lunes, 19 de mayo de 2014

Caso abierto: Juliana Hatfield - "Only Everything" (1995)



















Volví a ver recientemente el debut cinematográfico de Ray Loriga, una película basada en el libro Caídos del Cielo que se estrenó en 1997 bajo el título La Pistola de Mi Hermano. Tenía quince años la primera vez que la vi, y la última probablemente diecisiete. Como adolescente marginado estaba embelesado con la romántica inadaptación de su protagonista; un chico que hablaba poco, que se sentía raro y distinto a los demás, que quería ser invisible y con su conducta estaba en las antípodas de conseguirlo. En plena pubertad, ver encapsulado ese sentimiento antisocial y esa amargura que a ti te envuelve en estado gaseoso, sin concreción, puede consolarte un poco. Lo que ocurrió es que aprendí a sazonar el nihilismo con sarcasmo y la desesperanza inmóvil que recoge la película de pronto se me reveló como excesiva. Volviéndola a ver, no obstante, me he dado cuenta de que durante años he mantenido una opinión injustamente cínica al respecto, como avergonzándome del impacto que sin duda tuvo en mí en su día, un poco como el niño que reniega de sus juguetes porque quiere dejar claro que ya es grande.

"Cuando no tengo complejo de inferioridad, tengo delirios de grandeza. Va cambiando. O me siento mejor que todo el mundo y que soy un genio o soy un trozo de mierda que no sirve para nada. Es muy confuso".
(Juliana Hatfield en la revista Bomb, primavera 1995)

Dos conexiones con lo explicado: la primera (sin querer), que Juliana Hatfield ha sido siempre un ser potencial y naturalmente inadaptado; la segunda, que el disco Only Everything (1995), como la película de Loriga, merece que reabra mi caso particular en su contra. Cerrando uno de los primeros artículos que publiqué en este espacio al respecto de los que son para mí los dos trabajos más redondos de Juliana, y aunque nadie me lo pedía, ya sintetizaba mi opinión sobre la problemática de Only Everything: "el tener una mayor paleta de guitarras y subirle el volumen a todas ellas no pudo camuflar el hecho de que se trataba de un disco disperso". Este álbum nunca fue un imperdible para mí y tampoco ahora estoy convencido para decir lo contrario (por eso inaugura sección), pero me paseé por la completísima página web sobre Juliana Hatfield que lleva un entregado fan y, en la discografía, él comentaba que el disco en cuestión le parecía uno de los mejores de todos los tiempos. "Un paraíso de guitarras para la generación post-Nirvana, pre-Internet", asegura textualmente.





















Que Only Everything es un paraíso de guitarras es incuestionable (igual que lo es que tiene una portada fea). Para empezar viene avalado por la co-producción de Paul Q. Kolderie y Sean Slade, un tándem especialmente solicitado a mediados de los 90 tras sus exitosas producciones para Radiohead (Pablo Honey, 1993) y Hole (Live Through This, 1994), además de su participación como ingenieros de sonido en infinidad de discos registrados en los estudios de los que son fundadores, Fort Apache, situados en Boston. Juliana estaba decidida a resolver su eterna obsesión por sonar más dura. La idea de que su música tenía un poso irremediablemente dulce le sacaba de quicio y era algo que no asumiría hasta muchos años después, pero durante esos años de auge del rock alternativo no sonar sucia y potente le parecía una carencia importante.

Su severa autocrítica era ya conocida: de su debut Hey Babe (1992) empezó a renegar en las mismas entrevistas de promoción, diciendo que era tan malo que deseaba que no hubiera salido, por eso no tardó nada en publicar una secuela más satisfactoria que le trajo mayores alegrías, Become What You Are (1993), con dos músicos fijos y cobijados bajo el nombre The Juliana Hatfield Three. Ver al combo en la MTV se hizo habitual, mientras a ella las revistas femeninas y los semanarios británicos le sacaban los colores preguntándole por Evan Dando de The Lemonheads, pero las tensiones con el batería Todd Phillips y su cansancio del formato trío (la misma formación que su anterior banda, Blake Babies) le llevaron a romper de nuevo con todo. Su inquietud por robustecer el sonido iba ligada a la necesidad de dejar atrás la imagen de puritana distante que se tenía de ella en los medios, que a su vez se inmiscuían con recelo en su vida personal analizando las referencias a la anorexia, la soledad, la automutilación y el autodesprecio que esparcía en algunas de sus letras. El mayor uso de la tercera persona en Become What You Are no bastó para evitar esa intromisión en su intimidad.

En Only Everything se perciben las ganas de jugar al despiste y sorprender, por eso es un trabajo que carece de cohesión. La densidad del sonido, construido a base de muchas capas hasta que en ocasiones la batería pierde todo fuelle, contribuye a que resulte un disco (14 temas) largo. Los golpes de efecto, la técnica y el envoltorio acaparan toda la concentración de Juliana y las composiciones no es que no tengan la elaboración de antaño, pero la intención es distinta: eludir las delicias de pop perfecto que podía crear con el patrón estrofa-estribillo-estrofa-estribillo-puente-estribillo y experimentar con diferentes posibilidades menos obvias, con más o menos atino.






















Así registra por fin dos de sus canciones rock más rápidas ('What a Life' y 'OK OK'), construidas sobre riffs de guitarra sólidos y espesos, que debían satisfacer sus expectativas de endurecimiento. Hay piezas con una estructura concienzudamente fragmentada, en un intento estimulante de refrescar su fórmula (las líneas de bajo de 'Dumb Fun' y 'Fleur De Lys' se rozan de manera imposible, sexy, con las capas de guitarras y el sarcasmo de Juliana) y otras donde las melodías planean por encima de un zumbido distorsionado y onírico ('Hang Down From Heaven', 'Simplicity Is Beautiful'), reducidas a la mínima expresión y que por ello pueden dar la impresión de poco trabajadas. Hay medios tiempos memorables ('Bottles and Flowers' y 'Dying Proof', tocados por la electricidad que tanto admira de Neil Young o Dinosaur Jr.) y otros para el olvido ('My Darling' puede producir caries sin llegar a apretar los dientes para hincarle un mordisco; 'Congratulations' narra un desencuentro sexual sobre un pesado riff de grunge llamado a satisfacer al público más bobo de la MTV de la época); pero también hay un rincón para el pop más tarareable, desde la placidez acústica de 'Live On Tomorrow' a la contención de 'Outsider' o las dinámicas (hasta suena un Wurlitzer) de la efervescente 'Universal Heart-Beat' (mazazo de distorsión nirvanera mientras dice "Un corazón que duele es un corazón que funciona").

Mi conclusión es que aunque para mí solo funcione algo más de la mitad del repertorio, es una escucha recomendable, loable por su ambición. Se nota en la música que Hatfield puso todo de su parte para aumentar el alcance de su radio creativo y también su audiencia. Sin embargo, en cuanto se publicó el disco, primero que entregaba a la multinacional Atlantic, se sintió contrariada al respecto de su deber y sus intenciones en el mundo de la música. Sus problemas de autoestima no mejoraron y en la primavera de 1995 había caído en una depresión hasta el punto de sentirse suicida que le obligó a cancelar una gira y a desaparecer del mapa. Su publicista creyó que era mejor decir a la prensa que sufría agotamiento nervioso, pero en las pocas entrevistas que dio ya dejaba entrever las ideas que rondaban por su mente. Hatfield abandonó Atlantic para regresar al mundo independiente en 1997, después de que la multinacional rechazara hasta en cinco ocasiones el material que había grabado para su siguiente disco al no escuchar en él "ningún single potencial". God's Foot, el disco sin singles según Atlantic, permanece inédito a día de hoy, custodiado por la compañía a la que no le interesa.


Para escuchar en Spotify:
Juliana Hatfield - Only Everything




1 comentario:

Pereiro dijo...

Recuerdo haber leído el libro y tener la impresión de que le faltaba originalidad. Que se le veían las costuras, vaya.
A la Juliana esta la apunto para escuchar.
Un saludo!