sábado, 24 de septiembre de 2011

Imperdible: Sinéad O'Connor - "The Lion and the Cobra" (1987)



Si una gitana me hubiera leído la mano hace un mes y hubiese pronosticado que me vería escribiendo un texto sobre Sinéad O'Connor a no mucho tardar, destacando uno de sus trabajos como imperdible, la hubiera tomado por alguien muy gracioso. Pero así ocurren las cosas que se nos hacen más raras: uno empieza arqueando una ceja ante la publicitada y soez búsqueda de pareja sexual que la artista realiza a través de su página web desde agosto -su último divertimento ahora que está presente en algunas redes sociales- y acaba haciendo lo que no había hecho nunca: ponerse sus discos de principio a final y empezar a investigar seriamente a un personaje que ya me había despertado curiosidad antes; tan disparatado como parece, pero por ello también fascinante.

La imagen pública de Sinéad puede resultar la de alguien sumamente contradictorio y ególatra, con ideas muy fuertes y formas abrumadoras de denunciar lo que le repugna y defender lo que le parece crucial. Su rebeldía, una faceta que desvió por completo la atención de su valía artística en un punto muy temprano de su carrera, no es vacua. Cuando consiguió el reconocimiento prácticamente mundial mediante la frágil 'Nothing Compares 2 U' pocos sospechaban que estaban ante alguien ciertamente subversivo y así de comprometido con sus creencias, que pretendía utilizar su popularidad para crear discusión sobre lo que le parecía injusto o abominable de la agenda política. Yo era un niño cuando ella se vio inmersa en una vorágine de malentendidos y escándalos provocados por sus declaraciones (y por sus hechos: la famosa aparición en la NBC rasgando una foto del Papa, tomándole como símbolo de la Iglesia Católica que protegía a los curas pederastas), pero muchos adultos tampoco fueron más allá de descartarla como desequilibrada, en lugar de escuchar. El mundo ultraconservador que la había aupado a lo alto de las listas de éxitos era el que menos podía entender qué necesidad de dar opiniones tan controvertidas tenía una cantante que estaba archivada junto a Lisa Stansfield en su cajón de las cintas de cassette.

La cuestión es que el grueso del trabajo de O'Connor en su primera década en activo (obviemos, quizás, el disco de versiones de estándares añejos Am I Not Your Girl? de 1992, un poco anticlimático) tiene momentos simplemente soberbios. Lo extra-musical hizo que nos olvidásemos o que no llegásemos a saber que estábamos ante una autora muy respetable, con la que además están endeudadas varias artistas (de su Irlanda natal y de fuera de sus fronteras) que han intentado imitar su estilo vocal y su posición comprometida sin ir más allá de un yódel auto-consciente y púber. Escuchando a Sinéad uno puede afirmar que es una intérprete cabal que no teme exponer su vulnerabilidad, una cualidad frágil y esencial incluso cuando se suelta a los brazos de una fiereza vocal más arriesgada y libre, porque su furia nace de la aflicción y los recuerdos de una infancia marcada por reiterados abusos. 


















Su debut The Lion and the Cobra no es una colección de nueve canciones excelentes, pero lo he elegido por ser la muestra más bruta y espontánea de su carácter como compositora, algo que se iría limando con el paso de los discos durante los noventa mostrando su versatilidad: I Don't Want What I Haven't Got (1990), la madurez reflexiva; Universal Mother (1994), la quietud, sintiéndose desvalida y rota por los acontecimientos post-controversias; y Gospel Oak (1997), un renovado sentimiento de paz y ternura. Con a penas veinte años y una docena de canciones que había escrito durante el último lustro con una guitarra acústica, Sinéad O'Connor despertó el interés de la discográfica británica Ensign y consiguió el control absoluto del sonido de su primer álbum, abortando unas sesiones con el adjudicado productor Mick Glossop y agenciándose ella la labor junto al ingeniero de sonido Kevin Moloney. Escuchado hoy, es cierto, es un disco que se ha quedado en la época a la que pertenece (producción fácilmente digerible para la FM americana de finales de los ochenta, arreglos aguados aquí y allí, especialmente de teclado y batería), pero es parte de su encanto y no desmerece en exceso la materia prima, una mezcla muy personal de folk, pop-rock mainstream y post-punk, aunque una canción destaca por ser más genérica e insustancial que el resto, la funky 'I Want Your (Hands On Me)', aún así uno de sus primeros experimentos con la música más bailable.

Lo embelesador hay que encontrarlo en el calambre de la inicial 'Jackie', un lamento furibundo en crescendo sobre guitarra eléctrica (no en balde se habló de reminiscencias de los primeros Cocteau Twins) donde se puede mascar la indignación del traicionado ("Jackie se fue una noche fría y oscura, diciéndome que volvería a casa / He estado muerta veinte años, lavando la arena con mis lágrimas de fantasma (...) Miraron a la arena y dijeron: 'Ese hombre se conoce el mar como la palma de la mano / Algún día volverá riéndose de ti'"); en el crepitar de medios tiempos como 'Just Call Me Joe' -debidamente ensuciado entre susurros oníricos- y 'Just Like U Said it Would B', uno de los temas en que Sinéad juega más y mejor vocalmente (ese toque entre valentón y afanoso del fraseo) y que más remite a la música folk irlandesa, al que le hubiese sentado mejor un arreglo de cuerda o acordeón que ese teclado a medio gas. Hay lugar para esa exasperación combativa que la hace tan singular ('Jerusalem') y para el pop-rock fácil de memorizar ('Mandinka' muestra todo el ímpetu propio de alguien que tiene la energía para comerse el mundo), pero es 'Troy' (junto a la mencionada 'Jackie') el tema que debería escuchar quien dude si acercarse a este trabajo; una anomalía de peso monumental, cien giros vocales dolientes sobre una orquesta que se enciende cuando las palabras lo solicitan y que hace que broten arreglos incendiarios sobre dos únicos acordes, con la traición insoportable, de nuevo, escociendo al fondo: "Mataría un dragón por ti / Moriré / Pero me levantaré, volveré / (...) He aprendido / Siendo lo que soy / no hay otra Troya que yo pueda quemar".

Escuchar sin prejuicios.


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