lunes, 4 de julio de 2016

Caso abierto: Echobelly - "People Are Expensive" (2001)



















Mayo de 2001. Sonya-Aurora Madan (voz) empieza la ronda de entrevistas promocionales que deberían servir para publicitar la salida del primer disco de Echobelly en cuatro años; un margen que jamás se hubieran permitido en su cumbre de popularidad, allí donde les auparon los gases de la risa del britpop más lleno de gracia. En 2001, a Sonya le mencionan la escena de la que fue bandera, pero no como antes. Ahora le hablan de esa etapa comprendida entre 1994 y 1997 como si Gran Bretaña hubiese tenido una edad del pavo de lo más tonta, aniquilada por las Spice Girls, los músicos que se juntaron con Tony Blair delante de la prensa, la saturación de bandas repetidas y mediocres en el mercado y la inevitable implosión de esa autoimportancia patriótica que los medios se encargaron de hinchar y que los músicos terminaron haciendo suya; algunos convencidos, otros por oportunismo. Liam Gallagher cantaba que iban a vivir para siempre, pero hacerlo cabalgando esa ola de ímpetu cada vez más artificioso era simplemente inverosímil.

En 2001 Sonya habla de otra cumbre, la del monte Everest, telón de fondo de su Nochevieja en 1999. Hasta Nepal viajó junto a los compañeros de grupo que quedaban, Glen Johansson (guitarra) y Andy Henderson (batería). Uno se preguntaría si el cataclismo del britpop -que de Echobelly se llevó por delante el álbum Lustra (1997)- fue tan nefasto para ellos que tuvieron que recurrir al cliché del viaje sanador a Asia, pero, en cualquier caso, si lo hicieron para curarse espiritualmente tenían un bagaje mucho más pesado que ese. Llevaban lidiando con inclemencias desde 1996, cuando la grabación de su tercer álbum vino precedida de problemas de salud para la cantante (un hipertiroidismo que puso en peligro su vida) y el abandono del bajista Alex Keyser. Mientras, el pequeño sello del que formaban parte, Rhythm King, finalizó su contrato de distribución con Sony e iba a cerrar un nuevo trato con otra multinacional, Arista. Por los excelentes números de ventas que Echobelly manejaba entonces, Sony luchó por quedárselos y, entre promesas y lisonjas, consiguieron añadirlos al catálogo de su subsidiaria Epic (morada de Sade, Pearl Jam y Michael Jackson, entre otros). La experiencia fue cortísima: lo justo para ver marcharse a la guitarrista Debbie Smith (en desacuerdo con la partición de royalties y la dirección artística), ver pinchar el disco con tristeza y separar definitivamente su camino del de la multinacional. Basta con decir que Lustra salió en noviembre de 1997 y la promoción finalizó mes y medio después en Paris, donde dieron el último concierto. Se cortó en seco, sin más.














Antes de abandonarlos a su suerte, los ejecutivos de Sony pidieron el "disco pop" que según ellos les habían racaneado entregando Lustra, que no es que no lo fuese, pero eran claros: habían pagado por unos Echobelly muy concretos, y los que había ahora ya no podían clonar su efervescencia primeriza, consumida con el conjunto del britpop. Dentro del tinglado de esa escena, Echobelly compartían con otras bandas la inspiración retro en el lado musical -en su caso, new wave adaptada a los ademanes distorsionados del indie pop, endulzado por la voz de una Sonya que canalizaba a Morrissey con precisión- pero eran la antítesis del patriotismo imperante y los códigos cerrados del imaginario británico: como conjunto, reflejaban el Londres más abierto y plural (en sus filas, un sueco adoptado por la ciudad, una asiática criada entre ingleses y una guitarrista afro-caribeña abiertamente lesbiana) y en sus letras, cuando no eran narraciones románticas y sin llegar nunca al panfleto, se tocaban temas como la discriminación racial y de género, o la apatía de toda una generación de jóvenes; asuntos por los que Sonya-Aurora Madan se posicionaba con convencimiento al borde del escenario, exudando independencia, menuda pero capaz de jalear a cientos de personas cada noche de concierto. Pero era inevitable que ese personaje fuese quedando atrás.

La larga pausa finalizó a su regreso de Nepal, cuando se pusieron en marcha para reactivar su carrera prescindiendo de manager y de discográfica. Reunieron presupuesto para pasar alrededor de 10 días en un estudio de Brixton con el productor Ben Hillier, ingeniero de sonido en trabajos de Blur, Suede o Elbow, y pronto testaron su nueva infraestructura publicando el EP Digit (2000) a través de su propio sello Fry Up. Fue un avance discreto -no armó ningún revuelo- del álbum que publicarían al año siguiente, el que desligaría definitivamente a Echobelly de las ataduras del pasado; adiós a los himnos inmediatos y a la Sonya que bromeó actuando en el festival de Reading en 1995 vestida como una colegiala. Ahora que el mundo del pop volvía a tener sus fundamentos en el chicle y en los despachos de los ejecutivos, Britney Spears había adoptado el uniforme de colegiala como una declaración de principios con cero ironía, y así dábamos la bienvenida al nuevo milenio.














People Are Expensive (2001) se gestó con la convicción de que no tenían nada que perder, primer punto a favor. Si en algo se diferencia del que hasta entonces era su último trabajo, es en que Gil Norton le dio a Lustra un sonido lujoso, ampuloso y demasiado congestionado, que no lograba camuflar el miedo y las presiones. Se les achacó, además, excesivo conformismo. El sonido de People Are Expensive está en las antípodas -cero avasallador, mucho más suave y espacioso; es quizás el disco de Echobelly de escucha más agradable- y el fondo, las letras, se centran en purgar las agrias experiencias de los años anteriores y repararlas con filosofía. Nunca antes se habían permitido registrar la voz de Sonya con tal claridad y tan poca compresión. Y aún así, empieza el disco con el medio tiempo de 'Fear of Flying' y el pop-rock cordial de 'Tell Me Why', y uno se pregunta si va a tratarse de un affaire tan inofensivo como un disco de Morcheeba. Pero hay que escucharlo entero, en orden y entregarle tiempo a cambio del espacio y los detalles que ofrece. 

La primera mitad del álbum tiene como argumento la crónica del desengaño y su caída en desgracia a finales de los 90 ("Muerte detrás del volante / (...) el tiempo que voló", "Tu corazón lleno de domingos, la superficie hecha de las noches de sábado", rezan las letras) y se pone interesante a la altura de la tercera pieza, 'Down To Earth', un monólogo interior trazado con ternura por la cantante cuando ya tiene humor para ver sus días de gloria sin hacerse daño y se dispone a darle la vuelta a su situación. 'People Are Expensive', un breve instrumental donde se mezcla el audio de un reportaje televisivo sobre lo caros que salen algunos actores de Hollywood, precede a una 'Digit' que hinca el diente con más fuerza; atmosférica y repleta de textura, cuestionándose la errante dirección de la humanidad en una letra ácida, debía ser su pieza menos encorsetada hasta entonces. Cierra ese primer bloque 'Dying', una canción contenida y hermosa, donde Sonya se permite que su fraseo caiga en pequeñas y densas oleadas de miel. 'Kali Yuga' inaugura una segunda mitad más dispersa con aires de resurrección, explotando en un estribillo que es todo un choque distorsionado y celebrador ("No voy a hundirme / (...) Mira los viejos tiempos / Voy a deshacerme de todo"). 'Everything Is All' y especialmente 'A Map Is Not the Territory' son más serias, la segunda sonando incluso vengativa y concienzudamente sucia, y ahí se pierden un poco. El final llega envuelto de nuevo en sosiego con 'Ondine', un tributo acústico a un amigo adicto a las drogas que se suicidó antes de grabar el disco, y 'Point Dume', delicia que lleva el nombre de un promontorio en la playa de Malibu, ejecutada con tanto mimo como con melancolía estival se diluye.

People Are Expensive es de esos discos que poca gente supo que vio la luz. Se quedó perdido en la indiferencia. No tiene sentido medirlo al lado de los tres álbumes que firmaron en los 90; es como comparar píldoras de vitaminas con una infusión: se usan para cosas distintas. Gravity Pulls (2004) siguió su estela -en las formas y, lamentablemente, en la repercusión- y Echobelly anunciaron su separación en 2006 con la boca pequeña. Resurgen ahora, después de que Glenn y Sonya no lograsen hacer despegar su proyecto Calm of Zero, prometiendo un nuevo álbum que pueden financiar los fans. El setlist de los conciertos sueltos que dieron el año pasado, tirando más de píldoras que de hierbas, hace presagiar que, a quince años vista de People Are Expensive, el reto no va a ser demostrar que pueden sobreponerse de sus primeras fórmulas y avanzar, sino convencer a hordas de seguidores ahora nostálgicos de que pueden imitarlas con gracia. Del efecto 2000 hemos pasado al complejo de la edad de oro. Veremos.




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