Imperdible: Róisín Murphy – “Ruby Blue” (2005)


Durante los años en los que formó parte de Moloko, Róisín Murphy fue siempre de esas intérpretes y compositoras que jugaba al despiste. No me refiero al estilo de las grandes figuras del pop de masas, que construyen nuevo personaje, estética y sonido con cada nuevo álbum (un poco de eso también hubo, claro), sino a la manera casi esquizofrénica que tenía de transformarse durante el transcurso de cada uno de sus trabajos. Los engañosos primeros singles que se extraían (pienso sobre todo en el dance pop de ‘Sing it Back’, que tantas alegrías les dio; o en la espléndida ‘The Time is Now’) no podían hacer sospechar al oyente casual sus marcianas incursiones en géneros como el funk, el free-jazz o el pop cubista de corte electrónico, el verdadero grueso de su catálogo. El dúo, que formaba junto a su ex-pareja Mark Brydon, publicó en 2003 Statues, un canto de cisne refinado, envuelto en profusos arreglos de cuerda y realizado cuando la relación sentimental entre ambos ya se había roto. En ese trabajo, el más homogéneo de su discografía, ya bajaron por una rampa de disco pop más pronunciada y cabía preguntarse si, al lanzarse en solitario, sería evidente algún tipo de escisión entre sus registros reconocibles; si Róisín seguiría encarrilada en ese tobogán custodiado por luces de neón o si, en cambio, deambularía por un camino de piedras, polvo y maleza llevando tacones.

Si adelantamos en el tiempo y pasamos de largo su debut en solitario solo un momento, veremos como en su segundo álbum, Overpowered (2007), Murphy echó toda la carne en el asador para pasar a la primera fila del pop bailable, poniendo empeño en darle un toque más comercial y sintético a su música aunque evitando llegar a un extremo vulgar o que degradara su trayectoria hasta entonces. Overpowered suena limpito y es de fácil digestión pero no fue lo suficientemente obvio para el gran público, como demostró al no cumplir las expectativas de ventas de su compañía por entonces, EMI. Para hablar de Ruby Blue (2005) cabe dejar a un lado los recortes de papel de celofán y ensuciarse con carboncillos.

Recuerdo la primera vez que oí hablar de Matthew Herbert. En 2002, en el canal Arte, dedicaron uno de los programas de Music Planet 2Nite a Björk. La protagonista interpretaba un corto set, era entrevistada, y elegía a otro músico que le entusiasmara para que hiciera lo mismo. Herbert, que actuó bajo el nombre Radioboy, acababa de publicar un disco (The Mechanics of Destruction) de micro-electrónica con mensaje anti-corporativista, creado a base de ruidos hechos con cosas como calzoncillos de The Gap o bolsas de McDonalds. No hace falta confirmar que yendo cogida de su brazo para crear su primer trabajo en solitario, Róisín se decantó por lo de los tacones y el camino de los hierbajos.

Nada tiene que ver mi alusión a la suciedad, las malas hierbas y el camino con baches con el cliché de la dirección difícil. Estoy hablando exclusivamente de textura, de esa electrónica tan física que factura Herbert -que llamamos “electrónica” a pesar de que se alimenta sobre todo de sonidos orgánicos manipulados a su antojo, y que en Ruby Blue tuvo como base todo tipo de golpes, bailes, interjecciones e improvisaciones que soltó Róisín durante el proceso de composición y grabación. El resultado de su colaboración es todo lo que un disco de pop moderno del siglo XXI debería ser: aventurado, imprevisible, ecléctico, divertido y solemne a partes iguales y, gracias a esa cualidad orgánica con sabor a greda y a punta de lápiz de colores, atemporal .

Es una obra que puede emparentarse con la diversidad de Moloko, pero bien encauzada y sin salidas de tono, con una elegancia melódica más consistente, menos abstracta y con la inconfundible huella de Herbert, que centra el entorno instrumental del álbum en programaciones electrónicas minimalistas y una sección de viento a menudo canallesca. Si ‘Leaving the City’ hace las veces de introducción disonante encajada en un ligero caos metropolitano, ‘Sinking Feeling’ la presenta seductora sobre un ritmo de los que incita a chasquear los dedos, cantando acerca del abatimiento con el deje sabio y edificante de un ‘20th Century Blues’. El blues (valga la redundancia) en su vertiente más chatarrera –reminiscente de Tom Waits incluso- la arropa en ‘Night of the Dancing Flame’ y en la pieza titular del disco, repleta de palmas, flujo eléctrico y encontronazos melódicos, haciendo justicia a la parte más excéntrica y carnavalesca de la personalidad de Murphy.

Destacan también un par de torch songs melancólicas, únicas alusiones a las relaciones rotas (‘Through Time’ es reflexiva sobre un ritmo de bossa nova, ‘The Closing of the Doors’ opta por la sobriedad clásica del piano para hablarle directamente a la persona con quien ha roto: “¿Reconoces a quien conocías antes? / El cierre de las puertas”), pero aún más llama la atención el esplendor de las piezas más bailables: desde el microhouse con estribillo encendido de ‘Sow Into You’ al neandertalismo celebrador de ‘Ramalama (Bang Bang)’ (“Abre la cremallera de mi cuerpo y sácame el corazón / porque necesito darle un ritmo a esta canción”); desde el funky suave y confesional de ‘Dear Diary’ (deseo secreto: “No enviaré estas tarjetas de San Valentín / mis violetas están tristes / y si no las recibes / no quiere decir que no piense en ti”) a la prístina celeridad de ‘If We’re in Love’, todo son canciones de pop de factura irreprochable.

En los años más recientes, Róisín Murphy ha declarado que por el momento no tiene intención de volver a recurrir al formato de disco largo para dar a conocer su música. Habiendo hecho lo que hizo con esta colección de canciones, quién necesita repetir.


Para escuchar en Spotify:




Comentarios

Carlos Garcia ha dicho que…
Hola amigos, os dejo link de mi nuevo blog, Discos Pensados, antes Pensando discos, saludos y a seguir en la brecha

http://discospensados.blogspot.com/