martes, 15 de junio de 2010

Imperdible: Liz Phair - "Exile in Guyville" (1993)



Mi natural predilección por las mujeres cuando se trata de música es un buen indicativo de que el género para mí no ha sido nunca un problema, ni algo definitorio, ni algo que me acomplejara; en mi mente, admirarlas y conectar con su manera de explicar las cosas nunca ha estado ligado a pensar que están hablando sobre lo que es ser una mujer y que por lo tanto yo me siento como tal. Ahí fuera, en cambio, el género suele pesar. Cuando Liz Phair publicó este disco, Exile in Guyville, en 1993, lo que llamó poderosamente la atención fue que su autora fuese una mujer que se exponía sin barreras: vulnerable, deslenguada, seca e ingeniosa, sarcástica. No tardaron mucho en tomar el álbum como el perfecto manifiesto feminista actualizado para las mujeres de los 90, y Phair fue estudiada con lupa en ese aspecto, asignándole los medios un estereotipado papel de devora-hombres.

Cierto es que las historias que alimentaron la línea argumental del disco partieron de una situación muy concreta que además ella se encargó de explicar sin rodeos, referida desde el título: su constante batalla por ser tratada como uno más por los músicos de Chicago, una escena musical en la que se asumía que una chica era estúpida y que no sabía nada sobre música, con lo que no tenía voz ni voto. Esa creciente frustración la motivó para crear un trabajo estructurado que tuviera todas las costuras perfectas, con el objetivo principal de demostrarles que era capaz de hacer algo que artísticamente válido  y que fuese reconocido; algo que les forzase a tenerla en consideración. Para acabar de rematar el reto, se le ocurrió usar como plantilla un trabajo que los puristas rockeros denominaran "clásico" para diseccionarlo, com si fuese una tesis doctoral. Exile on Main Street de The Rolling Stones, uno de los vinilos que tenía por casa su compañero de piso, acabó siendo el elegido: un disco esencial de la historia del rock hecho por hombres, doble además, del que estudió la secuenciación, el inicio-nudo-desenlace, las letras y las intenciones, y a partir del cual armó su propia historia (que de manera privada respondía o se correspondía canción por canción con el disco de los Stones).

Reducir el resultado de todo esto a manifiesto-feminista-de-mujer-furiosa-con-los-hombres es un grave error que privará al que se acerque a este disco de su significado, que debería golpear a cualquiera sin distinción de género. Lo expuesto en Exile in Guyville no se queda en una narración de lo que tenía que aguantar en Chicago; es una lección de afirmación personal que sorprende sin recurrir a presentarse como un personaje duro e imperturbable. Liz habla con la suficiente seguridad y sinceridad, pero son precisamente sus inseguridades y su capacidad de reflexión lo que la hace más humana y a la vez subversiva. Con la ayuda de Brad Wood y Casey Rice consiguió para el disco un sonido de rock comedido, ciertamente sencillo, versátil y amoldable a atmósferas más abstractas (sobre todo en las piezas donde a la voz y a la guitarra no se les añade más que un sinuoso ruido ambiental). El inicio está a la altura de una inolvidable primera impresión: '6"1'' sacude a un antiguo rollo al que se encuentra, señalando los viejos trucos que ya no podrían engañarla y diciéndole lo bien que le va sin él. El discurso es chulesco pero elegante, algo que será una constante hasta en los temas más delicados: un punto sarcástico y seco, ayudado por ese tono de voz plano al que recurre muchas veces, que hace que sus historias sean hilarantes y serias a la vez.





















En el recorrido por Guyville recalamos en sus dificultades para hacerse valer y para llamar la atención ('Help Me Mary', uno de los temas más pegadizos, en el que uno se imagina muy bien su situación en Chicago y donde dice "Juegan conmigo como si fuera un pitbull en el sótano", al tiempo que confiesa su estrategia: "Me callo la boca / estudio todos mis movimientos / memorizo sus estúpidas reglas / me hago amiga suya"), conocemos a personajes triunfadores de dudosa autenticidad (el fanfarrón ridiculizado en 'Soap Star Joe'; el alma sensible aupada a la fama inesperada en 'Explain It to Me', una canción adornada por un imaginario sonoro acuático) e inquietantes narraciones de rutina: en 'Dance of the Seven Veils', apoyada en esa guitarra eléctrica en que siempre busca secuencias de acordes inusuales, toma el papel de una mujer que tiene que tirar de alguien aburrido e inexpresivo; luego, se sienta al piano para lo que es la verdadera anomalía en el disco, 'Canary', la delicada pero brutal disección del malestar que siente una chica que se esfuerza por satisfacer las expectativas depositadas sobre ella: "Escribo con un lápiz del número 2 / desarrollo mi potencial / (...) Vengo cuando me llamas / salto cuando señalas la cereza / canto como un buen canario". Es el mecánico y triste regusto de la repetición y la pasivo-agresividad generada al sentir que todo lo que hace nunca es suficiente, rematada con una máxima: "Préndele fuego a todo / Sorda antes que tonta". En 'Gunshy', casi al final del álbum y mediante una atmósfera ensoñadora de guitarra y feedback, explica otra historia de cobardía y conformismo.

No menos placenteras resultan sus incursiones en el terreno sexual, donde se las apaña para ser provocativa por la vía sensual ('Mesmerizing' corona la vertiente más rock del repertorio entre palmadas, maracas y un riff malévolo de guitarra) o soez ('Flower', la cantinela infantil que todo el mundo recuerda la primera vez que escucha el disco: "Cada vez que veo tu cara / pienso en cosas impuras y no castas / quiero follarte como un perro / (...) quiero ser tu reina de las mamadas"); le pone música a un deseo en la sombra (la acústica y breve 'Glory'); describe la soledad del sexo mediante encuentros fortuitos ('Fuck and Run' es el verdadero tema pop de este disco; su temática lírica y su carácter pegadizo, inmortales; su actitud inolvidable) o dejando claro quién tiene el papel dominante ("Me aprovecho al máximo de los hombres que me encuentro / salgo impune, casi cada día, de lo que las chicas llaman 'asesinato'", 'Girls! Girls! Girls!'). Conforme avanza, nos encontramos con piezas clave que apuntalan su pequeño viaje por la villa de los chicos. El desarrollo instrumental de más de dos minutos con que inicia 'Shatter' invita a la introspección y es el momento que aprovecha para vocalizar literalmente su empecinamiento por competir con quien no se le permite: "Sé que a menudo no me doy cuenta de lo sórdido que es meterse con estos tíos / (...) No sé si podría conducir un coche tan rápido como para llegar donde tú estás / pero pienso que quizás sí". 'Stratford-On-Guy' se alimenta de imaginería surrealista, extrañamente bella, en lo que parece una fantasía escapista que apunta hacia las ganas de evolución de la protagonista, algo que se confirma en el último corte, 'Strange Loop', donde ya sabe que todo eso no es suficiente para ella y da un paso hacia el cambio. Los giros épicos y el caos discordante entre los instrumentos cierran el álbum dándole una resolución positiva.

Un disco que merece estar en un altar, especialmente si se compara con el giro que dio su visión artística unos años después: una curiosidad morbosa e inexplicable por explorar el terreno de pop-rock para las masas a expensas de la calidad de la música y de la integridad que tenía ganada como compositora, que debemos intentar ocultar siempre los que pretendemos que alguien escuche este disco para que no se alce con suspicacias.



Para escuchar en Spotify:
Liz Phair - Exile In Guyville