domingo, 21 de junio de 2015

Imperdible: Portishead - "Portishead" (1997)



















Reviso un artículo al respecto del difícil alumbramiento del segundo disco de Portishead, publicado en la revista Mojo en octubre de 1997, y el autor Paul Trynka escribe: "Ahora Beth Gibbons es inmortalizada como la Greta Garbo de la escena musical de Bristol, notoria por salir disparada en su antiguo Triumph convertible en cuanto vislumbra a un periodista inquisitivo. Prestándose a una sesión de fotos para Mojo es amigable, directa y habladora, pero referirse sonriente a la sesión como 'mi penitencia' es un recordatorio sutil de que sus roces con la prensa van a ser eternos". Al comenzar a leer la cita, di por hecho que aludía a Garbo para ilustrar el modo de interpretar de Beth Gibbons, así como la siempre destacada cualidad cinematográfica que tiene mucha de la música engendrada por Portishead. Pero es Beth, la persona, quien al autor se le asemeja a Greta Garbo, actriz monumental que se retiró absolutamente de la vida pública a la temprana edad de 36 años, sin que nadie pudiese entender su voluntaria reclusión y el rechazo al estrellato hollywoodiense.

Desde que tomase la determinación de no dar entrevistas siempre se ha cuchicheado sobre el recelo con que maneja su vida privada, pero viéndola al final de tantos conciertos de Portishead agarrando a la gente de las manos, con ese porte de chicazo tímido y verdadera gratitud en su rostro, confirmo que comparar a Gibbons con Garbo fue una mala idea desde el principio. En cualquier caso y queriendo jugar a eso, yo mencionaría a Gena Rowlands: Gena cuando ha encarnado a esas mujeres que preservan sus verdaderos pensamientos como algo confidencial, poseedoras de una autoridad aparentemente seca que se resquebraja en cuanto nos percatamos de que su mirada es accesible; eso sí, siempre desviada a tiempo con una risa modesta mientras encadena cigarrillos. Su lenguaje corporal, rígido; campechano en su inseguridad. Rowlands les da a sus personajes una cualidad humana verosímil, colosal, que elude a la pompa de gran actriz aun usando recursos dramáticos que solo tienen esas dimensiones en el cine. Beth Gibbons sobre el escenario, como intérprete de unas canciones que magnifican los sentimientos en crudo de la vida real -elevando la graduación dramática como ocurre en el celuloide- me produce una sensación similar de liberación; un alivio al que quizás solo se llegue cuando oyes cómo alguien lleva la fragilidad humana -el dolor y la debilidad que conlleva- al extremo expresivo.















Todo esto fuera quizás más evidente en el disco homónimo del trío de Bristol, Portishead (1997), que en el influyente álbum con que sentaron -a su pesar- las bases de lo que la prensa musical llamó trip-hop, una etiqueta que satisfizo la necesidad de englobar lo que venían haciendo Massive Attack desde principios de los 90 y los inclasificables debuts de Tricky (Maxinquaye, 1995) y los mismos Portishead. En Dummy (1994) confluían magistralmente las personalidades de Beth, Geoff Barrow (programaciones, batería, scratch) y Adrian Utley (guitarra, bajo): las rugosidades de unos ritmos hip-hop enviados por fax que se mezclaban con acercamientos al jazz, al blues y al soul; la elegancia de esa voz delgada, suave o quebrada según las palabras que pronunciase, que soltaba el aliento de otra época para hablarnos de las penurias de la nuestra, sobre todo las emocionales. En el mismo artículo de Mojo mencionado antes, Barrow admitía: "No sé por qué Dummy fue tan exitoso, aunque sé que el trabajo vocal de Beth es el 80, 90 o 100% del motivo". En la revista Mixmag, también en octubre de 1997, añadía: "Escucho música club, pop y big beat y puedo entender muy bien por qué existe pero, ¿no quiere la gente algo más? Hay preguntas que es necesario hacerse. Como las letras de Beth. Creo que ella formula un montón de preguntas para las que quiere una respuesta".

A finales de 1995 les otorgaron el Mercury Prize al disco del año, un reconocimiento importante en Gran Bretaña que sirvió de colofón a dieciocho meses de vértigo. Se decía que Garbage y Björk hacían trip-hop. Madonna grabó una versión de Marvin Gaye con Massive Attack. Durante 1996, en su ausencia mientras pensaban en el sucesor de Dummy, el trip-hop se estableció como estilo en las cubetas de discos de las tiendas y salieron todo tipo de imitadores y profanadores de lo que era una idea única. Formaciones como Morcheeba o Hooverphonic diluyeron las agallas y la oscuridad de un decálogo no escrito y lo convirtieron en un cliché tendencioso, aceptable como hilo musical en centros comerciales y tiendas de ropa. Todo ese panorama acabó por bloquear severamente a Geoff Barrow, principal motor creativo de la música, que se veía en una encrucijada al sentir que no podía seguir investigando en la misma línea de Dummy porque se había abaratado. Al mismo tiempo, sabía que tampoco estaba dispuesto a cambiarlo todo drásticamente solo por ese motivo. Trabajaba a diario en el estudio y nada le parecía estar a la altura para el segundo disco de Portishead; perdió toda perspectiva hasta enloquecer, pero se salvó el trabajo con una reunión de grupo, cuando la negatividad ya era insostenible. Adrian Utley tomó un papel más activo para ayudar a Geoff a distinguir entre lo válido y lo desechable.















Que el disco se llame Portishead no es reflejo de la indecisión o la dejadez a la hora de titularlo. Tras meses de desorientación, la solución pasó por hurgar en ellos mismos, en lo que ya habían construido, y sacar los frutos de los contrastes más abismales; pasó por escudriñar la carne cruda y olvidarse de la industria y las expectativas. El grano y el ruido de lo orgánico iban a ser primordiales en el sonido (asistido por el ingeniero David MacDonald, cuarto miembro del grupo en los ojos de Geoff), y para ilustrar más allá lo introspectivo del proceso, los samples que utilizarían esta vez serían suyos, sin recurrir a viejos discos ni a reinterpretar ideas ajenas. El viaje se inicia con unas notas saturadas en las antípodas de Dummy, que a partir de ese momento queda en un recuerdo sedoso y agradable. 'Cowboys' da la bienvenida en una frecuencia aguda y metálica, una nube espesa cargada de venganza y desengaño, amenazando descargar con tintes épicos ("No desesperes, este será el día más maldito de todos / si me quitas estas cosas"), solo un primer atisbo de la pasión (enfado, a veces) con que se maneja Beth. 'All Mine', un single increíble en todas las acepciones, se sirve de la apoteosis de los arreglos de viento para desnudar un amor desequilibrado y obsesivo: "Amarrado y atado, no puedes esconderte de mí / Todo mío tienes que ser", dice sosteniendo una nota gélida, terrorífica, en el estribillo. Le sigue 'Undenied', una torch song reflexiva cantada desde la vulnerabilidad y la entrega más salvaje, mecida por una figura repetida de teclado de cristal. Contrastes, como decía más arriba.

'Over' y 'Mourning Air' (las composiciones más antiguas; habían sonado ya en la gira de 1995) abren grietas de inseguridad; la primera, sostenida sobre dos notas de guitarra trémula como la misma baja autoestima, la segunda, agravando su anhelo con un arreglo de trombón. Las mentiras, la traición y las decepciones insoportables centran sus letras, empujándote a meditar qué tipo de impulso nos lleva a hacer y a sentir tanto daño; cuánta incomunicación y cuánta soledad. Portishead es uno de los últimos discos del siglo XX que habla de ese 'Twentieth Century Blues' descrito en la canción homónima de Noël Coward en 1931. Beth se siente desesperanzada al respecto de la humanidad y lo dice con una nostalgia sumida ya en una incredulidad insalvable, notablemente en la viciada 'Half Day Closing' ("Bajo el sol que se desvanece / la suma silenciosa de un hombre de negocios / nos ha dejado ahogándonos"), que es como una odisea alucinada y aterradora, el sonido del desespero llevándose a Beth mientras ella grita sin pedir auxilio, simplemente horrorizada ante la inevitable deriva. La última voz que escuchamos, en la derrotada 'Western Eyes', es la de Sean Atkins, una amigo de la banda a quien se asigna la tarea de resumir el desencanto previo al cambio de milenio: "Tengo tanto frío / todo putas y ginebra / estamos metidos en un buen lío". Las cosas no han cambiado demasiado casi veinte años después. ¿O si?


Para escuchar en Spotify:




2 comentarios:

Pereiro dijo...

Me encantan las canciones de este disco, pero no me acaba de convencer la producción. De hecho me suenan mucho mejor en el directo de NYC Roseland

Estanis Solsona dijo...

Hmmm, me pasa lo mismo que a ti con algunas de ellas, sobre todo porque "NYC Roseland" es el primer disco de Portishead que tuve (cuando me decidí a empezar con ellos, es el único que tenían en stock en la tienda porque era el más reciente). Por ejemplo 'Cowboys' y 'Humming' en directo son increíbles. Aún así, el sonido del disco homónimo supongo que además era un 'statement' necesario, parte de lo que querían expresar. 'All Mine' me encanta tal y como está en el disco frente al directo.

Se me olvidó responderte a lo de las portadas de The Lemonheads... ¡tienen unas cuantas feas, eh! jaja