sábado, 26 de septiembre de 2009

Momentum: Bettie Serveert - "Palomine" (1992) / "Lamprey" (1995)














Al igual que por las caras B, las canciones inéditas, las maquetas y, en general, todo lo que tenga una historia curiosa detrás o esté en mayor o menor medida oculto, tengo también debilidad por los discos malditos; esos que suelen tener una nota media discreta cuando se valora la discografía de un artista, que siempre están a la sombra de otro trabajo que se considera su obra magna, que no se entendieron en su momento. En muchas ocasiones no son valorados a la baja por su calidad musical sino por su desafortunada situación espacio/tiempo, por lo que habitualmente, entendidos fuera de su contexto histórico (cuando caen en tus manos sin referencias) o comprendiendo ese contexto con la perspectiva de los años, puede estimarse su peso de otra manera.

Para muchos, todo lo que ha brotado de Bettie Serveert durante casi veinte años ha crecido a la sombra de su debut, Palomine (1992), tal fue su impacto, unánimemente positivo. En las críticas que se hacen de sus discos posteriores se suele caer con facilidad en la mueca de insatisfacción: no se niega la valía de sus trabajos y su buen hacer, pero se remata con la conclusión de que nunca volverán a conjurar la magia de Palomine. Lamprey (1995) es el disco que le sucedió y el que se llevó la peor parte de esa tendencia compasiva o indiferente de las críticas: el "difícil segundo trabajo" publicado bajo la lupa escrutadora de público y medios. Yo no descubrí a Bettie Serveert hasta 1999, y aunque fueron Palomine y Dust Bunnies (1997) los primeros discos que tuve de ellos, Lamprey siempre me llamó la atención por poseer cierta oscuridad de la que carecía su debut, y a día de hoy -como le ha pasado a más de uno con los dos primeros álbumes de Pretenders, otro caso clásico de obra maestra como debut y continuación mal recibida en su día- los veo complementarios; dos caras de la misma moneda. La banda holandesa, formada por aquel entonces por Carol Van Dyk (voz, guitarra), Peter Visser (guitarra), Herman Bunskoeke (bajo) y Berend Dubbe (batería), desarrolló en ambos trabajos un sentimiento global sobrecogedor, pero se adivina claramente que uno es la consecuencia del otro.



"Los martes y los viernes esperaba en la parada del autobús / y adivinaba quién no aparecería / estoy cansada de esperarte / (...) Me advertiste desde la primera vez, pero elegí ignorar lo que decías / Por supuesto, no te costó mucho encontrar una manera de tomarme el pelo". Un acorde disonante, una leve batería tocada con escobillas que remite al traqueteo de un tren; es la apertura de 'Leg', tema inicial de su primer disco. En él, Carol habla desde una tranquilidad reflexiva, decepcionada pero con la esperanza de poder hacer reaccionar al destinatario de sus palabras. Ahí está el argumento central de todo Palomine, un disco que versa sobre la amistad y el amor desde ese punto de vista primerizo, inexperto e inocente, de personajes que guardan un voto de confianza aún cuando ven traicionada su lealtad, de hormigueos en el estómago e ilusiones provocadas por el hecho de pensar que uno tiene algo especial entre las manos, sin advertir lo efímero que puede ser.

'Leg' es, aparte de una de sus mejores canciones, una que también define muy bien su sonido, un pop con el regusto sucio de Neil Young and Crazy Horse, The Velvet Underground y los primeros R.E.M., y la presencia de la definitoria voz de Carol, que puede pasar de una perfecta modulación al estilo de Chrissie Hynde a darle un barniz de lodo para acentuar su intensidad o a hacer de cínica narradora como Lou Reed y alumnos de éste como Stephen Malkmus. Conmueven especialmente los momentos en los que se muestra vulnerable, como en la balada 'Brain-Tag', una trémula declaración en la que dice "¿Cómo se entiende esto? / Porque cada vez que te veo / podría jurar que te he visto antes / (...) Contigo siento algo familiar, y quiero sentir algo más / ¿he posado alguna vez mi mano sobre ti?", rebosante de intensidad gracias a los abrasivos punteos de Peter Visser, que a menudo se confunden con las piruetas vocales de la cantante. Las cosas se ponen igualmente sentimentales en la pieza titular del álbum, donde recuerda a un amigo fallecido y se pregunta si hubiera podido hacer algo por él ("palomine" significa "pichón", pero Carol lo utilizó por el símil fonético con "pal 'o mine", "amigo mío"). Por otro lado, los singles 'Kid's Allright' (las gamberradas de unos adolescentes) y 'Tom Boy' (espavilado punto de vista sobre no dejar de ser uno mismo por ser diferente), así como su versión del 'Healthy Sick' de Sebadoh, son tres de las canciones más ebrias de distorsión y suenan especialmente ágiles. 'Sundazed to the Core', radiante último corte que se estira en tres movimientos diferenciados, da una conclusión rotunda al recorrido emocional por el que se ha llevado al oyente: sea lo que sea lo que pasó, no vale la pena divagar sobre ello y perderse en la nostalgia. Que entre la luz. Una revisión lenta de la pieza titular se utiliza como balsámico epílogo.




Lamprey, además de parecerlo, fue realmente un disco difícil para el grupo. La buena acogida que tuvo el primero les tuvo de gira prácticamente durante dos años, y eso les dejó muy poco tiempo para preparar nuevo material, viéndose Carol acabando las letras de algunas de las canciones en el suelo del estudio para seguir con los planes de entrar a grabar en la segunda mitad de 1994. Repitieron productor y optaron por un sonido continuista -esa suerte de crudeza controlada, cercana incluso a las producciones de Steve Albini para bandas como The Wedding Present- que remarca el parentesco que tiene con Palomine. Pero lo que lo que contiene Lamprey, toda su aparente negatividad, es la directa consecuencia de las vivencias narradas en el disco anterior: la inocencia no es una posibilidad cuando a uno ya le han roto el corazón.

Los temas de Lamprey, a pesar de un par de momentos de fresco romanticismo en las redondas 'Ray Ray Rain' y 'Cybor*D' (que recogen las incertidumbres propias del inicio de una relación que ya apuntaban en 'Brain-Tag'), son de estructuras más largas y el tono no esconde cierto resentimiento, sin duda una sensación más dura y desagradable para el oyente que las inseguridades sin maldad de antaño. 'Keepsake' lo pone de manifiesto desde el principio: tras una introducción de slide guitar que se arrastra afligida, su paso se torna ágil pero su melancolía encierra un anhelo tristísimo. Carol se aferra al recuerdo incluso de sus errores, porque lo único que le queda es una ausencia dolorosa ("A veces parece que está tan cerca / y cuando estoy llegando, ya no está / (...) Por eso me quedo despierta a veces / reflexionando sobre todos nuestros errores / por tener un recuerdo"). 'D. Feathers', un medio tiempo con arreglos de cuerda y viento en la parte final, sigue por la vía del desengaño: "No puedo confiar en lo que veo, por lo que solo puedo confiar en mí / si todo el mundo cayera muerto, me construiría el mío en mi cabeza"; y '21 Days' tiene una atmósfera claustrofóbica desconocida en ellos hasta entonces. Hacia el final, el peso de las historias rebaja un poco el tono cuestionador y se suceden juntas 'Something So Wild' (el relato juguetón de una mujer con carácter que sin embargo se olvida de sus valores cuando se entrega a alguien que se aprovecha de ella), 'Totally Freaked-Out' (el momento más ruidoso del disco, pero también divertido) y la concluyente 'Silent Spring', belleza primaveral acústica con olor a hierba; quietud y reposo tras las lágrimas vertidas.

Bettie Serveert no han dejado de hacer discos desde entonces y han ido puliendo su estilo, o debería decir que lo han esterilizado, porque últimamente se han estado acercando peligrosamente a un pop-rock adulto con riesgo de dejar al oyente con un regusto insípido. Se han esforzado por cambiar y no repetir fórmula con idénticos ingredientes pero quizás estén buscando los nuevos en el lugar equivocado. El pasado día 9 de este mes acabaron de masterizar su próximo álbum, que se publicará a principios del año que viene.