domingo, 26 de septiembre de 2010

Imperdible: Goldfrapp - "Felt Mountain" (2000)



Vi a Alison Goldfrapp sobre un escenario hace dos noches. No era un sueño; debería aclarar eso primero, aunque ojalá lo hubiera sido. Es algo que pasa, lo de no reconocer a alguien conforme va creciendo cuando le ves cada dos, tres temporadas. Hay quien da un estirón pero conserva algo de lo que habías archivado, y cuando le ves puedes revolverle el pelo con la mano de manera simpática, diciéndole lo cambiado que está. Pero hay veces que no, que ese alguien se ha vuelto abúlico y frío, incapaz de mirarte a la cara, y sabes que ya no tienes nada que decirle. Hay hasta quien ha perdido el juicio, o eso te parece. Al final el problema es de uno por tomar una imagen efímera como definitiva, cuando las personas estamos en cambio constante aunque no nos demos cuenta.

La carrera de Goldfrapp hacia lo que hoy es empezó hace ya muchos años, a la altura del segundo álbum ni más ni menos, aunque para ese Black Cherry (2003) se construyó un personaje perturbador y subyugante de dominatrix (botas altas, gorro militar de la Segunda Guerra Mundial) y, aunque lo que sonaba por los altavoces era un electro-pop frío y prácticamente en las antípodas del universo desconocido de Felt Mountain (2000), se acopló bien a éste por mantener un subtexto oscuro. A partir de entonces, ha permanecido en su cabeza una idea de desenfado que se ha dedicado a simplificar progresivamente y a despojar de toda sustancia con cada disco que ha publicado (que su voz se asemejase a la de Elisabeth Fraser en 'Clowns' hace un par de años se confirma, con el reciente Head First, como un mero paréntesis) y el mayor esfuerzo cuando se encierra en una cabaña a componer con su compañero de proyecto Will Gregory ya no parece recaer en la creación musical, sino en la potenciación de una blanda figura de disco diva a caballo entre los últimos 70 y los 80 de los calentadores y el aeróbic. Cuando me alejaba de su concierto el otro día, me olí las manos y la esencia era la misma que la que se te queda cuando remueves la sección de vinilos a cincuenta céntimos de un Cash Converters o la de cuando abrías la caja de una vieja cinta porno de VHS que alguien tenía escondida en lo alto de un armario. Era así de barato. Y que perdonen mis malos modales.

















Todo lo contrario que cuando me compré ese precioso digipack que envolvía Felt Mountain la primavera de 2001 (esa portada imborrable). Alison Goldfrapp había tardado a lanzarse a iniciar un proyecto propio, tan personal que lo bautizó con su propio apellido. Su registro de actividad hasta entonces no era desdeñable, habiendo prestado su versátil voz a piezas firmadas por gente como Orbital ('Are We Here?'), Tricky ('Pumpkin'), Spacer ('Contrazoom') o John Parish ('Pretty Baby'), pero fue con Will Gregory (compositor colegiado y, en el pasado, músico para The Cure o Peter Gabriel) con quien sintió que podía desenvolver y aumentar sus ideas. Con él, explicaba en The Guardian en 2001, podía preguntarse: "'¿Cuál es el escenario detrás de esta canción? ¿Cuáles son las emociones?' (...) ¡He estado metida en cosas donde los tíos todo lo que hacían era hablar de putos bpm's! En vez de verles fumar el octavo porro con sus anoraks puestos, ¡quiero oír una canción! Will es exactamente igual". El álbum se gestó en un bungalow en el campo durante seis meses, empezando en septiembre de 1999 (cuando ya sabían que la discográfica Mute les publicaría el disco), y la húmeda majestuosidad del bosque en otoño e invierno se alimentó de la yuxtaposición de influencias y conceptos aparentemente opuestos pero bien revueltos (y resueltos): con el comentadísimo aire cinematográfico de las composiciones, apuntaladas por unos arreglos opulentos (cuerdas, viento, clavicordio, teclados polvorientos) y las colaboraciones de músicos afines como John Parish y Adrian Utley, éstas quedan enmarcadas en un inmenso espacio abierto e invernal de una hermosura que deja sin aliento, pero las líneas tiemblan y los bordes de las cosas se vuelven afilados cada vez que Alison interviene en ese paisaje, añadiendo una sensación de claustrofobia y neurosis; como la respiración ansiosa y suspicaz de alguien desconfiado mezclada con la perversidad del que desea algo a toda costa.

La vileza no está simplemente en el tono (que además es abiertamente sensual en muchas ocasiones): las letras abrazan un estilo frío y abstracto, minimalista, que te deja mudo (esa urgencia sexual sofocada en frases como "Empieza en mi estómago, después hacia mi corazón, dentro de la boca / no puedo mantenerlo callado / ¿Reconoces el olor? ¿Es así como nos diferencias?" o "Deslízame entre tus dedos, tírame como un trapo viejo / No mires atrás, no me he aguantado de pie"; simples imágenes como "Un caballero que guisó todas tus lágrimas" o "Una bolsa de papel marrón hace las veces de sombrero cuando llueve sobre tu cabeza / Un brindis por eso"). No hay una atadura de estilo más allá de esa elegancia de celuloide que irradia cada uno de estos nueve temas en todos sus aspectos, de una finura deliciosamente orgánica aunque puntualmente mezclada con elementos electrónicos. Desde la intimidad casi folk -siempre sombrío y dramático- de canciones como 'Paper Bag' o, de manera más audaz, 'Lovely Head' (los silbidos, la quietud y acto seguido el tormento en la voz operística que todo el mundo confundió con un theremin hasta que la vieron ejecutarla en directo) al pop gélido de 'Utopia' (oportuno sintetizador para hacer sentir la falta de guantes y abrigo en medio de la calidez instrumental del resto de temas), el romanticismo contemplativo y casi idílico de 'Pilots' ("Si yo viviera para siempre, tú no serías tan hermoso como el sol") o los coqueteos con el cabaret murmurado y sugerente del tema titular (el más seductor) o el aire siniestro e incisivo de la circense 'Oompa Radar'. Dos momentos especialmente destacables: 'Human', un arrebato inflamado que ilustra a la perfección esa dureza verbal contenida y recoge su interpretación vocal más carnosa (alguien mencionó a Shirley Bassey); y 'Deer Stop', una instantánea nocturna y silenciosamente ardiente que pone los pelos de punta. Creo que me quedo con ese concepto de anhelo o deseo ahogado y pérfido para definir el grueso de lo que explica este disco.

Felt Mountain fue completamente desterrado del setlist del concierto que vi el pasado viernes, y probablemente de toda la gira que ahora tienen programada. En realidad, hoy por hoy es un gesto de máxima reverencia hacia la que ha quedado como su obra capital; insólita e irrepetible.



Para escuchar en Spotify:


1 comentario:

Héctor dijo...

Felt Mountain es un discazo. Recuerdo por allá los 2002, diciendo con una amiga, que seguramente el segundo disco de Goldfrapp sería más de lo mismo y nos parecería soso.

Qué tristemente equivocados estábamos.