jueves, 1 de diciembre de 2011

El despiece: Orlando



Aunque quiero pensar que es una tontería improbable, siempre me he preguntado cuánto lastró la corta carrera de Orlando el hecho de que su núcleo creativo lo formara una pareja, Ana Béjar (voz, guitarra) y Alfonso Pozo (guitarra), que había dejado en el panorama musical independiente el recuerdo de una actitud prepotente y jactanciosa (también saludablemente ambiciosa) cuando formaban parte de Usura, una banda con la solidez de "los mejores de la clase" -como una vez dijeron en una publicación- en tiempos en los que nuestra deseada escena aún se estaba construyendo a todos los niveles, recién estrenada la década de los noventa.

Ya en el siglo XXI, Orlando publicaba -cada dos, tres años- discos que me parecían de factura irreprochable, pero más allá de mi encendida visión a menudo me pareció que era una banda hasta cierto punto ninguneada, que debía luchar en exceso para ser oída y reconocida. Las reseñas positivas estaban ahí y seguramente ocupen el noventa por ciento de su archivo de prensa, pero la falta de entusiasmo por destacarles hacía que me cuestionara: ¿dejaron un rencor irreparable en algunos frentes (amigos, propietarios de salas, periodistas, otros músicos) cuando se separaron Usura y ahora había quien se lo ponía difícil? No lo sé.

La verdad es que Usura desapareció con una risotada sarcástica ante un paisaje para ellos frustrante y absurdo, inviable para desarrollarse como grupo. A principios de 1994 tras su último concierto, Ana y Alfonso se mudan a Londres con la intención de sacar adelante un proyecto musical en un lugar donde en principio podían tenerlo todo más de cara, aunque se encuentran con un hueso duro de roer: la endogamia y la celebración de la escena brit-pop en su máximo apogeo. Nunca empezaron nada estable allí, así que un par de años después regresan a España y se instalan en Barcelona hasta 1998, componiendo canciones de manera más disciplinada. Orlando toma forma cuando regresan a Madrid.

Las fotografías de insectos, fruta madura, flores silvestres y pájaros volando en desorden con las que ilustraron las portadas de sus discos definen muy bien su espíritu. Lejos de la explosión de pintura acrílica y el gusto por el despiste de su anterior banda, Ana y Alfonso mantuvieron ese tono entre vil y romántico que se les conocía y emigraron con él a un lugar más fragoso, quizás más tradicional y estructurado en la composición, que les devolvía a nuestros oídos más maduros y hábiles a la hora de cautivar, aunque para nada domesticados: su debut Twilight Star (publicado en octubre de 2000 y producido por Juanma Mas) es un paseo monocroma pero inflamado desde el primer tema, 'Feed on Love', una enervante progresión de acordes sobre la que Ana parece empezar suave para acabar sonando hosca y apasionada como nunca. Gran parte de la esencia de todo proyecto en el que participa recae exclusivamente en sus interpretaciones: a veces dulzura a secas, sí, pero mayoritariamente sorbos de lobreguez servida al paso de caracol de la miel vertida de un tarro. Las guitarras eléctricas, reminiscentes de las tramas que hilaban Thalia Zedek y Chris Brokaw en Come o la Patti Smith que cerró los años noventa, dominan el paso acelerado de canciones como 'The Wettest Spring of All' y 'All Gone' en la primera mitad del álbum, mientras los detalles de piano (sobre el que recae el peso de la escalofriante 'Honey Melts', que divide el repertorio) y los medios tiempos de corte más folk, como la concluyente 'Bring on the Night', imperan hacia el final no en balde, precedente de sus próximas exploraciones.

Su progresivo refinamiento tuvo la primera muestra en el single Farewell (2001) producido por Tony Doogan, que debía ser anticipo de un segundo disco que acabó por posponerse hasta la primavera de 2003. Grand Silence (producción propia junto a Javier Ferrás, a excepción de dos repescas del single) pasó desapercibido en su día pero queda hoy como su disco más aventurado y extraño, el que tiene más rincones por descubrir. La sensación frente al anterior es casi contraria: aquí las guitarras slide sin distorsión, el mayor protagonismo del piano y los arreglos cristalinos pintan la imagen de un espacio abierto y más acogedor (basta con escuchar la pieza titular), un ambiente más agradable que claustrofóbico en el que Ana puede sonar tan melancólica y misteriosa como precise sin tener que hacerse oír por encima de su entorno. Su aliento en delicadezas enraizadas en el aura de la una de la madrugada como 'Stay', 'Farewell' o 'All About to Burn' es hechizante, balsámico, algo aplicable también al instrumental 'Roulette' con el que abren el álbum. Su lado más retorcido en espiral sigue latiendo: ahí están 'Sand' y 'Yet to Come'. Elegancia.

Habiendo abandonado el sello Recordings from the Other Side, que había apoyado tan limitadamente sus trabajos, Orlando ficha por Astro y publica lo que no sabíamos que sería su canto de cisne. Songs Before Sunrise (2005); Jesús Martínez a los controles además de a la guitarra) es todo un ejercicio de esplendor melódico en el que la canción en sí pesa más que su inquietud experimental, con lo que es con diferencia su disco más accesible y resplandeciente. Más folk y acústico que nunca ('In the Heat of Summer'), más vulnerable ('Love to Fade') y esplendoroso en coros lechosos ('Heart of the Glow'), tranquilo y esponjoso como un colchón armado con diente de león (el desarrollo de 'Sweet Time' es simplemente majestuoso)... Es el romper del día tras el ocaso, algo que incluso se refleja en las letras de Ana (el amor dificultoso y más físico de antaño no tiene lugar en los textos, que esta vez narran instantes preciosos a recordar). Es, simplemente, otro cajón que abrió una pareja con muchas inquietudes e intereses musicales, que tenía la pericia necesaria para sobresalir en las direcciones que sintieran que debían seguir. Sin avisar, desaparecieron.

La sorpresa me vino dada hace unos meses, cuando supe que Ana Béjar se ha reencontrado con otro ex-compañero de Usura, Ramón Moreira, y juntos están dando a conocer varios temas bajo el nombre de Todo, donde han recuperado un poco la espontaneidad y la saludable osadía de quien empieza algo y lo han aplicado a un folk tan hermoso como desfigurado en el que Béjar sigue siendo única y reconocible. De nuevo bien acompañada.


Para escuchar en Spotify:

1.Sweet Time (2005) 2.Stay (2003) 3.The Moon and the Sun (2003)
4.My Birthmark (2000) 5. Heart of the Glow (2005)
6.All About to Burn (2003) 7.Honey Melts (2000)
8.Farewell (2001) 9.Bring on the Night (2000)
10.Something's on Your Mind (2005) 11.Yet to Come (2001)
12.Feed on Love (2000) 13.So Badly (2005)