Imperdible: Lisa Germano - "Lullaby for Liquid Pig" (2003)

En las primeras fases de un hábito de esos que esconden un vacío irresuelto detrás, y que por lo tanto tiene un punto autodestructivo, hay una etapa particularmente escalofriante. Es cuando empiezas a reconocer la naturaleza cíclica del impulso adictivo y todavía conservas la capacidad para ser el narrador omnipresente de tu propia circunstancia: te alertas de cómo ese comportamiento tabú está apropiándose paulatinamente de tu tiempo y tu disciplina, pero a la vez sientes que no puedes evitar sucumbir a ese espacio negativo que satisface en ti no sabes muy bien qué. Obtienes un placer que te hace sentir más mal que bien; un placer siniestro porque lo asocias a lo inmundo, a lo clandestino y a tu desequilibrio. Por supuesto, envuelves en ruido la mínima reflexión sobre qué carencia estará íntimamente conectada a esa conducta que te intoxica y que empieza a repercutir en lo que te rodea. El diálogo contigo mismo es incoherente: ese hábito es como una respuesta en un idioma que no entiendes a una pregunta demasiado importante, y el malestar no hace más que cebarse con todo el tiempo que sigues perdiendo. Si no consigues despertar durante esta triste fase donde la razón aún emite una luz intermitente, tras las convulsiones febriles simplemente te habrás abandonado a normalizar tu dependencia, integrada en tu vida cotidiana sin que vuelvas a cuestionarla y disimulada por una sonrisa que ya no te importará que todo el mundo sepa disfuncional.

Lisa Germano armó Lullaby for Liquid Pig (2003) como una travesía alrededor de ese error de comunicación, de la dificultad que conlleva identificar esa clase de conducta virulenta y enmendarla. "Escribí una ópera entera cuando tenía siete años", explicaba riéndose en 2003. "A lo mejor duraba 15 minutos, con una princesa y un príncipe y un montón de tortura, pérdida y un final feliz... Extrañamente, no muy distinto de lo que hago ahora". En efecto, sus álbumes son como los volúmenes de una odisea cuya catarsis siempre trae como recompensa un empujón de ánimo y una lección aprendida. Lullaby for Liquid Pig está entre sus trabajos más sólidos como parte de esa idea, junto al aclamado Geek the Girl (1994), donde conformó un relato claustrofóbico sobre la inhabilidad de una chica joven para responder ante situaciones de abuso psicológico y sexual en sus primeras relaciones con hombres. Aquí, en cambio, la voz es la de una mujer que ha perseguido dolorosamente el afecto sin quererse lo suficiente; una sed imposible que eventualmente sacia con alcohol y otras veces intenta mitigar humillándose ante quienes necesita. "Había un montón de preguntas que me impedían dormir, así que las preguntas se convirtieron en nanas", dijo, y de ahí salió el título, siendo el "cerdo del líquido" el síndrome de abstinencia que le hace cometer las acciones más funestas cuando tiene esa sed obsesiva. Pero algunas piezas, más que nanas, parecen transcripciones de delirios nocturnos donde los grados del vino se han sumado a los de fiebre y juegan con el subconsciente. En el tema 'Liquid Pig', que escribió después de escucharse en una comprometida llamada telefónica que hizo estando ebria, el alcohol y la mortificación van de la mano. "¿A quién llamaste? / ¿Qué dijiste?", canta en una melodía propia de una canción de burla infantil duplicada por una flauta desafinada. La batería más rotunda de todo el disco suena repetitiva a medio tiempo, mientras fragmentos de voces espectrales y ruido blanco se confunden en un ambiente viciado.

Lullaby for Liquid Pig dura poco más de media hora y funciona en nuestros oídos con la desenvoltura de un humilde musical, porque está plagado de pequeños detalles que sugieren la magia que impregna las historias en ese género: los plácidos violines sostenidos que introducen y concluyen el disco; el asomo de algunas melodías que se repiten en varias canciones, de pasada como recuerdos o como interludios que atan el hilo argumental... Es el modo que tiene Lisa de hacer que historias que nacen de un estado tan frágil crezcan en una dimensión donde adquieren una pizca de humor y piedad, asemejándolas a cuentos. Se nota que son diálogos con ella misma y que aunque señale sus puntos más incómodos, se habla con consideración. La soledad del que hace de sus carencias un secreto ("Nadie está jugando / nadie se acerca / nadie puede decirte / lo que no escuchas tú"; 'Nobody's Playing'); el abandono de quien se deja utilizar exhibiendo su baja autoestima ("Córtame / presióname también / puedes pintarme de azul"; 'Paper Doll'); la mala conciencia por alienar a la gente con su comportamiento ("Discúlpate / sécate los ojos / ahí no hay nadie / no les importa / porque se lo chupaste todo"; 'All the Pretty Lies'); y el acomodamiento en la realidad nebulosa que le proporciona la bebida ("Qué buen lugar para estar / lástima que dentro siga lloviendo / Al... co... hol"; 'Candy') son algunos de los argumentos de peso. Las canciones mezclan la caricia (su autorretrato en 'Pearls' estremece) con el tirón para llamar la atención; los repuntes de belleza y momentánea euforia con un universo onírico que te tiene en vilo, borroso y turbador. La guitarra parca de 'Dream Glasses Off', afinada en una escala de graves imposibles, es el sonido de la misma resaca, y cuando dice "Creía que eras mi amigo / me quito las gafas de soñar / y vuelvo a ver" sabes que esas gafas tenían como cristal el culo del vaso donde se había servido las copas. Culminando con '...To Dream', las tres últimas piezas avanzan con melancolía (en 'Lullaby for Liquid Pig' admite en voz alta su problema de conducta) hacia un claro y merecido consuelo.

Mucho se habló de los colaboradores acreditados, entre quienes figuran Johnny Marr (The Smiths), Neil Finn (Crowded House) o Wendy Melvoin (Prince) realizando contribuciones preciosas desde la distancia por pura admiración a Lisa, pero también anecdóticas en un disco que cocinó en casa durante los años inmediatamente posteriores a que el sello 4AD finalizase su relación con ella y no tuviese ni la certeza de que pudiera volver a publicar un álbum. Cuando se decidió a estructurarlo, colaboró con Jamie Candiloro y Joey Waronker en la producción, tándem que la convenció de que conservara las grabaciones caseras en lugar de rehacerlo todo (otro aspecto que vincula a Lullaby for Liquid Pig con Geek the Girl, articulado también desde el ámbito doméstico). Tras una primera edición bajo la etiqueta Ineffable Records fue reeditado en 2007 por el sello Young God, propiedad de Michael Gira (Swans), quien escribió algo que usaré como conclusión: "Nadie hace discos como Lisa Germano. (...) Estas canciones son íntimas, incluso 'confesionales', pero ciertamente no se limitan a lo personal. A mí me parece que todo ser humano con un sentido de su propia fragilidad debería poder encontrar un lugar para él mismo en esta música hermosa y seductora"


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