lunes, 28 de diciembre de 2015

Imperdible: Mary Margaret O'Hara - "Miss America" (1988)



















"... Así que sale [el disco] y la gente salta de alegría, y yo pensaba: '¿Pero los de la compañía de discos no dijeron?'... Me dijeron: 'Captain Beefhart es raro pero es bueno; tú eres rara y estás loca, eres lo peor que hemos escuchado nunca', cuando el disco ya estaba prácticamente cerrado. Oh, voy a sonar como una resentida. O más bien como una escultura, como diría yo". Miro, encandilado, la única entrevista un poco reveladora y extensa que ronda por ahí de Mary Margaret O'Hara, filmada en los estudios de la emisora de radio canadiense CBC en 2009. No le gusta hablar de su legendario y único disco Miss America (1988) porque recuerda muy bien todo lo que ocurrió hasta que vio la luz del día. Tras revelar lo citado arriba, se detiene, pensativa y arrepentida, como en muchos otros momentos de la entrevista, para enseguida atropellar sus reflexiones con risas, aclaraciones en paréntesis dichas en voz alta, imitaciones y un humor auto-despreciativo con que se quita toda la importancia. Una serie de veloces recursos y distracciones que sacan a relucir una conmovedora humildad, la de una mujer enormemente sensible que se ha sobrepuesto con un candor infantil -esa chispa de extroversión a pesar de todo- a quienes han desestimado su singularidad tildándola de demencia e inadaptación con tono insultante. 

Que O'Hara es enigmática es un mito forjado en las secciones de cultura de los periódicos y en las revistas musicales. Nadie comprende por qué un álbum único, tan aclamado como el suyo nunca ha tenido continuidad per se y parece que quieran explicárselo atribuyéndole un halo de misterio, que se esfuma escuchándola en raras ocasiones como en esa entrevista y revisando su currículum: colaboraciones con otros artistas y aportaciones a discos colectivos a mansalva; incursiones en teatro y cine como actriz; compositora en 2001 de la banda sonora de Apartment Hunting, de Bill Robertson... Cuando llegaron las alabanzas hubo algo de retraimiento por su parte, es cierto, y lo admite; seguir el juego de la industria musical no estaba en su naturaleza. Tampoco es que se le permitiese. Durante la promoción de Miss America en 1989, por ejemplo, la cadena de televisión irlandesa RTÉ decidió que no actuase como invitada en su late show tras ver cómo se movía durante la prueba de sonido; auténtico pavor ante lo genuinamente nunca visto. Cuando la misma discográfica que la insultó se dirigió a ella con repentino entusiasmo -a raíz de las excelentes críticas- para darle un avance con que grabar otro disco, lo aceptó pero no duró nada en el estudio, sintiéndose desorientada, suspicaz y corrupta. Dejó que el contrato con Virgin -que incoherentemente la fichó por ¡siete! álbumes oyendo unas simples maquetas en 1983- se desvaneciese sin entregarles nada más que el EP Christmas (1991), un tentempié de carácter navideño y apropiadamente conservador. 






















A su genio inquieto se suma un perfeccionismo meticuloso, y, a la vez y en contradicción, un fuerte apego por la improvisación y por la idea de que es inútil pretender anclar algo en el tiempo y arriesgarte a que determine tu futuro. Ya le ocurrió en las primeras bandas donde figuró en su Toronto natal, como Dollars o Songship, luego rebautizados como Go Deo Chorus; con éstos empezó a hacerse un nombre en el circuito local y a ocupar portadas sin que nadie se explicase por qué no habían publicado ni un single. El grupo rompió sin llegar a hacerlo, pero con esos músicos grabó la maqueta que llamó la atención de la división inglesa de Virgin. Miss America empezaba a grabarse en Monmouth (Gales) a finales de 1984 y la compañía impuso a Andy Partridge de XTC como productor (que se llevó con él al también músico John Leckie), a pesar de que Mary Margaret quería producirlo ella sola. El mito, avalado por el violinista Hugh Marsh, dice que Partridge duró dos días antes de verse superado por las fricciones con una artista que no estaba dispuesta a comprometer su estilo y mucho menos a acatar con ideas como el uso de caja de ritmos en sus canciones. Partridge, escocido, explicó otra historia que siempre ha horrorizado a O'Hara: "No podía trabajar con nosotros porque éramos paganos que odiábamos a Dios (...). En su mente, yo era un satánico y John un demonio sexual. No éramos 'moralmente adecuados' (...). Al final, Mary dijo que yo le daba 'malas vibraciones'. Así es; me dio la patada como productor por putas 'vibraciones'".

La grabación fue dirigida finalmente por Joe Boyd (no acreditado por un error en la edición original), una de las sugerencias de Mary que Virgin tumbó al principio. Las sesiones se prolongaron durante seis semanas y regresaron todos a Canadá antes de la Navidad de 1984, para saber poco después lo escandalizados que estaban en la discográfica con los resultados. Célebre cita de Mary: "Me encantaron las cruces celtas y las ovejas rodando en las colinas al lado del estudio en Gales. Pero que Virgin pasase de, 'Puedes hacer lo que quieras', a '¿Qué has hecho?' -eso fue duro". Se sucedieron entonces años de bloqueo en los que incluso intentaron persuadirla para que se prestase a cantar las canciones de otra gente y así librarse de lo que les parecía una rareza intolerable en su propio repertorio, una selección que miraba hacia atrás hasta composiciones que no había grabado desde 1978. Solo estaban contentos con una jam distendida e inesperadamente pegadiza, inacabada y grabada a salto de mata, llamada 'Anew Day' ("si no la hacía me iban a bloquear el álbum entero"), a la que le forzaron a poner letra para seguir adelante con el proyecto ("escribí las palabras en el autobús camino a Phase One, donde estábamos grabando overdubs [en Toronto]"). El disco recibió el empujón definitivo cuando Michael Brook -otro artista canadiense que entonces formaba parte de la escudería del sello británico 4AD- la vio actuar a principios de 1988 y se prestó a ayudarla a acabarlo. Y sucedió; en dos semanas regrabaron cuatro canciones, remezclaron el material original y se concretó la magia.



















Es probable que en Virgin, donde se resistían a prescindir de ella, acabasen viendo 1988 como el momento más adecuado para exhibir a Mary cuando miraron a su alrededor: Björk cantando 'Birthday' al frente de The Sugarcubes, Sinéad O'Connor debutando con The Lion and the Cobra, Throwing Muses y su complejo House Tornado, incluso el sensible retorno de Patti Smith con Dream of Life y la irrupción de cantautoras poco comunes como Tanita Tikaram. Todas estaban reconstruyendo y desarrollando géneros tradicionales desde su propia perspectiva mientras cautivaban a una audiencia importante, a pesar de que sus maneras no fueran las más ortodoxas. Mary Margaret O'Hara compartía con ellas todo eso y el ser indiscutiblemente personal. La misma cualidad indómita -su voz, sus canciones- que habían pretendido obstaculizar durante cuatro años, era ahora su mejor baza para introducirla al público. No osaron a arriesgar con ella hasta que el panorama se tornó más subversivo, pero la visión de O'Hara sobre cómo tenía que ser su música era tan pura que nadie podía sospechar que casi todo Miss America estaba fechado en 1984; incluso hoy, es de esos discos en los que la emoción te roba el aliento y lo que se escucha es de una finura intemporal, lozana.

Cuando me acerqué a este disco sentí verdadera obsesión por las canciones más complejas; empezó a sonar 'Year In Song' ("El año hecho canción, el año hecho música, el objetivo es el placer") y antes de que acabase ya necesitaba volver al principio para desmontar todos los detalles, absorber cada inflexión vocal de Mary conforme agita los versos y agota todas las posibilidades de cuatro frases, un juego de poesía automática que expande su capacidad de comunicación allá donde le falla en un dialogo corriente, como ella ha explicado en alguna ocasión. También anhela con nervio trascender el lenguaje corporal en  'Body's In Trouble' ("quieres besar a alguien / quieres sentir a alguien / y el cuerpo no te deja"), en la toma original de la maqueta de 1983, una temprana muestra de su expresividad cuando divide las sílabas allí donde lo siente y de cómo esa habilidad afecta a la historia que se explica. Aún más intrigantes resultan 'My Friends Have' (la Sinéad más animal y olvidada elevada al cubo) y, reverencias, 'Not Be Alright' (ese riff de funk tullido en bucle, esa percusión de quincalla) para comprender el fascinante laberinto en el que se adentra cuando la leña que la enciende tiene corteza de angustia y alucinaciones. En todas ellas, una banda impecable, reluciente gracias a una producción clásica en cuanto a que es desnuda y fiel al sonido de los músicos sin adornos; nada de golpes efectistas o crescendos artificiales, solo instrumentos limpios: todas las dinámicas están en el núcleo de la banda, en la manera que tiene Rusty McCarthy de magrear la guitarra y en el atento combo rítmico formado por Michael Sloski (batería) y los bajistas David Piltch y Hendrik Riik fundiéndose con el imprevisible cantar de O'Hara.

Pero la otra faceta del disco, complementaria más que opuesta, embelesa. En las piezas más relajadas y cercanas a un country-folk etéreo, de ensueño, Mary Margaret O'Hara demuestra cómo su voz puede temblar con la fragilidad de una Edith Piaff, emitiendo un lamento agudo y abandonado como el de un serrucho tocado con arco que se queda colgado en el ambiente, flirteando contigo. 'Keeping You In Mind' y su belleza perezosa, 'Dear Darling' y la descorazonadora 'To Cry About' esconden ausencias recordadas y reprochadas con mimo, quién sabe si la misma. "Escribí ['To Cry About'] en agosto de 1980, en el baño, cuando aún estaba con [mi novio]", contaba a The Guardian en 2008, añadiendo que ella no creyó que la canción fuese sobre él hasta que un año después, se ahogó. "Y entonces la letra era obviamente sobre él, como si lo hubiera visto venir". 'Anew Day' podía haber ocupado el sitio de 'Perfect' de Fairground Attraction en las listas de ventas ese mismo año y de paso aportarles más sustancia, pero el éxito nunca fue la razón de ser de este disco. 'When You Know Why You're Happy' y 'Help Me Lift You Up' aportan un alivio espiritual tangible; pero el mejor consuelo, el más tierno, yace en la despedida, una pieza titulada 'You Will Be Loved Again', donde Mary revolotea como un fantasma, jugando al despiste con un contrabajo que sigue sus caprichos hasta la última nota aguda: "Volverás a ser amado".

En 1996, O'Hara grabó una versión de la canción 'Florida', original de Vic Chesnutt, para el disco benéfico Sweet Relief II: Gravity of the Situation y la deconstruyó con una cadencia semejante a la de 'You Will Be Loved Again'. "Florida, la rivera de los paletos / no hay lugar más patético en América", escribió Vic en ese anti-himno. Ella llenó los versos de ruiditos y los interpretó sin seguir ningún tempo, como si cantase para ella misma, una víctima irrecuperable del ambiente opresor del estado que titulaba la canción; una teatralidad contenida que la llevaba a otra dimensión. En el año de su muerte (2009), Vic aún se acordaba: "Fue una de las mejores cosas que he escuchado en mi vida. Nada podía ser tan humorístico y a la vez tan empático como esa versión. Fue increíble". En el libreto de dicho álbum, todos los artistas escribieron unas palabras sobre Chesnutt y su admiración por él. Mary Margaret O'Hara dejó su espacio en blanco. ¿Para qué hablar? La huella de su arte siempre ha sido la más intensa.



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