domingo, 17 de octubre de 2010

Imperdible: Siouxsie and the Banshees - "Peepshow" (1988)


Verano de 1989. Julio o agosto; no lo recuerdo bien, aunque probablemente agosto. Tengo cinco años. Mis tíos, que se fueron a vivir a Berriozar hace un tiempo, vienen a visitarnos de vez en cuando y en los meses de estío tienen tendencia a cogerse unos días de vacaciones en algún aparta-hotel de nada más y nada menos que Salou. Siempre vamos con ellos. Por suerte, cuando creces descubres que existen otras localidades, otras playas que no parecen un terrible complejo turístico, pero con cinco años ignoras que Salou es un asco. Ellos, como adultos, no entiendo qué hacían allí un año detrás de otro, pero esa es mi familia. Tengo tres recuerdos fuertes de esas vacaciones y son los únicos: la imagen de una pequeña peonza de plástico amarillo que nos dieron en una zapatería a mí y a mi primo; el escándalo que se armó -cerrajero incluido- cuando se me quedó el dedo pillado en la rendija de una puerta tras la que me encontraba jugando al escondite (dolió mucho); y darle la paliza a toda la familia poniendo constantemente el 'Peek-a-Boo' de Siouxsie and the Banshees (ellos compraron la cinta, al fin y al cabo), haciendo bailes tontorrones y por algún motivo arabescos al son del acordeón.

En 1987, la banda de Siouxsie Sioux y Steven Severin (únicos supervivientes de la formación original) se encontraba en una encrucijada, algo que confirmaron entregado el recurrente disco de versiones (Through the Looking Glass; notable de todos modos) ante la dificultad de componer material nuevo lo suficientemente sólido como para cimentar un álbum relevante. Las composiciones originales de esa época las relegan a las caras b de los singles, y aunque son agradables añadidos a su catálogo es evidente que no presentan novedades. La prensa especializada ya llevaba años cuestionándose cuál era el lugar de la banda y por qué seguían publicando discos, señalándoles como una caricatura autoparódica que se había quedado anclada en sus propios patrones de estilo gótico y de horror, algo que siempre me ha parecido injusto y que no acabo de entender: Siouxsie and the Banshees me parece una de las bandas que más hizo por subvertir el mundo del pop, que luchó por triunfar comercialmente pero según sus reglas y que tiene una discografía vasta y llena de colores (lo de "repetición" es lo que más se me escapa). Pocos se podían esperar que al año siguiente, diez años después de publicar su álbum de debut, entregaran el que iba a ser uno de sus tres mejores discos: Peepshow.

Trabajar en las versiones del anterior disco le había servido al nuevo miembro Martin McCarrick (cuerdas, teclados) para adaptarse a la banda, y Jon Klein (guitarra) hizo lo propio debutando en el single Song From the Edge of the World. Hecho eso, la seguridad de ambos alimentó de la mejor manera lo que fue un periodo de dulce inspiración para Sioux, Severin y Budgie. Peepshow resulta ser un excelente título: el oyente es un voyeur que va introduciendo monedas en una cabina en la que se representan diez historias que le conducen hasta un desenlace. Quedarse sin cambio en cualquier momento sería un desastre, pues aunque se trata de una colección ecléctica, ésta es una de las obras más cohesivas de los Banshees, algo de lo que se encargó con muy buena mano su habitual productor Mike Hedges, que en anteriores ocasiones ya les había tentado a jugar más con su música y abrir su campo de visión. Lo que más destaca aquí respecto a sus anteriores producciones para ellos es la claridad y lo tangente del sonido después de todo ese eco de catedral en el que enterraron discos como Hyaena (1984), algo que iba en detrimento de las interpretaciones, desenfocándolas y restándoles nervio.























'Peek-a-Boo', sombrero de copa en mano y mirada perversa, abre el espectáculo, y es que no podía tener una función más adecuada que esa: no hay nada que se acerque remotamente a lo que es esta canción en todo el disco. Un experimento con el que toparon al poner al revés una cinta de batería y arreglos de viento y sobre la que acabaron escribiendo esta esplendorosa locura rítmica con fraseos de acordeón, campanitas y Siouxsie dividida en tres pistas (izquierda, centro y derecha) ridiculizando la industria de porno blando. Sin duda si algo puede decirse de la interpretación vocal de Siouxsie en esta decena de temas es que nunca había sonado tan seductora, nítida y versátil (su pico de destreza y dominio de las cuerdas vocales es justamente entre 1985 y 1989, aproximadamente): firme en el pulso pop de 'The Killing Jar'; con las debidas dosis de misterio y sigilo en las estrofas de 'Scarecrow', sobre un colchón de bajo tenebroso y diminutas programaciones, antes de transformarse en un pequeño himno marcial acompañado por apuntes de tembloroso piano. Acto seguido, 'Carousel' se impregna de una atmósfera acertadamente cíclica e hipnótica, revuelta entre siniestros recuerdos infantiles e imágenes de fantasía. La primera cara la clausura 'Burn-Up', un rockabilly que trota con vigor celebrador, violines y armónica incluidos, y que la banda asimila con una inesperada naturalidad.

Las programaciones electrónicas adornan con algo más de insistencia las entrañas de 'Ornaments of Gold', más cercana al pop-rock oscuro que podrían ejecutar en autopiloto pero, como todo en este disco, acometido con sutileza y lleno de detalles preciosistas, lo mismo que 'Turn to Stone', que en sus estrofas -los arpegios acústicos, las piruetas de la melodía- muestra cierta influencia medieval, algo que aparece durante todo el minutaje del disco, aquí y allá. 'Rawhead and Bloodybones' es una miniatura esquelética que tiembla en las tinieblas, un breve entretenimiento situado estratégicamente antes de uno de los grandes números de este espectáculo que es Peepshow: en 'The Last Beat of my Heart' la influencia medieval no solo flota en el ambiente si no que es palpable en el decorado (el tambor tribal, el acordeón -aquí romántico y arropando a la voz durante todo el camino-, la melodía majestuosa) y la voz de Siouxsie aparece y se evapora con cada verso, frágil y efímera como el vaho. 'Rhapsody' despide al voyeur en las antípodas de la calma que la precede: furiosa y acelerando progresivamente como un ciclón, las cuerdas suenan enormes y el caos, alargado hasta los seis minutos y medio, suena precioso.

Éste sí fue, lamentablemente, el último gran disco de Siouxsie and the Banshees. En los dos siguientes que precedieron a su separación en 1996 no pasaron de reunir canciones con dudosas elecciones en el campo de la producción, y nunca cobijadas bajo un concepto tan hermoso como este. De ser verdad el símil entre escucharlo y dejarse monedas con cada una de sus canciones como en un peepshow, me hubiera quedado sin un duro hace muchísimo tiempo.



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