jueves, 10 de marzo de 2011

Imperdible: Tones On Tail – “Pop” (1984)



Muchas veces, como hace poco en otras colmenas, no explico íntegra la historia de cuál fue la base de mi educación musical porque no parece venir a cuento adentrarme en el ámbito familiar. El hecho es que mi padre diseña ropa desde mediados de los años 80 y en 1986 empezó a hacer desfiles variopintos para presentar su trabajo. Igual que sus primeros diseños, esos pases eran anárquicos e incorrectos: solían tener lugar en pubs y los vestidos los llevaban amigas y conocidas de diversa índole y grados de excentricidad, generalmente con buen tipo. A partir de los 4 o 5 años recuerdo la fascinación que me producía estar en uno de esos pubs como quien está en el set de rodaje de una película. Luego me encargué de magnificar todo eso viendo repetidamente las cintas de vídeo que los inmortalizaban. El amigo de mi padre que se encargaba de filmarlo todo y editarlo tenía un excelente gusto musical, y con la tendencia que había en la época de hacer que las modelos se pasearan veinte veces por la pasarela con cada traje, cada vídeo era como una recopilación fantástica de ocho o diez temas -ante mis ojos, imposibles videoclips- de post-punk, new wave y hasta vanguardia.

Ahí tuve para educarme con más de sesenta canciones solo entre 1986 y 1991 que, a diferencia de lo que hubiese sido una recopilación grabada en casete, no venían con nombres de artistas ni títulos. Algunas piezas eran fáciles de localizar porque coincidía que teníamos el disco o la cinta en casa; de otras descubrí a los intérpretes por intuición o causalidad; pero el mayor grueso permaneció anónimo hasta que, ya de adulto, sentí la necesidad de ponerle cara a todos, y no ha sido hasta hace muy poco que he liquidado cada uno de los misterios después de empezar hace más de cuatro años, algo que hubiera sido casi imposible en una era sin buscadores de internet y con la nula ayuda de la memoria de mi padre. Así fue como, en 2006, me enteré de que era fan de Tones On Tail desde hacía casi dos décadas.

Tones On Tail empezó en 1982 como un proyecto paralelo a Bauhaus para Daniel Ash (guitarra, voz). Se asoció con Glenn Campling (teclado), un amigo suyo que había sido también roadie del grupo madre, y más tarde con el batería Kevin Haskins cuando Bauhaus se desbandó en 1983. La corta aventura acaba viéndose históricamente como un mero puente que llevó a Ash hasta Love and Rockets, grupo que montó después y con el que probó las mieles del éxito comercial. Para haber sido tan efímera, la colaboración entre Ash y Campling fue muy fértil. Desde el principio tuvieron la voluntad expresa de distanciarse de Bauhaus, estatuto que les llevó incluso a encarnar su reverso estético vistiendo íntegramente de blanco para desvincularse de las etiquetas “gótico” y “siniestro”. Y la otra característica innegable de su cooperación es el eclecticismo resultante del feliz choque entre el gusto de Campling por la música electrónica y de vanguardia y las inquietudes de Ash por géneros como el dub o el jazz. Le dieron el título Pop al álbum de debut que publicaron en 1984; “pop”, esa palabra que nació como abreviación de “popular” a la que cada cierto tiempo se hace un raspado de significado. U2 titularon un disco así; Los Planetas también. Tones On Tail lo hicieron en una época cuando en el Reino Unido se hacía mucho por subvertir el pop (pop podían ser Tuxedomoon, P.I.L., Siouxsie & the Banshees, Laurie Anderson, The Residents...); era una declaración de intenciones. Pero Tones On Tail siguió siendo una criatura oscura y no reconocida.

















Como tomando al oyente por una hormiga que deambulara por pastillas de acuarela, el dúo le puso empeño a dotar a cada canción de una personalidad muy marcada, haciendo de Pop un álbum ambicioso y ameno donde lo sublime, lo humorístico, lo intenso y lo superfluo no se excluyen. El inicio es brillante: ‘Lions’, que no temo a definir como una de las veinte mejores canciones que he escuchado jamás, se sustenta en dos notas de sintetizador que se repiten durante toda la sigilosa pieza, armonizando con la línea de bajo del estribillo, creando un ritmo ingrávido y virtual bajo la voz de un Daniel Ash seductor, que dice: “Los leones siempre apuntan a lo más alto porque matar siempre ha sido una salida fácil”. Es un número abstracto de electrónica minimalista que es una lástima que no vuelva a repetirse a lo largo del minutaje, pero lo mismo ocurre con cualquiera de los temas. En su vertiente más ligera y juguetona, ‘Happiness’ ironiza sobre lo que es el triunfo en la vida adulta entre aires jazz (batería con escobillas y bajo granuja) y psicodélicos (ese órgano distorsionado, ácido y vil), y en ‘Slender Fungus’ experimentan con samples de ruidos bucales para construir un ritmo sobre el que armonizan cual dúo vocal de los años 40, mientras la imaginería bebe del surrealismo (“El hongo delgado come en la cama antes de irse a dormir”). Es un poco como lo dadá del Robert Smith que se perdía en las ensoñaciones de la etapa de color post-siniestro de The Cure, pero más arty.

En algunos casos es más fácil relacionarles con las tinieblas de las que tanto deseaban huir, como en el espacio vacío que se percibe en ‘Movement of Fear’ (una de las que más remiten a la vanguardia inquietante de Tuxedomoon) o en ‘The Never Never (Is Forever)’, que junto a ‘War’ (más urgente y angulosa; más atada al cliché del género gótico) es el momento en que Ash hace un uso más rasposo de sus cuerdas vocales. ‘Performance’ es quizás la más exuberante en cuanto a arreglos, embalada para ser un éxito en las pistas de baile; programaciones electrónicas le dan forma y las ideas melódicas a la guitarra se disparan en todas direcciones sobre un bajo funky. Los arpegios acústicos de ‘Real Life’ no andan lejos del trabajo de Bauhaus en algunos momentos de su canto de cisne (Burning From the Inside, 1983), y para cerrar desarrollan una pieza atmosférica de más de ocho minutos, ‘Rain’, que esconde un pequeño medio tiempo de regusto extrañamente positivista y reflexivo: “Ella dijo: “Es hora de machacar este sentimiento” / Escribiendo cartas muy largas en cuanto llueve / Oh, la lluvia”.

Al final de una gira americana el mismo 1984, Daniel Ash le dejó caer a Glenn que no sabía si querría seguir. Tres meses más tarde, se enteró de que el batería Kevin ya lo sabía antes que él y de que en realidad los dos habían empezado el proyecto que acabaría siendo Love and Rockets.


Pop fue recogido en 1998 (aprovechando el interés suscitado por la reunión de Bauhaus ese mismo año) en Everything!, recopilación de todo el material publicado entre 1982 y 1984.



Para escuchar en Spotify
(las canciones 1 a 9 son las que integraron Pop en su día).