domingo, 24 de julio de 2011

Momentum: The Cranberries - "Everybody Else Is Doing It, So Why Can't We?" (1993) / "No Need To Argue" (1994)

















Esta tarde, paseando por el campo, me he acercado a un zarzal y he arrancado una mora de las oscuras, que parecían ser más grandes y gustosas que las rojas. Es algo que no hacía desde 1995, cuando aún vivía en las afueras del pueblo con mi madre; lo mismo que acercarme con tanta curiosidad a un disco de The Cranberries como lo he hecho esta semana, con una pequeña diferencia: a los once años estaba descubriéndoles; a los veintisiete, he sentido un impulso irrefrenable por revisar esos discos, entender qué veía entonces y comprobar si queda algo valedero en ellos que concorde con mis gustos ahora. He acabado articulando este texto en la sección 'Momentum', pero he estado pensando seriamente en enmarcarlo en una nueva, barajando títulos como 'No Quiero Mirar' o 'El que Mira en los Accidentes', lo que explica que, a pesar de las incontenibles ganas de volver a acercarme a esta música, he hecho este análisis con un enorme sentimiento de guilty pleasure. No importa cuánto pudiera gustarme a mediados de los 90; fue un grupo que abandoné con rechazo, no con indiferencia, y por varios motivos. Pero estos días, con esa extraña sensación de estar haciendo algo que no es propio de ti, me he dado cuenta de que era un buen ejercicio hacer las paces con esa época de transición pre-púber cuando en mis cintas de videoclips se daban la mano Björk y PJ Harvey con Tina Turner o Green Day. Y es que eso se asemeja más a cómo disfruto de la música ahora que a los tabúes paranoides forjados durante la adolescencia. 

Adelanto ya el veredicto: tras darle unas cuantas escuchas al disco negro y al blanco, puedo afirmar que en ambos he encontrado belleza, buen hacer compositivo y emoción. The Cranberries realizaron su mejor trabajo cuando bebían de la introspección y la modestia, antes de creerse emisarios socio-políticos solo por haber tenido un enorme éxito comercial en el mundo del pop. El grupo, y en particular Dolores O'Riordan (voz, guitarra), dejó de interesarme cuando mi campo de visión musical se amplió irreparablemente y descubrí artistas que me parecían más sustanciosos y enriquecedores, pero también contribuyó su abuso vocal de los gorgoritos tiroleses y que su discurso empezase a adquirir tics de predicadora caricaturesca: concienciar de la gravedad de las guerras en Irlanda y Bosnia o de los efectos devastadores de las drogas; lamentar que el mundo de la fama no era tan bonito como Hollywood; o mencionar de manera insensiblemente frívola a John Lennon, Kurt Cobain o William Butler Yeats en las canciones levantó un muro en ellas que anulaba la posibilidad de conmoverse con el sonido. Esas obviedades, soltadas con la seriedad enrocada de un mocoso en el álbum después de 'Zombie' To The Faithful Departed (1996), empezaron a rechinarme y a irritarme de modo irreconciliable. 























Criada en un pueblo esencialmente ganadero y formada en un instituto católico femenino de Limerick (Irlanda) que subrayaba la educación musical, a O'Riordan le bastaron a penas tres años para pasar de dar la cara en el grupo con maneras adorablemente retraídas a actuar con arrogancia y delirios de grandeza, cegada por la validación del público que compró discos en masa y a la defensiva por los varapalos de los críticos que empezaban a ponérsele en contra. El primer disco de The Cranberries para el sello Island, Everybody Else is Doing it, So Why Can't We? (1993), es una colección que resume su primera etapa, la más cándida; temas compuestos desde que una Dolores sonrojada entrase en la banda que habían formado los hermanos Noel (guitarra) y Mike Hogan (bajo) y Fergal Lawler (batería), alrededor de 1990. Recuerdo que me supo a poco cuando lo escuché por primera vez en la época; su concienzuda fragilidad me pareció un punto débil, pero ahora me parece su mayor atractivo y virtud. Se adivina a una banda novicia, contenida al ejecutar su sonido (forjado en un par de maquetas y un EP publicado en una pequeña compañía, Uncertain [1991]), y tímida en las letras, crónica de las vicisitudes propias de los primeros amores y de lazos afectivos en terreno inestable (no hay que olvidar que sus miembros a penas superaban entonces los veinte años).

La inocencia alimenta el aliento de Dolores, que jamás volvería a sonar tan pura y libre de histrionismo como en estas doce piezas. Dándole cobijo, destaca la inventiva y el gusto a la guitarra de Noel Hogan, un seguidor confeso del trabajo de Johnny Marr (The Smiths) que hizo destacar a The Cranberries por encima de cualquier combo de pop-rock asequible para las masas. No en balde grabaron el álbum con Stephen Street (Marr les dio calabazas educadamente), responsable de los mejores trabajos de The Smiths que permanecería como productor de casi todo lo que grabarían los irlandeses. Street puso el acento en el carácter vulnerable de su sonido, pero por momentos se le fue de las manos ablandando un puñado de canciones que, como 'Dreams' o 'Still Can't...', se hubiesen beneficiado de unas interpretaciones con más energía, la misma que The Cranberries les imprimían en directo. De todos modos, en general tuvo buen ojo. Tersos arreglos de cuerda arropan 'Sunday' y 'Linger' -donde Dolores revela con ansiedad la inseguridad que le provoca que un amor platónico pueda materializarse e incluso, a partir de ahí, esfumarse- y hacen majestuosa 'Put Me Down', un susurro que esconde el deseo de desaparecer y borrar las vivencias dolorosas con un tono triste y épico, al cierre del álbum. El grupo, que muestra un agradecido nervio en 'Waltzing Back' y 'How', también sobresale en los momentos más sombríos, cuando O'Riordan apunta a una provocación en voz baja, como si necesitase una confrontación y aún le faltase entereza para atreverse con su adversario. Así transcurre la tormenta fantasmagórica de la inicial 'I Still Do' ("no quiero dejarte, aunque tengo que hacerlo / no quiero quererte, aún lo hago"); la descarga ahogada de 'Not Sorry', donde susurra "No lo lamento si te insulto, si te detesto"; y la belleza perversa de 'Pretty' ("eres tan bonita tal y como eres / y no tienes motivo para ser tan insolente conmigo"), repuntada por un diálogo excelso entre guitarra y bajo. 






















Tardó en ocurrir, pero Everybody Else Is Doing It... dio sus frutos en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde los singles 'Dreams' y 'Linger' despegaron a finales de 1993 y aumentaron las expectativas de cara a la secuela, que empezaron a grabar en enero de 1994 y no se publicó hasta octubre del mismo año, a la espera de que se agotase el tardío momentum del primer álbum. No Need to Argue (1994) es la consecuencia del anterior y también su reverso: la mocedad y la inexperiencia sentimental dan paso a reflexiones más serias y negativas sobre relaciones que ya han dolido. Es otro buen disco de pop desde una perspectiva diferente que alberga sus primeras incursiones en cuestiones sociales, como 'The Icicle Melts' (sobre el asesinato en Liverpool del niño Jamie Bulger en manos de dos chavales de diez años en 1993), y políticas, caso de 'Zombie', la canción sobre el conflicto armado en Irlanda que les catapultó a un estrato superior y les hizo súbitamente populares en todos lados a golpe de un estruendo pseudo-grunge que, francamente, cae sobre el resto del cancionero como un mazo encima de una cristalera.

Si cabe destacar algo del cuarteto en este segundo álbum es la solidez que adquirió a base de girar sin descanso durante prácticamente dos años. Stephen Street fue capaz de capturar una moderada contundencia en medio de una producción (parámetros idénticos: cuerdas, acústicas que refuerzan el músculo con elegancia) preciosista como de costumbre. Hay momentos de pop a los que hincar el diente sin titubear (fueron buenos singles 'I Can't Be With You' y 'Ridiculous Thoughts') pero sobre todo medios tiempos que danzan con naturalidad entre lo pastoral y lo lúgubre. 'Everything I Said', con el sonido de un e-bow desolador, y 'Disappointment' rumian sobre el final de una relación entre los destellos de la guitarra de Hogan, mientras la influencia de Sinéad O'Connor se hace notar en 'Dreaming My Dreams' (un reciclaje de su 'Black Boys On Mopeds') y en la delicadeza espiritual de la canción que titula al disco, basada en órgano y voz. La orquestación suena más vigorosa que antaño en la eminentemente acústica 'Empty' ("mi identidad / ¿me la han robado? / ¿se me está rompiendo el corazón?") y en la melancólica 'Ode To My Family'.  Hay, cerca del final, una pieza extensa que podría ser discutiblemente, si no su mejor canción, sí la más interesante de todo su catálogo: 'Daffodil Lament' se desarrolla según va mudando de ambiente y de textura, pasando de una placidez ensombrecida a la turbación liberada con brío, y de ahí al jubilo y a una coda que suena a paz teñida de duelo. Me deja el mejor de los sabores; la certeza de que podré revisar estos discos más a menudo de lo que había necesitado en los últimos años.