martes, 1 de noviembre de 2011

Momentum: Throwing Muses - "University" (1995) / "Limbo" (1996)




Si en la actualidad se pregunta a Kristin Hersh por el disco The Real Ramona (1991), el último que grabaron Throwing Muses con Tanya Donelly en la formación, veremos que guarda de él el peor de los recuerdos, que le disgusta. Es curioso, porque a pesar de tratarse de su creación más ligera y pop, es uno de los mejor evaluados y de los más apreciados por sus seguidores, que destacan que supo encontrar una manera preciosa de acotar las estructuras de sus composiciones sin dejar de lado su singularidad, un marco en el que los dos temas por disco que aportaba Donelly -siempre más accesible- encajaban mejor que nunca.

La realidad de todo esto es que en la trastienda la banda estaba quebrada, que Kristin tenía que pelearse con Warner (su compañía en Estados Unidos), con el productor Dennis Harring, empeñado en suavizar y reblandecer el sonido, y con Donelly, que sí que estaba dispuesta a hacer concesiones para ganar en visibilidad. Se le escapaba el control del que era su propio grupo y se dejó llevar con la idea de publicar el álbum y romper con todo después (así se entiende que saliera por primera vez como single un tema de Tanya con un video-clip en el que a penas se ve a Kristin, algo con lo que Warner debió estar encantada).

Throwing Muses empezaron entonces una segunda etapa, algo con lo que ni siquiera contaba Hersh. Seguía grabando maquetas porque las canciones aún la despertaban de madrugada y se las enseñaba a Dave Narcizo (batería), amigo y miembro de la banda absolutamente fiel, pero fue él quien tuvo que convencerla de que podían funcionar de nuevo endureciendo su visión artística por encima de las sugerencias y las demandas de la industria. Como manifiesto de esa independencia aparece Red Heaven en 1992, un álbum cocinado vuelta y vuelta por ellos dos con la ayuda de Leslie Langston (bajista original que abandonó en 1990), una colección de canciones de indie rock directo y de sensación espontánea, radicalmente alejado de los últimos días con Tanya Donelly. Queda para la posteridad como un crudo y sano trabajo de transición: Throwing Muses iba a consolidarse inmediatamente como trío con la estancia permanente del bajista Bernard Georges.


Los discos con los que la nueva formación despide la década de los noventa (literalmente: en 1997 deben separarse de manera forzosa por entrar en bancarrota y no poder girar ni grabar), ambos grabados en Nueva Orleans con la ingeniera Trina Shoemaker, son la rauda imagen de una autora más ingeniosa que nunca y de unos músicos que la rodean con cohesión. Aunque bien resueltos, sus intentos por simplificar su lenguaje en el pasado parecen blandos comparados con el discurso encontrado aquí: sin lidiar con presiones, Hersh ganó en seguridad y aprendió a dotar a las canciones de giros pegadizos sin faltar a la complejidad y a la originalidad de sus primeros discos.

No suena rebajado, como a ella le podía parecer en The Real Ramona, sino conciso, y no significa únicamente la sublimación de sus poderes: su tono (atrayente, flirteante y más sinvergüenza) es nuevo. Lo enrevesado y único de discos como su debut (1986) o House Tornado (1988) tenía su escenario natural en el post-punk, el country-punk o el folk-rockabilly, como se intentó describir entonces: era una urgencia multiforme que se correspondía con el caos psicológico del "yo" que enfrentaba Kristin. Aquí se utiliza más la segunda persona, en ocasiones de manera serpenteante y tentadora y en otras de forma tan afilada que te quedas clavado en la silla, extrañamente complacido.

University (grabado a finales de 1993 pero publicado en enero de 1995) suena a pequeñas estrellas de granizo disgregándose contra el suelo. El sonido de la guitarra es como de un metal plateado hecho polvo, hundido como las chispas de una bengala en el océano. Una suerte de rock o pop-punk refinado y melódicamente dócil en el que hay destellos de sensibilidad inaudita (el arpegio limpio secundado por violonchelo y las voces celestiales en 'That's All You Wanted', lo mismo en una 'Flood' que tiene una resolución más sobrecogedora, pisando un estado febril), experimentos sónicos en círculos (todo el espacio vacío que hay en la breve 'Calm Down, Come Down' queda cubierto con un ardiente wah-wah en 'No Way in Hell'), sensualidad explícita (aliento sobre la nuca en 'Crabtown', sobre el ombligo en 'Snakeface'), pero sobre todo inmediatez aderezada con punteos acuáticos y la manera tan versátil de rellenar el espacio desde las baquetas que tiene Dave Narcizo, elementos que disparan muy lejos a canciones irresistibles para las articulaciones como 'Shimmer', 'Bright Yellow Gun', 'Start' ("Te escalo conforme me hago vieja / a los cincuenta iré montada sobre tus hombros / Empiezaré en sus rodillas y acabaré en sus sueños") o 'Hazing'. Son además, años dorados para el registro vocal de Kristin: con el grado justo de nitidez y rasgado, haciendo gala de potencia domesticada; quizás sea ésta, en ese sentido, su cumbre.


Prolífica como pocos y estando especialmente inspirada, Hersh no tardó nada en tener otra nueva tanda de canciones, que entraron a grabar el mismo año que se publicó University. Limbo (1996) perfila lo expuesto en el anterior, y sustituye sus múltiples capas y su cualidad ecléctica por un sonido homogéneo y limpio, en el que la distorsión tiene un papel muy puntual y medido al igual que el violonchelo o el piano. No es comprensible que a mediados de los noventa se babeara por tantos grupos apuntados al carro del rock alternativo de manera oportunista y sin sustancia y se obviara un disco tan bien acabado como éste (me atrevo a decir que su mejor álbum en conjunto), que dobla en ganchos y en entusiasmo a cualquier disco de pop de guitarras de 1996 y que sigue retando al oyente como pocos.

¿Cómo explicar que es su disco más amable en una primera escucha, el más pegadizo, y a la vez uno de los más extraños? Limbo yace bajo el sol de un día de julio y le recorre una agradable brisa. Atemporal es la palabra: la simplicidad de su planteamiento no puede caducar. No hay ni una canción a la que se le pueda reprochar una costura indiscreta, desde los medios tiempos que cautivan en el tramo final (preciosas 'Serene' y 'Mr. Bones') a los temas que vuelven a jugar al despiste en su desarrollo como antaño ('The Field', 'Freeloader' con su interludio hispánico que sale de la nada, 'Cowbirds'), sea acentuando el pop ('Ruthie's Knocking', 'Buzz') o la contundencia de la base rítmica ('Shark', 'Limbo', chorreante de feedback). Kristin sigue en la línea confesional y más desvergonzada si cabe, imponente como nunca: basta con escuchar 'Tar Kissers' ("Hoy me las he arreglado para estar lo suficientemente trastornada / como para relajarme en los brazos de alguien extraño") y sobre todo 'Tango', una canción en la que la disputa de poder y los celos en una relación se hace física en tus oídos ("Gracias por mecer las cadenas cuando no podía dormir / gracias por encadenarme a la cama, fue todo un detalle / (...) ¿Qué pasa en tu rincón? / Si yo no hago amigos, tú no haces enemigos").

La incógnita de lo que hubiera pasado de haber podido seguir trabajando con regularidad tras sus insostenibles dificultades económicas es muy dolorosa. Kristin Hersh se volcó en su carrera en solitario hasta que utilizó un adelanto de su discográfica para grabar un nuevo disco de la banda que se publicó en 2003, y en estos momentos tienen un nuevo disco listo para mezclarse que han patrocinado sus seguidores mediante donaciones voluntarias a través de CASH Music. Aparecerá, si todo va bien, en 2012.

Para escuchar en Spotify:



Podéis leer la reseña de su concierto en la Sala Apolo de Barcelona el pasado domingo en este enlace.


1 comentario:

Diego dijo...

Hola,

Realmente me ha encantado tu blog, la manera en que escribes y compartes música.

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Saludos

Diego.