viernes, 14 de abril de 2017

Imperdible: Dead Can Dance - "Spleen and Ideal" (1985)



















Se me quedó grabado un fotograma de los varios que adornan,  con imágenes de una sombría naturaleza, el documental en que Clive Collier retrató con extraordinaria sensibilidad el mundo a través de los ojos de Lisa Gerrard (voz, yangqin, teclado, etc). Atravesada sobre una grieta en un suelo de tierra árida y seca, reposa una pluma blanca impoluta; inmóvil. Es como una tirita puesta en una herida inabarcable. La sola visión de ese elemento etéreo parece tener poder para insuflarle vida al paisaje que lo rodea y transformarlo; una alegoría, quizás, de la cabida espiritual y curativa que tiene una voz como la de Lisa cuando alcanza el núcleo del alma humana, sin caretas ni ligaduras a las reglas de la música occidental contemporánea. La de Dead Can Dance es una música rica y mayestática, tan lúcida en su constante búsqueda de la conexión con la naturaleza del ser y la pureza de los sentimientos que para Gerrard y Brendan Perry (voz, guitarra, teclado, percusión, etc) siempre fue inconcebible crearla ignorando la historia o restringiéndola en pos de la exigente, regulada modernidad de la escena post-punk británica que les dio a conocer, tras fichar por el sello 4AD en 1983.

Para quien se pregunte por la ecléctica índole de su trabajo -eran un islote en medio de las bandas que, a mediados de los 80, circularon entre la independencia y el apoyo del público más cercano al pop-, en el mismo documental Lisa explica que se crió en un suburbio de Melbourne (Australia) donde no tenía ningún motivo para sentirse más indígena que los demás. Sus padres eran inmigrantes irlandeses y como angloparlantes estaban en la misma minoría que las familias griegas, italianas y turcas que les rodeaban. Eso fue clave para que desde niña entendiese el mundo como algo mucho más plural de lo que la educación escolar le permitiría sopesar. Aunque Lisa nació en Australia y los padres de Brendan Perry -también irlandeses- no se mudaron a Nueva Zelanda hasta que ya era un adolescente, él también vio enriquecida su percepción cultural allí, al estudiar música en un colegio de Maristas donde tuvo compañeros maorís y aprendió sobre polirritmia de la Polinesia, aunque salpicaduras sensoriales de su infancia también quedarían imprimidas en el adobo de Dead Can Dance: las cajas de música ("el hechizo hipnótico del rondo musical me ha acompañado siempre") y los preciosos himnos religiosos que cantaba en la escuela primaria ("se trataba básicamente una forma de conversión religiosa a través del mantra pero era algo que esperaba con ganas, a pesar de la atmósfera cargada de lo victoriano y el dogma cristiano"). 

Cuando Lisa y Brendan se conocieron en Melbourne, ya estaban destapando inclinaciones por algo más vanguardista de lo que lo habían sido sus respectivas primeras bandas, donde habían explorado un post-punk más o menos leal al que se escuchaba en Inglaterra (él con Marching Girls, ella en Microfilm). En 1981, Brendan ya experimentaba con loops pregrabados y ella era la voz en una banda llamada Junk Logic, como si fuese Yoko Ono al frente de un grupo de no wave neoyorquina, que al mismo Brendan le pareció demasiado avanzada. Pero él pronto formó Dead Can Dance y Lisa se unió inicialmente como percusionista para convertirse en fuerza motriz a dúo con el fundador, al tiempo que brotaba una relación sentimental entre ambos. Conscientes de que en Australia no había lugar para progresar, se mudaron al este de Londres, donde vivieron en condiciones paupérrimas incluso cuando pasaron a formar parte de la escudería de 4AD. Siempre se declararon insatisfechos con su primer álbum homónimo (1984) porque lo grabaron deprisa, con el productor al que 4AD encargaba por defecto las grabaciones de sus nuevos fichajes; su imaginario musical se vio recortado por la imposibilidad de entenderse con él y, aunque hay piezas como 'Frontier' u 'Ocean' que advierten de que estamos ante algo singular, las atmósferas sumergidas en reverberación y el hecho de que fuesen todavía un combo muy sujeto a bajo, guitarra y batería les valió la inevitable clasificación entre las bandas consideradas góticas y siniestras, etiquetas simplemente insuficientes, evasivas.

La portada de Spleen and Ideal (1985), con esa caperucita roja que sostiene una estrella de aristas amputadas ante un edificio imposible, decrépito e inestable, podría ser una metáfora como la de la pluma y la grieta, pero va mucho más allá. El segundo disco de Dead Can Dance es la primera muestra seria de su expansión musical, conceptual y de su determinación a inmortalizar su visión sin interferencias externas. El título procede de la división más extensa de Las Flores del Mal, obra magna del poeta francés Charles Baudelaire escrita en 1857. "El vocabulario que cultivamos juntos no estaba solo influenciado por la música, también por la literatura y la poesía", apuntaba Lisa. "Descubrimos a poetas y pintores simbolistas y... había mucha búsqueda en las escuelas espirituales de pensamiento y las teologías". Que viviesen a más de una hora del centro de Londres y no tuviesen dinero para socializarse contribuyó a que su obra se enriqueciera con esas averiguaciones culturales históricas y que a la vez se desconectase de las tendencias. Dead Can Dance se redujo a ellos dos, rodeados de colaboradores que interpretaron arreglos de violín, violoncelo, trombón y timbal en unas sesiones de grabación co-producidas con John A. Rivers, ingeniero en discos de atmósferas etéreas y cristalinas como Inner Thought Zone de Maurice Deebank o The Splendour of Fear de Felt, ambos publicados en 1984.

Spleen and Ideal existe, eso sí, en otra dimensión. Al descubrirlo quizás nos parece el sonido de otro mundo por nuestra aleccionada estrechez de miras y los tópicos genéricos sobre músicas como ésta, impregnadas de influencias exóticas que escapan a los márgenes de lo estrictamente inglés o americano. Dentro de la música relacionada con el rock o el pop contemporáneo, el trabajo de Nico con John Cale en los 70 es un buen precedente de algo tan particular y poco arraigado a su tiempo, pero Brendan y Lisa no se concentran solo en la aflicción. Es perceptible una intención de ensamble espiritual, de curación. Con el enunciado "spleen et idéal", Baudelaire compendiaba la eterna tensión que padece el ser humano entre el hartazgo de la vida y la idea de que existe algo idílico muy superior que hay que encontrar, la belleza en medio del caos de nuestra existencia; pero la abulia logra entorpecer el anhelo por ese ideal, que se queda en una utopía. Brendan situaba el concepto aplicado al álbum en una entrevista de 1987: "Por la naturaleza de las letras, del tono, había dos facetas (...). Sentí que eso, conectado con la portada, el simbolismo y el sentimiento general de estos dos aspectos, era adecuado, porque 'hastío e ideal' sugiere un tipo de mecanismo, una interacción en las relaciones humanas y el mundo. El hastío es el aspecto que le roba al ideal su eficacia y el poder para llegar a él".

"En tus ojos estrellados yacen esperanzas que han sido traicionadas / La causa de tu deseo también puede llevarte a la muerte", anuncia Perry en 'The Cardinal Sin', la primera pieza eminentemente rítmica que suena en Spleen and Ideal, recogiendo el estrés emocional de una pelea disputada entre la repetición mecánica y la sabiduría imprimida en su voz de barítono. Hasta entonces ha sido Lisa Gerrard quien nos ha introducido en un paisaje medieval que quiere liberarse de la lámina de asolación que lo tapa, empezando en el aire señorial de 'De Profundis (Out of the Depths of Sorrow)' -un inicio solemne, rematado con voces de reminiscencia gregoriana- y bordándolo en el canto de sirena que derrama lágrimas para hacer crónica de la angustia vital en 'Circumradiant Dawn', donde la huella de su voz puede envolver el planeta entero. Lo hace en un lenguaje inventado, que fluye a través de su garganta como el idioma más antiguo de los tiempos y el más personal, aquel que usamos para comunicarnos cuando aún no nos han enseñado qué es un vocablo. Liz Fraser (Cocteau Twins) también empezó a cantar sonidos en lugar de palabras alrededor de ese tiempo, pero lejos de sonar onírica como ella, Gerrard transmite algo dolorosamente terrenal. Más adelante fue destapando recovecos de su garganta que enseñaron lo vasto que es su registro, pero en estos primeros trabajos usa su voz en un trémulo tono agudo que no oculta congoja; cuando la yuxtapone al sonido metálico del yangqin (una cítara percutiva originaria de Persia), como en la intensa 'Avatar' o en 'Mesmerizing' (ese crescendo de las cuerdas), el efecto claustrofóbico es espeluznante.

Complementando sensaciones de tal calibre, Brendan aparece como el visionario que tiene el don de la narrativa y la concreción. A él le pertenecen los dos temas que estudian el ideal para equilibrar el disco: desde un sentimiento plácido y de claridad, 'Enigma of the Absolute' no deja de sonar colosal con los golpes de timbal y el staccato de las cuerdas, asegurándole a una joven: "Cruzando el mar está la fuente de la renovación / donde encontrarás que la causa de tu soledad / puede medirse en sueños que transcienden todas estas mentiras". En la agitada 'Advent', en cambio, todo -los golpes de bajo, una nota sostenida y ruidosa al fondo, el triste anuncio del trombón- parece gritar "Sálvate si puedes" y el barítono vuelve a sembrar seguridad en una situación caótica. "Tal y como la mañana trae el renacimiento, amanecerá un nuevo día para aliviar nuestras mentes perturbadas / gírate de lado y sueña con los días que están por venir". Premura y consuelo; es difícil que esa sección de Las Flores del Mal le inspire a alguien algo más arrebatador que este álbum en un futuro.



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