domingo, 5 de enero de 2014

Imperdible: Drugstore - "Drugstore" (1995)


















Isabel Monteiro (bajo, voz) lleva años, casi veinte, fabricando de manera artesanal una serie de muñecos y muñecas a los que une un rasgo que bien define su identidad: los ojos, desmesurados, hacen que esas figuras ligeramente desaliñadas tengan un aire simpático e inofensivo. Cuando empezó, eran pequeños muñecos de vudú con los rostros dibujados (los mismos que acabaron en la portada del segundo disco de Drugstore, White Magic For Lovers [1998]) y después ha trabajado con muñecas de plástico de extremidades y cabezas extraíbles a las que agracia con esa mirada mediante pegamento. En inglés, "wide-eyed" es un adjetivo que literalmente describe a quien tiene los ojos abiertos como platos, pero más frecuentemente se utiliza para definir a alguien (y cito ejemplos del diccionario) "que tiene la inocente convicción de que las cosas solo pueden ir a mejor" o bien una "cándida ignorancia de lo que es la vida". Monteiro (nacida en Brasil e instalada en Londres a principios de los años 90) fue desde siempre una romántica empedernida y al final eso, tener los ojos muy abiertos y retener al mismo tiempo cierta candidez es todo lo mismo.

El argumento por capítulos de Drugstore (1995) -disco homónimo del trío que completaban Mike Chylinski (batería) y Daron Robinson (guitarra, piano)- bien podría ser el viaje imaginario de una de esas muñecas benévolas al planeta virgen que aparece en la portada rodeado de estrellas de luz intermitente y suspendido en un cielo de betún, en busca de paz e incomunicación tras vivir por primera vez el tipo de experiencias que hacen compungirse a un corazón hipersensible. Hay sentimentalismo y ternura pero en su necesidad escapista se percibe la vehemencia propia de la juventud y la inexperiencia, con toda la cabezonería (abandonarlo todo, acabar con todo) que ello conlleva. Lo ensoñador y lo místico vienen de la mano de lo arrebatador y lo tremendista, todo ello bendecido por tres, cuatro copas de vino; las suficientes para ponerse nostálgico, adquirir un tono pelín afectado, buscar a quien ya no tienes que buscar y dejar ese mensaje en un contestador automático del que te arrepientes al día siguiente (la canción 'If' ilustraría lo último).

En Drugstore quizás se digan algunas cosas que uno se tragaría más tarde, pero son de ésas incontenibles cuando arden en las mejillas y el estómago. Isabel Monteiro habla por todos los idealistas que se desalientan un poco cada día con la frialdad que se encuentran en sus vidas cotidianas, y si te has sentido así alguna vez, su voz y sus palabras te parecen la compañía más adecuada y útil. Quizás la preciosa 'Gravity', sostenida prácticamente en su totalidad por una guitarra eléctrica gentil y húmeda, sintetice mejor que ninguna cómo Isabel busca a sus similares partiendo de su propia consternación: "Parece que nos movemos, pero nunca muy lejos / y no sé por qué nos preocupa / El mundo sigue girando con el sol y la luna / y tú y yo estamos en medio / aguardando, sin esperanza, a que se caiga el cielo / yo levanto las manos / no miro alrededor".

"Estábamos [Jeff Buckley (músico fallecido en 1997) y yo] hablando sobre nuestras personalidades y estados de ánimo (...) y Jeff salió con una metáfora hermosa, que se me ha quedado grabada, dijo: 'Es como si tuviéramos un sistema climático atrapado dentro nuestro; en el fondo del estómago siempre están formándose nubes que esperan a asomar. Incluso cuando sale el sol las nubes están ahí, fraguándose. Y de vez en cuando aparecen y llueve durante días, a veces semanas; luego se desvanece, sale el sol y todo vuelve a empezar. Estamos atascados con esto de las nubes internas' (...) Así es, la gente como nosotros nunca puede ser feliz".
Isabel Monteiro, 
In Conversation with Jeff Buckley  - The Clouds Within 
publicado en su blog, 19-2-2012




















Para describir la voz de Monteiro no puedo dejar de citar al periodista Gerardo Sanz, que en la revista Factory escribió algo que nunca he olvidado, que era una "Hope Sandoval disfrazada de Marianne Faithfull". Una golosina envenenada de éter etílico que no languidece en ningún instante, con más presencia que misterio o nebulosidad y la habilidad interpretativa para hacer que el fondo de estas canciones tenga aún hoy algo intemporal que trasciende la estética indie rock de hace dos décadas. Musicalmente, el trío está en el banquillo del equipo capitaneado por Lou Reed en el que jugaban Galaxie 500 y The Jesus and Mary Chain, y como ellos se las arregla admirablemente para componer siempre utilizando los acordes más simples. De los primeros evocan el espacio abierto, la delicadeza y el asomo de una nube gris en el cielo de betún; de los segundos, la electricidad y la extroversión más desenvuelta.

El álbum empieza como si pillásemos al grupo en un ensayo y las primeras palabras que repite Isabel en 'Speaker 12' son "Esa niña se ha ido al cielo", creando un sentimiento casi gospel en la primera mitad ("quizás me induzca a mí misma un coma / y me pase el resto de la vida soñando / solo quiero dormir para siempre", dice apuntando al suicidio) que luego rompe bruscamente a golpe de voz distorsionada ("voy a hacerlo, voy a hacerlo"). Es la dicotomía entre el rendirse y el enfadarse la que mueve a muchas de las canciones, como su cómico ajuste de cuentas con Dios en la mareante 'Favourite Sinner' ("la pistola cargada sobre mi rodilla, mis dedos esperando / le diré que nací equivocada / y voy a deslizar los dedos") y sus reproches al demonio en 'Devil', horrorizada sobre un riff de blues tan revuelto como atmosférico. Lo estática que puede ser la vida y la misteriosa promesa de la muerte son ideas que aparecen con frecuencia, pero abreviadas con especial pericia y elegancia en 'Alive', una canción desnuda (la primera que publicaron en formato single en 1993) que empieza a capella y donde una pequeña línea de guitarra se retuerce, emparejada con un chelo al final: "Me da igual que el reloj avance / me voy al otro lado / o te mueres o sigues quemándote viva / y yo estoy ardiendo".

Si 'Solitary Party Groover' es la mejor muestra de su faceta más caricaturesca e inquieta y 'Fader' la de su lado más maduro ("la vida puede ser tan ordinaria / intenté hacer que la mía estuviese bien / pero he cometido tantos errores / en mi juventud"), el binomio concluyente que forman las lentas 'Starcrossed' y 'Accelerate' resume el disco con gentileza; la primera siendo el anhelo sensual por un romance que no puede ser ("contrariados por las estrellas, en mis narices") y la segunda, en clave acústica y con Dean Wareham encarnado en los coros de Daron Robinson, el abandono definitivo al vacío después de pensárselo mucho, comparando la vida a un carrusel al que pide que acelere hasta dispararla. Cielo de betún, estrellas intermitentes, planeta virgen, ojos como platos... "y todo vuelve a empezar", como diría Jeff Buckley.


Para escuchar, cortesía de Grooveshark
(no disponible en Spotify):



Drugstore actúan el próximo 22 de febrero
de Barcelona, encabezando el cartel