miércoles, 21 de septiembre de 2016

Momentum: Mary Timony - "Mountains" (2000) / "The Golden Dove" (2002)


















Para la portada de su segundo álbum, Mary Timony se dejó fotografiar llevando una máscara de gato por Brett Vapnek, un estudiante de cine que dirigió varios videoclips para algunos artistas de Matador, sello que publicaba los discos de ella por entonces. La foto que precede a estas líneas es un descarte de la misma sesión y parece revelarnos todo lo que la instantánea escogida dejaba en un travieso enigma. Mary no tiene una expresión especialmente alegre. Al fondo, un fax y material de oficina dan pistas de lo fortuito del posado. La máscara dorada aguarda aquí sobre su frente, sus ojos mirando al infinito imaginando quién sabe qué lugar, como si soñase con completar una anhelada evasión y la máscara no hubiese sido un útil suficiente. La melancolía en esa mirada es significativa, pues sus dos primeros discos fueron concebidos en una de las épocas más difíciles de su vida.

Ya desde los tiempos en que su nombre empezó a hacerse familiar estando al frente de la banda Helium, los adjetivos "fantástico", "mágico" y "escapista" han sido claves para entender la naturaleza de la música de Mary Timony. Una vez superada una fase en que le urgía adornar con distorsión y sarcástica fealdad unos sentimientos más retorcidos, en pro de subvertir los estereotipos femeninos, su trabajo empezó a transformarse por medio de los lugares imaginarios y el lenguaje de los cuentos. "Antes también usaba metáforas; pero eran piratas y prostitutas en lugar de cuentos de hadas. No creo que haya vuelto a hacer algo tan abiertamente feminista, probablemente porque dejé de estar tan cabreada", explicaba en 2002. En el pasado, composiciones puntuales como 'Comet #9' y 'I'm a Witch' ya avisaron: sonaban como el hilo musical soñado para los primeros volúmenes de los Cuentos de la Infancia y del Hogar de los hermanos Grimm. Pero la música de Helium evolucionó en serio del indie rock enrevesado de su primer álbum a la majestuosidad espaciada, rebosante de imaginación, del segundo, The Magic City (1997). Mary tenía que quitarse de encima a periodistas que, fascinados por sus narraciones y los pasajes musicales, asumían que tenía que ser una seguidora extremista de Dragones y Mazmorras, pero como acabó diciéndole a un redactor de Pitchfork en 1997 ante su exasperante insistencia, "tengo mi propio mundo de fantasía. Eso ha sido siempre lo mío. No me es nada fácil conectar con 'el mundo de fantasía'. Tengo el mío propio. Sí. No estudio la fantasía". Uno podía pensar que Timony solo había empezado a expandir con Helium ese universo esplendoroso y cada vez más detallista, pero la querencia caprichosa de la vida le dio un revés. Le aguardaba una etapa recogida, de abatimiento en la intimidad.






















"Cualquiera que escuche mis discos en solitario puede ver que estaba muy afligida", reflexionaba en 2013. "Es como cuando alguien cree en la idea de que hacer un dibujo le hará sentirse mejor. Eso es lo que eran mis canciones: mapas de mi depresión". Helium se desvaneció silenciosamente, sin un anuncio de separación formal y definitivo, al mismo tiempo que su relación sentimental con el bajista Ash Bowie llegaba a su fin. En Boston, ciudad que la acogía desde que abandonó Washington para estudiar literatura inglesa, de repente se encontró sola y en medio de una crisis que sobrepasaba lo sentimental para arrollar con todo lo que sostenía su vida. Su música surgió informada de toda esa confusión y se desarrollaría ahora mediante un lenguaje de mínimos, escuálida como las montañas delineadas con un crayon en la portada de Mountains (2000). El álbum se registró en dos tandas, la primera el verano de 1999 en el estudio casero que la artista Christina Files tenía en Boston, quien también tocó la batería; y la segunda, a finales del mismo año en Charlestown con Eric Masunaga, contando con la colaboración de Ash Bowie, con quien siguió teniendo una relación cercana.

Doliente y emotiva como Lisa Germano cuando se sienta al piano o al teclado -como ella, conservando una pizca de sentido del humor que le da aliento aun en las piezas más tristes- y precediendo a destacados fabricantes de fábulas musicales como Joanna Newsom y Owen Pallett, Mary Timony concibió una mitología propia, de raíz inequívocamente doméstica, y con ella codificó las turbulencias que castigaban su psique, pero no las ocultó. De hecho, recientemente ha declarado que aún le duele escuchar lo que hizo en esa época. "Demasiada oscuridad en mí / dos estrellas se han llevado tu nombre / que yo bauticé", canta en la danza marchita de 'Dungeon Dance', título irónico como también lo son las palmas que adornan 'I Fire Myself', un jolgorio desubicado, curioso en una pieza que explora las trampas de la depresión ("Atravieso el agujero eterno / al lado de la montaña de fuego y la fuente de saliva / los peregrinos a mi lado solo hablan y hablan / yo soy el duende y el halcón deformado"). Paisajes, lugares y bestias recortadas con un pulso frágil para una aventura que advierte de muchas pequeñas batallas.

Las melodías fantasiosas acompañadas de un piano o un teclado que suena a cristal ('Bees', '1542') o de una viola ('The Hour Glass') se cruzan con cantinelas que investigan en un marco medieval ya husmeado en el pasado, evidente en su estampa más arcaica en 'The Golden Fruit' y en las estrofas de 'The Bell', mientras que esa influencia se impregna de perversión y turbiedad en la fascinante 'Poison Moon', que se revuelve entre arpegios de cítara y conjuros de hechicera. La guitarra eléctrica, flaca y torturada en 'Painted Horses' y 'Valley of 1,000 Perfumes', dando réplica a las melodías vocales y derritiéndose, es otro de los elementos que más carácter imprimen al álbum. Hay un momento de especial esperanza en el tono revitalizador de 'Tiger Rising', atusada con una flauta tímida: una estrofa como "Formaremos nuestra constelación / el tigre levantándose en el cielo / la fuerza de los tiempos / la voluntad de no morir" es el mejor antídoto a la dureza de algo como "Un amigo misterioso y yo / nos zambullimos en un mar de vino / me dio muy buenos argumentos en mi contra / ¿por qué seguir?", palabras que ponen punto final a 'Painted Horses'.






















El  año que siguió a la edición de Mountains, que ocupó con varias fechas en directo para promocionarlo, vio a Mary apagarse más, admitiendo incluso que tuvo un episodio de depresión poco antes de entrar a grabar The Golden Dove (2002). La música, cargada de simbolismo, volvió a ser un instrumento terapéutico para acabar de sacudirse el estado de ánimo en que se encontraba, pero lo curioso es que en esta ocasión el material -y la manera de presentarlo- apuntaba claramente a la expansión y la superación. Auto-producido por ella con la colaboración del ingeniero Al Weatherhead y del fallecido Mark Linkous, en su segundo álbum volvía a ponerse a prueba como compositora de arreglos que trabaja en un espacio más holgado, incluso actualizando un sonido que remite a los Helium de 1997 (muy claro en 'Musik and Charming Melodee') y lanzándose a plasmar con justicia las atmósferas extremas de cada pieza con el añadido de sintetizadores, samples puntuales e incluso vientos y un coro. Allí donde Mountains era sobre todo austero, The Golden Dove resulta sensual y pulposo, empezando en la voz de Timony, que cada vez expresa mejor y con más matiz.

Se permite usar la pieza más pop y saltarina para explicar cómo el recuerdo de un gran amor sabotea el inicio de otras relaciones ("Miro a un fantasma a los ojos todos los días / (...) Un cantante de opera disfrazado me dijo hoy / 'No cuentes con ese chico / su reputación dice que es una rata asquerosa'"; 'Look a Ghost In the Eye') y pintar viñetas de un perverso juego para llamar la atención en la canción más divertida ("Cuatro pequeños lagartos posados en mi rodilla / se cayeron del árbol venenoso / ¿y si me muerden, quién dice que no será agradable?"; 'Dryad and the Mule', que se contonea sobre un Wurlitzer y unas maracas). Juegos opresivos ('Dr. Cat') vuelven a convivir con episodios místicos ('14 Horses'; una imagen recurrente en temas de los dos discos). En los temas donde aún se palpa la fiebre por la pérdida emocional, los ambientes se vuelven tenebrosos, como queda recogido en 'The White Room' y la emocionalmente asoladora 'The Mirror' ("Y cuando tengo mal aspecto, huyo la mirada / una grieta en el espejo suelta una lágrima"), pero nada resulta tan arrebatador como el turbio cuento que construye para explicar cómo esquivó el impulso del suicidio en 'The Owl's Escape'. El título del disco anda escondido en la letra de 'Blood Tree' ("El único chico al que he querido / se convirtió en una paloma dorada / y se mudó a California"), una canción donde cuenta el ahogo de una relación que no va a ninguna parte en medio de un ambiente que retoma la sensación siniestra de 'Poison Moon', del anterior álbum, y la aumenta para después golpearnos con un estribillo liberador incontestable, algo que quizás no hubiese podido hacer la Mary Timony de dos años atrás.

Su andadura musical empezó en 1991 con la banda Autoclave y, después de Helium, sus discos en solitario son solo una etapa dentro de una carrera que ha completado con la creación de otras bandas como The Spells, Soft Power, Wild Flag o la más reciente, Ex Hex. El grueso de todo ese trabajo es altamente recomendable, pero estos discos a su nombre tienen una especial relevancia, algo de legendario; por su originalidad, su falta de miedo para entregarse a la música y su manera de crear algo tan generoso y mágico a partir de las experiencias más escabrosas. Algún día, quizás, se le reconocerá.



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