jueves, 14 de enero de 2016

Imperdible: The Spinanes - "Arches and Aisles" (1998)



















Rebecca Gates (guitarra, voz) recogió todo lo que quería conservar de su último apartamento en Portland (Oregon), ciudad donde llevaba viviendo desde que era una adolescente, y cambió las aguas del océano Pacífico por las del lago Michigan en Chicago (Illinois). Fue a principios de 1997. "La única razón por la que corría el rumor de que The Spinanes nos habíamos separado era que había dos personas, y uno de nosotros se marchó", se reía ella aclarando en qué términos había acabado la relación con el batería Scott Splouf, su único compañero en la banda que bautizaron en 1991. En esa entrevista no aludía a la marcha de ella a otro estado, sino a la de él, que la precedió cuando se le presentó la oportunidad de unirse al grupo de indie rock americano Built To Spill. La separación fue amigable y, a pesar de las especulaciones sobre si lo que habían roto era en realidad una relación romántica, estuvo estrictamente enmarcada en el terreno profesional. Aún así, fue el catalizador para que Rebecca buscase una salida a la sensación de ahogo con la que se había quedado en Portland.

Dicen que es una mala idea huir de los problemas, pero un cambio de escenario a tiempo es otra cosa; la distancia puede invitar a reflexionar sobre los contratiempos con más acierto, a sufrirlos más pero también a relativizarlos mejor. Si hay algo que me impresiona de Arches and Aisles (1998) es que puedo escuchar la crónica de cómo se desarrolla ese proceso de maduración de quien está buscando su sitio en un nuevo lugar. Las composiciones basculan entre la introversión y la vehemencia, la cara de póquer y la seducción más mimosa, la franqueza confrontacional y el cuerpo a cuerpo más ardiente, y lo hacen en desorden, como nos sorprenden las emociones en la misma vida. "Sí, la mudanza afectó a todo, indudablemente. Salir de Portland, conocer a gente distinta, y toda la atmósfera -las luces, el clima, los edificios- ayudaron a cambiar las cosas sobre las que escribo", dijo en 1998 Rebecca Gates. En el disco puedes sentir un abrazo ausente y, acto seguido, el tirón en el brazo de quien te quiere llevar de correrías, el asalto traicionero de los recuerdos que aún escuecen cuando te has quedado sin compañía y, bajando con un buen trago, la insipidez de los escarceos más desilusionantes. No es que dar bandazos nos parezca la mejor opción cuando las circunstancias han forzado un "borrón y cuenta nueva"; es que para encontrar algo, no hay más remedio que darlos.
















Con eso en mente, Arches and Aisles despide además el aroma de principios de octubre, cuando la melancolía por un verano todavía de cuerpo presente hace que las horas vespertinas sean algo tan adictivo como indigestible para el corazón. Es uno de los fuertes de Rebecca como compositora, capturar un ambiente cargado de vaho y huellas de labios y dedos detrás de las orejas, en el antebrazo; un grado de intimidad que dentro de su afinada discreción sabe ser tan tierna como cáustica. Con el júbilo de 'Kid In Candy' -el sabor de la armonía y la adaptación-, el álbum empieza sensatamente por el desenlace, como si recibiese una postal de quien se quedó atrás, que le describe las mieles de la costa de California y le anima a tener un reencuentro. El sonido de The Spinanes como power duo, el indie rock canónico de Manos (1993), queda en ángulo muerto; si acaso vemos por el retrovisor la versión ligeramente estilizada del mismo que presentaron en Strand (1996): las líneas sensuales de ese segundo disco llegaron serpenteando hasta éste. Quedándose sola, Rebecca Gates obtuvo la libertad para dejarse acompañar tanto como necesitase, así que se reservó el crédito de productora -asistida por Chris Takino- y cabeza de la banda pero se rodeó de una ristra de amigos músicos e ingenieros exquisitos que contribuyeron con preciosos detalles a que la música se dilatara.

'Kid In Candy', con un ritmo rico aderezado con samples, teclados atmosféricos, ácidos y un riff de bajo inolvidable, refresca como una bajada en el tobogán de un parque acuático. Si imaginamos que las once piezas del álbum son fotografías en una caja, ésta sería la más reciente, desordenada al principio de la pila; tomada el verano después de la etapa de desorden. La colocas detrás de las demás y queda descubierta 'Greetings From the Sugar Lick', una instantánea privada, tórrida, que hace de ti un voyeur. Es la canción de Arches and Aisles que nadie debería perderse para adivinar la esencia de Rebecca Gates. Cabe imaginar aquí la actitud perdonavidas de Chrissie Hynde en 'Brass In Pocket' trasladada a un medio tiempo de R&B noctámbulo; una conversación íntima besada por el órgano; el deseo afectivo y carnal bordeando el hartazgo: "Tu problema es que no puedes ver la verdad / nos encontraremos en tu casa, nos lo quitaremos todo / arráncate la ropa, acabemos con esto de una vez". Sus arrulladoras interpretaciones y la sofisticación del sonido consiguen que las estructuras más complejas, y letras que no nos ayudan más que un collage de negativos, resulten en algo irremediablemente seductor, hasta cuando en 'Slide Your Ass' provoca perezosa bajo el sol: "Estoy esperando tu llamada / yo no espero a nadie / así que déjate de poses, acércate un poco más".

Revuelvo el resto de fotografías y doy con el ansia en 'Love, the Lazee' ("Desde que tropezamos todo es tan soso por aquí / (...) ¿Vivimos del sudor frío de cuando nos enrollamos?"), que avanza con pertinente urgencia hasta la liberación de 'Sucker's Trial', la más básica y directamente rock. En 'Leisure Run' envuelve la modulación de la voz en un tono de soul que es tan sexy como gandul, infecto del Memphis donde se grabó la mayor parte del disco, mientras las guitarras -la amena combinación de notas agudas y otras esculpidas en lodo que da toda la personalidad al conjunto- juguetean de fondo. Una captura primaveral ('72-74' suena a sábado radiante), una de recogida nostalgia pre-navideña ('Den Trawler')... Llego a las dos últimas. 'Eleganza' es melódicamente memorable y espaciosa, enroscada en un ambiente pasado por un filtro de compresión que hace de ella una historia para dormir. Pero se reserva una última expresión de sensualidad en 'Heisman Stance': llena los pulmones de aire hasta su máxima capacidad y se zambulle en el océano para permanecer bajo el agua cuatro minutos de sugestión jazzy. "Aún nadando hacia tus manos / cuando todo está dicho / (...) y no me fío de nada / ¿por qué no me demuestras lo contrario?". Con ello el último álbum de The Spinanes se funde despacio en negro, con la imagen de Rebecca quieta; el pelo suspendido bajo el agua; el rumbo incierto.




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