
Muchas veces, como hace poco en otras colmenas, no explico íntegra la historia de cuál fue la base de mi educación musical porque según cómo, no parece venir a cuento adentrarme en el ámbito familiar. El hecho es que mi padre empezó a diseñar ropa hace unos veinticinco años y desde entonces hace desfiles de vez en cuando; los primeros, igual que sus diseños, eran anárquicos e incorrectos: solían tener lugar en pubs y los vestidos los llevaban amigas y conocidas de diversa índole y grados de excentricidad. Teniendo dos y tres años de vida por entonces, nada recuerdo de mi asistencia, pero recapitulo y un par de años después sí veo la fascinación que me producía estar en uno de esos pubs como quien está en el set de rodaje de una película, y es que yo me había encargado de magnificar lo que eran esos desfiles viendo repetidamente las cintas de vídeo que los recogían. El amigo que se las editaba tenía un excelente gusto musical, y con la tendencia que había en la época de hacer que las modelos se pasearan veinte veces por la pasarela con cada traje, cada vídeo era como una recopilación fantástica de ocho o diez temas. Ante mis ojos, imposibles videoclips.
Más de sesenta canciones solo entre 1986 y 1991. Algunas eran obvias porque teníamos el disco o la cinta en casa, de otras descubrí a los intérpretes por intuición o causalidad, pero el mayor grueso permaneció anónimo hasta que, ya de adulto, sentí la necesidad de ponerle cara a todos, y no ha sido hasta hace muy poco que he liquidado cada uno de los misterios después de empezar hace más de cuatro años, algo que no sé cómo habría hecho en otro tiempo sin buscadores de internet y con la nula ayuda de la memoria de mi padre. Y así fue como, en 2006, me enteré de que era fan de Tones on Tail desde hacía casi dos décadas.
Tones on Tail empezó en 1982 como un proyecto paralelo a Bauhaus para Daniel Ash (guitarra, voz). En él se asoció con Glenn Campling (teclado), un amigo suyo que había sido también roadie del grupo madre, y más tarde con el batería Kevin Haskins cuando Bauhaus se desbandó en 1983. La aventura –que históricamente acaba viéndose como el puente que llevó a Ash hacia Love & Rockets- fue corta debido a las diferencias entre los dos compositores, tan corta como fértil y espléndida por ese mismo motivo. Por un lado, hubo des del principio una voluntad expresa de distanciarse de las líneas marcadas por Bauhaus (llevada incluso hasta el límite de vestir íntegramente de blanco para desvincularse de las etiquetas “gótico” y “siniestro”), pero no les hacía mucha falta partiendo del feliz choque entre el gusto de Campling por la música electrónica y de vanguardia y las inquietudes de Ash en géneros como el dub o el jazz. No es extraño que le dieran el título Pop al álbum de debut que publicaron en 1984; “pop”, esa palabra que nació como abreviación de “popular” a la que cada cierto tiempo se hace un raspado de significado. Conozco otros discos que más adelante han tomado ese nombre, pero ninguno alberga un contenido tan plural y aventurado, y por ello merece un lugar bien situado en las estanterías al lado de otras obras que, durante el primer lustro de los ochenta, hicieron por subvertir el concepto de “pop” como género musical que llegara a un público mayor (soltamos los nombres que queráis: Tuxedomoon, P.I.L., Siouxsie & the Banshees, Laurie Anderson, The Residents, etcétera). Aún así, Tones on Tail sigue siendo una criatura más oscura y no reconocida.
Como tomando al oyente por una hormiga que deambulara por pastillas de acuarela, el dúo le puso empeño a dotar a cada canción de una personalidad muy marcada, tanto que dos piezas cogidas al azar no levantarían sospecha de que están firmadas por el mismo grupo. El inicio es brillante: ‘Lions’, una de las canciones que destacaría sin problema entre las veinte mejores que he escuchado jamás, se sustenta en dos notas de sintetizador que se repiten durante toda la canción, armonizando con la línea de bajo descendiente del estribillo, creando un ritmo ingrávido y virtual bajo la voz suave y seductora de Daniel Ash, que dice: “Los leones siempre apuntan a lo más alto porque matar siempre ha sido una salida fácil”. Es un abstracto número de electrónica minimalista que es una lástima que no vuelva a repetirse a lo largo del minutaje, pero hay más: en su vertiente más ligera y juguetona, ‘Happiness’ ironiza sobre lo que es el triunfo en la vida adulta entre aires de free jazz (batería con escobillas y bajo granuja) y psicodelia (ese órgano distorsionado y vil), y en ‘Slender Fungus’ experimentan con samples de ruidos bucales para construir un ritmo sobre el que armonizan cual dúo vocal de los años cuarenta, mientras la imaginería bebe del surrealismo (“El hongo delgado come en la cama antes de irse a dormir”).
En algunos casos es más fácil relacionarles con las tinieblas de las que tanto deseaban huir, como en el espacio vacío que se percibe en ‘Movement of Fear’ (una de las que más remiten a la vanguardia inquietante de Tuxedomoon) o en ‘The Never Never (is Forever)’, que junto a ‘War’ (más urgente y angulosa) es el momento en el que Ash hace un uso más rasposo de sus cuerdas vocales. ‘Performance’ es quizás la más exuberante en cuanto a arreglos, sirviéndose de las programaciones electrónicas para dar forma a un tema tan bailable como sombrío y aderezado con ideas melódicas a la guitarra que van en todas direcciones y un bajo funky. Los arpegios acústicos de ‘Real Life’ no andan lejos del trabajo de Bauhaus en algunos momentos de Burning From the Inside, y para cerrar desarrollan una pieza atmosférica de más de ocho minutos, ‘Rain’, que esconde un pequeño medio tiempo de regusto extrañamente positivista y reflexivo: “Ella dijo: “Es hora de machacar este sentimiento” / escribiendo cartas muy largas en cuanto llueve / Oh, la lluvia”.
Pop fue recogido en 1998 (aprovechando el interés suscitado por la reunión de Bauhaus ese mismo año) en Everything!, recopilación de todo el material publicado entre 1982 y 1984.
Para escuchar en Spotify: Tones on Tail – ‘Everything!’ (las canciones 1 a 9 son las que integraron Pop en su día).

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