jueves, 25 de octubre de 2012

Imperdible: Grinderman - "Grinderman 2" (2010)



















Hay proyectos paralelos y proyectos paralelos. Ser líder de una banda de pop, por ejemplo, y sacarse de la manga un disco de jazz progresivo con otro nombre es un caso que podría servirnos para explicarle con calma el concepto a un alumno de primaria. Otras veces los límites son más suaves y la motivación detrás de estas aventuras no es hacer algo radicalmente diferente porque sí, y explicarle a ese niño que “esto es una piedra y esto es un melocotón” si la piedra tiene la forma del melocotón igual no es tan sencillo. Kristin Hersh me decía hace poco que en sus discos en solitario, por mucha instrumentación que hubiera, podías encontrar una intimidad que no había en los discos de sus bandas. Apliquemos eso, pues, a lo que sucede con Nick Cave: en Grinderman se da un énfasis a la electricidad, a lo canicular y a lo indómito que a lo mejor no se encuentra hoy en día en los trabajos de Bad Seeds. Al menos esa es la idea que se vende, ratificada por toda la imaginería que culmina en el uso de tipografía gótica y ese lobo enseñando el canino izquierdo en la portada de este disco. 

Sin embargo, creo que Grinderman es sobre todo una etiqueta que inspira a Cave y a los suyos para trabajar en una dirección concreta, y ni eso puedo afirmar con rotundidad sin sentirme un poco hipócrita: no todo lo que suena en Grinderman 2 son salvajadas de las cavernas, no tropiezo con restos de cartílagos en todos sus recovecos y no creo que en los discos de Bad Seeds haya habido una ausencia total de bríos peligrosos últimamente que le haya llevado a abrir con ansia una nueva veda por la que hacer el sinvergüenza, por lo que tampoco nos sirve Grinderman como denominativo a secas para clasificar un estilo de composición muy concreto del artista. Para mí Nick Cave es la misma bestia actúe bajo un nombre u otro; su sexualidad no solo existe cuando canta las palabras “lobo”, “lengua” o “serpiente”, de la misma manera que puede ser terriblemente elegante y solemne sobre un estrépito de furiosa distorsión. “Grinderman 2” es simplemente lo mejor que podía ser: otro notable disco firmado por un autor que cuenta con muy pocos agujeros en su trayectoria. 

Las imágenes de criaturas insólitas y electrógenas pueblan las narraciones del primer tercio del álbum con el claro objetivo de conducirnos a un estado de sobre-excitación, especialmente el retrato del chico que acompaña fascinado a su hermano (un hombre-lobo fuera de control) por toda la ciudad dejando víctimas a su paso en 'Mickey Mouse and the Goodbye Man', y la verdad es que cartas marcadas como los aullidos –la propia historia, de hecho-, la tensión sobre dos notas de un bajo sin lijar que crece a trompicones hasta descolocar como el sonido de rasgarse bruscamente la ropa aumentado mil veces en hercios funciona a la perfección. La fascinación del protagonista sigue en los otros dos temas que completan este segmento pero el objecto de deseo son mujeres de extraño atractivo, atributos también animales y hogueras por melena. 'Worm Tamer' suena urbana y apasionada, pero 'Heathen Child' –con ese paso funky y esas imágenes de una envenenada niña pagana chupándose el pulgar en una bañera, explicando cuán pagana es- es uno de los mejores momentos, mezcla de humor, seducción, suciedad y (hay una bañera de por medio, lo he dicho) pureza. 

Gracias a este atracón de adrenalina, los contrastes que se dan en la partición central (por algún motivo, este disco funciona para mí en tres partes) son una agradable sorpresa: 'When My Baby Comes' suaviza la exposición y caben en la fotografía sonoridades más acústicas, percusión y violines, y justo cuando parece que va a desvanecerse repitiendo el estribillo, el tempo da un giro (pesado, turbulento) y cae sobre el oyente como un saco de arena. Más interesante es el juego antagónico que se da después: Cave reflexiona en un crujiente paisaje nocturno que podría hacernos caer en un plácido sueño en 'What I Know' y, acto seguido, ataca en 'Evil' desvariando como un hombre enloquecido por una enfermiza obsesión. Es la primera vez en todo el álbum que las guitarras suenan como si se cortaran enormes troncos, inabarcables, en una fábrica industrial. 

En el tramo final, el pulso sexual toma forma insinuante en 'Kitchenette' (“Meto la mano en tu bote de las galletas / y rompo todos tus hombres de mazapán / porque te deseo”), un blues en el que intenta convencer a una mujer casada de que su relación está muerta; y aún guarda una última baza inesperada llamada 'Palaces of Montezuma', romántica y tan cercana a un pop bienintencionado que cuando suena por primera vez uno se pregunta si está escuchando el mismo disco, aunque el sentimiento no anda lejos de canciones radiantes de los Bad Seeds como 'Breathless'. 

Técnicamente, la habitual excelencia instrumental (qué decir de Warren Ellis, Martyn Casey y Jim Sclavunos) y producción de Nick Launay, un hombre que ilumina todo disco que toca dotándolo de texturas nítidas pero nunca domesticadas. La misma esencia de Grinderman.

(*) Reseña encargada y publicada por I Like Magazine (número 12, noviembre 2010), destacado como disco del mes.


Para escuchar en Spotify:


jueves, 18 de octubre de 2012

Minutos: Tara Jane O'neil - 'Howl' (2009)



Hace algo más de dos semanas visité por última vez a mi abuelo, que falleció anteayer. Es extraño, porque fue una visita que se salió de nuestra reciente costumbre. Fue la primera vez en mucho tiempo que pude revisar los detalles de una casa en la que también crecí y sentí una terrible nostalgia. En los últimos años, al vivir en otra ciudad, iba a su casa y nos sentábamos siempre en el comedor, normalmente a mediodía y con la televisión de fondo, y nos explicábamos las novedades de manera breve, en su caso porque eran más bien pocas y porque se expresaba con escasas palabras; en mi caso porque con los años habíamos adquirido ese código de no desarrollar mucho las conversaciones, y por su manera de ser no había un toma y daca. Sus habilidades sociales eran rígidas, aunque tiernas, algo que heredé de él -aunque debo decir que era alguien mucho más educado que yo. Pasábamos un rato juntos, me ofrecía un Cacaolat y en la despedida se sacaba cinco euros del bolsillo y siempre salía a decirme adiós.

Ese último día hicimos limpieza de trastos que mi madre había llevado allí sin orden alguno en una mudanza, y estuve en rincones de la casa que no había pisado en más de un lustro. El techo de la cocina me pareció bajísimo y los muebles miniaturas. Me di cuenta de que ahora podía ver lo que había en lo alto del armario de los platos y me sentí mayor. Me pregunté -porque no la había visto tampoco encima del televisor- dónde tendría colocada la figura de un pastor alemán bastante grande que solía estar encima de la nevera, y que tenía una nueva capa de pintura plástica prácticamente cada vez que nos veíamos. Habíamos contemplado al perro en color plateado, dorado, verde pálido, azul grisáceo y blanco. Sonreí para adentro y no le pregunté. En los estantes del comedor, las figuritas polvorientas pero colocadas de la misma manera que cuando vivía mi abuela, coronadas por una caja de música sobre la que Don Quijote y Sancho Panza daban vueltas. Colgando de la pared, el retrato de mis abuelos el día de su boda y el de mi madre y mi tío el día de la primera comunión de él, coloreado a mano en verde, rosa y rojo. El baño, en el que también me sentí un gigante. El corral, lejos de los años en los que colgaba una parra de uva y vivían dos perros. Advertí todos los cambios en su casa, la estampa del paso del tiempo y la progresiva debilitación del núcleo familiar. En los últimos años el barrio se había transformado con las muertes de los vecinos de toda la vida, en su mayoría inmigrantes de diferentes lugares de España que llegaron aquí en los sesenta. Toda la frescura que recuerdo de pasar ahí la infancia mutó a raíz de lo que ha sido como una conquista de forasteros que han hecho de las casas verdaderas chabolas que albergan delincuentes. Allí quiso quedarse pasara lo que pasara; tenía una salud inmejorable y era independiente. Nada le parecía amenazante y -bendecido por su encanto o por su reputación como vecino veterano- nunca nada lo fue.

Esa última inspección de su hogar queda ahora como un regalo muy valioso, y con lo ocurrido no he podido evitar pensar por qué tendría la oportunidad de hacerla justo entonces. Su muerte ha sido repentina e inesperada y yo aún no me he hecho a la idea, creo. Estoy demasiado centrado mentalmente. O quizás es que resulta muy complicado concentrarse en medio de toda la farándula que rodea el fallecimiento de un familiar. Se me ha hecho muy difícil tragar que se anteponga un extraño protocolo de visitas de oportunistas y curiosos a la intimidad que un familiar cercano debería tener en un lugar como un tanatorio. Había un ruido infernal e irrespetuoso, parecido al de los bares. Había una pariente que no hemos visto en años apoyada sobre el cristal del féretro como si fuera el mostrador de una joyería, prácticamente atendiendo a la gente en orden de cola y narrando lo ocurrido como una insensible guía de museo. La gente espontánea se asomaba y miraba fijamente a mi abuelo porque temían su propia muerte, carentes de otra emoción. La obscenidad era insoportable.

Me he emocionado unas tres veces en las últimas cuarenta y ocho horas. La primera cuando mi madre me dijo ayer que se habían dado cuenta de que en el portapaquetes de su Vespino, mi abuelo llevaba pegada una foto de ella, al fin y al cabo su mano derecha los últimos diecisiete años. La segunda cuando me he dado cuenta de que esas habilidades sociales que yo le creía tremendamente tímidas no lo eran tanto; todo el que se ha acercado ha coincidido en destacar lo simpático que era; era una palabra con la que se le iluminaban los ojos a todo el mundo. La tercera, una de las últimas veces que mi madre se ha acercado sola al ataúd y le ha murmurado unas palabras entre sollozos, porque me he imaginado a mí en su papel y he entendido su desamparo. Para entonces la sala ya estaba prácticamente vacía, pero con todo lo visto me sentía estéril.

He decidido no asistir a la ceremonia que tendrá lugar en unas horas. El amor que sentía por él no tiene nada que ver con lo que será una fiera extensión del despliegue presenciado en el tanatorio. Prólogo de camino, nudo en la iglesia y desenlace en el cementerio. No puedo soportar la idea. Con el aliento sobre papel vegetal de Tara Jane O'neil en esta solemne pieza que siempre me ha sonado a despedida y a inmortalidad, le saludo desde esa intimidad que anhelo tanto y le digo hasta siempre.


'Howl' está incluída en el disco A Ways Away
de Tara Jane O'neil, publicado por K Records
en julio de 2009

Howl by Tara Jane O'Neil on Grooveshark






jueves, 11 de octubre de 2012

Imperdible: Björk - "Post" (1995)



Antes de que la trasladaran a la calle Príncep de Viana a mediados de la década pasada (donde murió unos meses después), la tienda de discos Satchmo estaba en un estrecho local de la calle del Carme en Lleida. Le llamaban "El séptimo cielo", haciendo un poco de trampa, pues se referían a cada una de las plantas que tenía aunque eran minúsculas y estaban separadas entre ellas por a penas cinco o seis escalones de cristal grueso y sucio. Era, sin duda, la mejor tienda especializada de música que había en la ciudad, y por ello me fascinaba y me aterraba a partes iguales. Iba mucho; todos los fines de semana que visitaba a mi padre antes de cumplir los trece y a partir de entonces también algún día al salir del instituto, ni que fuera a curiosear y a pedir deseos. Cuando tenía que pedir que me encargaran un disco que no estaba en la tienda era un calvario. Si podía tiraba de mi madre, a la que hacía entrar con una pregunta ensayada y conmigo detrás; si no, me apuntaba en un trozo de papel los títulos de los discos para enseñarlo y ni tener que pronunciarlo. Así de misteriosamente pedí referencias sobre las que he escrito aquí de Throwing Muses, Blake Babies o Liz Phair cuando era un adolescente.

Unos años antes, cuando tenía once, fui a Satchmo una tarde de septiembre y me compré mi primer cd de Björk. Di vueltas, lo cogí, me planteé cómo bajar a la caja y pagarlo. Post (1995) era precioso; era la misma edición limitada en digipack que había visto en El Corte Inglés de Barcelona en junio, poco después de que saliese a la venta. Por entonces un disco de Björk podía ocupar dos expositores enteros de un centro comercial y agotarse en pocos días. Grabada con solidez cinematográfica tengo esa primera visión multiplicada de la portada, y también lo que ocurrió en Satchmo el día que me hice con él, pasado el verano. Dejé Post sobre el mostrador de la planta baja, deseando acabar lo más rápido posible, y mientras sacaba un puñado de monedas envejecidas de una cartera estampada con fotos de Madonna, quien me cobró me dijo: "¿Esto es para ti? ¿Te gusta esta mujer?". Estaba mortificado, tanto que no pude interpretarlo como una gratificante sorpresa por parte de aquel señor al ver que un crío se compraba ese disco; lo leí con un tono de desacreditación y mofa que seguramente me traumatizó para compras posteriores. Timidez, que rima con estupidez.


"Mientras que Debut era un grandes éxitos de los últimos diez años, Post era el reflejo de los dos últimos. Para mí, todas las canciones dicen "Escucha, así es cómo me va", y por eso lo llamé así, porque siempre remito las canciones que me rondan por la cabeza a Islandia en una carta. Fue un gran salto para mí marcharme a vivir lejos de todos mis parientes, mis amigos y todo lo que conocía".
Björk;
Raw, 17-30 de enero de 1996


Para la portada, la misma Björk se metió en un sobre de correo aéreo ante el objetivo fotográfico de Stephane Sednaoui. Su rostro irradia firmeza y sensualidad, el reverso de la chica retraída y con mirada expectante -ese gesto con las manos sobre la boca- que veíamos en la imagen que capturó Mondino en tonos tierra para la carpeta de Debut (1993). La ráfaga de ropajes fucsia y naranja a sus espaldas la envuelve, no la engulle; es la vivacidad de una urbe (Londres) en la que se encuentra cómoda viviendo su aventura, palabra clave ésta última para describir la mutabilidad y aparente inconsecuencia de las once canciones que incluye Post. El eclecticismo ya estaba en las células madre de su primer disco, donde uno saltaba de una suerte de house contenido a piezas en las que la voz solo se acompañaba de un arpa o de deformes arreglos de viento. Tratándose de Björk (cuyos devaneos anteriores habían pasado por la canción melódica, el after y post-punk, las improvisaciones a partir de estándares de jazz o el pop con barniz indie) la versatilidad no era una cualidad exactamente novedosa, pero sí que llamó la atención poderosamente que un mismo trabajo mostrara tal ausencia de prejuicios en el menú. Debut transcurría con cariño entre lo exótico, lo ensoñador y lo metropolitano, y su segundo trabajo le tomó el relevo subrayando el contraste, asumiendo mayores riesgos.

La pluralidad yace en el corazón de Post. Después de este álbum Björk tendió a atar sus trabajos en conceptos menos dispersos, con un objetivo muy definido y sólido, particularmente los tres siguientes: el heroico Homogenic [1997], yuxtaposición de cuerdas y ritmos crudos llevada al extremo; el recogido Vespertine [2001], micro-beats reminiscentes del sonido del hielo y las hojas secas rompiéndose; el opaco Medúlla [2004], presencia casi exclusiva de sonidos hechos con el cuerpo humano. En Post su extrovertido estado de ánimo se hace físico en la música: sus salidas nocturnas a varios clubes de Londres, la agitación propia de alguien que está absorbiendo muchas cosas a gran velocidad, su innata voracidad como rastreadora de sonidos y consumidora de discos... A la vez, se detiene como siempre a prestar atención a una profundidad emocional que la hace singular y la desmarca de la extravagante imagen de mujer aniñada que propagaron los medios. Nellee Hooper, responsable de la producción de Debut, repitió como su aliado de mayor confianza pero su visión se vio ampliada por los escarceos de la artista islandesa con Tricky, Graham Massey y Howie B, junto a los compone y produce, y con Eumir Deodato, arreglista y compositor a la cabeza de una lista interminable de involucrados y colaboradores.

Habiéndonos quedado en suspense tras la morriña solemne de 'The Anchor Song', tema que cerraba Debut, el inicio de Post con 'Army of Me' resulta excéntrico y brutal. Porrazos de teclado, ritmo marcial, explosiones controladas, la voz de Björk dividida entre el misterio y la advertencia... Un contaminado ambiente industrial inseparable de la imagen de la cantante conduciendo un enorme camión en el video-clip, una vez visto. Es la primera de las colaboraciones con Graham Massey que dejó archivadas en 1991 por estar demasiado verdes y que deconstruyeron aquí. La segunda es 'The Modern Things', a la que alejan de las programaciones gélidas de la versión primeriza (puede escucharse en la retrospectiva Family Tree [2002]) y arrugan con pliegues desordenados, añadiendo una batería sucia que late bajo los arañazos del vinilo. Empieza despacio como un cuento sobre cómo las cosas que nos rodean a diario, esos inventos que nos han hecho la vida más fácil, habían estado esperando en una montaña a que desapareciésemos todos para tomar su lugar en el mundo, y por el giro tenebroso que toma la música, cabe imaginarse más una batalla horripilante que una conquista paciente.

Su animada versión del clásico de Hans Lang y Bert Reisfeld 'It's Oh So Quiet', muy fiel a la popularizada por Betty Hutton en 1951, queda como un capricho resuelto espléndidamente, una bisagra para adentrarse con Tricky en el territorio más oscuro y rudo de Post, 'Enjoy'. El artista de Bristol declaró a la revista Vox en 1995 que esperaba rematar lo que habían grabado domésticamente en un gran estudio, pero ella prefirió dejar los sintetizadores en carne viva y con su ahogada respiración. Es un acalorado trance entre distorsión y redobles, trompeta enloquecida y la voz de Björk enviada por un viejo fax, desatada sexualmente ("¿Cómo puedo ignorarlo? / Esto es sexo sin contacto / Voy a explorar / En esto estoy solo para disfrutar"). Más lunática, simpáticamente disparatada, se muestra en 'I Miss You', compuesta con Howie B y con una misma intención poco pulida. El ansia inexplicable provocada por desear conocer lo desconocido inmediatamente se despliega en salpicaduras tropicales, cada vez más febriles hasta que desembocan en un desenfreno bailable y extático.

Más allá de esto, el disco incluye dos monumentos incontestables de su cancionero, ambos arreglados orquestalmente por un Eumir Deodato sublime: 'Hyper-Ballad', henchida de amor, mecida entre pequeños sonidos extraterrestres y el zarandeo de la arena de un terrario fluorescente, mantiene el suspense y la quietud de una madrugada en las estrofas para subir el apasionamiento en un estribillo tan trágico como romántico, con un epílogo house; e 'Isobel', una fábula sobre una criatura solitaria que forja su autarquía en el bosque, que late con una presencia plástica coloreada por el mini-traqueteo tribal del ritmo y el ensueño de las cuerdas. Realmente, hubo una época en la que Björk enriqueció el género pop con modos nada ortodoxos, algo que se distingue de su trabajo más reciente en que su motivación ya no parece ser  -son sus propias palabras hace quince años- "escribir la canción pop perfecta", y quizás es porque se ha dado cuenta de que ya lo hizo en un puñado de ocasiones.

Deodato también dirige los arreglos de 'You've Been Flirting Again', una frágil melodía vocal arropada por diferentes acordes en cada una de sus tres estrofas hasta que al final uno se imagina un plano cinematográfico en el que la cámara gira en círculos acompañando a una Björk abrumada y con los ojos cerrados. Al igual que en 'Cover Me', una canción minimalista y fantasmagórica dentro de una cueva habitada por murciélagos (ahí la llevó Nellee Hooper a grabar la voz), ella misma se encargó de la producción. Son los momentos más intimistas -o por lo menos, los más recogidos- junto a 'Possibly Maybe', otra pieza de altura con una rica imaginería visual. Un monólogo reflexivo sobre una relación anhelada y la incertidumbre que conlleva. Cada estrofa parece centrarse en un sentimiento hasta que al final un cambio de clave en la partitura parece indicar el paso de los años, como un salto en el tiempo de película, sellado con los versos "Desde que rompimos vuelvo a usar pintalabios / me humedezco la lengua en tu recuerdo".

Para poner punto y final al álbum, vuelve a aparecer Tricky. Björk escribió 'Headphones' como agradecimiento a Graham Massey por las cintas de canciones variadas que le grababa y con las que ella solía dormirse. El trazo enmudecido de la percusión plasma la intimidad de ese pequeño ritual que supone meterse bajo las sábanas con los auriculares puestos, en la oscuridad. Es un pequeño homenaje a la música en sí misma, a disfrutarla uno por su cuenta y a la excitación de escuchar algo por primera vez. Los años me han dado la perspectiva y las palabras para ordenar mis sentimientos y sensaciones, pero me sorprendo después de unas cuantas horas ante este texto: el entusiasmo primerizo que me colmó la primera vez que me puse este disco permanece imborrable.

Para escuchar en Spotify:
Björk - Post