jueves, 2 de diciembre de 2010

Imperdible: Sebadoh - "Bakesale" (1994)


La percepción del tiempo, conforme creces, se hace más y más extraña. Su paso no solo se vuelve progresivamente más veloz –algo además irreversible- sino que a causa de ello lo vivido parece simultáneamente cercano y a años luz. Hoy me acordaba de cuando me compré este disco de Sebadoh; era 1999. Que entonces tuviera quince años aún acentúa más el hecho de que me parezcan los dibujos de humo de la vida de otra persona. Veo a ese chaval retraído, al que la peluquera del pueblo cortaba el pelo a máquina aunque lo odiaba, que se afeitaba con agua fría porque nadie le había dicho cómo hacerlo y se iba con la cara cortada al instituto cada cuatro días, demasiado asustado como para hablar (vaya, eso no ha cambiado demasiado según se mire). Recuerdo mirar fotos de sexo y no tenerlo, y comprar discos cuando solo había podido escuchar una canción en un sample o en un video-clip en Sputnik.

Encontré Bakesale en una tienda que hace mucho que no existe. Fue todo un acontecimiento cuando la abrieron en diciembre de 1994; tenía dos plantas y había discos piratas de conciertos y cosas así. Cuando empezaron mis inquietudes musicales me llevé varias sorpresas encontrando cd’s que incluso estaban descatalogados, perdidos en desorden alfabético en las estanterías, y que agonizaban desde sus fechas de publicación dado a que el comprador potencial no distaba mucho del de hipermercado y no buscaba esas cosas. Éste de Sebadoh estaba en una vitrina cerrada con llave (creo que por ser un digipack no sabían qué hacer con él) y tuve que pedirlo expresamente, algo que me horrorizaba y que rompía esa pudorosa intimidad con la que me iba yo a comprar discos (bastante era ya pagar al dependiente).

En su día no fue un trabajo que me golpeara hasta el punto de escucharlo de manera compulsiva, pero el recurrir a él periódicamente durante estos años y la estima que le tengo a día de hoy demuestran que sí alteró lo suficiente mi sensibilidad, probablemente al reconocer en Lou Barlow (voz, guitarra) a un autor humilde y pequeño en un momento en el que me sentía insignificante: en su manera de narrar las cosas se adivinaba a alguien que parecía igual de confundido y torpe en sus relaciones, cobarde quizás para decir en voz alta lo que pasaba por su cabeza pero deslenguado al volcarlo en estas canciones, o lo que es lo mismo, seguro en su propio mundo.

Ese nerviosismo interior, esa irritación contenida pero a punto de rebasar el borde de lo tolerable se respira desde la urgencia del primer tema, ‘License to Confuse’, muestra del sonido incisivo y con pulpa que el trío (con puntuales colaboraciones) consiguió para este álbum: hasta entonces, Sebadoh habían sido una de las bandas para las cuales se acuñó la etiqueta “lo-fi”; sus grabaciones al principio eran ejercicios sin complejos grabados en cassette con todas sus impurezas, y más adelante seguían conservando ese desorden maquetero aún cuando entraban en el estudio. Para Bakesale grabaron con Tim O’Heir en los estudios Fort Apache de Boston y conservaron lo agreste sonando más brillantes que nunca, y las composiciones de Barlow y Jason Loewenstein (aún siendo habitual la tendencia más melódica y sentimental del primero y la agresividad del segundo) dieron lugar a una secuenciación acertada y armoniosa, medida y sin paja, algo que no puede decirse de sus otros álbumes.

Por parte de Lou Barlow encontramos algunas piezas introspectivas y minimalistas de esas que tendrían su raíz en su destartalada guitarra acústica pero que ven aumentado aquí su impacto emocional con punteos saturados como en la carta abierta de ‘Not a Friend’, pero sus dubitaciones amorosas, esa pelota de aire que llena sus mejillas cuando las preguntas y el embrollo de sentimientos le nublan el raciocinio viene envuelta en melodías pegadizas que cabalgan sobre fondos de ajustada asperidad (‘Rebound’, ‘Magnet’s Coil’), rauda, a veces preciosa (‘Skull’: “Y no sé quién eres / pero sé qué me gustaría que fueras”) y otras todavía cercana a la garrulería de otros tiempos (‘Give Up’). Si en el anterior Bubble & Scrape fue la ruptura con su novia la que alimentó su angustia (gracias a las canciones de ese disco volvió a ganársela, además) aquí sus preocupaciones parecen tener más que ver con su entorno en general y con el rechazo que le produce autocompadecerse.

Las canciones de Loewenstein, en cambio, son de una seriedad menos flexible y se basan en riffs más robustos (‘Careful’ duele y es una de sus composiciones más redondas), bordeando en algún punto el hardcore. Se empareja con Tara Jane O’neil a la batería en tres de ellos, a destacar la espiral y el crescendo de intensidad de ‘Not Too Amused’, un tema austero y que conduce al equívoco con su paso relajado. Hacia el final queda espacio para una composición del batería Bob Fay, ‘Temptation Tide’, en la que comparte micrófono con Anne Slinn y que aporta al disco un respiro y un aire de ligereza con el añadido del teclado. Eso sí, bromas las justas; es Barlow el que se guarda el crédito de la pieza concluyente ‘Together or Alone’, la letra más sentida del lote: “Esta confusión me agota / pero sonreiré cuando esté contigo / porque hay tanto que podemos hacer / juntos o solos / a mí no me da miedo estar solo”.

Hermosa confusión existencial.