mountain). Ahí yace la clave de 'Snowflake': el viaje ciego del vástago en un mundo ensordecedor por incomprensible que, aturdido, siempre puede apoyarse en el aliento de su madre. 


'Snowflake' apareció en el disco
50 Words For Snow de Kate Bush, publicado
en noviembre de 2011


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