Imperdible: Cibo Matto - "Viva! La Woman" (1996)

"Otro disco que me cambió la vida, otra opinión de la realidad que transformó mi visión de la música y de rebote mi realidad para siempre. (...) La música es divina, de una manera 'urbana', diría uno. Es tan ingeniosa, tan humana, tan llena de corazón y gracia, y aún así tan llena de ira y ganas de vivir. Todo está aquí, poesía surrealista incluida. Un álbum para convertirse en una mujer y celebrar ese desarrollo". Lo decía Laetitia Sadier (Stereolab) en 2014 para explicar por qué este disco de Cibo Matto estaba entre sus cinco elegidos para la sección (el juego) Essential Albums de la publicación digital Chart Attack. Cuando irrumpió a mediados de los años 90, este duo integrado por dos japonesas afincadas en Nueva York era recibido en los medios según los estereotipos que definían todo lo nipón que se infiltraba en la cultura occidental (a saber: estrafalario, infantil, encantador, mono) pero mientras tanto su mirada musical deslumbraba e inspiraba a quienes sabían apreciar el fondo y el alcance de su mensaje, y si hablamos de compañeras de profesión eso se extiende desde la misma Sadier a Yoko Ono -cuya libertad expresiva iluminó a Yuka Honda (samplers, teclados, etc) y a Miho Hatori (voz, percusión, etc)- pasando por Peaches o Kathleen Hanna. La última no solo mencionó a Cibo Matto en la letra de la canción 'Hot Topic' de su grupo Le Tigre -entre los nombres de muchas otras mujeres singulares que han hecho historia en todo tipo de disciplinas-, sino que en el estilo y el tono de esa banda se podía esbozar su benigna influencia.

Resulta gracioso que antes de que inaugurásemos el milenio Miho Hatori formase parte de un equipo de baloncesto en Nueva York junto a miembros de Beastie Boys, Luscious Jackson y la mencionada Kathleen Hanna: los primeros, unos pioneros del hip hop cuya música informó inevitablemente a la de Cibo Matto; Luscious Jackson, una formación íntegramente femenina que los Beasties ficharon para su sello a principios de los 90 y que sería una especie de precedente inmediato y dócil de lo que desarrollaron las japonesas; y finalmente Kathleen, que habiendo finiquitado su etapa estrictamente punk-rock con Bikini Kill proyectaría el influjo de músicas como la de Cibo Matto en el futuro. De hecho, la pareja de amigas también venía de un pasado musical vivido a un volumen atronador en la formación Leitoh Lychee, donde coincidieron por primera vez. Así lo describía el espectador de un concierto suyo de enero de 1994: "tenían dos cantantes, una con pinta de intelectual y la otra una chica japonesa con cara de niña que tocaba el violín, y luego otra chica flaca japonesa a la guitarra. (...) era como si una Patti Smith adolescente liderase a los Boredoms o a los Stooges, y entonces (...) esta chica pequeña, adorable y divina abrió la boca y EMPEZÓ A GRITAR COMO UN DEMONIO SALIDO DEL AGUJERO MÁS PROFUNDO DEL INFIERNO". Dos canciones juntas que no suman ni dos minutos son la única certificación de estas palabras para la posteridad, y en lo que a tiempo de vida se refiere, el de este combo experimental fue tan breve como su legado. El encuentro definitivo entre Yuka y Miho acabó propiciándolo la espantada de una tercera persona que debía participar junto a ellas en una noche de improvisaciones en un club.

"No nos gusta que nos llamen monas", comentaban en 1996. "Somos amigables, pero también de Nueva York, así que un poco mezquinas". Si bien es cierto que hay algo intrínsecamente oriental en su desconcertante amalgama de elementos y en un sentido del humor que viste el ingenio por los pies de la majadería, la música de Cibo Matto era también el retrato del color metropolitano de una Nueva York no convencional que ya no existe, así como de la vivacidad contracultural que las revistas de cabecera de los fashionistas radiografiaban en secciones con títulos como "Aldea global" allá por 1995. Solo así de fresco y autónomo podía ser el sonido de dos mujeres jóvenes que no permitían tabúes en su trabajo, consumidoras voraces de música que inyectaban dosis bien medidas de todo estilo que les gustaba para troquelar sus emociones. Entre los samples empleados por Yuka en el primer disco de Cibo Matto están piezas de Duke Ellington, Machito & His Afro Cuban Jazz Ensemble, Francis Lai o Ennio Morricone, un collage de sellos antiguos pegados con lametones de hip hop, rock (a Miho le gustaban desde Black Flag a Pussy Galore o Sonic Youth), funk y música latina. Los años 80 tuvieron Raw Like Sushi (Neneh Cherry, 1989); los 2000, Arular (M.I.A., 2005); y los 90 tuvieron Viva! La Woman (1996), un álbum que como los otros dos suponía un discurso de independencia sin par entre sus contemporáneos, osado en su apuesta por fundir estilos y seguramente más trascendental para la causa feminista que toda la discografía de un grupo de riot grrrls, por representar algo único de la femineidad más allá del adocenamiento politizado en que cayó ese movimiento. También comparte con los debuts de Cherry y M.I.A. que fue lanzado por una compañía multinacional, Warner en el caso de Cibo Matto, una proeza por la que se sintieron afortunadas. "Pero luego tuvimos un momento en el que no supimos cómo llevar las cosas emocionalmente", explicaba Yuka. "Estábamos perdiendo los papeles. En plan, '¿Tenemos que hacer un vídeo? ¡Aagh!' Éramos como ingenuas en cierta manera".

"No hice casi nada literalmente". Lo afirmaba en una entrevista de 1998 uno de los dos productores de Viva! La Woman, Mitchell Froom. "Nunca había experimentado un proyecto tan completo que la banda me necesitase tan poco. Fue difícil quitarse de en medio, pero era lo correcto. De hecho, mi principal motivación para trabajar en el disco fue asegurarme de que no se estropease. (...) Hay un montón de tosquedad intencional en la forma en que encajan los loops, y si se hubiera implicado a la gente equivocada, podrían haber intentado suavizar las cosas un poco -aunque no creo que el grupo lo hubiese tolerado". Su testimonio queda certificado cuando uno escucha el EP homónimo que Cibo Matto autoeditaron en 1995, donde figuran tres versiones primerizas de canciones que luego estarían en el disco largo; crudas y más escuálidas, sí, pero prácticamente iguales a las definitivas. Mitchell Froom y Tchad Blake, un tándem de ingenieros que había hecho y haría maravillas en producciones para Los Lobos, Elvis Costello, Suzanne Vega, Lisa Germano, Stina Nordenstam o Crowded House, eran una elección perfecta para coger estas diez canciones e inflarles la pulpa desde dentro. El trabajo de Froom y Blake en el estudio siempre tenía un punto vanguardista, acostumbrando a incluir elementos subversivos en producciones eminentemente elegantes, y su tratamiento enjugado de los elementos orgánicos le daba a la música una dimensión estereofónica muy especial. Con Cibo Matto era la primera vez que ambos trabajaban con compositoras alejadas de la música de raíces americanas y, allí donde en otros proyectos habían podido aportar un enfoque desconocido al lenguaje de un artista, aquí se encontraron con personas con planteamientos afines que ya eran lo suficientemente vanguardistas por sí mismas.

Su riqueza multicultural acabó reflejada en ese título bastardo del español y el inglés, y también venía imprimida en el nombre del grupo, que a su vez guardaba relación con el concepto metafórico de las canciones: Cibo Matto significa "comida loca" en italiano y las letras que empezó a escribir Miho Hatori fueron colmándose de menciones a alimentos. Todos los temas excepto dos tienen como título el nombre de algún comestible. El duo se frustró seriamente cuando los periodistas empezaron a enfocar sus entrevistas según el estereotipo de la excentricidad venida de oriente y les preguntaban literalmente por su obsesión por la comida. Miho se hartó de explicar que hablar de comida era hablar de la vida. "No hay ninguna canción sobre, no sé, cómo están estructuradas las coles de Bruselas, ¿entiendes? Pero creo que la comida es una metáfora genial, porque todo el mundo come. Todo el mundo sabe lo que es estar hambriento durante cinco horas y que te sepa impresionante cuando te comes algo de comida basura. Es una experiencia común".

La comida es sujeto activo y pasivo de sus pequeñas narraciones: detonante de situaciones, símbolo de anhelos y fijaciones, una presencia silenciosa en la escenografía mientras se desarrolla una secuencia... Dentro de esos usos, Viva! La Woman arranca en la vena más poética con 'Apple': "Cuando las hojas de la manzana se caigan / tendremos que despedirnos / cuando la tierra beba a borrascas / tu mente estará seca", recita Miho sobre una percusión primitiva en bucle; un enigmático trance que se quiebra con la irrupción de una guitarra eléctrica y un gemido que la pone en perfecta sintonía con lo que Tricky estaba haciendo en la misma época. Los ambientes dominan a los ritmos en 'Sugar Water' ("La velocidad del tiempo transforma su voz en agua con azúcar"), un medio tiempo con un estribillo que roza la bossa-nova y al cual el lujoso sample de Morricone aporta un regusto lounge; y también en la pieza que la sigue, 'White Pepper Ice Cream', el momento más intimista del álbum en la voz de Yuka (la descripción susurrada de lo que experimenta comiéndose un helado de natillas con pimienta blanca alcanza cotas tórridas desde una admirable contención), construido sobre el goteo de un teclado vintage y minimalista. 'Theme' es fascinante: la disección de un encuentro fortuito con un hombre durante unas vacaciones en Milán en casi once minutos de chismorreos. El flirteo -una primera parte vertebrada con una percusión metálica y aires jazz, lo más parecido a trip hop en el disco- desemboca en una sección embriagante con Miho contando que "me miró arriba y abajo como si fuese el menú de un restaurante". Pronto acaba en éxtasis desenfrenado a puerta cerrada dentro de la habitación de un hotel, despeinándose a ritmo puertorriqueño e iniciando el cuerpo a cuerpo a golpe de hip hop. Es una aventura corta, como lo son esos calentones espontáneos: tras el acto, los últimos cinco minutos oímos el loop de un instrumento exótico que suena a pura y prolongada satisfacción.

La estilosa presentación de sexualidad y sensibilidad en esas piezas atmosféricas tenía su reverso cargado de actitud pendenciera en las canciones más vigorosas y ricas en beats. El mundo conoció a Cibo Matto a través de 'Know Your Chicken' (un pequeño hito en 1996), uno de sus collages más completos a base de hip hop, congas y bases rítmicas de textura áspera, teclado ácido, trompetas que se entrometen y un estribillo memorable. Festivo, psicodélico, con un punto desconcertante y una letra que contribuyó a que superficialmente se las viera como a unas estrafalarias. ¿Qué significaba 'Conoce a tu pollo'? La canción partía en realidad de otro imput italiano: "Es una expresión italiana. Es como decir 'Controlo de lo mío'...", aclaraba Miho en 1996. Más adrenalínicas eran la funky 'Birthday Cake' (la voz de un atosigamiento enfermizo: "¡Cállate y come! / ¡Lástima que no te aproveche! / ¡Cállate y come! / Sabes que mi amor es dulce") y 'Beef Jerky', una canción con una engañosa introducción onírica que pronto desemboca en contundencia bailable. "¿A quién le importa? A mí no / Un culo de caballo es mejor que el tuyo", cantan a coro dando fe de una sana autoafrimación y su negativa a acomplejarse de su propio cuerpo. Lo mejor es que tampoco se acomplejasen de su parte vulnerable, y es así como el espectro cubierto en Viva! La Woman es tan redondo y significativo; cuando llegamos a la última canción y sobre unos acordes de piano Miho nos dice que es una alcachofa que se pone en manos de su cocinero, como Yoko Ono se puso en manos del público en las representaciones de Cut Piece en los años 60: "Tus manos son como un cuchillo oxidado / ¿Vas a seguir pelándome? / ¿Qué seré sobre la sartén? / ¿Me carbonizaré? / ¿Puedes exprimirme un limón encima?".



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