martes, 28 de febrero de 2017

Caso abierto: Róisín Murphy - "Overpowered" (2007)



















A pesar de entrevistadores y fans que, ya cansándola más que halagándola, le siguen preguntando qué falló para que en un momento dado no pasase a la primera división del pop comercial, a ser una estrella superventas a nivel global, Róisín Murphy nunca ha reclamado ni necesita reclamar nada. Si hubiese querido demostrar con pruebas sólidas y fehacientes que su ojo conceptual para Overpowered (2007) previó los derroteros por los que iría el pop de masas al empezar los años 2010, bastaría con mostrar la portada del álbum y el videoclip de la canción que le da título como evidencias. Con la colaboración del fotógrafo Jonathan de Villiers y el diseñador gráfico Scott King, pienso que Murphy fue la primera en introducir este tipo de bufonada camp dentro de un encuadre cotidiano, algo a lo que Lady Gaga nos acostumbraría un par de años más tarde extendiendo su influencia hasta nuestros días. En el vídeo, Róisín sale de un concierto llevando el mismo traje estrafalario con el que ha actuado y vuelve a casa como cualquier persona de a pie, sin lujos: se monta en el autobús de madrugada y pasa por una hamburguesería antes de llegar a casa, sin que nadie la reverencie ni la señale como un esperpento. "Nos hemos apropiado de la idea de mantener al intérprete en un escenario mundano", explicaba en The Sunday Mail el mismo 2007. "[Scott] vio algo en mí que era glamuroso y expresivo pero también vio a alguien con los pies en la tierra que suelta muchos tacos".

Róisín recogió a su manera el testigo de la teatralidad de la Annie Lennox siempre dispuesta a disfrazarse y el sentido performático de la Grace Jones más relevante. Pero más allá de venir envuelto en una imagen chocante e inusual, podía considerarse que desde el punto de vista musical Overpowered lo tenía todo para encandilar fácilmente al gran público. Róisín volvía a verse tentada por la música disco elegante y pegadiza con la que había escrito importantes pasajes de su currículo formando parte de Moloko, dúo donde debutó de la mano de Mark Brydon en 1995 y que quedó disuelto con el final de la relación sentimental entre ambos. Su primer disco en solitario, el imprescindible Ruby Blue (2005), había sido una presentación valiente, concebida intercambiando ideas en estrecha colaboración con Matthew Herbert y dando como resultado una obra homogénea y sofisticada que juntaba el jazz y el pop, alcanzando lo más moderno con elementos de lo más añejo. Ruby Blue se convirtió en una especie de atractivo alter ego -larga melena pelirroja, vestidos refinados- que dejó en el colgador cuando acabó la gira, dando por zanjada una era con la misma rotundidad con que Madonna se deshace de cada encarnación. La multinacional EMI le puso un contrato sobre la mesa, convencidos de su potencial, y ella aceptó.



















Róisín necesitaba encarar su próximo proyecto con un planteamiento distinto al de la intimidad del vis a vis; o más bien, manteniendo esos encuentros íntimos sin cláusula de exclusividad. "Al final no creo que me abrumase. Daba miedo ponerse porque nunca había trabajado con la gente con la que estaba empezando a hacerlo", explicaba sobre el inicio del proceso. "En esta ocasión me introducía en diferentes ambientes cada semana y escribía canciones con gente diferente". Lugares como Londres, Barcelona, Miami y el Sheffield donde de joven inició sus aventuras musicales colorearon un año de escarceos con productores y escritores, de Andy Cato (Groove Armada), Seiji (del colectivo londinense Bugz In the Attic), Mike Patto, Dean HonerIll Factor y Jimmy Douglass a ParrotDan Carey, Richard X y un Calvin Harris solicitadísimo por lo próspero de sus colaboraciones con Kylie Minogue en aquel entonces. A pesar de todo, los de Harris fueron los temas que se quedaron fuera del álbum. Mientras Róisín fue diplomática declarando que, simplemente, no encajaban con el resto pero que esperaba trabajar con él en un futuro, el productor se dejó llevar por su orgullo herido de estrella incipiente cuando habló para Popjustice al poco de publicarse el primer single: "¿Qué más, Róisín? ¿Vas a pagarme la factura, gilipollas? Ella me costó un montón de dinero y ahora ni siquiera usa las canciones. Sinceramente, el mundo de la música pop -no me gusta nada".

Objetivamente, Overpowered metía a Róisín Murphy de cabeza en ese mundo de la música pop como nunca antes en su carrera, y ella tenía la curiosidad y el empuje creativo para ver hasta dónde podía llegar. Cuando se publicó, su limpieza y meticulosidad me dejaron algo frío; veníamos de Ruby Blue, un álbum donde era tangible la implicación emocional de la artista y que formalmente significaba una declaración de principios tan insólita como lo pudieran ser Debut (Björk) o Felt Mountain (Goldfrapp). El contraste era incontestable: Ruby Blue podía desintegrarse entre los dedos como un terrón de tierra y en Overpowered cada una de las canciones está envuelta en un celofán tan procesado que no presenta ni una minúscula arruga. Era el primer disco de Róisín -incluyendo los de Moloko- que venía despojado de un punto de abstracción y fricción. A la vez que pensaba en todo esto, era inevitable no resistirse y responder positivamente al hedonismo que transpiran unas canciones que son muy accesibles, pero en ningún caso vulgares; que canalizaron el sentido del humor de Róisín y su sensibilidad, sencillamente, de otra manera. Veía Overpowered como un disco ecléctico, pero no al modo de Post de Björk, sino como un disco sin cohesión que se me desinflaba, por algún motivo.

Lo reviso hoy y decido que las composiciones que articuló con Seiji son las que me parecen más despampanantes: derraman detalles electrónicos y sintetizadores que conservan un punto minimalista, haciendo de ellas canciones más misteriosas que el resto, desde la cadencia vacilante de 'Overpowered' a la más encorsetada de 'Dear Miami', y en medio, el chorro de erótica funk reminiscente del Prince de los años 80 en 'Footprints'. Andy Cato está implicado en las piezas más bailables, fenomenales números de música dance-pop ('You Know Me Better', 'Body Language') y disco (impecable 'Let Me Know', que le valió acusaciones de plagio de 'Sure Shot', de la cantante Tracy Weber). Siguen rechinándome, por inocuas y por la ampulosidad de los sintetizadores, 'Movie Star' y 'Cry Baby' (podrían figurar entre el repertorio más banal de Annie Lennox y Eurythmics, respectivamente), pero el electro sensual de 'Parallel Lives' (firmada con Richard X) me cautiva más que en su día, así como su capacidad para hacer de algo sutil como 'Primitive' una épica sobre romper la coraza emocional de un hombre tosco, como si fuese una misión de vital importancia, y sonar convincente. También es refrescante que se permita un respiro en 'Scarlett Ribbons' y la interprete en su registro más suave. Son motivos de considerable peso para defender Overpwered hoy.

Hace nada, volvían a airearle los mismos famosos fantasmas en una entrevista. ¿Por qué este disco no te trajo fama y fortuna, Róisín? "Siempre he creído que tengo potencial para ser una estrella del pop. De hecho creo que Overpowered es, de mis discos, el que ha sido subestimado. La música era genial, los vídeos increíbles, tenía el apoyo financiero de una compañía multinacional y tenía un directo poderoso. Pero la reseña de Pitchfork acababa con una conclusión como: '... pero ella nunca será una estrella del pop'. Quizás tengan razón. ¿Quizás haya algo en mí que en realidad no quiere que me vea en la lista VIP?". Aclarar esa incógnita ya es agua pasada; no le interesa a nadie. Róisin es, sin aspavientos y a mucha honra -y con mucho humor, como demuestra la portada de su último álbum-, lo que nos advirtió en Overpowered: una obrera del pop mezclada con los trabajadores de a pie.



Para escuchar en Spotify:



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